CAPÍTULO 64
El refugio de Pantera se hallaba en absoluto silencio.
El rumor del mar chocando contra los acantilados y el goteo intermitente en las grutas era lo único que acompañaba el sueño profundo de Attaegina.
Habían llegado allí poco después de que el Templo del Laurel fuera prácticamente destruido en su totalidad por Molok, cuando las primeras luces del alba acariciaban el mar.
Desde eso había pasado un día entero. Fue entonces cuando se despertó sobre un jergón de lona improvisado en un hueco, entre las paredes cavernosas de ese lugar.
Aún sentía dolor, las piernas pesadas, y hambre, mucha hambre. La tinta del calamar gigante se había secado sobre su ropa y su cabello. Estaba sucia y magullada y ninguna larga trenza caía ya por encima de su espalda. Casi se le había olvidado el momento en que se la cortó.
─ Attaegina ─ le dijo Elkerael en voz muy baja. El viejo nawal había pasado horas sentado a su lado esperando a que se despertase ─ . ¿Quieres beber? ¿Comer? ¿Cómo te encuentras?
En nada se parecía ahora al imponente ángel que había luchado contra Nabor, sino que volvía a parecer un anciano entrañable, con todas esas arrugas en el rostro rodeando su amable sonrisa.
Attaegina reconoció en sus ojos a alguien de su raza y sintió que, por fin, había logrado comprender de dónde venía.
─¿Halcón y Lorick? ─preguntó con la voz enronquecida. Elkerael le acarició la frente.
─Ellos están bien, tranquila. Pero dime, ¿tienes hambre? Te has quedado muy débil.
─Sí ─se limitó a asentir.
─Claro que sí, es una de las cosas que más molesta en estos cuerpos humanos, ¿verdad? El hambre y la sed. Sin embargo, es tan maravilloso comer y beber lo que saben preparar aquí que, solo por eso, merece la pena la experiencia de la encarnación. ¿No crees?
Attaegina no estaba de ánimo para juegos de palabras ni reflexiones existenciales, pero se rio de las ocurrencias del viejo, que se levantó para buscar a Nilo y le pidió que trajera algún plato para ella. Elkerael le transmitía mucha bondad, una bondad quizás infinita. Era como si ya lo conociese…
─Cuando yo era una niña me diste una gema de cristal ─le dijo rebuscando la gema por dentro de su túnica. Pero no la encontró. Seguramente la había perdido en las mandíbulas de Molok.
─¿Era esta? ─le preguntó Elkerael mostrándosela. Atti suspiró de alivio y asintió con la cabeza─. Se te cayó mientras volabas. Afortunadamente, la gema me encontró y me la guardé para devolvértela.
─En realidad, esta es la de Halcón. Él tiene la mía. Son como gemelas. ¿Por qué nos las diste?
Elkerael puso una mirada profunda y enigmática.
─Bueno, yo no os dí nada. Eran vuestras. Supuse que os gustaría tenerlas de nuevo.
─¿De nuevo? ¿Cómo que…?
─Fueron vuestras, Attaegina, en otro tiempo y otro lugar. Yo me limite a guardároslas para cuando os volviese a ver.
─¿Sabías que las gemas harían que Halcón y yo nos reencontrásemos?
─Mejor dicho, que os reconocierais.
─Pero entonces, ¿quiénes somos?
─Eso tiene que averiguarlo cada cual. Conócete a ti misma, Attaegina.
Así que era cierto: todo lo que sentía por Halcón era demasiado intenso como para proceder de un primer encuentro azaroso y ridículo en el altozano.
Sus almas, sin duda, se habían reconocido.
Pero, ¿quién era Halcón? ¿Y quién era ella realmente?
¿Por qué no podía recordar nada de ese tiempo antiguo?
─Tampoco es de extrañar ─prosiguió Elkerael devolviendo su atención a las gemas─. Son cristales arcaicos. Reliquias de la Antigua Pangea. Tienden a reencontrarse. Como las almas, claro.
El viejo nawal puso la gema con mucho cuidado en la mano de Atti y esta se iluminó con tonos cálidos. ¿Habría sido casualidad o esas gemas de cristal tenían una clara intención al cambiar de dueño?
─Dime, Elkerael, ¿para qué sirven, a parte de para emitir esa luz tan bonita?
Elkerael se encogió de hombros sin apartar la vista de los destellos que brillaban sobre la mano de Atti.
─Pues… Si no lo sabéis vosotros… ─Se rio como si le hubiesen contado un chiste muy bueno─. ¿Cómo voy a saberlo yo?
Attaegina también se rio. Supuso que el viejo sí lo sabía, pero le estaba diciendo de un modo muy dulce que eso tendrían que averiguarlo Halcón y ella, que formaba parte de su cometido.
