El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55

A decir verdad, la hermana de Nilo guardaba un buen parecido con una pantera negra de gesto amenazador.

Se movía como un felino a punto de abalanzarse sobre su presa y el color de su piel, más negro que una noche de luna nueva, hacía honor a su nombre y la mimetizaba con la oscuridad de la que procedía.

Solo sus joyas doradas refulgían ante la precaria luz del velón.

─ ¿Qué me traes ahora? ─preguntó con altivez al ver a Halcón y a Lorick─. Oh, Nilo... Ya sabes que no hago obras de caridad. Si necesitan algo, que se vayan al palacio. Los sacerdotes del Patriarca les darán alguna medicina.

Y se dio media vuelta, indiferente, como si no existieran.

─ ¡Espera! ─la detuvo Nilo─. Pantera, espera. Ellos no son como los demás clientes. Ellos necesitan algo que solo tú puedes conseguir.

Pantera enarcó una ceja, extrañada por las palabras de Nilo, aunque el escepticismo no desapareció de su rostro. De nuevo examinó a los recién llegados, cruzada de brazos y nada dispuesta a escuchar.

─ Espero que esto no sea otro de tus chanchullos, Nilo.

─ Pero, ¿qué dices? Yo ya no me meto en esos líos…

Pantera le asestó una mirada reprobatoria.

─ Esto es diferente, hermana.

─ Dame una única razón. Y que sea convincente, o se tendrán que ir por donde vinieron.

Nilo observó a Halcón cuando un brote de astucia se prendió en su gesto.

─ Este es un nawal ─ dijo señalándolo. Y por un instante, es cierto, captó el interés de Pantera. Ella se acercó al mercader con paso meditativo, escrutando su figura de arriba abajo. Parecía que le iba a morder la yugular en cualquier momento.

─ Me vale. ¿Y el otro? ─preguntó fijándose en Lorick. Nilo titubeó:

─ El otro… Tiene un arpón.

Lorick puso los ojos en blanco mientras Halcón reprimía una carcajada. ¡Vaya manera de presentarlo! Pantera comenzaba a impacientarse.

─ Un arpón, un arpón… ¿Es que eres pescador? ─le preguntó al nórdico directamente, en actitud desafiante. Pocas veces Lorick se había topado con un hombre más duro que aquella mujer.

─ Sí.

─ ¡Nilo! ─se giró para reprender a su hermano─. ¿Es una broma?

─ Pantera, escucha. Le leí los arcanos al nawal .

─ ¿Y qué pasa? ¿No se quedó satisfecho? Vas a tener que aplicarte más...

─ Es que están buscando a alguien.

─ ¿Y a mí qué me cuentas? ¡Pues que sigan! ¡Aquí solo estoy yo!

Pantera era cualquier cosa menos diplomática.

No le agradaba demasiado recibir visitas y, además, no estaba de buen humor.

Así que, mientras Nilo y ella seguían enzarzados en una riña cada vez más absurda, echándose cosas en cara y discutiendo como dos niños maleducados, Lorick decidió que la perla del Príncipe ahora sí podría serle útil, pues aquella mujer no hablaba más idioma que el de los negocios.

─ Si es oro lo que quieres, yo puedo darte esto ─le ofreció interrumpiendo la discusión de los hermanos, que se quedaron callados de repente preguntándose qué demonios llevaba el nórdico en la mano─.

Es la perla del Príncipe. Yo lo pesqué y la encontré dentro de sus tripas. Podrás venderla por una fortuna.

Todos, también Halcón, miraron absortos la perla legendaria. Los tres conocían la historia, pero ninguno sabía que era Lorick el afamado pescador del que últimamente se había hablado tanto en Teff por atrapar al mítico gran azul.

─ Espera ─reaccionó Pantera con desconfianza─, el que pescó al Príncipe aseguró que no había perla alguna en sus entrañas, que nunca la encontró. O mientes fatal o debes de tener una explicación maravillosa.

