El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

Hambre. Attaegina tenía hambre. En los días que se celebraba ceremonia del Laurel, las discípulas hacían una única comida, la de primera hora de la mañana. Desde entonces, no habían probado bocado, aunque habían continuado con normalidad haciendo las labores en el huerto medicinal.

Ella creía que se iba a comer las piedras. Si su vista se hubiera topado con alguna hierba comestible, aunque fuera un manojo de verdolagas, se lo hubiera echado a la boca de manera furtiva procurando que nadie se diera cuenta. Pero allí solo criaban plantas medicinales.

Se sentía malhumorada, débil. Y una sensación incómoda, como la previsión de algún peligro inminente, la mantuvo en alerta durante todo el día. Parecido a cuando se avecinaba una tormenta de las que devastaban los campos.

─¿No cree que es muy pronto para mí? ─le preguntó a Sekmistras el saludo al sol─. Yo no estoy a la altura para asistir a esa ceremonia tan importante.

Sekmis parecía muy segura de su decisión.

─Es perfecto ahora, Attaegina. Ahora que Epona va a dejarnos, es conveniente que empieces a participar de pleno en las celebraciones del templo. Si has llegado hasta aquí es porque el Gran Laurel te ha elegido. Eres única.

« Y también porque me queréis encerrada para siempre.

.. » , recordó Atti. Las palabras de su mentora siempre eran cautivadoras, precisas, nunca decía nada que estuviera fuera de lugar.

Pero detrás de esa voz sedosa y de su magnífica belleza, Attaegina no dejaba de percibir un impaciente interés por bucear más en ella, en sus pensamientos y anhelos.

Y es que Sekmistan solo con tocar a alguien era capaz de alcanzar sus secretos mejor guardados .

A media tarde se lavó el cabello y el cuerpo y se untó aceite de albahaca y geranio en las plantas de los pies, en el ombligo y en las palmas de las manos.

Según le había indicado Sekmis, era imprescindible que las discípulas cumplieran estrictamente con los rituales de limpieza antes de asistir a la ceremonia del Laurel.

Desnuda y sola en medio de su celda, se cepilló el pelo y se lo recogió como tenía por costumbre, es decir, trenzándoselo como símbolo de protección.

Se preguntó si llegaría el día en que entregaría esa trenza al hombre que amaba.

¿Cuando volvería a ver a Halcón? Estaba tardando mucho y le preocupaba que le hubiera sucedido algo.

Por otro lado, la sombra de Lorick seguía rondándole, y con ella, la culpabilidad por haberle besado y no haber sentido el menor indicio de pasión.

¿Le devolvería el tiempo los sentimientos que una vez Lorick le despertó?

¿Podría volver a amarlo como si Halcón jamás se hubiera cruzado en su camino?

En realidad, Atti ya había escogido, y los besos de Halcón eran los únicos que imaginaba derramándose sobre su cuello, sobre sus hombros y su espalda…

Lo echaba tanto de menos que buscó la gema del mercader y, cuando la sostuvo entre sus manos, hizo que se iluminara como ella sabía.

Su candor anaranjado le recordó la calidez de sus brazos, tan envolventes como la luz de la tarde, intensos como el sabor del desierto.

No podía seguir mintiendo a los demás y a sí misma.

Hablaría con Lorick en cuanto pudiera, le contaría toda la verdad aunque le hiciera daño.

Y después buscaría a Halcón y le pediría una vez más que la iniciara como nawal para caminar a su lado hasta donde se terminara el mundo.

Ya vestida y preparada, sintió la necesidad de esconderse la gema debajo de la túnica, como si se tratara de un amuleto.

Y cuando el sol por fin se ocultó en el horizonte, salió de su celda junto a las demás discípulas, caminando todas en fila.

Las seguía nerviosa, con el corazón acelerado, pues de Halcón no sabía nada y la ceremonia del Laurel le causaba no poco recelo.

─¿Qué se hace en la Ceremonia del Laurel? ─le había preguntado a Libia por la mañana.

─Pues se recibe al Gran Laurel ─explicó sin más dilación. Attaegina no se quedó conforme.

─Pero, ¿cómo?

─Beberás la medicina del Gran Laurel y después de eso entrarás en un trance que ampliará con creces tus dones para la adivinación.

Tu consciencia se expandirá hasta límites que no imaginabas, podrás viajar a través del velo que separa los mundos sin dificultad.

Ya lo verás. Durante el tiempo que estés bajo los efectos de la medicina del Gran Laurel te sentirás muy ligera, como si hubieses abandonado tu cuerpo y habitaras el mundo del espíritu.

Es algo difícil de explicar, Attaegina. Lo mejor es experimentarlo por una misma.

No le parecía alentador abandonar su cuerpo en presencia de desconocidos.

¿Era eso lo que le había pasado a Nefereth la noche en que la vio llegar acompañada por Zaphiel?

¿Había abandonado su cuerpo hasta el punto de que el centinela encontró la ocasión para abusar de ella?

Intentaría por todos los medios mantenerse muy atenta, fueran cuales fueran los efectos de esa medicina.

La sala de la ceremonia se encontraba dos pisos por debajo de su celda, aunque había que recorrer un pasadizo no poco enrevesado hasta llegar a ella.

Mucho antes de distinguir la entrada en la oscuridad, un olor conocido empezó a invadir su nariz.

Al principio infundió en su ánimo una alegría vigorosa, un sentimiento de celebración, casi de triunfo.

