El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 56
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CAPÍTULO 56

Attaegina sabía que no podía permitirse sentir una pizca de miedo si quería salir de allí con vida.

Todo estaba tan oscuro como la boca de esa misma bestia a la cual la querían ofrecer en sacrificio, pero la gema de Halcón iluminaba sus pasos como una cálida llama capaz de tragarse las tinieblas.

El agua le llegaba a ratos por el pecho, otras veces el canal se volvía tan profundo que tenía que nadar.

Le aterraba aletear con las piernas en esas aguas estancadas sin poder ver nada ni saber qué clase de criaturas las habitaban.

Pero no podía detenerse. No, hasta que saliera con vida.

Y saldría porque, cuando se proponía algo, nadie la ganaba a tozudez.

«Sí, como una cabra montesa», se repitió a sí misma con sarcasmo recordando cómo la había llamado el Patriarca.

Buscaba en las paredes algo que le sirviera de refugio, alguna hendidura, una puerta, una pasarela.

Nada. Los muros de roca eran lisos y el agua marina que transitaba los canales se había ocupado de erosionarlos durante cientos de años.

Ni siquiera había alguna protuberancia a la que pudiera agarrarse ni trepar si era atacada en ese momento.

Pero no se rindió. Aunque tuvo ganas de detenerse a esperar su muerte y llorar de desesperación, continuó nadando.

La tela húmeda pesaba sobre su cuerpo y su trenza se había deshecho por completo cayendo sobre su espalda todo el pelo mojado y enmarañado.

Daba igual. Encontraría algo, alguna salida.

Lo sabía. Podía sentirlo en sus entrañas.

Eso y que el amor de su vida llegaría muy pronto a su encuentro.

No sabía cuánto tiempo llevaba nadando cuando al fin vislumbró unos escalones que conducían a una pasarela de piedra. Subió lo más rápido que pudo, chorreando agua marina de la cabeza a los pies, y entonces le pareció distinguir a alguien tendido en el suelo. Parecía un centinela .

Atti se acercó muy despacio, pero el hombre no se movía. Cuando ya estuvo a menos de un metro de él, un incipiente hedor cadavérico sacudió su nariz y entonces distinguió a Zaphiel. Se tapó la boca con una mano para ahogar una exclamación y se apartó de él.

─ A ti también… ─susurró con un sentimiento compasivo─. Y fue porque yo te acusé. Tú estabas encubriendo al Patriarca, ¿verdad? En este maldito lugar todo el mundo encubre sus crímenes, por miedo. Tú no fuiste todo lo discreto que él quería.

Haciendo un esfuerzo por no respirar, Atti se agachó, le cerró los párpados al cadáver y con la mano le dibujó a la altura de la frente el símbolo del Primer Ángel para bendecir su alma.

Tras guardar unos segundos de silencio por el soldado caído, Attaegina continuó la marcha con el ánimo aún más funesto.

No había evidencias de que Nabor o sus hombres la estuvieran persiguiendo, y eso todavía la inquietaba más.

Eso y la ausencia de sonido. Parecía que algo o alguien se hubiera tragado el tiempo allí abajo, y tanta quietud le daba muy mala espina.

De pronto, creyó oír una voz. Una voz muy débil, quebrada. Femenina.

─ ¿Attaegina? ─preguntó Epona unos pasos más adelante─. Attaegina, ¿eres tú?

Atti dudó un instante hasta que distinguió la silueta de la pelirroja agazapada y temblorosa en el suelo, con la espalda apoyada en la pared.

Epona llevaba una majestuosa corona de flores blancas sobre la frente que contrastaba con el miedo imprimado en su cara.

Entonces Atti corrió hasta ella y, sin mediar palabra, se limitó a arroparla con sus brazos, y lo hizo como cuando sus hermanos pequeños necesitaban el consuelo de la madre que no tenían.

Epona se deshizo en lágrimas al notar su calor.

Se resbalaban sin cesar por encima de sus mejillas pecosas y pálidas mientras Attaegina permanecía firme, sólida y mirando a todas partes por si algún peligro inesperado salía a su encuetro en ese instante.

─ Nos dijeron que te habías marchado… ─le co ntó la fae entre sollozos─. Me dio pena que no te hubieras despedido… Pero resulta que también te han enviado aquí a morir.

─ Nadie va a morir, Epona ─sonó Atti contundente. Y la miró a los ojos con fijeza─. Nadie. ¿Me oyes? Nadie.

─ Pero…

─ Ahora levántate y camina. Vamos.

Epona no protestó. Se puso en pie y la corona de flores se le cayó al suelo. Entonces le asestó una patada con una ira que Atti jamás había imaginado en ella.

─ ¡Era mentira! ─gritó entre lágrimas─. ¡Era mentira! ¡Todo esto! ¡Este lugar y el Gran Laurel! ¡Era todo mentira! ¡Malditos sean el Laurel y el Patriarca!

Era la primera vez que Epona gritaba, la primera vez que protestaba, la primera vez que maldecía.

La primera que lloraba. Attaegina lo sabía y la dejó.

La dejó liberarse, sacar la furia que pronto se transformaría en valor, en ganas de luchar y de seguir viviendo.

Cuando Epona terminó, se abrazó otra vez al cuerpo de Atti, que la sostuvo en silencio, en calma, acariciándole el pelo y susurrándole al oído que todo se había terminado, que todo iba a pasar.

