El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 53 #2
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CAPÍTULO 53 #2

La tabernera recorrió el rostro de cada comensal con la mirada y dijo:

─Puede ser, es temprano aún. Aunque, si me dices quien es…

─Pues… Es que no sé cómo se llama. Solo nos conocemos del zoco, de vender allí, pe ro nunca le he preguntado su nombre. Ya sabes, en el Sari tenemos unos modales muy reservados.

─Bueno, pues dime cómo es él.

Era el momento.

─Es un chico, un muchacho de unos quince años, con el pelo negro y… ─No mencionó nada de su cara de gato, aunque añadió un detalle clave─: Tiene un colmillo de oro.

Los ojos de la tabernera se iluminaron.

─¡Claro que lo conozco! ¿Cómo no? He visto a ese niño nacer, de chiquitito me lo traía su hermana para que le sacara algo de comer. Eran huérfanos, pobrecitos…

«¿Pobrecito? ¿Cómo que pobrecito?», se dijo Halcón escuchando el penoso relato. «Ese niñato se las sabe todas...».

─Pero no te quiero aburrir con historias sin importancia ─prosiguió la tabernera─. Se llama Nilo. Y está aquí, ha llegado un poco antes que tú. Pero hoy no le toca cocinar. ¿Ves esa puerta del fondo?

Halcón miró hacia allí. Se había fijado en esa puerta nada más llegar, pero no esperaba que su premio aguardara al otro lado. La tabernera prosiguió:

─Nilo trabaja algunas noches ahí. Tiene un don especial para…

─Bajó la voz un poco y miró alrededor procurando que nadie escuchara─.

Sabe leer los arcanos. La gente lo busca para conocer el porvenir.

Es muy bueno. Pero los del templo no se pueden enterar, está prohibido.

Ahora mismo está atendiendo a algún cliente.

En cuanto salga, ve a verlo. Se alegrará.

Halcón celebró por dentro su pequeña victoria.

Tenía a ese muchacho acorralado y esta vez no se le escaparía.

Cuando la tabernera se dedicó a sus quehaceres él continuó aguardando el momento de entrar en esa sala medio escondida.

Y por fin llegó su oportunidad cuando un hombre con aspecto de comerciante salió de allí, dejando a Nilo solo a la espera de su siguiente cliente .

Halcón tocó a la puerta tres veces porque no le gustaba faltar a los protocolos, y cuando Nilo le dio permiso para entrar lo hizo con la mayor naturalidad que supo, aunque sin confiarse: todavía no conocía la condición de ese granuja.

Si la tabernera tenía razón y solo era un pobre huerfanito, podría llegar fácilmente a un acuerdo con él.

Pero si se trataba de alguien peligroso, tenía que estar preparado.

El chico estaba sentado delante de una mesa redonda cubierta por un mantel azul oscuro.

Encima tenía un mazo de cartas que representaban los veintidós arcanos mayores, una copa llena de agua y una lamparilla de aceite.

En algún rincón de la sala se quemaban copal y benjuí para dar aroma y purificar el aire.

No todos los clientes lo habrían averiguado. Halcón, sí.

─Puedes sentarte ─lo invitó Nilo. Obviamente, todavía no lo había reconocido.

Halcón se aseguró de cerrar bien la puerta y colocó una mano sobre la empuñadura de su bastón.

Quien no lo conociera, podría pensar perfectamente que llevaba un sable enfundado en el cinturón: esa era precisamente la artimaña que tenía planeada.

Cuando Nilo vio que su nuevo cliente no se sentaba a la mesa, lo miró directamente a la cara. Entonces, palideció.

─¿Tú? ─tartamudeó─. ¿Cómo me has encontrado?

Halcón no vaciló.

─Tengo mis trucos ─le respondió. La luz de la lamparilla intensificaba el color melado de sus ojos de rapaz y afilaba sus pupilas, dándole un aspecto intimidante─. Ahora, devuélveme lo que me robaste en el zoco si no quieres tener problemas. Y que no se te ocurra gritar.

Nilo temblaba de miedo, pero aún lo hizo más cuando vio la mano de Halcón a punto de desenfundar su arma… Había funcionado.