─Así que te has enamorado de mi discípulo ─añadió el viejo de repente. Atti se sonrojó─. Nada como el amor para enderezar a ese cabeza de alcornoque.
Elkerael le dedicó una sonrisa tierna, como sonríe a su nieta un abuelo orgulloso de ella, y Attaegina no supo qué responder. Pero no fue necesario: en ese momento llegaban Nilo y Lorick.
─¡Atti! ─exclamó Lorick acercándose de inmediato─. ¿Cómo estás?
Se arrodilló junto a ella.
─Agotada, dolorida... Y horrible ─respondió Attaegina sonriendo con resignación. Lorick le cogió una mano. Solo quería asegurarse de que era cierto, de que Atti estaba allí. Viva.
─Pensé que no iba a volver a verte. Cuando esa bestia te devoró no supe qué hacer. Tú me salvaste la vida. A mí y atodos.
Atti supo que Lorick quería abrazarla pero era demasiado tímido como para hacerlo delante de los demás, así que fue ella quien le dio ese abrazo que necesitaba, un inmenso abrazo de amor fraternal pues, a pesar de los celos y el despecho, Lorick había llegado con ella y con Halcón hasta el final.
─Gracias ─susurró Attaegina cerca de su oído─. Gracias por todo.
Cuando el nórdico se incorporó de nuevo, ella vio que tenía el hombro vendado.
─No es grave ─explicó él─. Solo una herida fea, pero ya está desinfectada. El hueso está entero. Pantera se ha ocupado.
─Vaya...
Attaegina no tenía muy claro de dónde habían salido Nilo y Pantera, esa parte de la historia la desconocía por completo.
Sin embargo, sí conocía la historia de Amneris.
¿Cambió de identidad para mantenerse a salvo del Patriarca?
Al menos ya sabía que Pantera no había asesinado a su fiel amiga Nimeria.
«La hija de Sekmis», recordó demasiado débil aún como para encajar todo aquel rompecabezas.
Un plato caliente de sémola con garbanzos llegó hasta ella en manos de Nilo. Despedía un maravilloso aroma a comino, apio y fenogreco.
─Lo he cocinado yo ─anunció con no poco orgullo mostrando su colmillo de oro en una sonrisa felina─. Soy muy bueno, ¿sabes?
─Dice la verdad ─corroboró Elkerael─. Sabe hacer caldo. Creo que podría curar a la gente con su caldo. ¿Puedes traer para mí otro plato, chico?
─Usted ya se ha comido tres ─dudó.
─Haz lo que te dice, Nilo ─intervino Pantera de pronto─. Elkerael es un invitado de honor.
El chico hizo caso a su hermana y se marchó con una mueca divertida. Entonces Pantera se dirigió a Attaegina.
─Termina tu comida y ven a verme.
─¿Y Halcón?
─Halcón está descansando y no se le puede molestar. El veneno de Nabor deterioró mucho su cuerpo y he de hacerle curas durante días .
Pantera se dio media vuelta y se marchó sin más mientras Attaegina se comía su ración, agradeciendo la calidez de cada bocado cayendo por su garganta y rellenando su estómago de nuevo.
Habría dado igual que Nilo cocinara mejor o peor porque tenía tanta hambre que ganas le daban de comersehasta la cuchara de madera, aunque era cierto que el hermano de pantera tenía talento en los fogones.
Cuando se sintió saciada y algo más entera, entonces fue a buscar a la adivina.
Un toldo a rayas servía de puerta para independizar del resto de la gruta la sala en la que Pantera preparaba sus pócimas curativas. El olor que surgía de allí recordaba al taller de las alquimistas del Templo del Laurel.
─ Puedes pasar ─ le dijo Pantera desde dentro.
Atti levantó la lona y se quedó impresionada por la cantidad de botellitas y tarros que había almacenados allí, todos en perfecta colocación sobre baldas de madera que cuidadosamente quedaban ensartadas en los huecos de las paredes de roca.
En ellos había guardados elixires, tinturas, aceites y ungüentos, además de raíces, hojas, tallos y semillas secos.
Era obvio que Pantera había sido, probablemente, una de las mejores discípulas que pasó por el templo.
Un fuego discreto, sin duda de carácter ceremonial, situado al fondo de la estancia les daba la luz suficiente y la oscuridad necesaria, una penumbra que albergaba a la silueta de Pantera como la jungla al gran felino del que había tomado prestado su nombre.
Su piel oscura como el ébano, su cuerpo voluptuoso y su rostro bien definido eran propios de una diosa de la belleza.
De hecho, recordaba un poco a Sekmis y a Ibis, y no solo por la tiara dorada que cubría su entrecejo con un cristal tallado, sino que gozaba también de ese porte poderoso propio de las sumas sacerdotisas.
