CAPÍTULO 47
«El Mago, la Luna, el Diablo. Y la Torre...», se repetía Attaegina una y otra vez, tumbada sobre su cama sin poder conciliar el sueño.
En su mente habían quedado grabados a fuego los cuatro arcanos como si ella misma los hubiese estudiado durante meses.
Recordaba a la perfección los rostros inexpresivos, herméticos, los colores, los símbolos, los personajes, los elementos.
Pero no estaba segura de qué era exactamente lo que Nimeriahabía intentado decirle.
¿Había un asesino en el templo? ¿O una criatura maligna?
¿Quién mató a aquella sacerdotisa? «¿Y si fue Amneris, tu mejor amiga, y por eso después escapó?
», cavilaba. No había vuelto a ver a Nimeria entre las sombras, no percibía cerca supresencia ni sentía que quisiera comunicarle nada más.
Su cara seguía siendo un borrón. Tampoco había vuelto a salir de noche de sucelda porque no quería levantar sospechas.
Ya se había arriesgado bastante cuando Nabor eIbis estuvieron a punto de descubrirla.
«Halcón, ¿dónde estás?», se preguntaba a menudo. No sabía nada del mercader. En condiciones normales, habría confiado en que él llegaría, tarde o temprano, cuando fuese el momento. Sin embargo, tenía la angustiosa sensación de que le había sucedido algo, pero no sabía qué.
«Si mañana por la noche no estás aquí, me escaparé como pueda del templo e iré a buscarte», se prometió mientras comprobaba que su doblón de oro continuaba escondido entre su ropa.
Era casi imposible entrar o salir del templo sin ser vista por los centinelas, pero quizás podría usar ese extraño poder que en ocasiones se le presentaba. Era la guía angélica, estaba segura...
De pronto alguien tocó a su puerta. Cuando Attaegina se levantó para abrir se sorprendió al reconocer en la penumbra el rostro pecoso de Epona .
─Pasa ─la invitó sin saber muy bien a qué se debía esa visita.
Epona, sin decir nada ni gesticular, entró. Se quedó quieta, de pie, mirando penetrantemente a Atti, que para romper el hielo le preguntó:
─¿No puedes dormir?
Epona tardó en responder:
─Quiero que sepas algo. ─Se adivinaba cierta expresión de felicidad en sus pequeños ojos, muy sutil y lejana─. En unos días me ordenaré. Sekmis me ha dado permiso. Voy a ser sacerdotisa y me enviarán a algún templo donde ejercer el oficio y servir al Gran Laurel y al imperio.
Toda ella era fría y estrecha, demasiado como para manifestar una emoción tan grande. Solo una inclinación apenas perceptible en sus labios fue lo que Atti interpretó como una sonrisa.
─Es una buena noticia, Epona. Seguro que llevabas mucho tiempo soñando con que llegara este día, ¿verdad?
Epona se limitó a asentir con la cabeza.
─Ninguna de nuestras hermanas lo sabe ─añadió─. Mañana Sekmislo anunciará en el saludo al sol.
Se quedó callada. Attaegina no sabía muy bien cómo actuar.
─¿Por qué me lo has contado solo a mí? ─le preguntó─. Si apenas me conoces...
Epona hizo dos intentos en vano por responder algo hasta que encontró las palabras.
─Pero te conozco. Es decir... Tú y yo nos parecemos.
Atti sintió un escalofrío, como si Epona estuviera buceando en su interior.
─Vamos acompañadas ─continuó la pelirroja─. A ti te acompañan ángeles, lo supe desde que te toqué, la primera vez.
─¿Qué? ¿Dices que...? ¿Lo notaste?
Epona asintió.
─Tu familia de otro mundo no te ha dejado sola aquí. Aunque ya no puedas escucharles ni tener premoniciones, ellos quieren que sepas que te acompañan .
Los ojos de Atti se llenaron de lágrimas de repente. Nunca hablaba con nadie de esas cosas aunque lo cierto era que siempre había sentido que pertenecía a otro lugar, un lugar al que a veces regresaba cuando se quedaba dormida, pero que desaparecía totalmente de sus recuerdos nada más despertaba.
─¿Por qué lo sabes? ─fue capaz de decir finalmente.
─Porque yo tampoco soy de este mundo. Pero yo no vengo de los ángeles. Yo soy una fae .
