CAPÍTULO 66
Era media tarde cuando Atti bajó a darse un baño en el mar. Pantera la llevó hasta una cala muy discreta, la misma en la que ella misma llevaba a cabo su higiene.
─Nilo no te molestará, no te preocupes ─le dijo─. Si me entero de que ha bajado, le daré tal bofetón que le cambiaré de lado el colmillo de oro.
Attaegina se rio. Se moría de ganas por ver a sus hermanos. ¿Estaría Tauh empezando a rondar a las chicas? ¿Habría aprendido Ceres a montar a caballo? ¿Y Galatis? ¿Aun le daría miedo dormir sola? ¿Por qué no se acordaba de Creta? ¿Seguiría enfadada con ella?
─Toma, una toalla de algodón para que te seques ─prosiguió Pantera─. Te he traído aceite de caléndula, para que te des en la piel después del baño. ¡Ah! Y un peine de hueso. Deberías desenmarañar ese pelo cuanto antes si quieres volver a dejártelo largo. Ahí te he puesto ropa limpia, es de Nilo.
─¿De Nilo? ─se sorprendió Atti. Pantera se encogió de hombros.
─Yo quería darte una de mis túnicas. Tengo una tostada, preciosa, te habría quedado estupenda. Pero Elkerael insiste en que tienes que pasar completamente desapercibida, así que será más prudente que vistas como un hombre. A estas alturas, todos los soldados de Nabor deben de estar buscándote.
Atti le dio las gracias y Pantera se retiró.
Entonces, cuando se quedó sola, se desnudó y observó su propio reflejo en las aguas mansas de la cala.
Su negra cicatriz continuaba donde siempre.
Ahora la consideraba una parte más de sí misma, probablemente el inicio de su propio viaje iniciático.
Sí, lo había hecho en contra de las tradiciones de Caliza que solo autorizaban a los varones.
Había dejado atrás su tierra natal para enrolarse en una aventura que la había transformado.
O, mejor dicho, la había ayudado a conocerse mejor.
«Conócete a ti misma», recordó las palabras de Elkerael.
Aún le quedaba mucho camino, pero por esa vez era suficiente.
Al fin y al cabo, no todos los días se salía ilesa de la boca de un calamar gigante.
Los largos trayectos hasta Teff y la estancia con las sacerdotisas habían consumido mucho su cuerpo.
Se le notaban los huesos más que de costumbre y tenía la piel pálida porque en ese templo del infierno apenas entraba un solo rayo de sol.
«Se acabó, todo eso se acabó», se dijo. Entonces se sumergió en el agua notando que la sal del mar purificaba toda la angustia vivida, toda la ansiedad, todo el miedo.
Luego, se afanó por limpiar cualquier resto o mancha que le quedara de la tinta de Molok y, por fin, se sintió liberada, tanto como si se hubiese quitado una cadena pesada de encima.
Cuando salió del agua se quedó un rato mirando al horizonte, disfrutando de la libertad de la desnudez y recibiendo la caricia de la brisa marina. Entonces recordó que Pantera le había dejado preparado también un cántaro lleno de agua de rosas para que se limpiara la sal del mar.
─Y no olvides el cabello ─le había explicado─. Enjuágatelo o se te quedará áspero como la estopa.
Atti nunca había conocido esos lujos en Caliza porque en su tierra natal el culto a la belleza no era una prioridad, pero Pantera había insistido tanto que usó todos sus preparados. Era un modo de forjar su vínculo de amistad.
Después de cepillarse el cabello, que se le había quedado a la altura de los hombros tras cortarse la trenza, se vistió con la ropa prestada de Nilo: camisa, pantalón de lino y chaleco.
─Pareces una nómada vestida así ─dijo Halcón apoyado en una roca. Atti se sobresaltó al escuchar su voz.
─¡Halcón! ─exclamó sonrojándose─. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
Halcón sonrió con picardía .
─Tranquila. Parece que siempre llego a tiempo para encontrarte vestida.
Atti corrió hacia él. Necesitaba sentir de nuevo su calor, refugiarse en su abrazo, beber de sus labios el sabor del Sur una vez más.
Pero Halcón no se movió ni se levantó. Attaegina observó que se apoyaba con dificultad en su bastón.
De pronto lo vio tan vulnerable, con el color de piel todavía mustio, cetrino, que se quedó compungida.
─ ¿Cómo estás? ─le preguntó sin atreverse a hacer movimientos bruscos. Halcón se acomodó sobre la roca sin poder disimular un gesto de dolor. Quería que Atti se sentara junto a él.
─ El maldito veneno de Nabor ─pronunció al fin─. Todavía me fallan las piernas, me siento como si hubiera envejecido cien años de golpe. Pantera dice que me pondré bien, pero que el dolor tardará unos diez días en desaparecer.
─ Pero… ¡Halcón! ¡Tenías que haberte quedado descansando! ¡Mírate!
