CAPÍTULO 57
─ ¡Epona! ─gritaba Attaegina tirando con fuerza de los brazos de la fae ─ . ¡Epona!
Lorick sacudió su arpón sobre el tentáculo sin causarle apenas ningún daño y Halcón hizo lo mismo con el extremo de su bastón, prendido como una lanza flamígera.
Pero no se trataba de una simple y vulgar alimaña como las del bosque.
¿Qué podían hacer ellos contra un diablo legendario, uno como Molok, que había necesitado a tres de los mejores nawales para ser vencido en la antigüedad?
Incluso así, lucharon con todas sus fuerzas sin desistir por sacar de allí a Epona, pero el tentáculo era firme y veloz, la zarandeaba de un lado a otro y comenzaba a asfixiarla con su peso enredándose alrededor del frágil cuerpo de la fae , que ya apenas podía abrir la boca para pedir ayuda.
─ ¡Epona! ─exclamó Atti sin darse cuenta de que el tentáculo empezaba a arrastrarla junto a la otra discípula.
─ ¡Atti, no! ─intervino Lorick sujetándola por las piernas. Attaegina cayó torpemente al suelo mientras contemplaba con horror cómo Epona desaparecía ante sus ojos─. ¡Es inútil, Atti! ¡Ya no puedes hacer nada por ella!
En ese momento, Halcón levantó otro escudo de protección delante del monstruo,que no parecía dispuesto a detenerse.
─ ¡Corred! ¡No voy a poder contenerlo mucho!
─ ¡No! ─se opuso Attaegina─. ¡Si tú te quedas, yo también!
Pero Halcón ni siquiera le discutió. Dirigió una única mirada a Lorick y el nórdico entendió lo que tenía que hacer, así que se cargó a Atti sobre la espalda, pues estaba muy débil, y aceleró los pasos detrás de Nilo, que se desenvolvíapor los oscuros pasadizos con la agilidad de un gato callejero.
─ ¡Lorick, por favor! ─ suplicaba Attaegina─. ¡No podemos abandonarlo aél también!
─ Confía en Halcón, sabe lo que hace.
Halcón, plantado inmóvil delante de los tentáculos que luchaban por adentrarse allí, tenía su bastón colocado en vertical trazando la línea media de su cuerpo, con el extremo en el suelo.
Musitó unas oraciones y el bastón creció hasta el techo medio derruido del pasadizo.
Acto seguido, se desplegó una pantalla de llamas que impedía el paso a Molok.
Sus brazos gelatinosos la golpeaban con violencia mientras el nawal , con la frente sudorosa, continuaba sin inmutarse, inmerso en sus rezos, con los ojos muy abiertos.
La bestia continuó empujando desde fuera.
Cada latigazo que asestaba a la barrera con sus tentáculos hacía que toda la tierra se tambaleara con una vibración estremecedora.
─ Ahí te quedas, diablo ─dijo Halcón dando media vuelta para alcanzar a los demás. Corrió por una gruta ascendente y muy pronto escuchó el eco de los pasos de Lorick y de Nilo.
─ ¡Halcón! ─exclamó Atti al verlo de nuevo.
─El decreto nos protegerá durante algunos minutos ─explicó el nawal ─ , suficiente tiempo para despistarlo y salir de aquí. Ahora hay que seguir corriendo.
De pronto, otra figura se desprendió de la oscuridad para sumarse a la carrera.
─ ¡Por aquí! ─exclamó Pantera sin mirar atrás─. ¡Rápido!
Attaegina tuvo una sensación extraña al verla, como si ya la conociese.
Pero eso no era posible. De repente sintió la presencia de Nimeria muy cerca, tanto que se le metía dentro de los pensamientos.
¿Estaría intentando advertirle de algo? El caso es que Lorick y Halcón no parecían albergar ninguna desconfianza por Nilo y por Pantera.