─¿Una fae ? Yo no sé qué es eso.
─Se parecen a los ángeles, pero no vienen del cielo, sino de la tierra, de la entraña de Madre Tierra.
Les gusta estar en los bosques y en los ríos.
En las Tierras Verdes a veces se dejan ver por los humanos, pero solo en momentos muy especiales, cuando los velos que separan los mundos se levantan.
En un momento así fui concebida. En mi aldea decían que mi madre era una fae , una que vivía dentro de un inmenso chopo, yo no la recuerdo.
Mi padre era humano,no loconocí. Cuando nací, los fae decidieron que no podía quedarme con ellos, por eso fui entregada a los humanos.
Pero tampoco ese era mi mundo. Los humanos tenían miedo de las cosas que yo sabía hacer: hablaba con el agua, con el viento, con las plantas, con las aves, y me respondían en un idioma que yo podía entender, nadie más.
Attaegina sintió una emoción desbordada al escucharla. Se imaginó a Epona tan sola, incomprendida, sin nadie a su lado que le diera calor o un abrazo. « Nadie la ha querido » , se dijo. « Con razón es tan fría » .
─¿Y no preferiste quedarte en los bosques, Epona, y buscar a tu verdadera familia?
Epona negó con la cabeza.
─El Gran Laurel me llamó, supongo. Si llegué hasta aquí fue porque él me tenía en sus planes. Al Gran Laurel nos debemos, Attaegina. No olvides eso nunca.
Atti no respondió. Se sentía como una farsante, una impostora.
¿Sabría Epona que ella no creía en el poder del Gran Laurel, que todos esos ritos le parecían innecesarios, que quería marcharse de allí cuanto antes?
¿Es que Epona no notaba el olor a podredumbre ni escuchaba los gritos del agua? Dudó si debía preguntarle.
─Te acabará gustando este sitio, Attaegina. Es una suerte que el Gran Laurel cuente con alguien como tú. Ya verás, te acostumbrarás pronto.
─Parece que te estés despidiendo.
Epona se encogió de hombros.
─Lo hago.
Se dio la vuelta. Aparentemente, no tenía nada más que decir.
Epona jamás había hablado tanto en toda su vida.
Pero Atti no se había quedado satisfecha.
Quería preguntarle si escuchaba a Nimeria, si la veía, si detectaba como ella una presencia oscura en el templo.
Abrió la boca para hablar cuando sintió que una ráfaga de aire limpio le volvía a cerrar los labios.
Era la guía angélica, sin duda. Tendría que confiar.
Cuando Epona estuvo a punto de abandonar la celda, se detuvo y miró de nuevo a Attaegina.
─Mañana habrá ceremonia del Laurel. Sekmis quiere que asistas.
─¿Qué? Pero… Si llevo muy poco tiempo en el templo, no creo que esté preparada.
─Debe de ser que tú no te das cuenta, Attaegina ─le dijo Epona con franqueza─. Desprendes la luz de los ángeles.
Y se marchó. Atti lo sintió. Apenas había tenido tiempo de conocerla, de hacerse su amiga, de vivir experiencias con ella. Tenían mucho en común, se comprendían casi sin necesidad de hablar. Pero el tiempo de Epona se terminaba: pronto se marcharía a saber dónde y nunca más volverían a encontrarse.
Ahora lo que más le preocupaba era la ceremonia del Laurel.
No sabía qué se hacía allí, aunque no le gustó nada ver en qué estado volvieron sus compañeras la última vez que asistieron.
Las advertencias de Nimeria revoloteaban de forma caótica dentro de su cabeza recordándole que no podía bajar la guardia mientras permaneciera en el templo, pues el peligro barruntaba cerca.
Pero, ¿cuál era ese peligro y dónde se escondía?
Una de sus opciones era escapar esa misma noche.
Sí, ¿por qué no? Podría intentar burlar a los centinelas y huir del templo aprovechando la oscuridad.
Sin embargo, una parte de ella quería desenmascarar los turbios asuntos que se entretejían allí, descubrir qué le sucedió a Nimeria y sacar la verdad a la luz para poner a salvo a las otras discípulas antes de que fuera demasiado tarde.
Y si para ello tenía que asistir a la ceremonia del Laurel, estaba dispuesta.