El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 51 #2
75%

CAPÍTULO 51 #2

─No pienso volver a beber vuestro veneno ─le espetó Atti apartándose de él─, y créeme: el linaje angélico jamás te brindaría una sola gota de su conocimiento. Aunque me retengas aquí, no lo permitiré. No te contaré nada.

─Ya veo. Ya… ─caviló Nabor. Pero no se lo tomó como una derrota. Aún le quedaba un as en la manga─. ¿Todos los habitantes de Bérika sois así, así de tozudos? ¿Lorick también?

¿Por qué mencionaba ese nombre? Attaegina perdió repentinamente su porte orgulloso y bajó la guardia de golpe.

─¿Por qué sabes quién es Lorick? ─le preguntó amedrentada─. ¿Qué quieres de él?

Nabor parecía relamerse de gusto. La había atrapado de nuevo.

─Es amigo tuyo, ¿verdad? O, ¿es algo más que amigo? Ya sabía yo que os conocíais...

─No le hagas nada, por lo que más quieras. ¡No le hagas nada!

─A mí no me mires. Eres tú la que decide. Si quieres que siga vivo y a salvo, ya sabes cómo tienes que comportarte. He reclutado a ese chico. Tiene buenas cualidades y he pensado que se está desperdiciando mucho como pescador. Mañana mismo será enviado al frente.

─¿Qué dices? Lorick, ¿se ha alistado en tu ejército?

─Qué sorpresa, ¿verdad, Attaegina? ─se rio el Patriarca─.

No sé si sabes algo de estrategia militar, pero básicamente participan dos tipos de guerreros en una batalla: los primeros son los que reciben buenas armas, buen caballo, buen alimento y disponen de ventajas que pueden hacerles salir con vida.

Y luego están los que ponemos delante, los que hacen bulto, los que solo sirven para frenar al enemigo, los que hacen de escudo humano y caen al primer movimiento.

De ti depende dónde quieres que coloquemos a tu querido Lorick.

«¿Por qué has hecho esa tontería, Lorick?

», se preguntó Attaegina sintiéndose acorralada.

¡Por su culpa él podría morir en el campo de batalla!

Y nunca se lo perdonaría. Ella lo había amado tiempo atrás y, aunque ya no estaba enamorada, posiblemente era una de las personas a las que más había querido en su vida.

Tanto como a sus hermanos. Sin embargo, había algo que no le permitía satisfacer los caprichos del Patriarca, algo que en su momento fue precisamente lo que había causado que se enamorase del nórdico: lo que más le había gustado siempre de él, más allá de su pelo rubio plata, era su integridad, la pureza de su espíritu.

La noche en que se despidió de Lorick antes del viaje iniciático, tras la tarde que pasaron besándose junto al río, se imaginó cómo serían ellos dos tras una vida entera juntos, cómo el paso del tiempo degradaría sus huesos, encanecería sus cabezas y apagaría el vigor de la juventud en sus cuerpos.

Pero así y todo, el motivo por el que se había enamorado de él, pensaba, no solo resistiría el transcurso de los años, sino que crecería con la llegada de la madurez.

Si Lorick era íntegro y honrado con solo diecinueve años, ¿cuánto más no lo sería a medida que la senectud acaeciese sobre él?

Siempre cumplía sus promesas, nunca mentía y, por encima de todo, no aceptaba nada que no fuera leal.

Él nunca la querría si se enteraba de que ella se había dejado chantajear para protegerlo.

Es más, se sentiría humillado. Si aún amaba un poco a Lorick, no podía avergonzarlo así ni aceptar un trato turbio por miedo o cobardía.

Él siempre querría ver a Atti tenaz, entera, firme y fiel a sus convicciones.

Así que su respuesta era no. Claramente:

─No.

Nabor inclinó la cabeza y se cruzó de brazos con un gesto juguetón, como si fuera una broma.

─¿No? ¿Estás segura?

─Lorick jamás lo permitiría.

─Vale, vale… Así que todos sois igual de testarudos por las cordilleras. En fin, Attaegina. Esta era tu última oportunidad por las buenas. Pero me estás obligando a hacerlo por las malas.

Nabor se puso en pie con un deje de resignación.

─Ya has conocido a Molok. Creías que era una leyenda, como todo el mundo, ¿verdad? Bueno, pues es real. Considérate privilegiada porque no lo saben muchos. El calamar gigante que atormentó a los primeros habitantes de nuestra tierra continúa aquí. Nunca fue vencido.

