El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 63
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CAPÍTULO 63

─¡Molok se retira! ─advirtió Nilo. Los demás se giraron a comprobarlo.

En efecto, el calamar gigante parecía haber perdido el interés por sus presas ahora que ya había conseguido a la chica ángel, y en aquellos momentos retrocedía para regresar al agujero en el suelo que hasta hacía minutos había sido el Gran Laurel.

─Se marcha para cumplir las órdenes de Nabor ─explicó Halcón, todavía sin poder caminar solo─. Ahora mismo es muy poderoso, nada podrá apartarlo de su objetivo: nadará hasta las Islas Arkas y al amanecer habrá logrado arrasarlas.

Pantera y Lorick, uno a cada lado del nawal , sujetaban su cuerpo mientras observaban a la bestia, todavía sobrecogidos tras haber presenciado cómo engullía a Attaegina.

─Tenemos que marcharnos ya ─anunció Pantera─. Estoy segura de que los soldados de palacio ya saben que aquí está pasando algo gordo. Llegarán en cualquier momento.

─¿Y qué propones? ─preguntó Lorick.

─Volvamos al pozo. Molok ya no está. Regresaremos a mi escondite por ese pasadizo. Los soldados no lo conocen y Nabor ahora tiene otros asuntos que atender.

Dentro del círculo de luz el combate entre nawales continuaba.

Del viejo mercader no quedaban más que las vestimentas, pues Elkerael encarnaba ahora el aspecto de un sobrio y temible ángel de la guerra.

Su bastón se había cubierto de llamas azules y dos alas enormes de pluma plateada coronaban su espalda mientras preparaba su primera intervención sin apartar la mirada de Nabor.

Una nebulosa giraba a su alrededor con movimientos en espiral cada vez más rápidos, levantando el polvo de la tierra.

─¿Qué va a hacer? ─le preguntó Lorick a Halcón.

─Está invocando algo muy poderoso. Solo una vez lo vi desplegar sus alas. Yo era un niño muy pequeño, no recuerdo mucho.

Elkerael tenía el aspecto de un ser ancestral en aquel instante, como si ya no quedase en él nada humano. No muy distinto estaba Nabor, solo que este, a medida que avanzaba el duelo, se asemejaba cada vez más a una criatura de las tinieblas.

─Padre Cielo y Madre Tierra cuidan siempre de la luz ─anunció Elkerael a punto de terminar su invocación─, pero su fuerza es imparable, temible su grandeza.

Su magnificencia no tiene más pretensión que devolver el equilibrio al mundo.

Y tú, Nabor, llevas siglos alterando dicho equilibrio.

Se acabó: cosecha ahora lo que tú mismo has sembrado.

La nebulosa creció hasta ocupar todo el círculo, girando vertiginosamente. Y cuando alcanzó a Nabor vulneró todos sus escudos y protecciones. Fuera del círculo, la tierra dio una sacudida y se acumuló sobre el jardín un aire huracanado que derribó a Halcón y a los demás.

─¡Mirad! ─exclamó Pantera─. ¡El Patriarca ha perdido su máscara!

La invocación de Elkerael había logrado dañar a Nabor hasta el punto de romper en pedazos la máscara de oro que durante siglos había ocultado su misterioso rostro.

Ahora por fin podían conocer su verdadero aspecto: sus ojos inconfundibles tiempo atrás fueron los de un ángel, como los de su adversario.

Como los de Atti o los de Nimeria, procedentes del mismo pueblo angélico.

Aún quedaban resquicios de ese tiempo en su brillo iridiscente.

Sin embargo, su expresión ya no gozaba de la paz de espíritu que en una ocasión portó, y es que la oscuridad había afilado sus rasgos hasta asemejarlos a los de una alimaña.

Nabor se incorporó jadeando, sujetándose el vientre con ambas manos y mirando a Elkerael con un odio incontenible.

─Veo que has aprovechado bien estos novecientos años, Elkerael ─admitió con diplomacia─. Casi me vences. ¿Qué harás con Molok si yo muero? Solo entiende un lenguaje muy básico: el del alimento. Si no lo alimentas se rebelará.

─Nunca entraré en esos pactos oscuros. Destruiré a Molok.

─Y, ¿cómo? Te recuerdo que en su momento no fuiste capaz de hacerlo solo. Tuvimos que ayudarte. Éramos tres y aun así nos costó. Por cierto, ¿qué sabes de nuestro hermano, el tercer nawal ? ¿Regresó a casa o se quedó también aquí, en la Nueva Pangea, fingiendo vivir una existencia humana?

Elkerael negó con la cabeza.

─Se marchó. Solo quedamos tú y yo. Y tú muy pronto irás al lugar que te corresponde.

─Ya… Entonces ve adiestrando mejor a ese pelele que tienes por discípulo o se convertirá en el aperitivo de Molok.

