El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

─¡Attaegina! ─gritó Halcón de repente con la respiración agitada, despertándose de una pesadilla─. ¡Attaegina! ¡Corre, Attaegina!

De pronto se sintió completamente desorientado.

Tenía la ropa húmeda y se había quedado frío, pero no sabía dónde estaba ni cuánto tiempo llevaba durmiendo.

Había perdido el turbante, a saber dónde, y ni siquiera recordaba qué hacía en ese lugar, oscuro y lleno de agua, ni cómo había llegado hasta ahí.

En cambio, sabía con certeza que Atti se encontraba en peligro, que le había sucedido alguna desgracia.

Podía sentirlo en su entrañas. ¡Tenía que salir de allí e ir a buscarla cuanto antes!

Miró a su alrededor y trató de ponerse en pie, aunque todo le daba vueltas y no lo consiguió.

Torpemente, volvió a caerse en el mismo lugar del que apenas había logrado levantarse.

Se encontraba en un rincón muy oscuro tumbado sobre una pasarela de roca.

A unos metros de él, el resto del espacio estaba lleno de agua.

No la veía muy bien, pero escuchaba su sordo rumor.

Entonces se acordó de los canales subterráneos que cruzaban la ciudad de Teff y de que lo último que había hecho fue viajar a través de ellos buscando a una bestia inmunda que, en teoría, llevaba siglos muerta, una criatura a la que ningún nawal podría hacer frente en solitario.

«Si la bestia estuviera cerca de aquí, ya me habría devorado», pensó.

Le dolía la cabeza, bastante, y sospechó que no por un simple mareo, así que se pasó los dedos muy despacio por la parte más afectada y descubrió que tenía una herida considerable.

No sangraba, pero aún estaba abierta, inflamada, como si se la hubiese hecho un par de días antes.

¿Cómo? Poco a poco la imagen del soldado tratando de impedirle el paso regresó a sus recuerdos.

Recordó que había intentado escapar nadando y que algo le golpeó la cabeza, quizás le arrojó una piedra ese imbécil.

Luego, todo se volvió oscuro y confuso. ¡Debería de haberse ahogado!

Y sin embargo, se salvó. Algo le salvó. Alguien. ¿Quién?

Halcón se incorporó despacio hasta quedarse sentado, lentamente, y cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad descubrió con algo de alivio que por algunos puntos del techo penetraba luz natural.

Después se acercó casi gateando hasta el canal, que transportaba agua dulce, y bebió para saciar una sed terrible.

Una sed de dos días. Y luego, algo más lúcido y menos débil, continuó tratando de recordar.

«Pero, ¿quién? ¿Quién me sacó del agua?».

Por un momento habría jurado que Attaegina estaba a su lado, muy cerca.

Creía haber visto la silueta de una chica con trenzas vestida con una túnica blanca.

Su cara se emborronaba en su memoria. Aunque no podía ser, era imposible.

Además, las discípulas como ella vestían una túnica azul índigo.

«Pero tenía alas, alas de plumas blancas», se dijo muy pensativo. «Como ella».

De lo que estaba seguro era de que Attaegina necesitaba ayuda.

Y eso no era ningún delirio. Así que trató de ponerse en pie por segunda vez.

Se sentía algo más fuerte y un poco más entero.

Luego comprobó que su bastón de nawal continuaba enfundado en su cinturón.

Era todo cuanto necesitaba para burlar a ese monstruo.

Y todavía mareado y dando algún traspiés, se dispuso a marcharse de allí para llegar al templo lo antes posible. «Ya voy, Attaegina, ya voy».

En principio no sabía muy bien qué dirección tomar.

Ni siquiera sabía en qué punto de la ciudad se encontraba, motivo por el cual decidió salir en cuanto pudo a la superficie.

Y una vez lo logró, analizó el lugar y creyó distinguir las callejuelas que bordeaban el palacio del Patriarca, estrechas y tortuosas.

Respiró hondo y se detuvo. Quieto como una estatua se sentó en el poyete que sobresalía de una fachada, y concentrado en su meditación se volvió casi invisible.

Los transeúntes cruzaban la calle sin verlo siquiera, sin reparar en su presencia silenciosa y hierática.

Mientras tanto, Halcón se dedicaba a pensar, a planificar, a conectarse con la sabiduría del Cosmos para recibirla en su corazón, el lugar en donde leía los mensajes de su guía divina.

En su camino una vez se topó con otro nawal cuando lo necesitó. Eso no solía suceder a menudo, aunque no representaba un problema para los de su estirpe, pues ellos confiaban en que el Cosmos les enviaría siempre la ayuda que precisaran. En cualquier momento. En cualquier lugar.

Aquel nawal era adulto, aunque no viejo como su maestro, y vivía en Virim.

Fue quien le enseñó a detenerse cuando parecía que necesitaba ir más rápido que nunca.

Le enseñó a retroceder cuando pensaba que tenía que avanzar.

Le enseñó que cuando la mente se llenaba de ruido, valía más la pena que uno se bajara al silencioso corazón, para aquietarse.

Y entonces, las señales del Cosmos tardaban poco o nada en llegar.