─¡No me hagas nada, por favor! Por favor… ─le suplicó─. Te juro que no la he vendido, pero es que no la tengo aquí.

─Y, ¿por qué tendría que creerte ?

Halcón avanzó dos pasos, despacio, muy despacio. Quería probar la inocencia de Nilo.

─Si no me devuelves ahora mismo la gema, te corto el cuello. Mi sable está recién afilado. Antes de que puedas pedir ayuda, tu cabeza rodará por el suelo.

Los ojos de Nilo se humedecieron y acto seguido se arrodilló ante Halcón.

─Te prometo que no la tengo yo. La he escondido en otro lugar, a buen recaudo. Si no me crees, puedes llevarte todo el dinero que tengo encima para demostrarte que no quiero engañarte. Puedo darte, si lo deseas, mi colmillo de oro. Quizás hasta valga más que esa odiosa gema.

¿Le estaba ofreciendo su colmillo de oro, los ahorros de toda su vida?

Halcón, que era buen conocedor de las costumbres de Teff, supo desde ese instante que Nilo no mentía.

Que no planeaba nada. Que, tal y como decía la tabernera, era solo un pobre diablo que había tenido la mala suerte de hurgar en el bolsillo de alguien como él.

Entonces se apiadó y hasta se sintió culpable por haberlo acometido con tanta dureza.

─Anda, levántate ─le dijo. Nilo alzó la cabeza y lo miró desconcertado, como si no lo hubiera entendido. Halcón insistió─: Que te levantes, ¡venga! ¿De verdad has creído que llevo un sable?

El chico se puso en pie muy despacio sin quitarle ojo al bastón. El mercader le demostró que no era un arma blanca.

─Es solo madera ─explicó. Nilo seguía sin hablar, observando a Halcón de arriba abajo─: ¿No me crees? Mira, compruébalo tú mismo.

─¿Eres un nawal ? ─le preguntó el chico de repente. Esta vez fue Halcón quien se quedó sorprendido.

─¿Qué sabes de los nawales ?

Nilo sonrió con picardía. Parecía que ahora podía coger la sartén por el mango al conocer algo de ese forastero.

─Eres un nawal ─afirmó satisfecho, casi burlón─. No me vas a hacer nada. Je, je… No eres un matón...

Halcón endureció su tono y se mostró autoritario de repente.

─¡Te he preguntado qué sabes de los nawales !

Nilo bajó la cabeza de nuevo, intimidado por su presencia.

─Hay un nawal que viene por Teff de vez en cuando… No sé cómo se llama, pero me recuerdas un poco a él.

Esa información era clave para Halcón. ¿Y si su maestro estaba más cerca de lo que pensaba? Si era así, podría ayudarle a vencer a Molok.

─Nilo, necesito que me digas donde está ese nawal .

─¡Es que no lo sé, nadie lo sabe! Va y viene sin dar explicaciones, ni siquiera se aloja siempre en el mismo lugar. Él es como una estrella fugaz, nunca sabes cuándo lo vas a ver pasar.

─Entiendo… ─asintió Halcón asumiendo que una vez más se le escapaba.

Pero, ¿por qué el Cosmos no le concedía la ocasión de reencontrarse con su maestro?

Parecía una broma de mal gusto. Miró por última vez a Nilo y se dispuso a marcharse dando por terminado todo cuanto tenía que hacer allí.

Al fin y al cabo, no había sido muy productivo. Ni siquiera había recuperado su gema.

─Perdóname si te he molestado, chico ─se disculpó─. Ahora tengo asuntos más importantes que atender. Solo espero que un día me devuelvas la gema, es muy importante para mí.

─Espera, no me has dicho todavía cómo te llamas.

Halcón no había reparado en ese detalle.

─Me llamo Halcón.

─Halcón, déjame hacer algo para compensarte por las molestias y lo del robo…

─¿De qué hablas?

Nilo se sentó de nuevo e invitó a Halcón a que hiciera lo mismo.

─Permíteme hacer una lectura de arcanos para ti. Quizás te ayude a encontrar a ese hombre que tanto necesitas ver. Los arcanos nunca mienten.

Y Halcón, dejándose ayudar, se sentó y confió en el Cosmos. Una vez más.