CAPÍTULO 60
Nilo la sacó corriendo de allí cuando el tentáculo se dirigía hacia Atti con la intención de rodear su cuerpo hasta aplastarla, y mientras se alejaban a un lugar más seguro, Pantera y Lorick se unieron a ellos, pues los soldados, al ver a la bestia, decidieron retirarse.
─¡Attaegina, tienes que salir de aquí como sea! ─gritaba Pantera. Por primera vez parecía asustada de verdad─. Ese diablo está loco de hambre y ni el Patriarca puede ya controlarlo.
─Pero, ¿qué hacemos? ─preguntó Lorick, corriendo con el arpón preparado para utilizarlo en cualquier instante.
─¡Seguidme! De momento treparemos el tronco del Gran Laurel. Allí en lo alto no podrá alcanzarnos. Ganaremos tiempo para trazar algún plan.
Mientras se dirigían al Gran Laurel, vieron a lo lejos a Nabor y a Halcón. Uno frente a otro, rodeados por un inmenso circulo de luz blanca que delimitaba el espacio destinado a su combate, se miraban, quietos. Todavía no habían comenzado.
─¿Qué van a hacer? ─preguntó Atti angustiada. Pantera le respondió:
─Los nawales , cuando combaten, usan la fuerza del Cosmos. Ellos la llaman prana .
─Entonces, ¿no se golpean con sus bastones?
─No. Para atacar, un nawal concentra la fuerza según las técnicas que conozca y luego se la arroja a su oponente, como una corriente de aire huracanada.
Atti recordaba los movimientos que alguna vez había visto hacer a Halcón con sus manos y su bastón mientras rezaba en voz muy baja palabras que parecían poderosas. Su energía siempre le había parecido benéfica, sanadora, balsámica. ¿Emplearía Nabor los mismos métodos? Necesitaba saber más.
Entre tanto, Halcón y Nabor se hallaban muy concentrados. Halcón tenía el extremo de su bastón apoyado en el suelo trazando la línea media de su cuerpo.
─Estoy esperando, muchacho ─dijo el Patriarca─. Las reglas dicen que el más joven empieza primero. No seas tímido, ¿qué tienes para mí?
El bastón de Halcón se prolongó mientras se iluminaba, alcanzando en un instante el triple de su tamaño.
Entonces, el mercader cerró los ojos. Mientras pronunciaba oraciones de protección en voz baja, concentró en su bastón la energía que era capaz de reunir con sus métodos.
Eran fuerzas nobles que había ido conociendo a lo largo de su camino: el prana de la arena, el prana del viento, el prana del sol.
Fuerzas amigas que, en momentos clave de su aprendizaje, le habían revelado el modo en que podía usarlas, siempre a favor del Cosmos.
De pronto, un juego de luces doradas se trenzó alrededor de él y después su resplandor salió despedido hacia Nabor, estallando al llegar al Patriarca, como un relámpago. Todo el círculo de luz retumbó y se llenó de un brillo cegador en medio del cual nada se distinguía.
─¿Puede un nawal matar con la fuerza del Cosmos? ─preguntó Attaegina observando con atención. Pantera pensó muy bien qué iba a responder y Atti dedujo que no era una buena noticia.
─A esa fuerza los nawales pueden convertirla tanto en medicina como en un mortífero veneno.
─Pero, en un reto, no puede estar permitido que un nawal mate a otro, ¿verdad?
Pantera la miró compadecida.
─Nabor no es un nawal de la luz. Ha roto las reglas de su estirpe en más de una ocasión. No sé qué tiene planeado.
Cuando desapareció el resplandor, la silueta de Nabor continuaba en el mismo lugar, en la misma postura.
La sonrisa condescendiente no se había borrado de su dentadura de oro.
Obviamente, la invocación no había logrado moverlo ni un centímetro.
En realidad, Halcón esperaba que ocurriese así: percibía en su adversario una cantidad de prana que él no podía igualar.
Después de todo, lo había retado sabiendo que no tenía nada que hacer contra él.
Y Atti terminó de entenderlo: Halcón simplemente estaba ganando tiempo.
Soportaría el peor de los dolores intentando no morir solo para que ella pudiera escapar.
Empezó a llorar en silencio cuando alcanzaron el tronco del Gran Laurel.