─ La tengo ─continuó Lorick con su habitual frialdad. Y miró a Halcón de reojo─. Yo pesqué al Príncipe y yo mismo lo descuarticé, entonces encontré la perla de la leyenda. Pero no se lo dije a nadie porque la guardé para mi prometida.

Halcón sintió un hachazo al reconocer lo mucho que su rival amaba a Attaegina. Contra eso no podía luchar. Así que bajó la cabeza y se limitó a escuchar su relato.

─ Yo sabía que muchos aristócratas deseaban esa perla para sus colecciones privadas.

Incluso el Patriarca la quería. Me ofrecieron cantidades de dinero que jamás en mi miserable vida podré imaginar.

Pero les dije a todos que no había ninguna perla porque pesqué a esa criatura para ofrecerla a la joven que entonces era mi prometida.

Porque ella era en verdad la mayor recompensa que yo esperaba obtener.

Cuando las palabras de Lorick se fundieron con el silencio, Halcón recibió una terrible bofetada de culpabilidad. Se sentía como un ladrón que había aparecido en escena para arruinarlo todo. ¿Cuán feliz habría sido Attaegina con Lorick si él nunca se hubiera cruzado en sus caminos?

─ Déjame verla ─pidió Pantera alargando el brazo, en absoluto conmovida por la historia de Lorick.

Él se limitó a ponerle la perla en la palma de la mano.

Pantera la observó con minuciosidad, girándola entre las yemas de sus dedos.

Como aún no parecía convencida, añadió otra condición─: Dame la mano.

Lorick obedeció sin más. Cualquier cosa por obtener la ayuda de esa mujer, si es que de verdad podía ayudarles y no era todo una artimaña de Nilo para sacarles los cuartos.

Sin embargo, cuando la piel de Pantera entró en contacto con la suya, un profundo escalofrío le atravesó la espina dorsal, como si le hubiera caído un rayo. Pantera ciñó su mano con más fuerza.

─ No temas ─dijo. Por un instante, Lorick sintió que la presencia de Pantera penetraba por debajo de su piel, a través de su riego sanguíneo.

Y tuvo la clara sensación de que ella podía leer en él, escarbar en sus recuerdos y emociones y, por encima de todo, cerciorarse de que decía la verdad.

Halcón los observaba expectante. Sabía algo sobre esa técnica de adivinación aunque los nawales no practicaran ninguna.

Solo a ciertas sacerdotisas las había visto hacer algo similar.

Apenas pasaron unos segundos, aunque a Lorick le parecieron horas, cuando ella retiró su mano. Se quedó pensativa, silenciosa. Parecía haber perdido de pronto toda su osadía y ese porte irreverente con el que se había presentado ante ellos. Finalmente, deliberó:

─ Vale, pasad. Pero me quedo con la perla.

Lorick asintió. Era tan frío que tuvo facilidad para disimular que la condición de Pantera no lo había destrozado.

Aunque Halcón sí se dio cuenta: esa perla era una victoria, un triunfo, una inmensa declaración de amor.

La más grande que Lorick había soñado. Por eso se marchó tanto tiempo.

No quería dinero ni fama, solo el corazón de Attaegina.

Y no lo consiguió ni con la mayor de sus proezas.

─ Vamos ─los apremió Nilo. Y cruzaron el umbral cerrando la puerta a sus espaldas.

A continuación aparecieron en una gruta de roca.

A medida que sus ojos se acostumbraban a la tenue iluminación de las teas colocadas de forma dispersa, descubrieron que se hallaban recorriendo las galerías de un laberíntico acantilado desde donde se veían las estrellas y se escuchaba el romper de las olas contra la roca, muchos metros por debajo de ellos.

─ ¿Tu hermana vive aquí? ─le preguntó Halcón al chico, que asintió con la cabeza y le hizo saber que debía caminar sin hablar.

A Pantera no le gustaban los cuchicheos a sus espaldas.

Ella se desplazaba con la soltura de quien conoce de memoria cada rincón de su hogar, con la soberbia de una reina que tiene todo bajo su control.

