CAPÍTULO 49
─ ¡Atti! ¡Mira! ¡Mira!
La voz juguetona de Ceres llamaba a Attaegina con mucha euforia.
Seguramente había descubierto algo que le parecía maravilloso y quería mostrárselo a su hermana, un petirrojo posado sobre la encina o tal vez a las orugas enormes que, una vez al año, colonizaban las rudas con sus brillantes colores para convertirse después en gigantescas mariposas que, al volar, se confundían con golondrinas si uno las miraba de soslayo.
─¿Qué quieres ahora? ─respondió Attaegina con un deje de impaciencia mientras terminaba de arreglarle un vestido a la pequeña Galatis. Era mediodía y el sol calentaba con la fuerza del estío las duras tierras de Caliza─. ¿Es necesario que vaya?
─ ¡Sí! ¡Claro que lo es!
Attaegina se puso en pie resoplando con hastío. ¿Dónde estaba Creta cuando los pequeños necesitaban algo? Luego siempre se quejaba de que Atti mandaba en todo.
─¿Qué quieres, Ceres? Vas a despertar a papá si gritas tanto.
─¡Mira, Atti! ¡Tenemos cerezas!
Las manos de Ceres iban llenas a rebosar de frutas negras que se escurrían entre sus dedos de tantas como había recogido.
Detrás de ella, un caminillo de cerezas delataba perfectamente por dónde había venido.
Atti se enterneció tanto al verla así de feliz, asombrada ante un hallazgo tan cotidiano, que abandonó el semblante malhumorado y lo cambió por una sonrisa de ilusión.
Para una niña de Caliza, cada día podía ser un regalo.
─Tauh tiene más ─continuó Ceres con un brillo radiante en sus enormes ojos de aceituna─, me ha dicho que viniera a por una cesta.
Un mal presentimiento sacudió la espina dorsal de Attaegina, como un aguijonazo.
─Espera, ¿te has comido alguna?
Ceres, comprendiendo que algo peligroso rondaba cerca, negó con la cabeza mientras abría las manos repentinamente dejando caer todas las frutas con aprensión.
─¿Dónde estáis cogiendo las cerezas?
Ceres no sabía responder.
─No lo sé, Atti... Es por allí.
─Por allí no hay cerezos, ¿dónde está Tauh?
Sin dar tiempo a su hermana para contestar, Atti salió corriendo como alma que lleva el diablo siguiendo el rastro de cerezas y haciendo caso a su intuición.
─¡Tauh! ¿¡Dónde estás, Tauh!?
No tardó demasiado en encontrarlo. Posiblemente la guía angélica la había conducido directamente a su paradero, pero en esos momentos no tenía tiempo de pensar en eso.
Cuando vio a Tauh encogido sobre sí mismo, tumbado en la tierra, y se fijó en ese árbol aparentemente cargado de cerezas, ató todos los cabos.
─¡Eso no son cerezas, Tauh! ¡Es un laurel cerezo!
─Yo… No lo sabía, Atti ─masculló Tauh retorciéndose de dolor─. Están asquerosas. Me duele mucho la barriga...
─¡Ceres! ¡Corre!
La niña llegó lo más rápido que pudo, visiblemente asustada y temiendo lo peor.
─¡Ceres, tráeme violetas, corre! ¡Crecen en torno al pozo! Arráncalas de raíz, como te enseñé. ¡Corre!
Los pies de Ceres parecían no pisar el suelo mientras se alejaba. En tanto, Tauh seguía encogido, tiritando, poniéndose cada vez más amarillo.
─Mira que te lo dije, Tauh, que estas cerezas son venenosas ─le explicaba Atti levantándolo del suelo muy despacio y apoyándolo sobre su pecho mientras le acariciaba el pelo. Tauh se aferró a ella como si ese simple gesto pudiera salvarlo de cualquier peligro.
─Atti, ¿me voy a morir? ─le preguntó con angustia. Y rompió a llorar. Attaegina lo abrazó más fuerte y le susurró:
─No, tonto. ¿Cómo te vas a morir?
