El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 58
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CAPÍTULO 58

Cuando Sekmis sintió la hoja fría del sable debajo de su garganta, abrió su mano con gesto de derrota para dejar que su daga cayera al suelo con la inercia de la rendición.

No tenía ninguna escapatoria. Pantera había conseguido acorralarla en apenas un par de segundos sin hacer siquiera ruido.

Sekmis no podía ver su cara, pero sí era capaz de sentir su sed de venganza.

Temblando aún más que antes, tragó saliva. La había reconocido.

─ ¿Amneris? ─preguntó─. ¿Eres tú?

Al escuchar ese nombre Attaegina revivió toda la historia que le habían contado sobre Nimeria y su fiel e inseparable compañera Amneris: la única discípula que había escapado con vida del templo.

─ ¿Todavía te acuerdas, arpía? ─le preguntó relamiéndose de gusto al intimidarla─. ¿Cómo puedes dormir tranquila cada noche?

─ Amneris, eso pasó hace mucho tiempo…

─ ¡Era tu hija! ─rugió Pantera─. ¡Era tu hija y se la entregaste! ¿Es eso lo que haría una madre?

Attaegina comprendió: así que Nimeria era hija de Sekmis, una hija con ojos de ángel. Y al Patriarca solo le importó lo último. Él solo se cuidaba de alimentar bien a Molok para alcanzar sus objetivos.

Pantera parecía dos veces más grande que antes, o quizás es que Sekmis se había hecho pequeña de repente. De su altivez y su poderío de suma sacerdotisa en ese instante no quedaba más que su tiara de oro. Nada más.

─ Se acabó, Sekmis ─susurró Pantera sin aflojar ni un poco la tensión de sus musculados brazos─. Tú no serás la única a la que mate, pero sí vas a ser la primera.

Y presionó aún más la hoja sobre la impecable piel broncínea de Sekmis, dispuesta a degollarla sin más dilación.

─ Eso a lo mejor tienes que pensártelo ─respondió otra voz.

Era Ibis, y tenía a Nilo como rehén. Al parecer, podía ser tan rápida como su oponente.

Sin embargo, sus amenazas no hicieron vacilar a Pantera, quien prácticamente ni se inmutó.

Tampoco Nilo. Una pragmática aura felina envolvía a los dos hermanos, que afrontabanla situación imperturbables, atentos a cada detalle, desde el ritmo de la respiración de las sumas sacerdotisas a los efluvios que el aire transportaba a su paso por las hojas del Gran Laurel.

Era obvio que ambos tenían previsto que algo así pudiera ocurrir en el último instante, seguramente hasta lo llevaban hablando desde años atrás, desde que Pantera comenzó a planear su venganza y Nilo decidióayudarla.

Lorick y Halcón los observaban sin atreverse ni a abrir la boca, por si un simple gesto podía hacer declinar la suerte de alguno de los dos hermanos.

Mientras tanto Attaegina los miraba acongojada preguntándose qué habría hecho ella si ese, en lugar de Nilo, hubiese sido Tauh.

Si Pantera hubiera sido ella, ¿cómo habría actuado?

─ ¿Qué pasa, Amneris? ─continuó Ibis, sibilina─. ¿Se te han bajado los humos?

La daga de Ibis se ajustó un poco más alrededor del cuello de Nilo, pero este seguía tranquilo sin dejar de mirar a su hermana, un hecho que, como suponía, molestó a la suma sacerdotisa.

Pantera no se quedó indiferente: ella también ciñó la hoja de su sable a la hermosa piel de Sekmis, pero a diferencia de Nilo, esta sí gimió, suplicante, rogando para que su hermana melliza la sacara de ese entuerto.

─ Nunca pudisteis conmigo ─respondió Pantera mostrando sus colmillos de oro─, ¿por qué hoy tendría que ser distinto?

─ Porque si pestañeas mataré a este niño.

Pantera soltó una carcajada que irritó todavía más a Ibis. «Pero, ¿qué hay de Nilo?», pensaba Atti. Una extraña templanza invadía la expresión del chico. ¿Tanta fe depositabaen su hermana?

─ ¿Te hace gracia, Amneris? ─intervinó Ibis empezando a impacientarse─. ¿Tan poco te importa la vida de tu hermano que te da igual sacrificarlo por llevar a cabo tu maldita venganza? ¡Ahora vas a ver!

Attaegina, Halcón y Lorick asistieron con horror al momento en que Ibis, definitivamente y henchida de rabia, decidió rebanar el cuello de Nilo sin ningún tipo de piedad ni de reparo. Pero entonces comprendieron el motivo de que el chico permaneciera tan tranquilo.

Sin duda, su hermana conocía el desenlace de esa encrucijada de venganzas, había pasado años consultandoa los arcanos.