Entonces, llegaron a una pequeña cueva de planta circular en el centro de la cual latía un fuego ceremonial. De las paredes escarpadas colgaban cientos de objetos hechos con caparazón de tortuga, coral, conchas y cañas secas. Halcón percibió en seguida que se trataba de amuletos de protección.

─ Sentaos ahí ─les ordenó Pantera, y señaló con el dedo un par de sacos de lona acolchados con paja que hacían de asiento frente a una mesilla cubierta por un mantel de hilo. Ella se colocó justo en frente y Nilo se quedó de pie, observándolos.

Ahora que tenían algo más de luz, descubrieron que Pantera era sorprendentemente joven a pesar de su poderío y sus supuestas habilidades, no mucho mayor que Halcón. Una tiara de oro, a juego con sus grandes pendientes, le cubría el entrecejo, como a las sumas sacerdotisas.

─ Así que aquí tenemos un nawal y un pescador ─rumiaba mientras ponía boca abajo en la mesa veintidós tablitas planas, finísimas, cada una con uno de los arcanos grabado─. Bonita combinación...

Su tono seguía siendo mordaz, pero Halcón sentía que habían dado un paso más hacia Attaegina.

─ Entonces, buscáis a alguien ─prosiguió sin dejar de mezclar los arcanos─. ¿Quién es… ella? Porque es una mujer, ¿verdad? Si no, no estaríais tan ansiosos. ¿Es la joven de la que hablabas antes, nórdico?

Lorick asintió sin añadir más. Pantera sonrió como si le pareciese gracioso y pudieron ver que, a falta de uno, los dos colmillos de su dentadura superior eran de oro. Eso le proporcionaba un aspecto aún más fiero.

─ Veamos, ¿por dónde anda tu prometida, la misma que se va a quedar sin su perla?

Pero de pronto su expresión cambió. Ya no parecía tan segura de sí misma cuando de sus manos se desprendieron cuatro arcanos sobre la mesa cayendo en picado como cuatro dardos.

La lectura, ya conocida por Halcón, fue la siguiente: El Mago, La Luna, El Diablo y La Torre.

Todas invertidas. Pantera se quedó sin habla examinando el resultado.

Luego, levantó la cabeza de la mesa y miró a Lorick con el miedo incrustado en los ojos:

─ Está en los canales subterráneos… ¿Cómo ha llegado allí? ¿Es discípula del templo?

─ Sí ─respondió Halcón sintiéndose responsable de que Attaegina hubiera terminado atrapada en ese agujero sin salida. Pantera ahogó un grito. Luego continuó:

─ ¡Pues la van a entregar en sacrificio esta noche! ¡A Molok!

─ ¿¡Qué!? ─se alarmó Halcón levantándose de un salto sintiendo que la sangre le hervía. Lorick palideció y un sudor frío comenzó a bajarle por la espalda.

Pantera dirigió una mirada de abatimiento a su hermano. Ya no tenía ganas de bromear.

─ Por eso dijiste que me necesitaban, ¿verdad?

Nilo asintió en silencio.

─ Pantera, yo no tengo ninguna perla ─intervino Halcón─, pero a cambio de tu ayuda, te daré lo que pidas.

Ella se lo pensó unos instantes.

─ Lo que yo pida, ¿eh? ─dijo. Y paseó su mirada entre Halcón y Lorick varias veces, como si tanteara la situación─. ¿Alguno de vosotros, por salvar a esa chica, me daría… sus ojos?

─ ¡Sí! ─declaró Halcón raudo como una rapaz, sobrevolando una vez más a Lorick, que se quedó callado mientras los celos lo volvían a carcomer.

Pantera esbozó una sonrisa condescendiente. Las asperezas entre el nawal y el pescador parecían divertirle.

─ Ahora entiendo. Los dos la amáis. Estáis enamorados hasta los huesos. Bueno, dos mejor que uno para sacar a esa joven de allí. Pero tranquilo, nawal : lo de tus ojos era solo una broma. Yo no los necesito para nada, no trabajo para las fuerzas oscuras a pesar de lo que se dice por ahí.