Pero en esos momentos no estaba del todo segura, y por eso rogó en su interior que Ceres volara como el viento y le trajera esas…
─¿Raíces de violeta? ─protestó Tauh apartándose de ella cuando vio regresar a su hermana pequeña─. ¡Qué asco! ¡No! ¡No, Atti! ¡No quiero!
─Lo siento, cariño, pero tienes que comértelas.
─¡Pero es que me dan asco! ¡Si me las como, voy a vomitar!
─Escúchame, Tauh ─le dijo Atti, ahora mucho más seria─. Si no vomitas las cerezas, entonces sí te morirás.
Tauh, con los ojos llorosos, dio una patada rabioso al tronco del laurel cerezo. Después aceptó esas raíces que Atti fue dándole en la boca, poco a poco.
─Venga, trágatelas, Tauh. Sé que están muy malas, pero es por tu bien. Por favor…
Tauh masticaba entre lágrimas y arcadas ante una asustadísima Ceres que, rígida como una estatua, creyó que si se movía o gesticulaba en ese momento su hermano no viviría para contarlo.
─Un poco más, Tauh, por favor, cariño… Mastica y traga un poco más.
Tauh sintió la acometida de las náuseas brotando desde su estómago, la bilis ácida quemándole la garganta y el consecuente vómito que sacó de su cuerpo gran parte de las cerezas negras. Attaegina le acariciaba el cabello y le limpiaba la boca con su falda.
─Ya está casi, cariño. Solo un poco más.
El niño recibió otra arcada y arrodillado sobre el suelo terminó de vomitar todas las cerezas.
Atti podía sentir que el veneno había abandonado su cuerpo casi por completo.
Notaba irritadas las cuerdas vocales, también los escalofríos y, por fin, un último espasmo en su estómago.
Pero… ¿por qué lo sentía ella? ¿Dónde estaba ahora Tauh?
─¡Un poco más, Attaegina! ¡Una última vez! ¡Expulsa ese veneno de tu cuerpo o lo lamentarás!
Pero sus hermanos habían desaparecido y también las cerezas y el laurel…
No, el laurel no. El Gran Laurel la observaba desde algún lugar donde ella no lo veía a él, aunque sentía su presencia más cerca que nunca, turbia, perversa, y también el alcance de sus tentáculos, fríos y escurridizos… Entonces, ¿quién le hablaba?
─Attaegina, escupe eso, ¡rápido! ¡O te hará suya para siempre y secuestrará tu alma! ¡Y nunca, nunca más podrás salir de aquí!
Era Nimeria, con la cara borrada como siempre, quien le hablaba, quien agitaba sus manos para que no se venciera al sueño de esa medicina maligna, para que vomitara hasta la última gota del veneno que, por caprichos del destino, había conocido cuando Tauh estuvo a punto de morir intoxicado.
La voz del agua rugió dentro de su cabeza y la imagen del arcano de la Torre regresó a su memoria mientras Nimeria la apremiaba para que se marchara de allí. «Eso era lo que intentabas decirme, todo el tiempo», pensó Attaegina recuperando la consciencia.
Abrió los ojos de repente y, cuando lo hizo, Sekmis, que estaba inclinada sobre ella con una mano tendida casi tocando su entrecejo, se sobresaltó.
¿Qué pretendía su mentora? ¿Leerle el pensamiento mientras estaba inconsciente?
Después comenzó a vomitar un manojo de horribles tentáculos negros que se retorcían al caer al suelo desde su boca.
¡Era repugnante! Pero, ¿era real? ¿O lo estaba soñando todavía?
─¡Tranquila! ─trataba de consolarla la suma sacerdotisa sin perder la calma─. Tranquila, es una medicina fuerte. Te daremos agua.
Attaegina descubrió con alivio que no había ningún tentáculo mezclado con su saliva.
O, si los hubo en algún momento, pertenecían a otro mundo del que ella había regresado antes de que consiguieran atraparla, pues no quedaba nada de ese veneno dentro de su cuerpo.
Entonces Ibis, intercambiando una mirada cómplice con Sekmis, se acercó rápidamente.
Parecía tan nerviosa como su hermana melliza, pero se le daba mejor reaccionar ante situaciones críticas.