Sabía que era una posibilidad que Ibis intentase chantajearla amenazando a su hermano, por eso Nilo y ella se habían preparado tan bien y ambos sabían, aunque sin comprender por qué, quesaldrían ilesos, que se produciría un milagro en el último instante.

Y las predicciones de Pantera nunca, nunca habían fallado.

Ninguno de los presentes supo cómo, pero Nilo cayó al suelo de rodillas con el cuello intacto. Entonces Atti lavio: era Nimeriainterponiéndose entre el arma de Ibis y el cuerpo del chico, deteniendo esa hoja afilada, deteniendo la muerte.

Sin embargo, Sekmiscontinuaba en manos de Pantera, lloriqueando y rogando por su vida, y no parecía ir a correr la suertefavorable de Nilo.

Pantera, sedienta de venganza y dispuesta a hacer justicia, sonrió triunfante.

Deseaba contemplar la sangre caliente de Sekmisderramándose a borbotones por encima de su impoluta túnica de sacerdotisa, así que le clavó los dedos en medio de la cabeza para sujetarlabien por el cabello mientras que con la otra mano. ..

─ ¡No, por favor! ─le suplicó Ibis mientras su imagen altiva y autoritaria se desmoronaba en cuestión de segundos.

Por primera vez Pantera había errado. Eran tantas las veces que había visualizado a Sekmisdegollada por su propia mano que no entendió qué tenía tanta fuerza como para detenerla.

Y no, no fueron las súplicas de ninguna de las mellizas.

¿Qué era eso que no veía pero que era tan grande o tan infalible?

El tiempo se detuvo. El aire se tornó ligero.

Cada mota de polvo brillaba bajo una luz diamantina, demasiado limpia, que no pertenecía a la luna ni a las estrellas.

Todos se quedaron congelados por un instante, un momento sin odio en el corazón, sin rencor, sin mentiras.

Sin miedo. Entonces Pantera la vio. La vio con tanta claridad que se quedó sin aliento mientras un reguero de lágrimas repentinas, incontrolables, acudía a emborronar su visión.

─ Déjalo ya, Amneris ─le pidió Nimeria rompiendo al fin su voto de silencio─. Termina con esto sin mancharte las manos.

─ ¡Nimeria! ─exclamó con un nudo en la garganta.

En ese instante, Nimeria se hizo visible para todos.

También para Sekmis, la madre que la había entregado en sacrificio, la madre que no luchó por salvar a su hija.

La mala madre. Pantera dejó ir suavemente a la suma sacerdotisa.

Su energía ya no le parecía peligrosa, sino dócil, como la de un cordero. Entonces, Nimeria se dirigió a ella.

─ Yo ya te he perdonado ─susurró. Y su voz resonó en cada rincón, en cada trozo de tierra que pisaban, en cada centímetro de piel. Era la frecuencia angélica. Atti ya la conocía.

Ese acto tremendo de perdón se derramó sobre todos los presentes como una caricia, como un bálsamo sedoso capaz de aliviar cada sentimiento de dolor, cada huella de culpa.

Sekmis se arrodilló ante la figura espectral de Nimeria, atormentada por el remordimiento, y le besó el contorno de los pies, etéreos como la brisa nocturna.

─ Todo se hizo ya ─dijo con una dulce templanza la doncella sacrificada─. Pero el camino sigue y sigue. Todavía puedes escoger...

La reacción de Nimeria sobrecogió a todos. Inclinada sobre su madre y acariciándole la frente, era la compasión encarnada, capaz de conmover al más duro de los espíritus. O quizás no …

Nabor XIII irrumpió de pronto rodeado por una comitiva de soldados armados.

El fuego de las antorchas sembraba su máscara dorada de reflejos fulgurantes que la hacían brillar en la oscuridad como un sol poderoso, incandescente, voraz.

Cuando Nimeria lo vio desapareció en el acto y su aura angélica se desvaneció como si jamás hubiese estado allí.

Entonces, la lugubridad regresó al jardín del Gran Laurel.

El pozo era la única escapatoria posible, y Attaegina lo observaba con esperanza justo cuando el Patriarca se colocó sobre él a modo de barrera.

No parecía dispuesto a aceptar otra derrota.

Entonces Halcón y Lorick se colocaron alrededor de ella, ambos preparados para enzarzarse con aquellos hombres en una lucha sin piedad con tal de protegerla.

─ Attaegina Mentastro, has acabado con mi paciencia ─comenzó Nabor visiblemente molesto─.

Reconozco que cuando llegaste al templo me pareciste una inepta, una estúpida chica de pueblo.

Pero al ver tus ojos, tus ojos inconfundibles, no pude dejarte escapar.

No todos los días, ni todos los años, qué digo, ni en varias décadas aparece una chica como tú.

Una chica ángel. Idiota de mí, pensé: «Un regalo del Cosmos».

