El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

Todas las miradas se centraron en Halcón aunque él las ignoró. Solo le interesaba estudiar la reacción del Patriarca, ver cuánto tardaba en esbozar una sonrisa de aparente suficiencia.

─Halcón, pero… ¿Qué acabas de hacer? ─le preguntó Attaegina. Él hizo como si no la hubiera escuchado.

─¿Tú, un nawal ? ─contestó por fin el Patriarca─. Si creía que eras un pordiosero… ¿Cómo no me he dado cuenta?

─Quedan pocos nawales , es cierto. Y justo has tenido la mala suerte de toparte conmigo.

Nabor se cruzó de brazos y ladeó la cabeza, como si se tratara de un juego divertido.

─Me parece que no sabes qué estás diciendo, niñato ─dijo.

─Lo que sé es que, de los dos, tú eres el único que está poniendo excusas. ¿Es que no te atreves contra mí?

─Pero… ¿Qué dices?

─Un nawal no puede rechazar un reto de otro nawal salvo si son maestro y discípulo. Y, que yo sepa, no es nuestro caso, Nabor.

─Ya, entiendo. Y ahora que hablas de maestros, lo cierto es que me recuerdas a alguien, a otro nawal , uno muy viejo. Un antiguo conocido. Te vistes igual que él y eres, con mucho, más insufrible y charlatán.

─¿Lo conoces? ─preguntó Halcón. Atti notó un cambio en su expresión, como si se afilaran sus pupilas de rapaz. Era el semblante que se le ponía cuando llevaba tiempo observando a una presa y estaba a punto de lanzarse volando en picado para atraparla.

─Claro que lo conozco. ¿Cómo olvidar a...? ─dudó.

«El Patriarca tampoco recuerda su nombre», se dijo Atti.

Pero al comprobar que el rostro de Halcón se iluminaba con un deje astuto intuyó que él sí lo había hecho por fin, como si el Cosmos le hubiera regalado un recuerdo que creía perdido.

¿Tan importante era? Halcón le contó que cuando conoció a su maestro era tan pequeño que no lograba recordar cómo se llamaba, aunque no dejaba de sonarle como una excusa difícil de creer.

Lo curioso es que de todas las personas que se habían cruzado con ese anciano nawal , ninguna se acordaba de su nombre.

Attaegina empezaba a atar cabos. Seguramente el viejo se había protegido durante años con algún tipo de magia ancestral, como si se hubiera vuelto inexistente.

Al parecer el nombre de uno constituía una palabra poderosa, cargada de sentido, y profanarlo o protegerlo era clave para sobrevivir en el mundo de los nawales , esos que podían ver más allá.

─No tiene importancia, Nabor. Ahora dime, ¿te atreves conmigo?

El Patriarca suspiró de impaciencia y finalmente resolvió:

─Tú delante, vayamos bajo el Gran Laurel. Aquí estamos muy estrechos.

Y señaló la explanada que rodeaba al gigantesco árbol, la misma en donde se encontraba el altar en el que Epona entregó su primer sangrado menstrual, unos días antes de ser ofrecida como sacrificio.

Sin dudarlo ni mostrar reticencias, Halcón se dio la vuelta dispuesto a encaminarse hacia allí.

Pero antes, buscó la mirada cómplice de Lorick.

No hacía falta que se dijeran nada. Habían tenido sus diferencias, incluso una riña con golpes y todo, por amar a la misma chica, un asunto humano, la vida misma y sus bromas de mal gusto.

Ahora sus asperezas carecían de toda importancia: Halcón acababa de firmar su sentencia de muerte con tal de darle tiempo a Lorick para que sacara de allí a Attaegina.

Confiaba en él y le agradecía que la amara incondicionalmente.

Lorick sentía lo mismo. No le defraudaría.

─¡Halcón! ─exclamó Attaegina reteniéndolo─. ¿A dónde vas? ¿Qué acabas de hacer ?

Halcón respiró hondo. Era más fácil marcharse sin despedirse, pero Atti quería respuestas.

─Ya no hay vuelta atrás, he retado a Nabor. Tengo que cumplir con mi parte.

─Pero, ¿tú? ¿Tú en qué piensas? El Patriarca es muy peligroso. ¡Déjame ir contigo!

─Atti, no digas tonterías ─intervino Lorick.

─No es ninguna tontería. Acuérdate, Halcón.

Acuérdate, cuando nos rodearon todos esos demonios en el bosque, y juntos, lo hicimos juntos, conseguimos levantar un escudo de luz.

Tu magia de nawal , cuando me diste la mano, despertó algo en mí, mis poderes de ángel.

Todavía no sé manejarlos, pero sé que pueden protegerte.

─Attaegina, eso va en contra de las reglas ─le explicó Halcón─. En un reto de nawales es uno contra uno.

