CAPÍTULO 54
Nilo se pasaba las cartas de una mano a otra con una habilidad extraordinaria, muy concentrado en lo quehacía.
Por un instante, había dejado de parecer un quinceañero que se ganaba la vida gracias a su picaresca.
Tal era el trance en el que se hallaba inmerso que incluso Halcón percibió el cambio en el aire de la sala.
Una extraña atmósfera hipnótica se desplegó sobre ellos mientras que las imágenes de los arcanos desfilaban vertiginosamente por delante de la mirada del mercader, quien esperaba con nerviosismo algún mensaje esclarecedor sobre el paradero de su maestro.
Eso era clave para enfrentarse a Molok si es que el monstruo finalmente daba la cara.
Pero pasaban minutos y Nilo no se decidía. Barajaba las imágenes una y otra vez, frunciendo el ceño, como si algo no funcionara según lo acostumbrado.
─ ¿Llevas mucho haciendo esto? ─le preguntó Halcón comenzando a desconfiar.
Nilo no levantó la cara de los arcanos. Siguió y siguió mezclándolos, una vez, otra más.
─ Sí, y lo he aprendido todo de la mejor ─se excusó sin ponerse nervioso. Y continuó pasándose las cartas de una mano a otra. Luego se detuvo sin dejar de observarlas, pero no puso ninguna sobre la mesa. Entonces miró a Halcón, preocupado.
─ ¿Qué? ¿Vas a decirme algo ya? ─insistía el mercader empezando a impacientarse. Nilo regresó a la baraja. Y siguió mezclando las figuras.
─ Es que... Esto es muy raro...
─ ¿El qué?
─ Pues que no hay una respuesta a tu pregunta, no entiendo por qué. Es como si los arcanos senegaran a hablar.
─ ¿Cómo ?
Halcón no daba crédito. ¿Tan severo era el Cosmos con él? Llevaba buscando a su maestro toda la vida y sabía que aquel no andaba muy lejos. ¿Por qué sus caminos no podían cruzarse? Al parecer, ni siquiera los arcanos querían darle una explicación.
─ Está bien, Nilo. Déjalo ─decidió Halcón desanimado. Y se levantó para marcharse. Si Attaegina corría peligro, ya se había entretenido demasiado.
─ ¡No, espera! ─exclamó el chico de repente.
Cuando Halcón se giró de nuevo y miró encima de la mesa, descubrió que las cartas se le habían caído todas de las manos.
No por azar, fueron cuatro las que quedaron boca arriba, juntas.
El mercader no sabía leerlas, aunque las conocía: El Mago, La Luna, El Diablo y, por último, coronando la composición, La Torre.
Todos ellos invertidos. Un escalofrío le recorrió de arriba abajo.
─ Hay un mensaje ─corroboró Nilo─. Pero no es la respuesta a tu pregunta. Es un mensaje que debes conocer, como si alguien te estuviese pidiendo ayuda.
─ ¿Qué? ¿Qué significa?
Nilo tocó cada carta en orden con la yema de un dedo y después le reveló:
─ Un mago oscuro firmó pactos malignos con un demonio antiguo. Una mujer acorralada en la oscuridad corre gran peligro. Todo terminará cayendo.
─ ¿Dónde? ─preguntó Halcón empezando a temerse lo peor─. ¿Dónde está ella?
El chico con cara de gato revisó de nuevo las imágenes, como si no hubiese terminado todavía de recibir su mensaje al completo. De pronto una profunda lucidez lo invadió y dijo muy seguro de sí mismo:
─ Está debajo del Templo del Laurel. Está en el agua. Y no está sola.
Halcón salió disparado de la taberna en cuestión de segundos dejando a la cocinera con la palabra en la boca.
Corría lo más rápido que podían sus piernas en dirección a la colina de los laureles, sin preguntarse siquiera cómo iba a conseguir llegar hasta Attaegina, y durante la frenética carrera rezaba todo lo que sabía, suplicando al Cosmos que le diera tiempo para salvarla.
