El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

De sobra era sabido en Caliza que a Lorick no le entusiasmabanlas multitudes ni los encuentros sociales. En su aldea solía ir solo a todas partes, como un lobo estepario. Pero en Teff las costumbres eran otras, y rechazar una invitación del viejo Basaj podría ser más que comprometedor.

«Conste que lo hago por el viejo», se decía al caer la tarde mientras se dirigía a las tabernas del puerto.

Y es que su capitán había organizado una generosa cena de despedida a la que no solo había invitado al nórdico, no: toda la tripulación podría comer y beber esa noche en abundancia.

Pero, ¿a qué se debía tan memorable evento?

El caso es que Lorick, el joven extranjero del Clan del Salmón, el épico pescador que atrapó al legendario Príncipe, se había decidido al fin a alistarse en el ejército de Nabor.

Al día siguiente, nada más amaneciera, debería presentarse vestido como un soldado y con su arpón ante las naves militares del imperio.

Su aval era la mismísimacarta de recomendación del Patriarca, por lo que todo el mundo sabía que, si daba la talla como guerrero, ascendería muy pronto.

Y todas estas hazañas, todo este giro de guionera lo que el viejo Basaj pretendía celebrar esa noche.

─Así, cuando te conviertas en capitán, podré presumir de que fui yo quien te enseñó todo lo que sabes ─le dijo el veterano entre roncas carcajadas cuando se enteró.

A su paso por el viejo barrio de los pescadores, Lorick detuvo la mirada en uno de los muelles, el mismo en que atracaba el navío a bordo del cual había conocido al mar.

El brillo incandescente del sol al ocultarse por el oeste bañaba las aguas con sus enardecidos colores, y las olas, cansadas de una jornada dura de trabajo, ondeaban con cada vez mayor suavidad a medida que se hacía de noche.

Se quedó quieto un instante, observando la línea del horizonte, y luego decidió acercarse hasta el muelle, como si necesitara despedirse.

Al fin y al cabo, llegaba pronto a su encuentro con los marineros.

Desde allí abajo se veía a lo lejos, férreo sobre una colina y asentado por el peso de varios siglos, el Templo del Laurel.

Ojalá hubiera podido despedirse de Attaegina, pero ningún hombre tenía permitido cruzar el umbral del templo excepto el Patriarca y los centinelas escogidos para proteger a las sacerdotisas.

Entonces un brote de celos resurgió en él subiéndole desde la boca del estómago, como una bilis corrosiva, cuando recordó que Halcón sí había logrado colarse a hurtadillas.

Y no solo eso: se había visto a solas con Atti.

«Maldito mercader, siempre llegas antes que yo», pensó con resquemor recordando su cara de rapaz.

.. y también el frío beso de despedida que le había dado Attaegina la última vez que estuvieron juntos, antes de desaparecer como un recuerdo lejano tras las puertas del templo.

En sus ojos, los de la chica a la que amaba, se había grabado a fuego como un sello imborrable la impronta resplandeciente de Halcón, y ella, por mucho que lo intentaba, no era capaz de disimularlo.

Un mercader. Un nawal . Un embustero. Un ladrón.

«Pero, ¿qué ha podido ver en él?», se preguntaba a menudo Lorick, loco de rabia.

Si hubiese tenido a mano una piedra o algo peor lo habría arrojado contra el mar imaginándose quela superficie del agua era la cabeza hueca de Halcón.

Sin embargo, existía otro asunto que debía dejar cerrado más allá de aquel idiota que le robaba el sueño.

Era Attaegina. Ella le había prometido que iría al puerto a buscarle cuando terminase su mentoría en el templo.

Él le había asegurado que la esperaría sin moverse de allí, pero iba a romper su promesa: al día siguiente zarparía con la flota militar de Teff rumbo a las Islas Arkas, a luchar por el imperio.

¿Cuándo regresaría? ¿Viviría para contarlo?

¿O se quedaría Atti esperando su llegada en el muelle, como un alma en pena, habiendo renunciado al hombre al que realmente amaba por esa estúpida promesa?

─ No puedo hacerle eso ─ pensó en voz alta mientras se sentaba a mirar el mar ─ . Sería como condenarla, como impedirle que encuentre el amor… Y ella ya lo ha encontrado, por mucho que me duela. Pues no soy yo.

En ocasiones sentía como si el mar pudiera escucharle, y no pocas veces creía encontrar respuestas en el vaivén de las olas.

─Te amo, Atti. Te amo más que a nada… Y a ti, Halcón, te odio.

Como seguía sin tener piedra alguna a mano, estuvo tentado de lanzar la perla del Príncipe, la mítica perla que había querido regalarle a Attaegina para formalizar su compromiso.

¿Para qué guardarla si ella no la quería?

Se llevó la mano al bolsillo, la notó ahí y, viniéndose abajo otra vez, se contuvo y decidió conservarla por si algún día le servía para algo útil.

Por única opción, descargó su puño con toda la fuerza que pudo sobre una tabla del muelle y se imaginó que eran los estúpidos dientes de Halcón y que se los rompía de una maldita vez.

Luego empezaron a arderle los nudillos y le palpitó de dolor la mano entera.

Mientras observaba la piel levantada y la sangre resbalando por encima de sus dedos, se sintió como un completo imbécil: bastaría que Atti se lo pidiera para no ponerle jamás una mano encima a ese mercader.