Y ella, abatida, débil, hambrienta y cargada sobre la espalda del nórdico, no podía sino rendirse y delegar mientras seguía atormentándose por no haber podido salvar a Epona.
El suelo era irregular y la altura de la gruta también.
Unas veces el techo era alto, otras se hacía pequeño y Lorick, que era el que medía más que ninguno, debía agacharse para pasar.
Además, el aire ahí dentro estaba viciado y el recorrido se hacía interminable.
De pronto Pantera se detuvo. Se trataba de una bifurcación.
Se asomó por el camino de la izquierda y después se giró hacia los demás.
─ Es por allí…
Pero no dijo más. Por primera vez se fijaba en Attaegina y eso la había dejado sin habla, paralizada en medio de la carrera, como si hubiese visto un fantasma.
─ Hermana, ¿qué pasa? ─le preguntó Nilo─. ¿Te encuentras bien?
Atti también se había dado cuenta de que una extraña relación existía entre ambas. Le pidió a Lorick que la ayudase a ponerse otra vez de pie en el suelo y se quedó quieta mientras Pantera avanzaba hacia ella muy despacio.
─ Tienes los ojos de... Los ojos de otro mundo, de otra era ─le dijo la adivina.
Attaegina sintió a Nimeria cruzar el aire muy rápido y Pantera recuperó la entereza en un instante.
─ Vete, Attaegina. ¡Vete! ¡Sacadla de aquí! Molok conoce su olor y no se detendrá hasta que la encuentre.
─ ¿Y tú? ─le preguntó Nilo empezando a preocuparse al ver a su hermana tanteando el camino de la derecha. Pantera fue clara y concisa:
─ Seguid sin mí. Nuestros caminos se separan aquí.
─ ¡Voy contigo!
─ ¡No! ─se opuso Pantera con fiereza. Luego serenó un poco su tono al darse cuenta de que estaba hablándole a su hermano pequeño quizás por última vez en su vida─.
Nilo, ellos han pagado para que les guiemos.
Debemos cumplir nuestra parte del trato.
Ahora toma esto y termina de llevarlos hasta el exterior, ya conoces el camino .
Y le puso en la mano la perla del Príncipe.
Cuando Nilo la vio, comprendió. Había acompañado a su hermana en miles de aventuras, a cual más arriesgada y peregrina.
Pero esa vez tenía que dejarla sola. Ella lo deseaba así, aunque le costara la muerte.
Se despidieron sin más dilación, intercambiando un gesto cómplice y uniendo las palmas de sus manos apenas dos, tres segundos.
Acto seguido, Pantera se despidió de todos levantando un brazo y echó a correr por el pasillo opuesto.
─ ¡Sigamos! ─exclamó Nilo recobrando su espíritu enérgico. Y se colocó a la cabeza del grupo para guiarlos a todos obedeciendo los deseos de su hermana, hasta que, poco después, divisaron una luz muy tenue al fondo del pasadizo.
─ Ya estamos de nuevo en el templo ─susurró─. Ahora, despacio y sin hacer ruido.
─ Esas son las celdas de mis compañeras ─observó Attaegina─. La del final era la mía.
─ Lo sabemos ─respondió Nilo─. Hemos entrado por ella desde la ventana que da al jardín del Gran Laurel.
Incluso en la oscuridad, Attaegina notó a Lorick incómodo al escuchar eso.
El único que sabía cuál era su habitación era Halcón, pues había ido a verla una noche.
Atti sabía que no era plato de buen gusto para el nórdico.
Pero no era momento para discutir ni pedir explicaciones, así que uno por uno, comenzando Nilo, atravesaron el pasillo pegados al muro y se fueron colando con sigilo en la que había sido la celda de Attaegina, quien sintió un vacío extraño cuando volvió a entrar en su habitación, pues no quedaba ni rastro de su presencia allí, como si la hubiesen borrado de la historia del templo.
Nada. Ni su ropa, ni el doblón de oro, ni siquiera sus sandalias.
