CAPÍTULO 51
De todos los finales posibles, Atti jamás imaginó que el suyo sería terminar encerrada en un calabozo hediondo, a oscuras, dolorida y sola.
Escuchaba rumores lejanos de agua subterránea y goteos rítmicos, ni voces ni pasos de nadie, y no veía absolutamente nada.
Intuyó repasando los muros con la mano que el calabozo era muy pequeño.
Además, el suelo era irregular, arenoso y estaba mojado y frío.
Ella también estaba fría, tiritaba, pues su ropa seguía húmeda tras el ataque de esa bestia inmunda que había estado a punto de devorarla viva mientras la asfixiaba entre sus tentáculos resbaladizos: el legendario Molok, el diablo al que toda Nueva Pangea daba por muerto, seguía vivo.
Y ella lo había visto. Ella conocía el secreto del Patriarca.
« ¿Qué importa ya? » , se dijo abatida, « si no puedo contárselo a nadie » .
Pasó horas deseando borrar ese horror de su memoria sin conseguirlo.
Y es que, cuando Halcón le advirtió de que ese monstruo era mucho peor que cualquier alimaña que hubiese visto antes, no le creyó del todo.
Ahora no le cabía duda, pero nunca más volvería a ver a Halcón.
Y lloró amargamente mientras añoraba la calidez de sus manos, su sonrisa capaz de sembrar luz en la más turbia de las tinieblas.
Y se acordó entonces de la gema de cristal, de que se la guardó bajo la ropa justo antes de la ceremonia del Laurel.
Palpándose la túnica descubrió que seguía allí.
La colocó entre sus manos y la hizo brillar, y su luz ambarina acarició su vista cansada de no ver sin dejar de recordarle a Halcón con el candor tornasolado que despedía.
Por otro lado, había perdido el anillo que le regaló Tauh.
Seguramente se le habría escurrido de los dedos cuando trataba de quitarse al monstruo de encima.
Había perdido su libertad, su vida, todo lo que le importaba en menos de una noche.
¿Qué le quedaba, sino esperar? ¿Qué harían ahora con ella ?
Sus pensamientos también se dirigieron a Lorick.
Su primer amor se quedaría esperándola en vano creyendo que ella le había despreciado.
Eso no era justo. Estaba enamorada de Halcón, pero no quería hacer daño a Lorick.
No, si podía evitarlo. Aunque suponía que para él había sido bastante doloroso descubrir que ella ya había escogido.
Sin dejar de mirar la gema luminosa, acurrucada en un rincón se enjugaba las lágrimas en silencio. Lo peor no era no volver a ver a ninguno de los dos. Lo peor era que ambos corrían un serio peligro. Y ella no podía ir a su encuentro para advertirles.
No supo cuánto tiempo pasó. Era imposible, totalmente imposible, hacerse una ligera idea de si era de día o de noche estando allí dentro.
Ni siquiera creía que Halcón pudiera encontrarla aunque se colara en el templo.
Lo único que sabía era que cada vez tenía más hambre y más sed.
¿La dejarían morir abandonada sin más? Se encogió sobre sí misma y maldijo su suerte, pero después se levantó llena de ira y golpeó la puerta metálica del calabozo hasta que las manos le dolieron.
─¡Ayuda! ─gritó hasta que la voz se le desgarró─. ¡Ayuda!
Nada. Nadie. O, ¿sí?
Attaegina se dio la vuelta agotada, con la idea de volver a agazaparse en un rincón para esperar su muerte.
cuando de pronto la silueta fantasmagórica de Nimeria se apareció frente a ella, levitando sobre el suelo.
Atti se sobresaltó y entró en pánico cuando vio por fin su cara, que había dejado de ser un borrón para ofrecerle la lastimera imagen del rostro de una doncella a la que cruelmente le habían robado ambos ojos.
En medio de su belleza, las dos cuencas vacías pesaban como grilletes.
─Ahora por fin puedo verte… ─tartamudeó Atti recobrando la entereza─.
Ya lo entiendo, me diste señales de sobra para que me marchara del templo, pero quise llegar hasta el final.
Fui tan ilusa que me creí capaz de encontrar al culpable de tu crimen, de hacer justicia.
Quería que todo el mundo conociera la verdad de lo que sucedía aquí. Ya ves, de nada ha servido.. .
Nimeria negó con la cabeza, triste.
─Tú trataste de impedirme que bajara, sabías que Molok se escondía esa noche bajo las aguas del canal, pero... ¿Qué te hicieron a ti, Nimeria? Y, ¿quién? ¿Quién fue?
En ese momento se escuchó un ruido lejano.
Eran pasos que se acercaban desde el exterior.
Dos o tres hombres se aproximaron a la puerta del calabozo e instantes después se escuchó el sonido metálico de los cerrojos al abrirse.
Attaegina apagó la gema y se preparó para lo peor. Entonces, Nimeria se desvaneció.
Cuando la puerta del calabozo se abrió, Atti distinguió al Patriarca gracias a la luz de las teas que portaban sus soldados. Sus dientes de oro, sonriendo con perfidia, relucieron debajo de su enigmático antifaz.
─Toma ─le dijo Nabor ofreciéndole una copa de agua y un panecillo en una bandeja─. Llevas más de dos días sin comer ni beber. Tu robustez es admirable.