Que saldrían de allí. Que las dos vivirían.

─ ¿Cómo has llegado hasta aquí, Epona? ─le preguntó mientras se ponía a caminar llevando a la pelirroja de la mano, sin soltar la gema luminosa con la otra. Epona miró la luz, pero no le preguntó.

─ Anoche me ordenaron sacerdotisa ─relató ella avergonzada, como si tuviera la culpa─.

Sekmis me prometió que me llevarían a otro templo.

Entonces bajamos aquí. Yo nunca había visto estos canales.

Me trajeron en un esquife adornado con flores blancas.

Luego me abandonaron. Me habían dado de beber la medicina del Gran Laurel, así que no podía caminar ni apenas mantenerme despierta.

Después, todos se marcharon. No sé por qué me han hecho esto, Attaegina, yo que siempre fui fiel…

─ Escúchame, ¡tú no tienes la culpa de nada! Solo hemos sido sus víctimas.

─ ¿Víctimas? Pero…

─ Sí, sus víctimas. En este templo se rinden sacrificios, Epona. Y las chicas como tú, como yo, las que poseemos algún don o alguna característica especial, somos las mejores candidatas. Nabor me lo contó: él domina a Molok.

─ ¿Molok? ─se asombró Epona─. Pero, si Molok murió. Lo mataron tres nawales .

─ Es mentira. Sigue vivo. Uno de aquellos nawales era ancestro de Nabor. Mantuvo con vida al diablo calamar cuando logró que todo el mundo pensara que la criatura había muerto, y entonces lo puso al servicio de su familia gracias a sus malas artes.

─ Tú lo sabías, Attaegina ─dedujo Epona─, tú sabías que mentían, todos, también las sumas sacerdotisas. Pero, aunque lo hubieras dicho, ninguna te habríamos creído.

─ Pero, ¿qué es lo que pasa ahí dentro? ¿Cómo puede ser, con vuestros poderes, vuestros dones para la adivinación, que nunca ninguna discípula os hayáis dado cuenta de que el Patriarca miente, de que Ibis y Sekmis son sus secuaces? Os han estado utilizando todo el tiempo.

Epona se quedó pensativa.

─ No lo sé… De repente, al bajar aquí y al encontrarte, mis pensamientos se han hecho ligeros, claros. Ahora puedo discernir… Un embrujo invadía mi mente todo el tiempo. Las discípulas, creo, vemos con nuestros dones solo lo que ellos nos permiten ver. ¿Tú no has sentido eso, Attaegina?

Atti negó con la cabeza sin detenerse.

─ Comencé a sentir que mi voluntad se anulaba la primera vez que me arrodillé ante el Gran Laurel. Y días después, cuando bebí su veneno, luché contra él hasta que logré vomitarlo.

─ Así que era… ─titubeó Epona sin poder creerlo─. Era un veneno, Attaegina. ¡Un veneno! ¡Nos dominaban con ese veneno! ¿Qué es el Gran Laurel entonces? ¡Yo le había entregado mi vida!

Atti respiró hondo antes de responder:

─ No sé exactamente qué es esa cosa que llaman Gran Laurel, pero siempre percibí en él una fuerza oscura muy intensa, antigua y…

Un chapoteo quebró la quietud de las aguas produciendo un eco misterioso.

─ ¿Qué es eso? ─preguntó Epona temblando. Attaegina se asomó al canal. Su corazón palpitaba muy rápido. Esta vez no le cabía la menor duda de que Molok se hallaba muy cerca. Podía olerlo. Y él también podía olerla a ella…

─ ¡Corre! ─gritó tirando de la mano rígida de Epona cuando un enorme tentáculo salió del agua y golpeó el lugar en donde se encontraban.

Sin tiempo para pensar ni poder planificar ninguna estrategia, Attaegina intuyó que su única salvación de momento era correr.

Los tentáculos, cada vez más numerosos, afloraban a la superficie y se estiraban tratando de alcanzarlas.

Pero seguía sin aparecer ninguna salida para escapar por más que avanzaban.

─ ¡Tengo mucho miedo, Attaegina!

─ ¡Vale! ¡Pero no dejes de correr!

Atti suponía que Epona también había pasado un día sin comer ni beber, seguramente formaría parte de la preparación para el ritual.

Estaban agotadas, aterradas, empapadas. Las fuerzas que emplearían en esa huida eran las últimas que les quedaban a sus cuerpos.

Y si fallaban, ganaría Molok: entonces el Patriarca utilizaría la fuerza de ese diablo recién alimentado por una fae y una chica ángel para devastar un buen puñado de pueblos.

Así era como funcionaba su brujería. Pero Attaegina se prometió que jamás lo permitiría.

─ ¡No te daremos de comer, bestia inmunda! ─lo increpó sin parar de correr. Pero su osadía llegó a su fin cuando la pasarela de piedra terminó sin haberles ofrecido una sola manera de escapar. Ahora ya no sabía cómo continuar.

─ ¿Qué hacemos, Attaegina? ─le preguntó Epona muy nerviosa.

Atti recordó a Halcón. Y recordó su escudo de protección.

Ella no tenía ningún bastón de nawal , ni siquiera era una nawal .

¡Mas quería llegar a serlo! Entonces, colocó a la pelirroja detrás de su cuerpo y, sin perder de vista al monstruo, golpeó el suelo tres veces con el pie y, acto seguido, un escudo de luz blanca se levantó sobre ellas.