Halcón simplemente sonrió.
─ Pues tú estás preciosa.
Ella se acercó despacio, muy despacio, lo arropó con sus brazos, con infinita delicadeza, y luego sus labios se encontraron con los del nawal en un beso largo como el desierto, cálido como la arena bajo el sol, capaz de desafiar el miedo, el dolor y el cansancio.
─Te quiero, Attaegina… aunque no pueda abrazarte.
Fue ella esta vez quien lo envolvió en sus brazos de ángel, quien lo refugió a él apoyándolo contra su pecho mientras le acariciaba el pelo, deslizando los dedos entre sus rizos ásperos y cerrados.
─Cuando supe que te habías despertado y que estabas aquí, me dije: «Tengo que conseguir quedarme con ella a solas, aunque me caiga por el camino y me termine de romper».
─Eres más terco que yo, ¿eh?
─Me apetecía. No quería tener que robarte un beso por los rincones evitando a Lorick.
─Bueno… A estas alturas, creo que Lorick ya sabe.
Halcón se quedó pensativo.
─Lo dio todo. Hasta el final ─añadió─. Ha demostrado lealtad. En el sitio de donde yo vengo, la lealtad hace que te ganes el respeto de los demás. Y Lorick se ha ganado el mío, con creces. ─Un gesto divertido asomó a sus ojos de rapaz─. Aunque me rompiera el labio.
─¿Qué? ─exclamó Atti─. ¿Cómo que…? ¿Lorick te rompió el labio?
─Sí, el día que fui a avisarle para que se marchara de Teff. ¿Recuerdas? Fuiste tú quien me lo pidió. Pues no se lo tomó muy bien. ─Halcón cambió su tono de voz para imitar al nórdico─: Dijo que él se quedaba en Teff a esperarte, que no era un cobarde y no pensaba huir sin ti.
Atti se reía sin parar.
─Es muy propia de Lorick esa reacción, sí, pero no esperaba que te pegara. Oh, lo siento…
─No te preocupes, que él también recibió su parte.
Atti dejó de reír.
─Pero…
─Tranquila, que ya lo hemos arreglado. Míranos ahora, tan amigos.
─No tenéis remedio, ¿es cosa de hombres?
─No sé, pero Lorick es un buen partido.
Attaegina notó en Halcón una leve punzada de celos. Le sonrió.
─Lo es, sí ─afirmó mientras observaba la reacción de Halcón. Esperó un poco. Él no dijo nada. Y al final resolvió─: Para la chica que se enamore de él, claro, será excepcional.
Halcón la miró aliviado.
─Attaegina, vamos a tener que separarnos de nuevo.
Pero sé que el Cosmos volverá a reunirnos en cuanto pasen las dificultades.
De momento, has de esconderte muy lejos de Nabor.
Lorick ha dicho que puede llevarte a las Tierras Verdes, donde vive su clan.
No puedes regresar a Caliza, pondrías a todos en peligro y es el primer lugar en donde te buscarán.
─Ya… ─asumió Atti decepcionada─. Pensaba que podría ver pronto a mis hermanos.
─De momento no es posible. Danos un poco de tiempo.
Elkerael quiere que le ayude a buscar al tercer nawal , en realidad cree que sigue escondido en algún lugar de Nueva Pangea, aunque a Nabor le dijo que no.
Elkerael piensa que si ambos me adiestran durante un tiempo, los tres juntos podremos vencer al Patriarca y terminar con Molok.
─Y no quieres que me preocupe, ¿verdad? Ellos tres son del reino de los ángeles, seres ancestrales de novecientos años, casi inmortales. Tú no. Mira lo que te ha hecho Nabor: casi te mata.
─Lo sé, pero la próxima vez que nos encontremos será distinto. Atti, tenemos que terminar con su tiranía. Es nuestro deber: si hay nawales oscuros, los de la luz deben ocuparse de enviarlos al lugar que les corresponde. Así lo quiere el Cosmos.
Atti ya no tenía ganas de bromear. Besó a Halcón en la frente, varias veces. Entonces, sus ojos buscaron un lugar en su piel, concretamente en su pecho, y notaron algo distinto.
─Tu sello de protección ya casi se ha borrado por completo.
Halcón llevaba la camisa abierta. Encima de su piel el símbolo del Primer Ángel apenas era ahora una huella del pasado.
─Elkerael puede restaurarlo, ¿no? ─le preguntó Atti con cierta inquietud.
Halcón negó con la cabeza.
─Me ha dicho que no. Voy a cumplir veintidós años dentro de poco. Cuando un nawal llega a esa edad se le considera un nawal adulto, no puede continuar llevando las protecciones de cuando era niño. Se supone que, con todo lo que sé, puedo protegerme solo.
Atti recordó su sueño, el sueño que tuvo cuando conoció a Halcón.