Luego comenzaron a escalar ayudándose de las protuberancias de su vieja corteza.
Lorick iba detrás, como su sombra. Le sangraba el hombro.
─¿Qué te han hecho? ─le preguntó Atti. El nórdico negó con la cabeza, con su acostumbrada frialdad.
─No es grave. Sigue.
Atti no supo si creerle, pero continuó trepando.
Sentía su cuerpo muy débil, falto de alimento, de agua, de descanso y abatido por el miedo, la impotencia, la culpa.
De pronto sintió el perfume del Gran Laurel penetrando hasta sus pulmones con más intensidad que nunca.
Era invasivo, pesado, hediondo. Era... un conocido olor a muerte y descomposición que la perseguía sin descanso.
Mientras tanto, el combate entre nawales continuaba.
─Un prana precioso ─observó Nabor─. Reluciente como el desierto. Sedoso como la arena. Una brisa de aire del Sur. Tu invocación es pura poesía, Halcón. Puede deslumbrar a una jovencita como Attaegina. Pero no sirve para un reto. ¿No te explicó más tu maestro?
Halcón no había aprendido nada de eso con su maestro, sino solo, o mejor dicho, como la mayoría de los nawales , en compañía de los espíritus: el espíritu de la arena, del viento, del sol.
Esos fueron quienes más tiempo pasaron con él durante su infancia y su adolescencia.
Le hablaban, le enseñaban en un lenguaje sutil que solo los de su estirpe podían comprender.
─Cada nawal tiene a sus aliados, Halcón. Ahora voy a tener el placer de presentarte a los míos .
Halcón se puso tenso mientras Nabor se preparaba para hacer su propia invocación.
El Patriarca estiró los brazos hacia delante y, acto seguido, se materializó en sus fornidas manos un bastón de luz tan largo como el de su joven oponente.
Los nawales experimentados con el tiempo dejaban de necesitar un bastón físico, eso Halcón también lo sabía aunque aún no lo había logrado.
Entonces llegó el turno de Nabor. Clavó el extremo de su bastón firmemente en el suelo tras golpear tres veces la tierra, mientras que un aura de luz cetrina se desplegaba en torno a su cuerpo.
A su llamada comenzó a acudir un prana denso, turbio y muy oscuro que fluía lentamente.
¿Qué aliados tenía ese nawal si no era la misma tiniebla?
Halcón se preparó. Levantó un escudo de protección, el mejor de toda su trayectoria. Esperaba un impacto turbulento, un golpe, una sacudida. Nada. No sentía nada. El Patriarca bajó el bastón.
─¿Qué haces? ─le preguntó Halcón─. ¿Te rindes? Era tu turno.
Pero Nabor tenía una manera elegante de reírse de los demás.
─Estás muerto ─sentenció. Cuando Halcón quiso darse cuenta, ya era demasiado tarde.
Un prana aciago, vacío de vida, había empezado a viajar por sus venas como un veneno lento, emponzoñandosu sangre con una sensación desoladora.
Comprendió que el Patriarca, tras años experimentado en asesinar, sabía matar en silencio.
Un hormigueo sospechoso le empezó a subir por los pies, ralentizando sus movimientos y entumeciendo su musculatura.
─Te queda una hora de vida ─le informó Nabor con frialdad─. Puedes aprovecharla contemplando a tu querida chica ángel mientras intenta escapar de mí.
─¡No puedes hacerle nada! El círculo no se abrirá hasta que uno de los dos quede vencedor. Y eso no sucederá hasta que yo muera.
Sin embargo, Nabor tenía otros planes, como bien le había advertido Attaegina, y en cualquier caso, ya era tarde para evitarlo: con un estruendo inesperado, el inmenso tronco del Gran Laurel empezó a agrietarse desde las raíces, desmoronándose, partiéndose en pedazos que caían al suelo inertes, secos y sin restos de savia, pues ese árbol llevaba siglos muerto.
Atti lo había notado siempre. Si algo lo mantenía vivo era alguna magia oscura, un pacto entre un brujo y un diablo.
De pronto, los tentáculos de Molok comenzaron a aflorar por los huecos del Gran Laurel, furiosos, voraces, buscando a ciegas a la chica ángel sin importar quién se pusiera por delante.
─¡Bajad! ─gritó Pantera deshaciendo el recorrido y cuidando de no quedar sepultada bajo las cortezas.