Elkerael miró a Halcón a través del círculo de luz y supo que sobreviviría. Iba bien acompañado.

─En fin, es mi turno, Elkerael. Prepárate, porque quizás no salgas del círculo con vida.

Y acto seguido, el Patriarca convirtió su bastón en un manojo de espinos mientras dos alas membranosas y afiladas rompían la piel de su espalda para desplegarse, chorreantes de una sangre espesa y parda.

─¡Es un ángel caído! ─se alarmó Pantera─. Siempre intuí que escondía algo muy turbio.

─Vamos, maestro ─musitaba Halcón─, tú puedes con él.

Pero Lorick no las tenía todas consigo. Nabor había adoptado una apariencia y un tamaño sobrecogedores y se preguntaba cuál sería el siguiente paso si ese diablo vencía a Elkerael.

─¡Molok! ─gritó Nilo de repente─. ¡Otra vez! ¡Escondeos!

Los tentáculos de Molok sobresalíandel tronco destruido del Gran Laurel, palpando a ciegas el jardín como si buscasenalgo que habían perdido.

Entonces el cuerpo del calamar emergió de allí, pero algo había cambiado en su comportamiento.

Ya no se movía con la agresividad de hacía solo unos minutos.

Por el contrario, se percibía lento y abotargado.

De pronto la bestia se convulsionó. Era grotesca de ver, y también lo eran los ruidos guturales que emitía con la boca entreabierta, esa boca blanda y sin forma. Otra convulsión vino acompañada de un denso vómito negro. Y fue en medio de esa marea de tinta donde algo se movió.

─¡Attaegina! ─gritó Halcón al verla. Todos se quedaron atónitos creyendo que el joven nawal deliraba por efecto del envenenamiento que había sufrido.

Pero no: Atti se levantó. La tinta de Molok resbalaba por encima de su cabeza y su túnica se había teñido de negro por completo.

Incluso Nabor detuvo su invocación un instante para comprobar que no era una ilusión.

─¿Qué? ─preguntó desconcertado─. Pero... ¿Por qué está viva?

Elkerael sonrió al ver a la chica ángel.

─¿Tan cegado estás por tu ego y tu poder que has olvidado que ella viene del mismo lugar que nosotros? ¡Es obvio! El pueblo angélico le ha concedido un milagro. A veces pasa. Siéntete afortunado por estar aquí y ahora presenciándolo.

Durante su corta estancia de vuelta al hogar de los ángeles, Atti casi había olvidado cómo eran el dolor, el hambre y la sed.

En esos momentos, sucia, cansada y herida, le pareció que su cuerpo era una pesada carga y que no sería capaz de sostenerlo por mucho tiempo.

Pero entonces recordó su conversación con Nimeriay se llevó las manos al cabello.

Una trenza prieta y sin imperfecciones fue lo que sus dedos tocaron.

Esa sería su arma secreta. Y ya sabía cómo utilizarla.

Entonces vio a Halcón y a Lorick, ambos heridos, pero vivos. Y también estaban Nilo y Pantera. Solo tenía una oportunidad para intentar salvarlos a todos, así que corrió hacia ellos mientras Molok todavía se recuperaba.

─¡Attaegina! ¡Cielo y Tierra! ¡Estás viva! ─exclamó Halcón cuando la vio llegar. Pero ella prácticamente lo ignoró. Se acercó a Pantera y le arrebató el sable.

─¡Id al pozo! ─les dijo a todos─. ¡Yo me reuniré con vosotros en cuanto pueda!

─Pero... ─titubeó Lorick.

─¡Haced lo que os digo! ¡Corred hacia el pozo! ¡Molok vendrá a por mí de un momento a otro! ¡No tenemos tiempo!

Y salió disparada en dirección opuesta al pozo, justo hacia donde se batían en duelo Elkerael y Nabor. Pantera los apremió:

─¡Vamos! ¡Tenemos que confiar en ella!

Y muy a su pesar por no poder ayudarla esta vez, Lorick y Halcón, ambos malheridos, obedecieron a Attaegina. Era su turno para darlo todo por aquellos que no habían dudado morir por salvarla.

Tal y como Atti tenía previsto, Molok ya se había resarcido, y en cuanto su obtusa mente de bestia fue consciente de que aquel manjar se escapaba otra vez de sus mandíbulas, empezó a arrastrarse enfurecido, hambriento, loco por atraparla de nuevo. Pero ella ya no tenía miedo.

─¿Qué hace? ─preguntó Nilo cuando llegaron al pozo─. ¿A dónde lo lleva?

─¡Corre, Attaegina! ─gritaba Halcón─. ¡Recuerda que puedes volar! ¡Vuela!

Attaegina escuchó sus palabras. Y el nawal no se equivocaba: si quería, podía volar.