Se habían dado prisa, eso sí, en eliminar cualquier evidencia de que una vez fue discípula del Oráculo.
Quizás en un par de meses ninguna de sus compañeras se acordaría ya de su paso por el templo.
─ Sube tú primero, Nilo ─le indicó Halcón. Despuésse giró hacia Attaegina─. Saldremos por el jardín del Gran Laurel. Es la misma ruta que hemos seguido para llegar.
─ Ese árbol está maldito ─dijo ella.
─ Lo sé ─confirmó Halcón─, el Gran Laurel esconde una fuerza muy oscura. Y además, está custodiado por cuatro centinelas. Tendremos que ser muy sigilosos.Por suerte, Molok no puede seguirnos si no es a través del agua.
Nilo empezó a trepar por una soga que habían dejado colgando de la ventana de la celda, esa que Atti tanto odiaba por quedar tan arriba que apenas dejaba entrar ni luz, como en una auténtica cárcel.
─ Attaegina, te toca ─le dijo Nilo desde arriba sujetando la cuerda.
Y en ese momento alguien abrió suavemente la puerta de la celda en contra de todos los planes. Atti se quedó sin aliento al distinguir la silueta de Libia, que los alumbró con una lamparilla.
─ ¡Attaegina! ─se asustó al descubrirla con tres desconocidos.
─ Libia, espera, puedo explicártelo.
Pero Libia negaba con la cabeza sin querer escuchar nada.
─ Libia, son mis amigos ─continuó explicándole Atti, atropellándosecon sus propias palabras─. Ellos me han salvado, me han salvado de Nabor. Nabor ha intentado...
─ No entiendo por qué sigues aquí Attaegina. Pero no te creo.
─ ¡No! ¡Escúchame! Han matado a Epona. El templo es peligroso. Tenéis que salir de aquí, tú y todas las demás.
Pero Libia no esperó más. Attaegina sabía que no la iba a convencer porque Libia era terriblemente obediente,un soldado maravilloso para las sumas sacerdotisas, y en cuestión de segundos se había marchado para avisar a los guardias.
─ ¡Atti, vámonos! ─la apremió Lorick. Y deprisa, muy deprisa, terminaron de subir todos hasta el jardín del Gran Laurel. Nilo recogió la soga y se quedaron quietos, escondidos detrás de un seto, mientras planeaban su siguiente movimiento .
El Gran Laurel se erigía en medio del jardín como un altar sacrificial, como un gran ente que todo podía verlo, y a sus pies, inmóviles y fieles, los cuatro centinelas cumplían rigurosamente su turno de vigilia.
Attaegina notó en seguida la bofetada de su olor narcótico y venenoso que oscilaba entre el perfume y el hedor.
Hedor de muerte. Y el peso insoportable de la culpa recayó de nuevo sobre sus hombros, sobre su corazón, al recordar los últimos segundos de vida de Epona.
En ese momento, movido por el instinto, Halcón le cogió la mano con firmeza y Atti, sin decir nada, sin siquiera mirarle, sintió toda su calidez aliviando su sufrimiento. Pero también estaba Lorick observándolos de reojo, incómodo.
─ Tenemos que cruzar al otro lado ─señaló Nilo, que tenía la cabeza más fría que ninguno en ese instante─. Allí está el pozo.
Y comenzaron a desplazarse aprovechando las zonas más sombrías, aquellas en donde la vegetación estaba más crecida y espesa.
─ ¿El pozo es una entrada? ─se asombró Atti.
─ Exacto. En su momento almacenó agua, pero desde hace muchísimo tiempo, y no por casualidad, alguien lo convirtió en otro pasadizo más de los que unen el templo y el palacio de Nabor con otros puntos de la ciudad. Pantera logró escapar por allí.
─ Espera ─dijo Attaegina─. ¿Pantera es…?
Nilo se encogió de hombros, indiferente.