Tanto era así que sonrió sin saber por qué.

Todas sonreían en ese instante, incluso la rígida Epona.

Sin embargo, costaba respirarlo, se quedaba pegado a sus fosas nasales, a su lengua y a su paladar con un trasfondoamargo y pesado.

De pronto, apenas recordaba cómo había llegado hasta allí. Si hubiera tenido que volver sobre sus pasos, seguramente se habría quedado detenida, bloqueada en la oscuridad de los pasillos del templo sin saber a dónde dirigirse. Tan poderosa era esa medicina que anulaba su voluntad y su razón...

La sala no era demasiado grande. Estaba iluminada por cuatro antorchas que demarcaban los cuatro puntos cardinales, y en el centro un ostentoso altar presidía la estancia engalanado con todo lujo de ofrendas y objetos rituales.

Ibis y Sekmis se habían aderezado como nunca, parecían auténticas diosas bajadas del cielo, bendecidas por la mano de la belleza eterna y la feminidad en su máximo esplendor.

Ambas lucían sobre su pecho un broche de oro con la forma de un escarabajo rinoceronte, símbolo del conocimiento sagrado del cual se las consideraba fieles guardianas.

Mientrasterminaban de prepararlo todo, las discípulas iban tomando asiento en el suelo.

A ambos lados de la puerta, dos soldados hacían guardia rigurosamente posicionados.

Attaegina, al sentarse, reconoció al otro lado de la sala a algunas discípulas del Círculo Arcano vestidas con su característica túnica dorada.

No sabía que ellas también participaban en la ceremonia, pero aunque hubiera querido preguntarle a Libia el motivo, aquella se encontraba absorta, con la mirada perdida. Ni siquiera la habría escuchado.

Cuando todas estuvieron dentro, alguien cerró la puerta.

Sonó como un eco muy lejano aunque estaba bastante cerca.

Todos los sonidos allí se magnificaban como en una inmensa caja de resonancia.

Cada ruido se tornaba pesado. Entonces la hermosa voz de Sekmis comenzó a entonar un canto.

No pronunciaba palabra alguna, solo vocales.

Iba variando la intensidad como si su garganta fuera un instrumento musical, produciendo una melodía hipnótica que atrapaba la atención como una invisible tela de araña.

Atti podía sentir ese cambio en la atmósfera de la sala a medida que un vaivén suave, cíclico como las olas del mar, empezaba a fluir por dentro de su cuerpo.

De pronto sus cinco sentidos se amplificaron y todo se tradujo en una intensidad sensorial que la desbordó: lo que oía, lo que olía, el aire que se sostenía sobre su piel…

Y reconoció la presencia del Gran Laurel allí dentro produciéndole una especie de éxtasis maravilloso, como si hubiera trascendido las fronteras de su cuerpo físico y hubiera tocado el cielo.

Ibis preparaba la medicina del Gran Laurel en una marmita humeante que llenaba la estancia de vapor.

Mientras su hermana proseguía con su cantar susurrante, ella removía el brebaje con una mano y con la otra le añadía ingredientes que Atti no reconocía.

Cuando Ibis consideró que su preparación estaba lista, pronunció unas oraciones que Attaegina fue incapaz de seguir.

A continuación, las dos sumas sacerdotisas dividieron el preparado en sendos recipientes y, ayudándose de un cucharón, cada una se dirigió a su propio grupo de discípulas para ofrecérselo.

Attaegina vio la manera en que Sekmis daba de beber aquello a Nefereth en primer lugar: se arrodilló delante de ella, le tocó la cabeza pronunciando una bendición y, acto seguido, Nefereth respondió con un gesto de asentimiento. Luego, sorbió el contenido del cucharón.

Cuando Sekmis se disponía a continuar con Jazmín, Attaegina se fijó en la reacción de Nefereth: tenía los ojos cerrados y respiraba con la boca abierta, tomando mucho aire e hinchando el pecho.

Después sus movimientos corporales se volvieron lentos y el cuello acabó por vencerse hacia delante, como si se estuviese quedando dormida.

Le sucedió algo parecido a Jazmín. Libia se desmoronó completamente sobre el suelo, con los ojos en blanco.

Parecía un cadáver. Y Epona sencillamente se quedó fría y pétrea, como una estatua sin vida, con los párpados entrecerrados y una expresión ambigua, artificial.

─ Attaegina ─ susurró Sekmis frente a ella procurando que bebiera como sus compañeras ─ , he aquí la medicina del Gran Laurel. Hónralo al aceptarla en tu cuerpo y vuélvete una con él.

Atti miró el líquido contenido en el cucharón.

Desprendía un olor que no podía soportar pero que, al mismo tiempo, la tentaba.

La boca empezó a salivarle cuando un ansia desmedida por beber aquello brotó repentinamente dentro de ella, como un instinto incontrolable, y finalmente se lo tragó todo de un sorbo a pesar de su amargor y su consciencia se nubló de inmediato.

Ni siquiera tuvo tiempo de terminar de escuchar lo que Sekmis le decía:

─A partir de ahora, el Gran Laurel será tu único fin, tu dueño y tu señor. Le debes respeto, servicio y obediencia. Tu cuerpo y tu alma desde este momento le pertenecen. Y por eso, ya nunca más podrás marcharte de aquí.

Su cuerpo seguía en el templo, desplomado sobre el suelo en medio de la sala ceremonial. Su alma, sin embargo, ya andaba muy lejos de allí…