CAPÍTULO 46
Halcón llevaba días investigando las galerías subterráneas de Teff.
Desde que Attaegina le había contado sus hallazgos, había descubierto que toda la ciudad estaba levantada encima del canal que entraba desde el mar.
De hecho, el agua de las acequias desembocaba allí.
Y si los tentáculos de esa bestia se extendían a través de ellas, eso significaba que bajo tierra debía de tener su guarida.
Al caer la noche, asegurándose de que nadie lo viera, Halcón descendía hasta el canal.
Había encontrado diferentes entradas, la mayoría cerca de las fuentes principales de Teff.
Pero, para su decepción, de momento no había resuelto nada.
Los pisos subterráneos a los que había bajado solo almacenaban agua y las galerías que había explorado lo conducían siempre a otros puntos de la ciudad que le servían de salida, mas no entrañaban ningún misterio ni le daban nueva información.
Nada nuevo bajo el sol y ni rastro de la criatura.
Todo ese entramado de canales subterráneos se estaba empezando a convertir en un verdadero laberinto.
En varias ocasiones, creyendo haber encontrado una nueva ruta, de pronto descubría que había regresado al principio sin haber encontrado nada más que agua.
Ni siquiera sentía la conocida opresión en el centro del pecho, esa que le molestaba cuando alguna alimaña andaba cerca.
Era como si ese diablo con tentáculos se hubiese marchado de la ciudad.
Aún así, no bajaba la guardia ni un segundo, y sus ojos de rapaz examinaban escrupulosamente cada hueco que pisaban sus pies.
Pero una mañana, tras haber maldormido sobre los tejados de las callejuelas más tortuosas, al ver la ciudad desde arriba tuvo una idea.
Se encaramó a la azotea más alta y rápidamente, con su agudísima vista, trazó en su mente un mapa de Teff y situó las entradas y salidas que ya había transitado sin conseguir resultados.
Entonces, como si el Cosmos decidiera echarle una mano, los primeros rayos de sol se reflejaron en una superficie acuática que hasta entonces le había pasado por alto: se trataba de los jardines del palacio de Nabor XIII.
Se dirigió hacia el palacio con la mayor discreción que supo.
Ligero de equipaje, no llamaba la atención más que cualquier otro nómada.
Y cuando llegó allí, dedicó horas a observar pacientemente desde puntos estratégicos que pasaban desapercibidos a los ojos de los centinelas.
Aprovechando la frondosidad de los jardines, se manejó con agilidad para no ser visto cuando por fin decidió entrar atravesando un cerco enrejado.
Entonces, guiado por el rumor del agua, descubrió que aquella gran superficie era un tramo del río que cruzaba los vergeles antes de desembocar en el mar.
Los jardines de palacio eran tan inmensos que incluso había varios puentes dispuestos a lo largo del cauce.
Pero, al margen de eso, nada que pareciese una entrada ni un lugar sospechoso.
Cuando cayó la noche, exploró dos veces el mismo recorrido, en una y otra dirección, cuidándose mucho de burlar a los guardias. Seguía sin encontrar nada.
─ Si al menos la criatura estuviera cerca, podría seguirle la pista ─ se dijo. Sin embargo, esa noche se sentía todo en calma. Su búsqueda no daba resultados, aunque le quedaba una opción: podría seguir el curso del agua. Seguro que le llevaría a algún lugar que no había descubierto antes.
Entonces se arrojó al río y se limitó a dejarse guiar por la corriente ayudado por la oscuridad, que le impediría ser visto si alguien merodeaba por los jardines en ese instante.
Y confiando en su instinto, pasó minutos siendo arrastrado, a oscuras y empapado, hasta que el río se hundió bajo la construcción del palacio.
Halcón habría agradecido disponer de su gema luminosa, o mejor dicho, la de Attaegina, porque ahora sí que no veía absolutamente nada.
En su lugar, usó el bastón de nawal que, acto seguido, emitió un aura blanquecina, suficiente para poder distinguir algo allí abajo.
