CAPÍTULO 56 #2
Los tentáculos se agitaban con violencia golpeando a ciegas cada rincón de aquella galería, buscando el suculento manjar que se les había prometido.
─ Epona, no sé cuánto tiempo podré sostener el escudo ─dijo Atti─, pero ese diablo no se marchará sin haber comido. Tenemos que pensar en algo.
Epona continuó paralizada por el miedo cuando la silueta fantasmagórica de Nimeria sobrevoló el canal. Entonces Atti, siguiéndola con la mirada, encontró en la pared de enfrente una hendidura que hasta ahora había pasado por alto: acababa de encontrar la salida.
─¡ Tenemos que cruzar al otro lado! ─anunció.
─ ¿Qué?
Epona estaba horrorizada, quieta como una estatua. No podría moverla de allí.
─ La salida está allí, ¡mira! Se puede ver desde aquí. Tenemos que cruzar.
─ ¿Cómo? Si salimos del escudo nos atrapará.
Attaegina tomó aire y cerró los ojos pidiendo ayuda a su guía angélica.
─ Confía en mí ─susurró─. Confía en mí…
En ese momento, una voz con acento del Sur la llamó.
─ ¡Attaegina! ¡Date prisa!
Era la voz de Halcón, que acababa de salir de la hendidura del muro seguido por Lorick. Atti sintió una fuerte emoción cuando los vio, pero se concentró para mantener la cabeza fría. Después de todo, el amor de su vida había llegado, tal y como esperaba…
─ ¡Halcón! ¡Lorick! ¡Necesitamos cruzar, pero no podemos !
Halcón se fijó en el escudo de luz blanca que Atti había levantado. No era momento de preguntarse cómo lo había hecho ni si al final tenía que transigir si ella volvía a pedirle que la hiciera nawal . Simplemente era muy oportuno.
Mientras Lorick le guardaba las espaldas con el arpón en las manos, preparado para usarlo contra ese monstruo las veces que hiciera falta, Halcón desenfundó su bastón y este se alargó mágicamente con un aura de luz cálida.
Golpeó el suelo tres veces con un extremo y formó otro círculo de protección, pero este era tan ancho que llegaba incluso al otro lado, donde estaban Atti y Epona.
─ ¡Tenéis que cruzar, Attaegina! ¡Puedo cubriros durante un instante!
Atti calculó la distancia que las separaba de la otra orilla y dudó. Después miró a Epona, que estaba muy asustada.
─ ¡Está muy lejos, Halcón, y no podemos tocar el agua!
─ ¡Entonces vuela! ¡Sabes que puedes hacerlo! ¡Vuela con tus alas blancas!
Attaegina cogió aire hinchando los pulmones lo máximo que pudo.
No estaba segura de que fuera a conseguirlo, pero no le quedaban opciones.
Así que, sin soltar a Epona, se confió a la ayuda de los ángeles y saltó al vacío, y cuando sus pies estaban a punto de caer sobre los tentáculos de Molok, su cuerpo se elevó en el aire, caminando sobre él sin dificultad, mientras que un par de alas de plumas blancas, brillantes como el cristal, brotaron de su espalda.
El tiempo pareció detenerse. Lorick se estremeció al reconocer que Atti en ese estado era lo más puro que sus ojos jamás habían contemplado, y se llenó de su paz, de la armonía de su suave aleteo, mientras esperaba atento para tirar de su brazo en cuanto aterrizase para ponerla a salvo de ese monstruo.
Halcón, por su parte, se hallaba concentrado en el escudo de protección.
No podía flaquear ni un solo instante porque Molok aprovecharía cualquier descuido.
Había logrado manejar la sensación de opresión en el pecho que le producía estar tan cerca de tamaña bestia.
Pero de pronto, una punzada de dolor lo sacudió desde dentro y se tambaleó.
Justo entonces, debajo de los cuerpos de Atti y Epona, la gran boca dentada del calamar gigante emergió, abierta y famélica, escupiendo chorros de negra tinta sobre ellas.
─ ¡Attaegina! ¡No mires! ─exclamó el mercader─. ¡Sigue volando! ¡Ya casi habéis llegado!
Molok con sus tentáculos ocupaba todo el canal hasta el punto de que ya ni siquiera se veía el agua en la que nadaba, y su boca, emitiendo el hediondo olor a carroña que Atti había percibido nada más llegó a Teff, se impulsó hacia ellas en un intento desesperado por comer.
Pero Attaegina logró descender suavemente sobre la otra orilla, planeando con las alas abiertas y sin soltar a Epona.
Y todo sucedió despacio, sin que el tiempo corriera apenas.
Cuando sus pies volvieron a tocar el suelo, sus alas se desvanecieron y aterrizó sobre Lorick, que estaba preparado para sostenerla.
─ Deprisa ─les dijo el nórdico guiándolas hacia la hendidura─. ¡Corred!
─ ¿Y Halcón? ─dudó Attaegina mirando hacia atrás. El escudo de luz iba mermando en tamaño mientras el mercader caminaba de espaldas sin perder de vista a Molok. No podría mantenerlo a raya por mucho más tiempo.
─ ¡Haz lo que te dice, Attaegina! ─exclamó comenzando a bajar el bastón─. ¡Por lo que más quieras!
Atti obedeció sin más sabiendo que, si no, entorpecería sus planes y entonces sí se pondrían en peligro, así que corrió detrás de Epona, después le siguió Lorick y, finalmente, el mercader. De pronto se encontraron con Nilo.
─ ¡Seguidme! ─les indicó el chico con cara de gato.
Sin embargo el tiempo, que momentos antes parecía haberse detenido, de pronto se aceleró como si pretendiese recuperar los minutos perdidos.
Y todo sucedió muy rápido, tan rápido que nadie se dio cuenta de que uno de los tentáculos, acaso el más perverso y escurridizo de todos, penetró por la hendidura que les había servido de escapatoria, enredándose en las piernas de Epona y arrastrándola por el suelo, como si el monstruo, rabioso como estaba, quisiera cobrarse en primer lugar el tributo que le habían entregado en sacrificio y que aún no había probado.