Volvió a ordenar los arcanos apilándolos unos sobre otros y se levantó para guardarlos en el hueco de una roca, donde almacenaba más objetos mágicos.

─ Os llevaré hasta ella. Seguidme ─resolvió.

─ Espera ─dudó Halcón─, ¿qué sacas tú a cambio? Porque no me creo que te vayas a jugar la vida por la perla, por mucho dinero que valga.

La expresión de Pantera se tornó lúgubre.

─ Quiero matar al Patriarca.

Halcón y Lorick se quedaron boquiabiertos porque, sin duda, no esperaban una respuesta tan contundente. En cambio Nilo miraba al suelo con tristeza. Seguramente conocía los motivos de su hermana. Pantera prosiguió:

─ ¿Qué pasa? Yo no soy la única que quiere matar a ese cerdo, aunque con vuestra ayuda puede que sea la única que lo consiga.

─ Explícate, Pantera ─le pidió Halcón─, ¿cuáles son tus planes? Porque nosotros no vamos a matar a nadie, solo queremos sacar de ahí a Attaegina.

─ ¿Attaegina? Me gusta su nombre.

─ ¡Contesta lo que te ha preguntado! ─exigió Lorick poniéndose nervioso. Huelga decir que a Pantera no la intimidó en absoluto. Solo lo miró con aire divertido.

─ Hace tiempo yo corrí la misma suerte que vuestra Attaegina ─explicó. No podían creerlo. Prosiguió─: Sí, atrapada en los canales, ofrecida como sacrificio por el Patriarca a ese diablo. Solo yo pude escapar…

─ ¿Es que había alguien contigo? ─preguntó Halcón. Las pupilas de Pantera, solo por un momento, se humedecieron, pero consiguió tragarse las lágrimas antes de seguir hablando.

─ Sí. Y desde entonces vivo esperando el momento de regresar por allí para vengarme y matar a Nabor, para hacerle pagar por lo que nos hizo. Pero todavía no he encontrado la ocasión. Hasta hoy. Quizás el Cosmos os ha puesto en mi camino para que cooperemos.

─ ¿Cooperar? ─dudó Lorick.

─ Lo haréis aunque no queráis. Ambos estáis tan locos de amor como para querer meteros en la guarida de Molok.

Pues bien, yo aprovecharé el momento. Me vienen bien vuestra fuerza, vuestra osadía y vuestra inconsciencia.

Nabor rondará cerca, seguro. Y una vez me hayáis abierto paso y saquéis a la chica de allí, vosotros os marcháis. Yo me quedaré.

─ ¡No! ─protestó Nilo─. ¡Tú también volverás a casa!

─ ¡Ya lo hemos hablado muchas veces, Nilo! ─lo reprendió ella con dureza─. No me detendré hasta acabar con Nabor. Y esta es mi oportunidad.

─ Entonces iré contigo, hasta el final.

─ ¡No! ─se opuso Pantera─. No dejaré que hagas tal cosa. Tú te quedas aquí.

─ Sabes que no pienso hacerte caso. Ahora, vámonos.

Y sin añadir nada más, con Pantera a la cabeza, se adentraron en un pasadizo que atravesaba el interior del acantilado.

Cada uno de los recodos desprendía un intenso olor a salitre y a moluscos secos.

El sonido del mar se fue haciendo cada vez más sonoro a medida que avanzaban en sentido descendente.

Y cuando dejaron de escucharlo, llegaron a unas galerías que para Halcón eran familiares porque se parecían a los canales subterráneos que había investigado durante días.

─ Por ahí ─señaló Pantera. Y caminaron en fila de uno por una estrecha pasarela de roca que bordeaba la pared.

Halcón sentía que un peso insoportable se clavaba en el centro de su pecho, como un aguijón incandescente.

Le latía la piel y el sello le escocía como una úlcera.

Mas no era momento para detenerse. El tiempo apremiaba.

Molok estaba muy cerca. Y Attaegina los necesitaba. A Lorick y a él.