El curso del río se había vuelto lento y ahora era más sencillo nadar a través de él. Entonces Halcón vislumbró luz: eran antorchas ancladas en ambos muros del canal y estaban encendidas. Así que, en cuanto pudo, salió del agua y enfundó el bastón.
Encontró un hueco oculto en una grieta de la pared y se refugió allí para observar todo aquello a la espera de que pasara alguien.
Si las antorchas estaban prendidas, significaba que habría actividad cerca y, llegado a tal punto, no le importaba aguardar durante algunas horas más hasta tener novedades.
Escrutó el agua, los muros. No vio entradas ni escaleras de ningún tipo, pero sí una bifurcación que se unía al canal principal. ¿De dónde procedía?
El goteo constante y el susurro del río se convirtieron en una especie de sintonía hipnótica, y empezaba a vencerle el cansancio cuando, de pronto, un eco diferente se añadió a la escena.
Era un chapoteo rítmico que se aproximaba cada vez más, precisamente desde la bifurcación.
Escasos minutos después, un esquife iluminado con farolillos llegaba desde allí para incorporarse al canal principal.
En él viajaban dos soldados y un hombre con el rostro de oro.
«El Patriarca», confirmó Halcón al verlo. Y a pesar de que estaba agazapado en la oscuridad, no dudó en usar su sabiduría para protegerse de las fuerzas oscuras, pues ese hombre era poderoso. Pero lo más intrigante de todo era averiguar a dónde se dirigía.
Cuando el esquife pasó ante él, esperó pacientemente a que se alejara. Después se perdió en la oscuridad y desapareció de su vista, entonces cruzó el canal nadando y se introdujo en la sospechosa bifurcación desde la que había llegado el Patriarca.
El agua era mucho menos profunda a medida que avanzaba y al final del camino apenas le llegaba por la rodilla.
La galería se terminaba en ese punto. Como podía esperar, encontró una antorcha encendida y, por fin, una salida.
Lo siguiente era una estrecha escalera de caracol.
Subirla podría ser un suicidio si se trataba del mismo lugar por donde había bajado Nabor XIII, pues seguramente habría más soldados vigilando.
En cualquier caso, estaba casi seguro de que esa entrada se situaba en el interior del palacio.
¿Rondaría por allí cerca la guarida de Molok?
De pronto, todo cobró sentido. Era muy probable que el Patriarca tuviera a esa bestia escondida para utilizarla a voluntad.
Así que, armándose de valor, Halcón comenzó a subir la escalinata.
Cuando llegó al final, sus ojos captaron una luz muy tenue colándose por unas rendijas, encima de su cabeza.
Aguzó un poco el oído y comprendió que había soldados al otro lado.
Parecía un patio interior de palacio. Pero Molok no estaba allí.
La guarida de esa criatura tenía que encontrarse en el agua, así que se había equivocado de camino. Tenía que volver a empezar.
Retrocedió sobre sus pasos y bajó las escaleras con sigilo.
Su siguiente plan era seguir el canal y adivinar a dónde iba el Patriarca de noche por las galerías subterráneas.
¿Por qué no quería ser visto? Estaba seguro de que tramaba algo turbio y de que tenía relación con la bestia y los tentáculos.
Entonces, cuando regresó abajo, recorrió la bifurcación hasta salir de nuevo al canal, momento en el que se topó de frente con uno de los soldados.
─¡Alto ahí! ─exclamó aquel en cuanto lo vio.
Y desenfundó su sable sin contemplaciones.
Un cuerpo a cuerpo era muy arriesgado y había muchos más hombres cerca, así que sin apenas tiempo de pensar cómo escapar, Halcón se arrojó al agua.
Trató de huir nadando mientras escuchaba las voces del soldado tras él ordenándole que se detuviera y amenazando con matarlo si no obedecía.
Pero continuó, sin mirar atrás, hasta que el soldado le arrojó algo que encontró a la cabeza y Halcón, tragando agua por nariz y boca, se hundió inconsciente en el canal.