─Pero se cuenta que su cadáver estuvo tres días tendido sobre la playa…

─Sí, y mis ancestros le devolvieron la vida y consiguieron someterlo. Es gracias a él que mi imperio crece cada día. Si un pueblo se resiste a mis ejércitos, envío a Molok y lo devasta todo en un abrir y cerrar de ojos.

─Entonces, ¿lo utilizas como un arma? ¿Un arma para convertirte en el dueño del mundo?

─¿No te parece un plan maestro?

─Así que tú eras el brujo… ─afirmó Atti recordando las imágenes de los arcanos que Nimeria le había mostrado.

─Exacto. Hay que saber mucha brujería para tener a merced a un diablo milenario. Y no se puede decir que se me dé mal. Pero cuento con un inconveniente: Molok tiene un apetito voraz. Si no le doy bien de comer, no me obedece.

Attaegina ahogó un grito cuando comprendió lo que sucedía en el templo:

─¡Las discípulas! ¡Se las entregas como sacrificio!

─Mujer, no generalices. La mayoría de las discípulas se ordenan sacerdotisas y sirven felizmente a mi imperio durante toda su vida.

No te miento: puedes encontrarlas en otros templos.

No sospechan nada. Pero hay algunas chicas muy especiales.

Algunas como tú, por ejemplo. No es muy habitual encontraros, aunque de vez en cuando el Cosmos quiere que Molok tenga una cena especial.

Y tú, querida, llegaste a mi templo pidiendo a gritos ser el próximo sacrificio, como una mariposa que vuela hacia una tela de araña.

Él te olió desde el momento en que pusiste un pie en la ciudad. Y yo, también...

Y con un movimiento serpenteante, desenfundó un puñal de oro que llevaba ceñido a su pierna.

Attaegina se apartó de él todo lo que pudo, quedando acorralada.

Pero Nabor era muy hábil en el cuerpo a cuerpo, y antes de que Atti pudiera darse cuenta o zafarse, la tenía arrinconada entre su pecho y la pared y le había bloqueado los brazos rodeándola con fuerza.

Con la mano que le quedaba libre empuñaba su arma, y la hoja, muy bien afilada, había quedado peligrosamente cerca del rostro de Attaegina.

─Tranquila, el oro deja limpias las heridas. No se infectan. Si te quedas quieta no te haré daño, créeme, tengo experiencia. Solo quiero tus ojos, tus preciosos ojos de ángel. Bastará con uno primero. Volveré a por el otro en unos días. ¿Conoces el valor del ojo de un ángel?

─Estás loco… ─gimió Attaegina. El cuerpo de Nabor, fornido y sudoroso en contacto con el de ella, parecía poder anular la poca fuerza que le quedaba.

─Por un único ojo de ángel, Molok puede arrasar una península entera. Es magia antigua.

Attaegina comprendió por fin el destino funesto de Nimeria. Ahora ya sabía por qué sus cuencas estaban vacías. Y también sabía por qué veía su espectro, pues Nimeria pertenecía, como ella, al linaje de los ángeles. Era su familia, ¡trataba de ayudarla!

─Ahora, quédate quieta ─susurró el Patriarca─, será solo un momento.

Cuando Nabor se dispuso a clavarle lentamente el puñal, Nimeria se interpuso entre ellos dos apareciendo de pronto como un fogonazo cegador. ¡Suficiente para que Atti pudiera escapar!

Se escurrió como pudo aprovechando el desconcierto de Nabor y atravesó la puerta del calabozo, pasando entre los soldados.

Entonces escuchó la guía angélica en su interior mientras se dirigía escaleras abajo, hacia el canal.

Corría el riesgo de ser atacada de nuevo por Molok, pero era su única escapatoria.

Acto seguido, se subió al esquife que flotaba en el agua y remó lo más rápido que pudo hasta adentrarse en uno de los túneles oscuros.

Tras haber avanzado durante algunos minutos, se topó con las rejas que llegaban hasta el techo y se detuvo.

No podía continuar remando, pero su cuerpo cabía perfectamente entre los barrotes.

Cuando logró pasar al otro lado nadando por el agua, una presencia demoníaca y muy oscura se apoderó de todo el espacio.

Sintió un escalofrío y se puso a temblar.

De repente el silencio se lo había tragado todo.

Tanto era así que únicamente escuchaba su propia respiración, trémula y entrecortada.

Podía sentir en sus entrañas que una amenaza muy grande se cernía sobre ella.

Aunque también que el amor de su vida andaba muy cerca de allí y que muy pronto acudiría en su ayuda.