Sin embargo, era dura como el esparto, igual de áspera y, en ocasiones, irreverente.
─ Siéntate y relájate ─ le indicó. Atti obedeció. Acto seguido, Pantera se untó las manos con algún aceite aromático y se dispuso a examinarla. Comenzó por las piernas. Le masajeó las rodillas y le preguntó si le dolían.
─No ─respondió Atti reconociendo el aroma del romero. Pantera continuó.
─Levántate la túnica, necesito ver tu espalda.
Atti hizo lo propio. Los dedos de Pantera se clavaban sutilmente entre sus músculos y sus huesos produciéndole gran alivio, como si pudieran llevarse toda la tensión que había acumulado.
─Estás sana ─resolvió Pantera─. Esta noche te marcharás.
─¿Esta noche? Pero…
─Esta noche. Lorick irá contigo. Si te quedas aquí, Molok te encontrará.
El Templo del Laurel ha quedado destruido.
Pero Molok sigue vivo, también Nabor, Nilo ya lo ha averiguado.
Tenemos que aprovechar que ambos están malheridos tras el combate que libraron.
Pero en cuanto se recuperen, Nabor enviará a la bestia a por ti.
No lo dudes. Sabe cómo encontrarte. Tienes que alejarte de Teff todo cuanto puedas.
Pantera se cruzó de brazos como si esperase que Atti se levantara sin más y se retirase.
─Pero, ¿qué pasa con Halcón? Yo pensaba que…
─Halcón no está en condiciones de viajar. Él tendrá que quedarse con nosotros un tiempo.
Las palabras de Pantera sonaron tan recias como un bofetón. Apenas habían tenido tiempo de reencontrarse y el Cosmos los volvía a separar. A Atti le pareció injusto, ¡mucho! Pero se ahorró protestar porque no quería parecer débil delante de esa mujer.
─Al menos iré a despedirme de él ─aceptó con resignación.
─Espera, he de preguntarte algo.
Attaegina enfrentó la mirada de Pantera sin flaquear. No entendía muy bien de qué iba todo aquello, pero tendría una respuesta, seguro.
─¿Cuánto amas a Halcón, Attaegina ?
¿Por qué le preguntaba eso? Desde luego, habría esperado cualquier otra pregunta.
¿Es que Pantera también tenía interés por el joven nawal ?
¿Por eso se había mostrado tan hosca con ella, como si fuera su competidora?
Al principio Atti se sintió muy pequeña a su lado: Pantera era bellísima, hábil en la preparación de medicinas, sabía leer los arcanos y, por si fuera poco, luchaba con un sable.
Además, tenía la misma edad que Halcón. «¿Desde cuándo se conocen?
¿Habrá surgido algo entre ellos dos durante el tiempo que estuve encerrada en el templo? ».
Bastaron apenas unos segundos para que Atti se torturara a sí misma en medio de esa maraña de pensamientos derrotistas.
Pero luego recordó la forma en que Halcón la había besado cada vez, de qué manera la miraba y cómo había apostado su propia vida para sacarla del templo retando al mismísimo Nabor.
─Por Halcón volvería a meterme en la boca de Molok ─respondió sin bajar la mirada, casi sin pestañear.
Pantera asintió con la cabeza. Entonces hubo un cambio en su energía: su altivez, su fortaleza, su arrogancia, todo se cayó en cuestión de un instante mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.
─Pues yo habría hecho lo mismo por Nimeria ─confesó con la voz entrecortada─. ¡Pero ella se adelantó! ¡Ella se metió en la boca de Molok, por mí, y yo no pude salvarla!
Pantera se agazapó en el suelo y empezó a llorar en silencio. Y Attaegina, sintiendo una inmensa compasión, la abrazó como habría hecho con cualquiera de sus hermanas mientras la arropaba, sin darse ni cuenta, con sus majestuosas aunque invisibles alas de ángel.
La adivina de los acantilados no solo lloró.
También maldijo, rabió, rugió. Y por fin, después de muchos años intentando permanecer entera, vertió toda su rabia y su culpabilidad en un llanto desgarrador que Atti enjugó con modestia, sin entrometerse ni abrir la boca.
Cuando ya no le quedaron lágrimas, como si en ellas se hubiese lavado todo el veneno del pasado, Pantera sonrió tristemente a Attaegina.
─Tus ojos me recuerdan tanto a los de ella que… No sé. Supongo que verte ha removido muchos sentimientos que aún permanecen enquistados dentro de mí. Y cuando he visto cómo os amáis Halcón y tú… Vas a entenderme cuando te diga que Nimeria fue el amor de mi vida.