Al fin y al cabo, era la mayor de las dos.
─Toma ─le dijo a Atti ofreciéndole una copa llena de agua fresca.
Y la sujetó por un brazo para ayudarla a incorporarse.
Pero Attaegina conocía sus intenciones y sabía que Ibis era más avispada y tenaz que Sekmis.
Notó la presión de su mano sobre su piel y también ese aguijón tratando de romper la barrera que Atti interponía entre ella misma y sus superioras cuando se resistía a que entraran en su mente, en su cuerpo, en su propio templo, para someterla.
Mientras terminaba de beberse el agua, buscó con la mirada a Nimeria. No estaba. Tampoco Nefereth.
─Levántate despacio, Attaegina ─le susurraba Ibis en voz baja tratando de no interrumpir el trance de las demás, que parecían más muertas que vivas derramadas por el suelo de la sala del Oráculo.
Atti salió caminando despacio, temblorosa.
El corazón le latía como si hubiese corrido desaforadamente y todo se tambaleaba a su alrededor.
Cada sonido, por mínimo que fuera, producía un eco que retumbaba dentro de su cráneo. Y el hambre le producía debilidad.
─Un centinela te acompañará hasta tu celda, Attaegina ─le dijo Sekmis guiándola hasta la puerta─. Procura descansar y no hagas movimientos bruscos. Cuando termine la ceremonia me acercaré a verte.
Atti no le respondió. Mientras tanto, Sekmis hablaba en voz baja con uno de los guardias y, acto seguido, aquel tomó por el brazo a Attaegina para sacarla de la sala sin que se desplomara.
Pero Atti no confiaba en ellos ni en las sumas sacerdotisas.
Quizás porque sí había bebido alguna pequeña porción de la medicina ceremonial, el alcance de sus sentidos se había amplificado, y entonces percibió que una presencia muy oscura acechaba entre las sombras del templo.
La misma que tiempo atrás asesinó a la joven Nimeria.
¿Qué o quién se escondía tras el Gran Laurel ?
Se limitó a obedecer porque su cuerpo no se encontraba en condiciones de caminar por sí mismo, mucho menos de correr, huir o defenderse si era atacada.
Procuró no bajar la guardia y confiar en que todo iba a salir bien, en que llegaría a su celda sana y salva y, tan pronto como pudiera, se escaparía del templo para siempre.
Entonces el destino quiso que sus ojos se toparan en la oscuridad con Nefereth.
Atti estaba convencida de que era ella, con su cabello lacio, negro, cortado recto a la altura de los hombros.
Pero no estaba sola. Había un hombre a su lado vestido al estilo militar que la tenía arrinconada en una esquina de la antesala ceremonial.
Atti se detuvo en seco. ¡Seguro que era el desgraciado de Zaphiel otra vez!
─Camina, no te detengas ─la apremió el centinela que la acompañaba.
Pero Attaegina se negó. Observó a Nefereth inerte, con la voluntad anulada por esa medicina odiosa.
Aunque la discípula hubiera querido gritar y pedir ayuda, su voto de silencio impedía que de su garganta brotara un solo hilo de voz.
Era obvio que Nefereth estaba siendo abusada, ¡y ella no miraría hacia otro lado como los demás!
Sin saber de dónde, sacó fuerzas para despegarse bruscamente del centinela y corrió hacia donde estaban su compañera y su acosador.
─¡Déjala, Zaphiel! ─bramó apartándolo de un empujón.
Nefereth, con los ojos entrecerrados, mantuvo el equilibrio a malas penas, deslizándose suavemente por la pared hasta quedar sentada en el suelo.
En cuanto al soldado, que cayó de bruces al recibir el impacto de Attaegina, se levantó poco a poco, desconcertado, no sabiendo muy bien qué había sucedido.
Y cuando se dio la vuelta y el fuego de las antorchas se reflejó en su antifaz de oro, Atti sintió que un escalofrío la recorría de arriba abajo al comprender que no era el idiota de Zaphiel, sino el mismísimo Patriarca, Nabor XIII, el hombre al que había descubierto y al que, sin pretenderlo, había desafiado.