─ ¡Eh! ¡Espera! ─lo llamó la voz de Nilo, que había corrido tras él durante todo el tiempo─. ¡No sabes cómo entrar ahí! ¡Es un suicidio!
─¡ Entré una vez, entraré otra! ─respondió el mercader sin detenerse.
─ En el templo tal vez, pero no en los canales. No podrás llegar tú solo.
─ ¿Y qué propones?
─ Solo existe una persona que sabe entrar y salir.
Halcón se detuvo en seco. Jadeaba de cansancio. También Nilo cuando se paró a descansar a su lado.
─ ¿Quién? ¿Quién es?
Nilo tomó aire varias veces antes de responder:
─ Es la misma que me enseñó todo lo que sé. Y solo yo te puedo conducir hasta ella.
─ Espera... ¿Por qué me ayudas tanto? ─le preguntó Halcón empezando a creer que tanta amabilidad resultaba sospechosa. Nilo no se dio por aludido.
─ ¿Qué pasa? ¿Es que uno no puede hacer una buena obra de vez en cuando?
Una respuesta creíble, tal vez, excepto porque se trataba de Nilo, un huérfano buscavidas de los bajos fondos de Teff.
Uno capaz de hurgar en los bolsillos ajenos con la mayor naturalidad del mundo.
¿Por qué iba a confiar en él? Halcón sabía que un gesto tan altruista como ese distaba mucho de su verdadera motivación, pero ¿qué otra cosa podía hacer en un momento como ese?
Al fin y al cabo, el Cosmos se lo había puesto en el camino.
Y un nawal siempre, siempre confiaba en el Cosmos y en sus designios.
─ Está bien, Nilo. Por lo que más quieras, llévame hasta ella.
Un fogonazo iluminó las pupilas felinas de Nilo quien, guiñando un ojo con complicidad, se puso nuevamente a correr.
─ Sígueme ─dijo a Halcón.
El chico del colmillo de oro era veloz, mucho, ágil y escurridizo.
Con razón Halcón no había conseguido cazarlo la primera vez que se encontraron, cuando se le escapó tras haberle robado la gema.
Nilo parecía conocer a la perfección cada recoveco de las calles más enrevesadas de Teff.
Saltaba muros y tejados, bordeaba canales y se metía por los callejones más estrechos de la ciudad, callejones escondidos que habrían pasado por alto a la mirada de cualquiera pero que eran la perfecta escapatoria para alguien que necesita huir o atajar el camino.
Halcón, esforzándose por orientarse en medio de esos rincones recónditos, dedujo que se dirigían hacia el barrio de los pescadores.
─ Nos estamos alejando del templo ─advirtió. Nilo no se detuvo.
─ Calla y sigue corriendo ─se limitó a responder.
Efectivamente, no se podían dar explicaciones en medio de una carrera tan vertiginosa.
Y es que ambos eran veloces como la pólvora.
Sus pies apenas rozaban el suelo en cada zancada y nada habría podido detenerlos, excepto un muro que se hubiera interpuesto en su camino de repente.
Y ese muro apareció por desgracia, o por suerte, y fue Halcón quien chocó de bruces contra él cayendo de espaldas al suelo y maldiciendo en todos los idiomas que sabía.
El muro en cuestión, que era Lorick, no acabó mejor. Se sujetaba la nariz ensangrentada apretando los dientes para no soltar mil improperios cuando reconoció al idiota contra el que había chocado.
─ ¡Tú otra vez! ─bramó. Nilo se detuvo unos pasos por delante y se dio la vuelta para saber qué diablos había ocurrido.
─ ¡Vamos, Halcón! ¡No tenemos toda la noche! ─dijo confundiendo aún más a Lorick, que al principio creyó que el mercader estaba persiguiendo al chico.
─ ¿De qué huyes, mercader? ─le preguntó.
─ Yo no huyo, estúpido ─ le respondió Halcón tocándose todos los dientes para comprobar que no le faltaba ninguno después del golpe─. Nunca huyo de nada. Y ahora, si me permites, tengo prisa.
Y se puso en marcha de nuevo para seguir a Nilo.