Attaegina se moría de hambre y de sed, pero no se lanzó con voracidad sobre la bandeja. Primero bebió despacio, manteniendo la compostura. Después dio un bocado pequeño al pan. No quería parecer débil ni desesperada.
─Y, ¿por qué me das de beber y de comer, si solo quieres matarme?
Nabor sonrió de nuevo y se sentó frente a ella con aire paternalista.
─Vaya, vaya, si hasta me tuteas... Nadie se atreve a tutearme.
Bueno, dadas las circunstancias… Reconozco que te infravaloré, Attaegina Mentastro.
Sí, sí. He pecado de cándido contigo. No me imaginaba que una cabra montesa como tú se había dedicado a husmear por el templo a escondidas.
Ni siquiera mis sacerdotisas te pillaron. Cuéntame, ¿cómo lo haces?
─¿Cómo hago el qué?
─¿Cómo te proteges? ¿Lo haces a propósito o te sale de chiripa? Ibis y Sekmis no han podido leer en ti ni hurgar en tu corazón. Ni siquiera adivinaron que serías capaz de resistirte a la medicina del Gran Laurel. ¡Eres todo un desafío!
De pronto Attaegina comprendió. Era un simple gesto para ella el que la había protegido de los dones adivinatorios de sus mentoras.
Tan solo hacía fuerza, tensaba los músculos, y entonces sentía que podía levantar una barrera que protegía todos sus pensamientos y que la volvía hermética ante cualquier oráculo.
─Eres imposible de leer, Attaegina, como un libro cerrado. ¡Más que un libro! Eres como un arca llena de secretos escondidos bajo llave que nadie, a menos que tú lo consientas, puede abrir.
─Pero, ¿qué secretos? ¿De qué me hablas? Si solo soy una cabra montesa para ti y para tus sacerdotisas, una inepta, una inculta que ni siquiera sabe leer o escribir, que no he conocido más escuela que Madre Tierra, ¿qué más queréis de mí? Y, ¿por qué me aceptasteis en vuestro maldito templo?
Attaegina temía a Nabor, pero no pensaba mostrarse dócil ni complaciente. No, ¡ni un minuto más! Sin embargo, el Patriarca parecía tener muy bien pensados sus planes para ella.
─Son tus ojos, tus preciosos ojos. ¿Es que nunca te has preguntado por qué son así?
─¿Así? ¿Cómo? Pero, ¿qué tienen de especial?
Nabor se acercó un poco más. A Atti le incomodaba su vasta presencia, su energía invasiva.
No tenía un cuerpo tan grande como para ocupar tanto espacio, ¿por qué lo percibía entonces así?
Él le acarició la mejilla con sus curtidas manos de guerrero mientras ella aguantaba la respiración y se resistía a su arte para seducir.
─Attaegina, creo que ha llegado el momento de que lo entiendas. Tus ojos no son de este mundo ni de esta era. Tus ojos pertenecen a un linaje muy antiguo, al linaje de los ángeles.
Atti no sabía si creerle, pero algo en su interior le decía que el Patriarca no estaba mintiendo.
─Eso… ¿Qué significa? ─le preguntó.
─Tú no perteneces a la raza humana, Attaegina.
Tú vienes del pueblo de los ángeles, y encarnaste en este cuerpo humano por alguna razón que ya no recuerdas.
¿Cómo, si no, te explicas la naturaleza de tus poderes?
Tu familia angélica te ha acompañado y protegido siempre, incluso aunque no pudieras verles, por eso sabes hacer cosas sobrenaturales que nadie en tu miserable aldea podía explicarte, ¿verdad?
Nabor tenía razón: ni sus padres ni sus hermanos, ni siquiera los ancianos de Caliza, habían comprendido nunca sus dones.
Se habían limitado a decirle que tenía un guía angélica que le proporcionaba las visiones y premoniciones.
Pero ella siempre se había sentido acompañada por alguien a quien no veía ni percibía mediante los sentidos físicos.
De repente tuvo una revelación: en apenas un segundo, mil recuerdos que aparentemente no le pertenecían desfilaron por su memoria ancestral.
Entonces se vio a sí misma con otro rostro, otro aspecto y otro nombre, en un tiempo muy antiguo, casi olvidado, sobrevolando los cielos mientras batía un par de alas de plumas, irradiando un aura blanca y azul por donde pasaba.
Otros ángeles volaban junto a ella. Los sintió como a su verdadera familia y luego lloró porque los echaba de menos.
En cuestión de un instante había revivido una existencia que perduró por siglos y una añoranza aciaga se apoderó de su corazón.
«¿Por qué estoy llorando?», se preguntó al volver en sí, pues todos esos recuerdos se fueron esfumando, como cuando se tiene un sueño que se olvida a medida que uno se despierta, como si un vacío eterno se lo tragara poco a poco.
─Attaegina, yo puedo ofrecerte una oportunidad. Tu oportunidad para salvarte. Si la aceptas, volverás al templo y pronto te nombraré sacerdotisa. Pero tendrás que poner tu magia angélica a mi servicio.
─¿Qué?
─Tú serás mi vínculo con los ángeles. En alguna parte de ti guardas la sabiduría de tu linaje. Puede que no seas consciente ahora mismo, pero con un poco de medicina del Gran Laurel …