Halcón respiraba, escuchaba, observaba. Mientras tanto, pasaban los minutos, la oscuridad comenzaba a teñir el cielo con los jirones de una noche que se presentía colmada de estrellas.

Las gentes continuaban cruzando las callejuelas en una y otra dirección, y de sus bocas salían conversaciones triviales en unos y otros idiomas.

Pero Halcón, como un ave rapaz, continuaba paciente, sin moverse, esperando un bocado suculento.

Y así fue como, de pronto, una silueta destacó entre la muchedumbre.

Era un quinceañero, con el pelo negro azabache, lacio, un colmillo de oro y cara de gato.

« Es él » , pensó el mercader recordando a ese ladronzuelo que le había robado la gema.

No contaba con recuperarla en realidad, pues era muy probable que el chico ya la hubiera vendido días atrás en el zoco.

Sin embargo, Halcón intuía que tenía que llegar a él.

El ladronzuelo caminaba tranquilo, sin prisa, aunque podía adivinarse a simple vista que era cauto, no parecía despistado sino todo lo contrario, calculador, muy seguro de a dónde se dirigía sin bajar la guardia.

A juzgar por su lenguaje corporal, era obvio que andaba metido en más de un lío y que su mejor defensa era pasar desapercibido.

Pero Halcón ya le había echado el ojo, así que lo siguió, con mucho disimulo y con infinita paciencia, hasta que lo vio adentrarse en una taberna más bien cochambrosa.

Halcón se detuvo. Observó la puerta de la taberna durante algunos minutos escondido tras un recodo, aprovechando las zonas peor iluminadas para fundirse con las sombras.

Analizó el aspecto de los tres o cuatro clientes que entraron allí: obreros de Teff, de clase humilde.

Ni un solo soldado del imperio. No más. Entonces se decidió sin saber muy bien por qué se había detenido allí en lugar de estar ya colándose por los jardines del Templo del Laurel para salvar a Attegina. «Confía en el Cosmos», se dijo.

La taberna era más grande de lo que había pensado viéndola desde fuera, aunque no todas las mesas se encontraban ocupadas.

Halcón barrió con la mirada todo el salón sin encontrar al chico con cara de gato sentado en ninguna de ellas, ni siquiera en la barra.

Olía a cerveza y a malta y una mujer con el cabello ensortijado servía pollo con aceitunas a un grupo de obreros hambrientos.

Era la tabernera. Miró a Halcón resoplando con fastidio y exclamó con rudeza:

─¡En seguida voy! ¿Es que no ves que tengo mucho trabajo?

Halcón no supo qué responderle pero, por si acaso, se sentó ante la barra y esperó su turno tratando de no molestar, sin dejar de observar cada cosa que se moviera. A los pocos minutos, la tabernera que lo había recibido con tanta aspereza le preguntó qué iba a tomar.

─Lo mismo.

Y ella, que de por sí no parecía tener muy buen humor, frunció el ceño.

─Pues vas a tener que esperar, porque no hay más ─respondió mordaz.

─Y, ¿qué hay?

Eso lo cambiaba todo. Halcón parecía un cliente fácil. Algo menos antipática, la tabernera se lo pensó un momento y le propuso:

─Hoja de parra rellena de arroz.

A Halcón le pareció bien y ella sonrió:

─Ahora mismo te lo sirvo ─le prometió. Y dicho y hecho, no pasaron ni diez minutos cuando salió de la cocina con una generosa fuente llena de rollitos de hoja de parra rellenos─. Toma, come. Cómetelo todo, estás flaco.

El caso era que Halcón llevaba dos días sin comer, y aunque no se había mirado en ningún espejo, no dudaba que debía de tener un aspecto lamentable. Así que empezó a masticar y no paró hasta dejar el plato limpio. La tabernera, ahora sí, le sonrió complacida.

─Pero, ¡qué apetito tenemos! ¿Eh? ─le dijo─. Se conoce que pasáis calamidad por el desierto. Eres de allí, ¿verdad?

─Buena intuición, sí ─respondió Halcón interpretando su papel de gente de a pie─. Soy un humilde mercader. Aunque conozco Teff bastante bien, vengo muy a menudo por el zoco. Solo que esta es la primera vez que me topo con tu taberna.

Empezaba a ganarse la confianza de la tabernera.

─Es que mis clientes son gentes de Teff, de toda la vida, no son nómadas ni vendedores ambulantes. Los conozco a todos porque son mis vecinos de siempre.

Interesante. Si decía la verdad, también era posible que conociera a ese ladronzuelo. Todo a su tiempo. Un ave rapaz sobrevolaba varias veces antes de atacar.

─En realidad vengo por recomendación de un amigo ─se lanzó Halcón, mintiendo como mejor sabía─. Coincido con él en el zoco y me habló de este sitio. Me prometió que cenaría muy bien.

La tabernera se llenó de orgullo al escuchar sus elogios.

─Vas a hacer que me sonroje, mercader. Tu amigo, quien sea, te dijo bien. Y seguro que lo conozco ─afirmó haciendo alarde de su don de gentes─. No entra nadie aquí sin mi aprobación.

─Entonces quizás no haya llegado aún, porque no lo veo en ninguna mesa.