─ ¡Atti está en peligro! ─exclamó Lorick a sus espaldas cuando comenzaba a alejarse. Y Halcón se detuvo y miró al nórdico con gesto desafiante.
─ ¿Qué sabes de Attaegina? ─le preguntó acercándose cada vez más─. ¡Habla! ¿Qué sabes de Attaegina? ¿Qué le están haciendo?
Pero Lorick permaneció frío, altivo. La tensión entre ellos era insoportable, como una tormenta que podría estallar en cualquier momento.
Nilo se había dado cuenta, por eso permanecía en silencio.
Si aquellos dos se enzarzaban en una pelea, tenía muy claro que no pensaba meterse por en medio o saldría muy mal parado.
Parecían dos perros defendiendo su territorio.
─ No sé nada más de Atti, Halcón. Solo que corre peligro.
─ Y, ¿cómo lo sabes?
─ Me encontré con un nawal en el puerto.
─ ¿Qué?
Halcón no daba crédito. Se relajó un poco al saber que Lorick no buscaba pelear. No esa noche. Ambos querían salvar a la misma mujer, y si no empezaban a dialogar y cooperaban, no lo lograrían a tiempo.
─ Creo que era tu maestro, no sé, se parecía mucho a ti, pero era muy viejo, y me preguntó por mi brazo y…
─ ¿Tu brazo? ─dudó el mercader. Lorick asintió─. Recuerdo que tu padre mencionó algo cuando estuve en Caliza. Algo de que mi maestro te había curado porque te habías caído de un caballo. ¿Crees que era él?
Lorick estaba convencido.
─ Pero eso ahora no importa, Halcón. El caso es que me encontré flotando en el mar el anillo de Atti.
─ Es una mala señal ─caviló Halcón─, muy mala señal.
─ Dejemos nuestras diferencias a un lado esta noche, mercader. Ayúdame a salvar a Attaegina. Te lo ruego.
El joven nórdico hablaba con el corazón en la mano: se habría arrastrado a suplicar por salvar la vida de Atti. Aunque eso no era necesario. Esa noche, una causa bastante más noble que el odio que sentían el uno por el otro uniría sus destinos.
─ Está bien, pero no es al templo a donde me dirijo ─explicó Halcón.
─ ¿Entonces?
─ Attaegina ya no está allí, sino en los canales subterráneos de Teff.
─ Espera, ¿qué canales? No entiendo nada, Halcón.
─ Déjalo, te lo contaré por el camino. Ahora tienes que seguirme. Nilo nos ayudará: conoce a alguien que sabe cómo llegar hasta ese lugar.
Y Lorick, aun no sabiendo muy bien qué tenía que ver el chico con todo lo demás, se rindió en su orgullo y decidió confiar, por una vez, en el mercader que le había robado el amor de su vida. Cualquier cosa por salvar a Atti.
Cuando llegaron al faro, Halcón ya le había contado a Lorick todo lo que sabía sobre Molok y que seguía vivo escondido en algún lugar de Teff.
También le había contado que en el templo practicaban magia oscura y que el legendario diablo calamar intentaría devorar a Attaegina en cuanto tuviese ocasión.
─ ¿Por qué? ─preguntaba Lorick tratando de asimilar toda esa información─. Atti no ha hecho nada indebido. ¿Por qué a ella?
Halcón tomó aire y se pensó muy bien lo que iba a responderle antes de hablar porque no había vuelta atrás. Y sí, se lo contó:
─ Porque ella no es una chica normal. Porque ella… Lorick, ¿sabíais en la aldea que Attaegina viene del pueblo de los ángeles?
Lorick se quedó rígido como una roca, incapaz de responder, ni siquiera de gesticular. «Atti, un ángel...», pensó limitándose a negar con la cabeza. Y si en los días anteriores se había sentido insignificante y pequeño al lado de Attaegina, ahora ya la percibió completamente inalcanzable.
─ ¡Es por aquí! ─insistía Nilo sin participar en la conversación─. ¡Seguidme!