Creí que sería mucho más fácil someterte, engañarte y entregarte a Molok.

Pero resulta que incluso has conseguido escapar de sus tentáculos.

Eres lo más desobediente que ha pasado por mi templo.

Tú y… ─Giró la cabeza hacia Pantera─. Amneris, sigues siendo bellísima.

Es una pena, tanta belleza desperdiciada en un cuerpo con un alma irreverente y tosca.

Así que es verdad, eres la adivina de Teff de la que todo el mundo habla, la misma que ha profanado todas nuestras enseñanzas sagradas a cambio de propinas.

─ Pensabas que estaba muerta, ¿verdad? ─respondió Pantera en tono increpante─. ¿Pensabas que tu calamar me había comido? ¿Como a ella?

Nabor parecía saber bien de quién hablaba. Se rio con condescendencia.

─ A Nimeria, te refieres… Fue un sacrificio mítico, un bocado excepcional. Gracias a ella, Molok devastó las tierras del Este, una conquista histórica, gloriosa. ¿Sabes de qué es capaz un diablo que ha comido un único ojo de ángel?

─ ¡Voy a matarte, cerdo! ─rugió Pantera mientras Nilo trataba de contenerla─. ¡Y ese día va a ser hoy!

Pantera apartó a su hermano bruscamente para saltar sobre Nabor con el sable en las manos, pero la guardia del Patriarca formó una barrera en torno a su superior, todos con sus lanzas en ristre.

Pantera vaciló. Ellos eran muchos y Nabor se veía inalcanzable.

No quería desperdiciar años de deseos de venganza por una provocación repentina.

Entretanto, Sekmis continuaba agazapada en el suelo sin levantar el rostro mientras Ibis intentaba hacerle señales para que se reuniera con ella.

Las palabras del Patriarca habían removido sus peores remordimientos y el peso de la culpa de nuevo se desplomó sobre ella como una terrible losa que jamás podría levantar.

Pero el Patriarca no había terminado de hablar. Ahora le tocaba a Lorick. El nórdico se puso nervioso cuando se dirigió a él, pero no bajó su arpón ni un instante con tal de defender a Atti, pasara lo que pasara.

─ Eras un buen partido, Lorick ─comenzó Nabor con paternalismo─.

Habrías llegado lejos si te hubieses unido a mis filas.

Y fíjate, tú también eras un simple pueblerino cuando llegaste a Teff, pero aquí te labraste un nombre.

Atrapaste a ese pez mítico y todo el mundo empezó a hablar de ti. Creía que tú y yo nos entendíamos.

─ Si quieres hacerle algo a ella, tendrás que pasar por encima de mi cadáver ─sentenció Lorick con frialdad. Nabor se rio.

─ La chica ángel, ¿eh? Ya me imaginaba yo que mentías el día que me aseguraste no conocerla de nada.

Attaegina se quedó mirando a Lorick y una gran conmoción la sacudió por dentro. En realidad, no esperaba otra cosa de él. Incluso sabiendo que ella prefería a Halcón, él había continuado protegiéndola de las garras de ese tirano a toda costa y sin dudar.

─ Un poco sospechoso viniendo de Bérika, si allí solo viven cabras y los cuatro pastores que las crían.

¿Cómo no ibas a conocer a una chica como Attaegina?

Nadie que la vea una sola vez se queda indiferente.

Y no solo por sus ojos. Su horrenda cicatriz también la hace muy particular.

¿A cuántas jóvenes conoces que hayan sido agredidas por un demonio?

Lorick no respondió. Con su mirada glacial, sin flaquear, continuó retando a Nabor a pesar de su tono amenazante y de la veintena de soldados armados que se abalanzarían sobre él y sobre Halcón a una sola orden de su superior.

─ Bueno, si ya te has posicionado… Te respeto, Lorick.

Pero no quiero escuchar a tu fantasma protestando después de que Molok se coma tu cadáver esta noche.

─Se dirigió ahora a sus hombres─. Sacad a las sumas sacerdotisas de aquí y llevaos también a Attaegina.

Pero no le hagáis ni un rasguño. Debe ser entregada en perfecto estado esta misma noche. A los demás, matadlos.

─ ¡Eh! ¡Espera! ─lo interrumpió la voz de Halcón. A Nabor le desconcertó su descaro.

─ ¿Y tú quién eres y con qué derecho te diriges a mí en ese tono?

En los ojos de Halcón brilló un astuto resplandor dorado. Atti se dio cuenta entonces de que el mercader llevaba un buen rato planeando algo. «No hagas ninguna locura, Halcón», le pidió en su interior.

─ Yo me llamo Halcón y soy un nawal ─ le respondió con firmeza─. Y sé que tú también lo eres. Así que te reto, Nabor. Te reto.