─¿De qué te protege el sello?
─De ellos, de las alimañas. Cuando era un niño, los demonios empezaron a rondarme.
Lo peor de todo es que no se mostraban a la luz del día.
Era por las noches, venían en mis sueños a atormentarme.
Querían llevarme con ellos. Me aterraba dormir.
No pegaba ojo hasta que mi madre se metía conmigo en la cama. Entonces, me arropaba y me cantaba.
─¿Y eso ahuyentaba a tus demonios?
Las pupilas de Halcón se iluminaron con un atisbo de nostalgia.
─A veces, sí. Sobre todo al principio. Mi madre había sido nawal cuando era muy joven. Conocía algunas protecciones. Pero cuando cumplí los cinco años, esos monstruos empezaron a presentarse cada vez con más fuerza. Y mi madre decidió que era el momento de llamar a Elkerael para que me ayudase.
Attaegina estrechó aún más fuerte a Halcón contra su cuerpo, como si pudiera protegerlo de todo el mal del mundo del mismo modo que él había hecho con ella en otras ocasiones. Y entonces supo que era momento de contárselo:
─Yo vi lo que te pasó, Halcón. Lo vi en mis sueños.
Halcón la miró confundido.
─¿Cuándo?
─El día que llegaste a Caliza. Me quedé dormida encima del granero, ¿recuerdas?
Pues soñé contigo. Eras tú, yo lo sé. Estabas en una tienda en medio del desierto de Sari.
Tu madre, sentada a los pies de la cama.
Entonces llegó Elkeraely... Justo cuando desperté creo que era el momento en que te iba a poner el sello.
Tú llorabas, parecías muy asustado. Y pedías perdón, todo el tiempo. ¿Por qué? ¿A quién le pedías perdón?
Halcón se encogió de hombros.
─No lo sé. De verdad, no me acuerdo de eso.
¿Quién sabe? De pequeño hacía muchas trastadas, me pasaba la vida pidiendo perdón por todo lo quehacía mal.
Quizás vi a Elkerael tan serio que pensé que me iba a castigar por haberleescondido los zapatos a mi vecino en la arena o algo así.
Me vienen algunos recuerdos: fue un día muy difícil para la gente del Sari. Pero yo no me acuerdo de casi nada.
─Pero, entonces, ¿era ese demonio de arena el que te atormentaba, el mismo al que venciste?
Halcón pareció discernir.
─Pues tal vez sí y por eso Elkerael me protegió, porque nada garantizaba que yo pudiera volver a salir ileso si otras alimañas venían a vengar a su pariente.
Vaya, Attaegina: me acabas de ayudar a reconstruir un episodio importante de mi propia historia.
Ahora me siento mucho más tranquilo. Qué suerte tengo de estar en los brazos de un ángel.
Un silencio puro como el rocío de la madrugada, con su mismo olor y su frescura, borró sus voces.
Ni siquiera el sonido del mar lo interrumpió.
Solo querían estar juntos, tocarse la piel, sentir el cuerpo del otro cerca, permanecer detenidos en el tiempo y convencerse de que nadie ni nada podría interponerse nunca más entre sus almas.
Daba igual cuántos días de camino los separasen, cuánto tiempo tardasen en volver a encontrarse.
Y poco a poco, Halcón se rindió al agotamiento y se quedó dormido sobre el pecho de Attaegina mientras besaba su cuello, el suave cuello de un ángel.
Ella le acariciaba la cara, esa cara de rapaz que nunca la había dejado indiferente.
Tenía que reconocer que Halcón la cautivó desde el primer momento en que la miró, de madrugada en el altozano.
Aunque su guía angélica le hubiera ayudado a predecir todo cuanto vendría después, no lo habría creído.
Ahora no tenía ya ninguna trenza que ofrecerle, pero sabía que los hilos de sus destinos formaban una única trenza sagrada desde tiempo inmemorial. Una que ningún sable cortaría jamás.
De pronto le pareció percibir en Halcón un gesto de dolor.
Quizás soñaba con Molok, con Nabor o con el veneno.
Y por eso y porque lo amaba más que a su propia existencia, le cantó al oído, casi susurrando, su canción de cuna.
Entonces, el cuerpo del mercader se destensó y su rostro recuperó la paz .
De los dos, solo él fue capaz de ver en sus sueños las majestuosas alas de plumas blancas que a ella le brotaron de la espalda, unas alas mullidas que lo envolvieron aliviando todo el sufrimiento de su cuerpo mientras permanecieron juntos.
─ Te quiero… ─ murmuró.
─ Y yo a ti, Halcón. Te quiero. Te amo.
Halcón se había quedado dormido. Atti no supo si la había escuchado, pero sonrió y se quedó allí con él, bajo la puesta de sol, hasta que la luz del día abandonó el acantilado y solo las estrellas fueron testigos de las caricias que le dedicó. Caricias de ángel.