El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 62
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CAPÍTULO 62

─No muevas la cabeza, Attaegina. Ahora mismo termino ─le dijo alguien que estaba detrás de ella.

Era una joven más o menos de su edad y la estaba peinando con mucho cuidado para no hacerle daño.

Attaegina obedeció y, quedándose quieta, se limitó a observar todo cuanto tenía delante.

Hasta donde alcanzaba la mirada había praderas llanas.

Las flores de la achicoria crecían sobre ellas en abundancia, anárquicas, silvestres, en ese aparente caos que Madre Tierra emplea para poner cada cosa en su lugar.

Pero también había campos de cereal, mares de espelta espigada y madura, lista para ser recolectada brillando bajo la luz azulada de un sol de color gris plata…

─Ni que hubieras dormido en una zorrera ─continuó hablando su compañera desconocida mientras continuaba peinándole cada mechón─, vaya enredos... Voy a intentar no darte ningún tirón.

─Yo ya he estado aquí… ─titubeó Atti─. Varias veces, ¿verdad?

La desconocida no le respondió de inmediato. Parecía muy concentrada intentando deshacerle un nudo con los dedos para no hacerle daño. Luego se rio.

─Qué cosas tienes, Attaegina. ¡Pues claro que has estado aquí! Tú vives aquí.

Atti creyó reconocer su voz. Era como si la hubiese escuchado cada día de su vida, igual que la de cualquiera de sus hermanos.

─¿Nimeria? ─preguntó tratando de girarse para mirarla. Pero la desconocida se lo impidió sujetándole la barbilla con suavidad para colocar recta su cabeza. Justo a tiempo.

─Sí, sí, soy Nimeria. Pero necesito que estés quieta y recta. No mires hacia atrás. Solo mira al frente.

La brisa trazaba formas azarosas entre la avena salvaje. Podría haber pasado horas contemplándola porque era hermosa. Todo allí era bello, apacible y tenía un matiz perlado, como la iridiscencia del rocío de la madrugada.

─¿Siempre he vivido aquí, Nimeria? Sé que suena raro, pero es como si acabara de llegar. Reconozco estos campos aunque me resulta extraño estar aquí porque hasta hace un momento me había parecido que… No sé, lo habré soñado.

Nimeria había logrado desenredar su larga melena y ahora se disponía a peinarla.

─Creo que te voy a hacer una trenza ─le dijo─. Y dime, ¿qué soñabas?

Atti suspiró mientras empezaba a recibir recuerdos de vivencias lejanas.

─Lo que soñé me dio mucho miedo, creo. Pero esa parte no la recuerdo.

─Y, ¿qué parte recuerdas entonces? Me tienes en ascuas.

Los dedos de Nimeria se deslizaban por encima de su pelo con gracilidad. Attaegina sonrió.

─En mi sueño llevaba una trenza, qué casualidad. Una muy larga y muy bien prensada. Me gustaba peinarme así.

─Es normal. Las trenzas son muy poderosas.

─Ya… Puede ser.

Otro espacio de silencio revelador. Solo se escuchaba al viento susurrando entre los trigales.

─Soñé que quería regalarle a alguien mi trenza ─continuó Attaegina, un poco avergonzada─. Qué tontería.

─¿Por qué? No es ninguna tontería. Seguro que querías mucho a ese alguien.

─Sí. Soñé con un chico. Era sagaz y tenía los ojos fríos como el hielo, su alma era noble y bondadosa. Quería regalarle mi trenza para comprometerme con él.

Nimeria parecía divertirse.

─Una boda, ¿eh? ¿Y lo hiciste?

Atti quiso negar con la cabeza, pero recordó que su compañera le había pedido que se estuviese quieta .

─No. No se la regalé a él. Yo pensaba que lo amaba más que a nadie. Era tan real… Y de repente apareció alguien inesperado, un mercader con cara de rapaz. Y descubrí que ese sí era en verdad el amor de mi vida.