─¿Qué más da? Nabor siempre guarda un as en la manga. Hará trampa, estoy segura. ¡Tienes que dejarme!

Halcón se limitó a abrazarla. Y lo hizo con más ternura que nunca, con más intensidad que nadie en toda su vida. Hundió su nariz en su pelo y se impregnó de su aroma a rocío de la madrugada.

─No lo pongas más difícil, Attaegina, te lo suplico ─le susurró al oído─. Márchate con Lorick. Rápido.

Atti buscó el refugio que conocía entre su cuello y su hombro, ese lugar que olía tanto a él, al amor de su vida, a mirra, a cuero curtido, a especias.

Y entonces se aferró a él con la poca fuerza que le quedaba y reprimió un sollozo mientras se hacía a la idea de que, tal vez, nunca más volvería a olerlo ni a besarlo ni a mirar su sonrisa que brillaba más que el sol del verano.

─¿Y qué pasa si no sobrevives, Halcón? ¿Y si no te vuelvo a ver nunca?

Halcón se encogió de hombros.

─Si el Cosmos quiere… Confiemos en el Cosmos .

Y guiñándole un ojo, tras recuperar toda su entereza y su optimismo, Halcón se separó de Attaegina y le dio la espalda, decidido, para dirigirse al perímetro del combate que estaba a punto de librarse.

El Patriarca, a varios metros de él, caminaba detrás.

Cuando pasó junto a Lorick y Atti los miró e hizo un gesto a sus soldados.

─¡Adelante! ─ordenó. Y, acto seguido, sus hombres entraron en acción. Pero Lorick ya estaba preparado para darlo todo. También Pantera.

Al tiempo que los soldados arremetían contra Lorick, uno de ellos se llevaba a Attaegina a rastras.

El caos y la violencia se desataron ante sus ojos a la vez que luchaba por liberarse.

Entonces, en medio de la gran confusión, alguien golpeó a su captor fuertemente en la cabeza, tanto como para hacer que cayera desplomado.

Cuando Attaegina se giró creyó distinguir el bajo de la túnica de Sekmis, que se escabulló en la oscuridad. Pero, ¿por qué la ayudaba?

Quizás el alma de Sekmis, atormentada por la culpa, había buscado una forma de redimirse ayudando a escapar a Attaegina, otra chica ángel como Nimeria, aunque no fuera carne de su carne. Daba igual. Ahora tenía que acudir junto a Lorick.

El nórdico se defendía con su arpón como si se hallara ante un toro salvaje de las mesetas. Estaba resistiendo de forma admirable un combate colosal contra cuatro adversarios. No saldría ileso, contaba con ello. Contaba incluso con la muerte con tal de salvar a Atti.

─¡Por aquí! ─exclamó Nilo tomando su mano para sacarla de allí.

─¡No! ¡Necesita mi ayuda! ─se negó ella.

Nilo se detuvo. Su hermana también peleaba en esos momentos. Manejaba el sable como un guerrero adiestrado perfectamente para la batalla y su cuerpo atlético sorteaba los ataques con la gracia y agilidad del gran felino al que su nombre hacía honor .

─Escucha, Attaegina ─le dijo Nilo─. Si ese calamar te devora hoy, Nabor ganará otra vez. Devastará cientos de tierras y someterá a miles de hombres y mujeres para expandir aún más su imperio. Y entonces no servirá de nada que Halcón, Lorick y Pantera estén dándolo todo.

Nilo tenía razón. De ella dependían pueblos enteros. Pero, ¿cómo podría marcharse y dejarlos allí, especialmente a Lorick, a Halcón? Aunque fuera de maneras distintas, a los dos los amaba desde lo más profundo de su alma.

─¡Atti, haz lo que dice! ─gritó Lorick desde su posición. Después derribó a uno de sus enemigos. En verdad, los ejércitos del Patriarca se habían perdido a un gran guerrero al no tenerlo de su lado.

Nilo tomó la mano de Atti, muy fuerte, y echaron a correr hacia el pozo con la esperanza de poder salir por fin del templo. Cuando llegaron, empujaron la tapa de hierro entre ambos. Pero entonces sucedió algo que no estaba previsto y que cambió por completo el rumbo de los acontecimientos.

Un inmenso tentáculo emergió del pozo dando sacudidas que derribaron varios árboles y algunas de las columnas del pórtico que rodeaba el jardín, interrumpiendo la lucha cuerpo a cuerpo de Pantera y de Lorick contra los hombres de Nabor, que se dispersaron para escapar de aquella fuerza incontrolable, pues un solo golpe de ese tentáculo podía suponer la muerte.

Eso, o acabar sepultados bajo el destrozo que en apenas unos segundos ocasionó.

Attaegina se quedó paralizada de horror al escuchar los bramidos de esa bestia que había enloquecido por completo. Y es que Molok ya conocía el sabor de los ángeles y no se saciaría hasta devorarla.