Rápidamente, los cuatro se reunieron de nuevo para seguir huyendo, momento en el que el inmenso calamar terminó de reventar el tronco del Gran Laurel, el que había sido su verdadera guarida en todo momento para poder vivir a escondidas del mundo bajo el mandato de Nabor.
Y Halcón lo comprendió mientras contemplaba la escena atrapado dentro del círculo de luz, que no se abriría hasta que terminase el reto. Demasiado tarde. Demasiado torpe.
─¡Attaegina! ─gritaba inútilmente.
─No puedes hacer nada, idiota. Las reglas son las reglas. Tú lo decidiste cuando me retaste. Creías que reteniéndome aquí dentro podrías salvarla, ¿verdad?
─¿Molok lleva siglos parasitando al Gran Laurel? ¿Es ahí donde lo escondías? ─le preguntó Halcón sintiéndose más estúpido que nunca. El Patriarca sonrió triunfante.
─Lo buscaste por toda la ciudad, ¿verdad? Pues te equivocaste, nawal . Molok siempre estuvo en el templo, muy cerca de tu querida chica ángel. Lamento no habérsela entregado antes. Nos habríamos ahorrado todo este destrozo.
Halcón, loco de ira, golpeó la barrera del círculo una y otra vez a pesar de los efectos que el veneno comenzaba a tener en su movilidad. Le daban ya igual las leyes del Cosmos y las consecuencias que tuviera romperlas.
─ ¡Tú lo sabías! ─ rugió girándose hacia el Patriarca ─ . ¡Sabías que Molok la encontraría aquí! ¡Por eso aceptaste el reto, porque la bestia estaba suelta!
Los dientes dorados de Nabor ensamblaron una cruel sonrisa.
─Sabe más el diablo por viejo que por diablo, ¿no te lo contó tu maestro?
Era obvio que el Patriarca le ganaba en edad, en habilidades y en astucia. Y Halcón, que había llegado a creer que Nabor había caído en su pequeña artimaña, de pronto se veía atrapado en su propia trampa. Como un idiota, como un novato.
A escasos metros del círculo de luz, Molok avanzaba arrastrándose sobre sus tentáculos, devastando todo a su paso y buscando el manjar prometido, aquel por cuyo sabor mataría.
Atrapados entre la bestia y el Gran Laurel recién derribado, Attaegina y los demás continuaron buscando grietas, hoyos, algún hueco por donde escapar.
Era imposible. En ese momento, uno de los brazos de la bestia se alargó hasta ella con suma precisión.
Molok ya había encontrado a su presa. Cuando Attaegina estuvo rodeada por esa cosa sintió que se iba a quedar sin respiración porque la criatura le oprimía las costillas y le impedía moverse.
─ ¡Déjala! ─ gritó Lorick clavándole su arpón una y otra vez sin causarle siquiera rasguños.
La carne gomosa del gigantesco calamar volvía a su forma en cuanto retiraba su arma.
Sin embargo, su insistencia sirvió para que el tentáculo se aflojara alrededor de Atti, que consiguió zafarse cayendo en los brazos de Lorick casi sin aire.
Para Molok la ofensa superó sus expectativas y decidió vengarse procurando deshacerse primero de aquel molesto pescador, así que el brazo de la bestia arremetió entonces contra el nórdico.
Si lograba atraparlo, lo estrangularía en tan solo un momento, lo devoraría también y después continuaría con la chica ángel. Sería un festín maravilloso.
«No voy a permitirlo, diablo», se dijo Attaegina recuperando el aliento.
«Ya no puedo salvar a Halcón, pero sí puedo evitar que mates a Lorick».
Y justo a tiempo, cuando Molok estaba a punto de atrapar al nórdico, Attaegina lo empujó con las últimas fuerzas que le quedaban, haciendo que cayera al suelo de bruces, y se entregó en su lugar.
Todo sucedió tan rápido que nadie pudo evitarlo.
Molok la cazó al vuelo y se la llevó directa a la boca.
Lo último que Atti vio fueron sus ojos blandos y gelatinosos que no miraban a ningún lugar, sus miles de fauces, pequeñas y untadas de podredumbres, y una marea de tinta negra que se vertía sobre ella y que rezumaba el cadavérico hedor de la muerte.