─Eso es muy bonito, Attaegina. ¿Le regalaste tu trenza a ese otro joven?

Atti se quedó pensativa.

─Tampoco. Pero lo amé como si… Como si…

Sus ojos se humedecieron y Nimeria hizo una pausa para apoyarle una mano en el hombro.

─Sé lo que se siente, Attaegina. Yo también amé a alguien como si su alma y la mía estuvieran unidas por las fuerzas del Cosmos.

─Al principio me pareció un provocador y un inmaduro y un cabeza de alcornoque. Pero era tan real… No puedo creer que solo fuera un sueño y que nunca más vaya a volver a verle.

─¿Quién ha dicho eso? ─le preguntó Nimeria, y continuó peinando─. Si eso que sientes es tan profundo, ¿no será que existe en algún lugar? Dime, ¿cuál era su nombre?

Attaegina se puso nerviosa. Cientos de nombres desfilaron por su mente a una velocidad vertiginosa mientras se escapaban de su memoria como pájaros de una jaula. Hasta que atrapó al último:

─¡Halcón! ─exclamó─. ¡Se llama Halcón! ¡Pero no sé dónde encontrarlo! ¿Qué voy a hacer ahora?

De pronto un exótico aroma especiado invadió su olfato.

Era el olor del mercader, de su piel y de su ropa, de ese cuello que había saboreado en donde apoyaba su cabeza y sentía que podía refugiarse del diablo mundo.

Y después recordó sus ojos ambarinos, su sonrisa que podía competir con el brillo del albor, y el tacto caliente de sus manos, la sensualidad de sus abrazos, la intensidad de sus besos…

Pero solo el amargor de las lágrimas acudió a sus labios.

─Parece mentira que esté tan lejos pero a la vez esté tan cerca, ¿verdad? ─dijo Nimeria, que ya había terminado la trenza y ahora se disponía a anudarla muy bien por ambos extremos─. Ya está, Attaegina. Ya puedes moverte, pero no mires atrás. Si lo haces, tendrás que quedarte aquí. ¿Entendido?

Atti asintió con la cabeza muy rígida, cuidando cada movimiento que hacía para no estropear su última oportunidad.

─Entonces, ¿puedo ir con él? ¿Puedo ir a buscar a Halcón?

Las imágenes de Molok también regresaron a sus recuerdos repentinamente y experimentó otra vez el terror paralizante de cuando la bestia la devoró. ¿Estaba tan segura de querer volver allí, a ese lugar en donde se sentía miedo, hambre, sed y dolor?

─Puedes, Attaegina. ¿No has oído hablar de los milagros? No suceden siempre, pero si el Cosmos te permite obrar uno, no lo dejes escapar.

Quería volver. Quería aprovechar ese regalo de su familia, la familia de ángeles que, como siempre intuyó, la cuidaba desde allí.

─Y, ¿qué tengo que hacer? ─dudó.

─Camina. Camina y ya está. Hacia delante, ¿eh? No gires la cabeza.

Eso fue lo que hizo. Se limitó a avanzar.

Al principio iba muy despacio, como si tuviera miedo de caerse.

No estaba acostumbrada a llevar un par de alas blancas en la espalda.

¡Qué grandes eran! Pero a medida que se acercaba a los trigales y acariciaba las espigas con las palmas de las manos, fue recuperando la confianza.

Intuía que Nimeria continuaba cerca aunque no pudiese girarse a despedirse.

Así que se detuvo un instante y exclamó:

─¡Gracias! ¡Por todo! ¡Y por la trenza!

─De nada, tienes un cabello precioso. ¿A quién se la entregarás? ¿Será para Halcón?

Atti creía que la respuesta era obvia. Sin embargo, sintió el poder de ese talismán trenzado en su pelo y lo pensó mejor.

─Has dicho que las trenzas son muy poderosas, Nimeria .

─Lo son. Y si además es la trenza de un ángel, imagínate qué se puede lograr con ella. Piensa muy bien si quieres cortártela y por qué.

─Lo haré. Lo haré…