CAPÍTULO 50
Nunca antes Nabor había parecido tan grande.
O quizás Attaegina sintió que se hacía pequeña en su presencia.
El Patriarca no necesitó decir nada para que todos los que allí había supieran que se avecinaba una tormenta.
Era como una bestia a la que se había perturbado y que, sin duda alguna, tomaría represalias.
«Corre, por tu vida,¡corre!», se dijo Atti.
Y sin esperar un instante más, salió disparada por los largos y oscuros pasillos del templo, corriendo lo más rápido que su cuerpo era capaz, como si le persiguiera una jauría de lobos.
A pesar del hambre, de la sed y de la confusión que le había provocado el veneno del Gran Laurel, Atti se sintió de pronto más despierta y lúcida que de costumbre, como si sus sentidos se hubieran afinado.
Tras ella se escuchaban los pasos acelerados de Nabor y de sus soldados.
A ese ritmo la atraparíanen seguida. Pero el templo estaba sembrado de recovecos y recodos oscuros, y Attaegina pensó que el arte de la distracción sería su mejor arma.
Así que giró sobre sus pasos y se apresuró escaleras abajo, y por un momento, solo cuestión de segundos, se volvió etérea, invisible, igual que otras veces cuando la guía angélica acudía en su ayuda.
Suficiente para despistar a susperseguidores.
Con los nervios no recordaba bien el recorrido que conducía al canal subterráneo, donde podría escapar por el agua o remando si había algún esquife preparado.
Entonces la silueta fantasmagórica de Nimeria se apareció unos metros por delante de ella, pero no para guiarla, sino todo lo contrario: quieta como un muro y cruzada de brazos, parecía estar intentando detener su huida.
─¿Qué haces? ─exclamó Atti al toparse con ella─. ¡Déjame pasar!
Nimeria se desvaneció como la llama de una vela al soplar, y Atti continuó corriendo en una frenética carrera, bajando escaleras sin detenerse siquiera a respirar, hasta que reconoció el último tramo y, dando gracias al Cosmos, llegó hasta el canal.
Había un esquife amarrado allí y un par de remos.
«¡Ya casi lo tengo!», pensó con alivio. Y se dirigió hacia la pequeña embarcación sin demora.
Pero cuando se acercó a un metro escaso, un sonido ensordecedor sacudió las galerías.
Las aguas del canal se agitaron repentinamente con olas que casi alcanzaban el techo, provocando una marejada salvaje, aterradoramente negra y oscura, mientras un olor hediondo se intensificabahasta manchar cada porción de aire respirable.
Attaegina se dejó caer al suelo presa del pánico cuando vio salir de las aguas una marea de inmensos tentáculos negruzcos y resbaladizos que se cernían sobre ella, dispuestos a estrangularla.
Pero lo que terminó de horrorizarlafue el aliento de la bestia saliendo entre sus millones de colmillos por una boca que podría tragarse barcos enteros.
Y en ese aliento reconoció el hedor a cadáveres de peces descompuestos que la perseguía desde que había puesto un pie en Teff. El hedor de la muerte...
Intentó zafarse con todas sus fuerzas, luchando inútilmente contra los tentáculos que habían comenzado a ceñirse alrededor de todo su cuerpo.
Entonces escuchó los gritos de Nimeria. Gritaba más fuerte que nunca, ¡era insoportable oírla!
Y comprendió que ambas compartirían el mismo funesto destino: ser devoradas por una bestia de los infiernos.
Por eso Nimeria había intentado cerrarle el paso, había tratado de advertirle y de evitarle ese final.
Cerró los ojos con fuerza mientras los tentáculos la asfixiabanlentamente.
Y con el poco aire que quedaba en sus pulmones dedicó sus últimos segundos de consciencia a lamentarse por haber abandonado su hogar y su tierra.
Por haberle hecho tanto daño a Lorick. Por no haber conocido antes a Halcón. ..
─¡Detente! ─exclamó el Patriarca con una voz atronadora que se abrió paso a través del caos.
Pero no se lo decía a ella ni a ninguno de sus hombres, no.
Se refería a la bestia: bastó una simple orden para que los tentáculos de la enorme criatura se destensaran dejando caer a Attaegina, que abrió la boca todo lo que pudo, tragando aire con ansia, a punto de desmayarse y sin fuerzas siquiera para moverse.
Menos todavía para resistirse a los soldados de Nabor, que la levantaron bruscamente y la llevaron a rastras ante su señor, como si fuera un despojo sin valor.
─¿Qué hacemos con ella? ─le preguntaron.
Nabor esperaba con un brazo firmemente levantado, sin cambiar de postura.
Y Attaegina lo comprendió al instante: no era un gesto escogido al azar, sino la manera que tenía de controlar a ese monstruo.
En su mano un bastón de luz blancase había materializado y con él lograba dominar a la bestia.
Atti ya había visto aquello en una ocasión porque se parecía a lo que Halcón hacía con su bastón de madera.
« Es un nawal » , comprendió. « Pero este no trabaja para la luz.
.. » . Poco a poco, el Patriarca recogió su brazo y el bastón disminuyó de tamaño hasta desaparecer.
Entonces, la bestia se sumergió en las aguas y se marchó, dócil como un cordero.
Nabor se giró hacia Attaegina. Ahora le tocaba a ella. Incluso con el rostro cubierto pudo transmitirle un desprecio profundo solo mirándola.
─¿No vas a agachar la cabeza ante mí, como te enseñaron tus mentoras?
─le preguntó en tono de reproche. Attaegina temblaba por dentro y por fuera, aunque esta vez lo tenía claro.
No cedería, no se arrodillaría ante él a menos que usaran la fuerza bruta para obligarla.
Ese hombre le daba miedo, sí, pero no pensaba bajar la mirada.
Nabor prosiguió─: Excelente, sí… Reconozco que te he menospreciado todo este tiempo, hasta he pecado un poco de ingenuo.
Desde luego, no esperaba tanta cabezonería por tu parte.
─La cogió por la barbilla, pero no con la delicadeza de la primera vez cuando quiso examinar sus ojos.
Por el contrario, le apretó las mandíbulas bruscamente, como si fuera un perro al que castigar por haber mordido a su dueño, y luego acercó su rostro al de ella a menos de un palmo con la intención de intimidarla─.
Eres una maldita cabra silvestre, ni siquiera mis sacerdotisas han conseguido domesticarte.
Pero ese no es ahora el mayor de tus problemas, Attaegina Mentastro.
Le soltó la cabeza sin ningún cuidado y se apartó de ella, dándole la espalda, al tiempo que señalaba a sus soldados la escalinata que subía al siguiente piso.
─Encerradla ─sentenció─. Sabe demasiado.