Entonces tuvo una idea. Hablaría con Basaj.

Le contaría, muy a su pesar, la historia de su amor no correspondido.

Y le pediría al viejo que, si Attaegina se dejaba caer por el puerto preguntando por él, le diera el mensaje: que no lo esperase, que fuera libre y que hiciera lo que dictara realmente su corazón.

Se levantó sin mucho afán. No quería llegar tarde al encuentro, aunque si le hubieran dado a elegir, esa noche la habría pasado allí solo.

─Perdona, hijo ─lo interrumpió una voz anciana─, me pareció que eras un antiguo conocido y me acerqué a saludarte.

Cuando Lorick miró a su interlocutor le dio un vuelco el corazón al descubrir a un hombre vestido de azul añil, con pantalones bombachos y un turbante envolviéndole la cabeza.

Por un instante le recordó a Halcón, pero una barba canosa y larga que colgaba de su rostro flaco y arrugado le confirmó que no.

Se trataba de otro nómada de Sari, de eso no le cabía la menor duda.

─¿Qué quiere, anciano? ─le preguntó Lorick con frialdad─. ¿Se ha perdido?

El anciano miraba a su alrededor perfilando una sonrisa amigable. No se le veía nervioso. Se encogió de hombros con gesto de no saber nada, pero no dejó de sonreír.

─Bueno… Eso parece ─respondió apacible con un marcado acento del Sur.

─¿Necesita que le acompañe a algún lugar? Usted no es de Teff.

─El caso es que he estado muchas veces en Teff. A riesgo de equivocarme, diría que la primera vez que llegué a esta ciudad tú ni habías nacido aún.

Lorick empezó a darse cuenta de que el anciano chocheaba… Respiró hondo y se armó de paciencia.

─Dígame a dónde se dirige y podré ayudarle.

─No hace falta… ─contestó sin preocuparse mucho. Y se sentó en el muelle mirando el mar con una sonrisa de oreja a oreja. Lorick no se habría sentido bien marchándose y dejando solo a un anciano medio loco en el puerto. ¿Y si se caía al agua y se ahogaba? Dio un resoplido y se sentó a su lado.

─No se puede quedar aquí, se está haciendo de noche.

─De noche, ¿eh? De noche es cuando mejor se piensa. Y, ¿sabes por qué? ─Lorick negó con la cabeza─. Pues porque de noche, cuando todo está en silencio, puedes escuchar tu verdad verdadera.

El joven nórdico no le respondió. Ni siquiera lo miraba.

─¿No te lo crees? ─insistió el anciano─. Pues mira, vamos a hacer una cosa: pregúntale a tu alma dónde quiere estar, a dónde quiere ir.

«Maldito anciano», rumió Lorick. ¿Podían las palabras de un viejo tarado hacerle dudar?

Pues sí, sí que podían. Señal de que no estaba tan seguro de sus decisiones.

¿Quería de verdad servir a Nabor, engrosar las filas de su ejército, arriesgar su vida por un imperio en el que ni siquiera había nacido?

Y todo para que el Patriarca saciara su hambre de conquista y expandiera todavía más sus fronteras invadiendo otras tierras, arrancándoselas a sus pueblos nativos…

Eso era Nabor. «¿Cómo he podido llegar hasta aquí? », se lamentó.

─Pensaba que así podría impresionarla ─respondió en voz alta sin importarle ya lo que opinara el anciano, si es que la cordura regresaba a su cabeza─, que volvería a ganarme su amor. Pensaba que si luchaba en una guerra, ella me querría como antes.

El anciano continuó con los ojos clavados en el mar. Pero, ¿qué ojos eran esos? Lorick ya los había visto en algún lugar.

─Tú le has preguntado al mar ─le dijo el nómada─, ¿pensabas largarte sin recibir su respuesta? Eso no es de buena educación, hijo.

Y sacudió la cabeza en tono reprobatorio. En ese momento, Lorick atisbó algo que flotaba, un objeto no muy grande capaz de caber en un dedo. Y las olas se lo acercaron. Cuando recogió aquello del agua, descubrió un anillo de hueso de melocotón. Y solo podía ser de…

─Por cierto, ¿qué tal llevas el brazo? ─le preguntó el anciano, que de pronto se encontraba en el otro extremo del muelle. Lorick no se había dado cuenta de en qué momento se había levantado y se había alejado de su lado.

─¿Qué brazo?

─¿Cuál va a ser? Ese ─le dijo señalándolo con la punta de su bastón─, el derecho. Parece que se te curó bien, ¿no?

Lorick se miró el brazo derecho. No recordaba que le hubiera sucedido nada relacionado con ese brazo… ¿O sí? «Cuando era pequeño», recordó de repente. «Me caí de un caballo, me dolía mucho. Un nómada pasaba por Caliza ese día. Era un mercader. Él me curó».

─¡Eras tú! ─exclamó─. ¡El nawal ! ¡El nawal eras tú !

Pero el anciano había desaparecido de su vista como si se lo hubiese tragado la mar.

Ya no quedaba un solo resto de sol en el cielo.

Pronto la noche se cerraría sobre la ciudad y al puerto no llegaría más luz que la del faro.

Entonces Lorick volvió a mirar el anillo que le habían llevado las olas y se quedó pensativo mientras una sensación funesta se apoderaba de él.

─Atti, te ha pasado algo ─resolvió─. ¡Atti, ya voy!