─ Mi hermana. Sí. Bueno, nuestro padre no fue el mismo, de ahí que nuestro aspecto y color de piel sean tan distintos, pero...
─ No me refiero a eso ─dudó Attaegina─. Quiero decir… Si Pantera escapó alguna vez de aquí, ¿significa que estuvo en el templo?
─ Silencio ─susurró él deteniéndose un instante para estudiar la situación. Luego, deliberó─: Vamos. Seguidme por aquí.
Sorprendentemente, Nilo parecía conocer muchos de los recovecos del lugar, como si ya hubiese deambulado por él en más de una ocasión sin que nadie nunca lo hubiese descubierto. Así que los condujo a través de las zonas más frondosas y abruptas del jardín, las más oscuras y laberínticas.
De repente se detuvo en seco y los demás tras él. Quietos, casi sin respirar, vieron pasar a cuatro soldados armados y comprendieron que Libia, sin duda alguna, ya había dado la voz de alarma.
─ El pozo ya se ve desde aquí. Queda muy poco ─anunció.
Y aguardaron pacientemente hasta que la zona estuvo despejada.
Agazapados en las sombras lograron llegar hasta el círculo de laureles que rodeaban el pozo.
Ellos mismos lo habían cerrado desde fuera y ahora tenían que volver a levantar la tapa con mucho cuidado para no ser descubiertos.
─ Discípula ingrata, ¿a dónde vas? ─preguntó una voz de mujer saliendo de la oscuridad. Era Sekmis, tan elegante e imponente como de costumbre, con su tiara de oro cubriendo su entrecejo y, sorprendentemente, con una daga en la mano.
─ Deja que nos marchemos, Sekmis ─le respondió Atti sin intención de suplicarle. Sekmis se sintió ofendida.
─ Yo he sido tu mentora. ¡Háblame con el debido respeto!
Pero Attaegina no se dejó intimidar. Tras el impacto inicial que les causó verla armada, no fue difícil darse cuenta de que a Sekmis le temblaba la mano.
Era obvio que pocas veces o ninguna en su vida había tenido que librar combate y, claro estaba, se encontraba en gran desigualdad de condiciones ante ellos. Solo trataba de asustarlos.
─ Yo ya no te tengo respeto, Sekmis. Es más: nunca lo mereciste. Tú sabías que en el templo asesinan a doncellas. Tú sabías que Epona iba a ser entregada en sacrificio. ¡Y te lo callaste! ¡No hiciste nada para salvarla! Eres cómplice y tan asesina como Nabor.
─ ¡Cállate! ─protestó la suma sacerdotisa acercándose más aunque sin dejar de temblar─. Eres asquerosamente terca y… ¡Maldita sea! ¡Me tenía que tocar a mí!
Automáticamente, Lorick y Halcón se colocaron delante de Atti para defenderla, el primero con su arpón.
El nawal , con su bastón. Esto último desconcertó a Sekmis, pues reconoció al instante esa clase de objeto.
Miró a su poseedor, desafiante, abrumada por una sensación de rabia e impotencia.
Ella era una sacerdotisa, ¡no un soldado!
¿Qué podía hacer contra un hombre joven y fuerte como Lorick o contra un nawal ?
Pero se jugaba mucho. Si Attaegina se escapaba por su culpa, sufriría un castigo proporcional a su falta y su estatus quedaría degradado.
Y antes que soportarlo, prefería la muerte.
Por eso se abalanzó sobre ellos sin ningún tipo de estrategia, sacudiendo su daga al aire y confiando en la suerte de poder herir a alguno porque ya no tenía nada que perder.
Sin embargo, no avanzó ni dos pasos: de la oscuridad se desprendió una pantera negra que sí tenía una estrategia trazada, una estudiada y planeada a lo largo de años, la misma que le había permitido llegar hasta allí y que había madurado al abrigo del más doliente de los rencores.
No era una estrategia, no. Atti comprendió: era una venganza.