Y los llevó sin bajar el ritmo por un caminillo empedrado y ascendente que cruzaba unos cañaverales, hasta que llegaron a una zona de dunas de arena cerca de las playas. Pero allí lo único que había eran las ruinas del antiguo faro rodeadas de palmeras salvajes.
─ ¿A dónde nos llevas, Nilo? ─protestó Halcón empezando a enfadarse. Nilo recorrió la base circular del viejo faro y, cuando llegó al extremo opuesto, apartó unas cañas secas del suelo. Justo ahí había una portezuela de hierro.
─ Podríais ayudarme un poco en lugar de quejaros tanto ─contestó mientras la levantaba con esfuerzo.
Halcón prendió una luz en su bastón tras pronunciar un breve rezo y lo usó para alumbrar el lugar.
Cuando varias familias numerosas de escarabajos huyeron al sentirse descubiertas, se reveló una escalerilla que bajaba hacia algún lugar desconocido.
─ ¡Vamos! ─los apremió Nilo bajando el primero─. El último que cierre, por favor.
Le siguió Halcón y, por último, Lorick.
─En cuanto lleguemos te devuelvo la gema ─ le prometió Nilo al mercader .
─ En realidad no es mía…
─Un momento ─intervino Lorick, molesto─. ¿Te refieres a la gema de Atti? ¿Por qué demonios la tienes tú?
Halcón podría haberle explicado que él tenía otra muy parecida, que se la había intercambiado a Attaegina deprisa y corriendo, pero no que lo hizo mientras intentaba que Lorick no se diera cuenta de que había llegado justo cuando acababa de besarla. Eso habría desencadenado otra pelea.
─ ¡Callaos de una vez, los dos! ─los reprendió Nilo deteniéndose de repente. Y ambos, por esta vez, estuvieron de acuerdo en que era lo mejor─. A Pantera no le gustan las visitas inesperadas.
─ ¿Quién es Pantera? ─preguntó Lorick poco convencido.
─ Pantera es quien me enseñó todo lo que sé. Y, creedme, es la mejor en su estilo. Es infalible.
─ Entonces, ¿de qué se esconde? ─continuó el nórdico desconfiando cada vez más.
─ Bueno, en Teff está prohibido dedicarse a estas cosas si no es para servir a las sumas sacerdotisas o al Patriarca.
Como si solo ellos tuvieran derecho. Malditos tiranos…
Pero Pantera tiene sus propios contactos y sus propios clientes.
Y os sorprenderíais de la clase de gente que solicita su sabiduría.
No son muertos de hambre como yo, ¡qué va!
Por aquí he visto desfilar a más de un ricachón, de esos que luego le van besando el culo al Patriarca.
─ Pero, ¿y si no podemos pagarle? ─preguntó Halcón pensando en si tendría suficiente con todos los quesos de Caliza que había vendido. Lorick se metió la mano en el bolsillo en donde guardaba la perla del Príncipe. Eso sí tenía valor. Y si tenía que utilizarla para salvar a Atti…
─ Tranquilos, que a lo mejor os hace alguna oferta. Pantera es bastante generosa y, además, es mi hermana.
Cuando terminaron de bajar la escalinata, se detuvieron ante un portón de madera oscura. En el suelo, un velón de cera iluminaba ese rincón con un haz de luz miserable.
─ Y ahora, callaos los dos y dejad que hable yo. A Pantera no se le da bien conocer gente.
Nilo tocó a la puerta dando cuatro golpes. Esperó un poco y repitió la secuencia dos veces más. Pasaron varios segundos de tenso silencio hasta que, desde dentro, una voz de mujer preguntó:
─ ¿Nilo? ¿Eres tú?
─ Soy yo, sí. Y he venido con unos amigos.
Todo era muy extraño. Halcón continuaba preguntándose qué beneficio sacaba Nilo de aquello.
Lorick simplemente se dejaba llevar mientras seguía asimilando que Attaegina, la chica de la que estaba enamorado, era un ángel.
De pronto se escucharon las vueltas del cerrojo.
Cuatro en total. Y alguien desde dentro abrió la puerta: una diosa de la belleza con el alma de un dios de la guerra.