El pueblo angélico conspiraba esa noche a su favor, a favor de la luz y la paz.

Por eso, obtendría toda la ayuda necesaria.

Así que se impulsó con los pies cuando dos alas de plumas brotaron de su magullada espalda.

Su silueta brillaba sobre el cielo de la noche con un aura iridiscente mientras batía sus alas con aplomo, sable en mano.

Molok estiraba sus tentáculos todo lo que podía, colérico porque no la alcanzaba, al tiempo que ella calculaba sus últimos movimientos: debajo estaba el círculo de luz.

Podía ver a Nabor convertido en un diablo horroroso, a punto de arremeter contra Elkerael.

Era el momento. Si ahora fallaba... «No voy a fallar».

Atti cogió su trenza con una mano y se la cortó con el sable de Pantera.

Un corte limpio y eficaz. Al fin había comprendido el poder que tenían las trenzas, cuánto más la de un ángel.

Y eso, para una alimaña famélica, una que además ya se había deleitado con su sabor, era como darle un hueso fresco a un perro que no había comido en días.

Ella sabía bien, podía sentirlo en sus entrañas, que el templo había sido evacuado desde que había comenzado esa batalla inesperada en el jardín del Gran Laurel, que no quedaba dentro ninguna delas que habían sido sus compañerasnitampoco las sumas sacerdotisas.

Ni siquiera los soldados de Nabor. Por eso supo que era elmomento.

El Cosmos lo había alineado así con una sincronía perfecta.

─Destruye el Templo ─ordenó a Molok. Acto seguido, arrojó su trenza al Patriarca, como un dardo.

Y Nabor, que estaba absorto en su invocación, no supo reaccionar a tiempo cuando Molok, haciendo alarde de su brutalidad, atravesó el círculo de luz para abalanzarse sobre él, desesperado por devorar esa cosa, lo que quiera que fuese, que poseía el olor, el sabor y la esencia de Attaegina.

A continuación todo sucedió muy rápido: Molok había perdido completamente el control y Nabor, para someterlo, le lanzó el ataque que tenía preparado para Elkerael.

Junto al pozo, Halcóny los demás asistían al turbulento espectáculo que, tarde o temprano, se convertiría en uno de los eventos legendarios de la ciudad de Teff: la gente hablaría de cómo Molok resucitó y llegó desde la profundidad del mar para matar al últimopatriarca de la familia que lo había destruido tiempo atrás.

Dirían que el combate fue encarnizado, que Nabor XIII luchó valientemente contra esa bestia por proteger su templo y a su ciudad.

Nadie hablaría de la auténtica identidad del Patriarca ni de sus sacrificios humanos, tampoco de la chica ángel que había obrado el milagro de burlar a la muerte para hacer justicia por una vez en el sucio juego de Nabor.

Pero, ¿dónde? ¿Dónde andaba esa chica ángel? ¿Existió alguna vez?

Halcónbuscaba desesperadamente a Attaegina con la mirada. También Lorick. Molok y Nabor, enzarzados en una pugna descomunal, destruíanel templo por cada movimiento que hacían. Los muros se desmoronaban, el suelo se hundía y las celosías cubiertas de jazmín y rosa se hacían añicos.

─¡Tenemos que irnos! ─advirtió Pantera─. Si esperamos más, moriremos aquí bajo los escombros. Tenemos que aprovechar que estepasadizo continúa abierto.

Pero Halcón no se movió. Tampoco Lorick.

Pantera yNilo comprendieron que sus caminos se separaban allí porque aquellos dos locos amaban a Atti por encima de sus vidas y aguantarían hasta el final con tal de hacer por ella todo lo posible, incluso si fracasaban en el intento.

Entonces, como parte del milagro al que habíanasistido, una silueta alada llegó por el cielo.

Otra la seguía. Eran Atti y Elkerael volando como ángeles que llegaban de la batalla.

─¡Attaegina! ─la llamó Halcón con un nudo en la garganta, caminando hacia ella con grandes esfuerzos para sostenerse en pie.

Atti descendió hasta el pozo planeando con ligereza mientras sus alas se desvanecíancomo motas de polvo flotando en el aire.

El milagro llegaba a su fin al tiempo que volvía a hacerse humana y el peso de un cuerpo herido y cansado la abatía de nuevo.

Pero era únicamente allí, debajo del cielo y muylejos delpueblo angélico, entre el caos y la destrucción, donde le esperaba su auténtico hogar, su refugio eterno en los brazos de Halcón.

─¡Vamos! ¡Vamos! ¡Rápido! ─los apremió Elkerael. Y ahora sí, todos juntos escaparon por el pozo, con Nilo a la cabeza, antes de que el techo se derrumbara sobre ellos cerrando ese pasadizo secreto para siempre.