CAPÍTULO 45
La mujer más hermosa del mundo se encontraba dentro del Templo del Laurel.
O eso se había creído desde siempre en Teff.
La mujer más hermosa del mundo lavaba su piel con leche de vaca recién ordeñada, se embalsamaba el rostro con mirra, miel y aceite de argán.
Olía a los perfumes que ninguna otra podría jamás pagar.
Esa mujer era inmune a la guadaña de la vejez, su cuerpo gozaría eternamente de la gracilidad de la juventud.
Pero esa mujer, a cambio de vivir en el sueño de la belleza permanente, tenía que pagar un precio: servir dócilmente al Patriarca, por los siglos de los siglos.
Aquella mañana, Sekmis abandonaba sus aposentos privados tras haber consumado su complejo ritual matutino de belleza.
Encarnaba la imagen de una diosa de apariencia humana.
El azul índigo realzaba la luz de su tersa piel tostada y su perfil escultural se recortaba sobre la penumbra de los oscuros corredores.
En frente de su cámara se hallaba la de Ibis, quien justo en ese momento también salía dispuesta a comenzar la rutina en el templo.
Sus trenzas negras enjoyadas se movían de un lado a otro con un sensual vaivén cada vez que la suma sacerdotisa caminaba ondulado su voluptuosa cadera bajo su túnica dorada.
Cuando ambas se encontraron una frente a otra, parecía que se estuvieran reflejando en un espejo. Posiblemente nadie en Teff habría podido decidir cuál de las dos era la mujer más hermosa del mundo.
─Tan bella como siempre ─dijo Ibis a Sekmis con un guiño adulador. Sekmis, ignorándola, giró hacia otro pasillo e Ibis se limitó a seguirla.
─Os escuché, Ibis. Anoche.
Ibis, por un instante, no supo qué responder. Luego, continuó caminando detrás de Sekmis .
─¿Por eso estás enfadada? Te recuerdo que su favorita sigues siendo tú.
─Quizás antes… Se ve que ahora te prefiere a ti.
Ibis se adelantó bruscamente y se detuvo delante de Sekmis.
─¿Por qué te pones tan celosa? Te recuerdo que eres mi melliza, siempre lo hemos compartido todo.
Incluso a Nabor. Esas eran sus condiciones.
Y míranos aquí a las dos, colmadas de lujo y atenciones.
Nada nos falta. Acuérdate de las caravanas por el desierto con padre, las dos despeinadas y sucias, casi sin nada que echarnos a la boca.
Si Nabor no nos hubiera aceptado, habrías terminado vendida como esposa a cualquier nómada y llevarías años enterrada. Tú sabes de qué hablo, ¿verdad?
Sekmis sabía perfectamente a qué se refería, pero giró el rostro con orgullo y continuó caminando.
Estaba molesta con su hermana y le carcomía la envidia.
De las dos, Ibis siempre era quien llevaba la iniciativa.
Apenas eran dos adolescentes cuando su padre decidió probar suerte en Teff para vender dátiles en el zoco.
En esos días, Ibis fue la que se decidió a acercarse al templo llevando de la mano a su hermana casi a rastras.
Insistió tanto en ver al Patriarca y era ya tan seductora y convincente que los centinelas accedieron.
Cuando Nabor las recibió en la antesala del templo, ambas lo sorprendieron gratamente demostrándole sus dones para la adivinación.
Pero sin duda alguna, fue la increíble belleza de las mellizas lo que terminó de convencer al Patriarca, quien las envió rápido con las esclavas para que las bañaran, les cepillaran el cabello y las convirtieran en sus dos mujeres sagradas predilectas.
Sin embargo, las atenciones del Patriarca no siempre habían sido equitativas, y eso había generado entre las dos sumas sacerdotisas infinidad de peleas y discusiones.
Especialmente durante los últimos meses.
En concreto desde la primera luna nueva del invierno, la noche en que Sekmis recibió una premonición que no compartió con nadie, ni siquiera con su hermana. «Solo una…», resonaba en su mente.
─¿Qué tal te va con esa cabra montesa que ha venido desde Bérika? ─le preguntó Ibis para quitar tensión del ambiente─. ¿Ya has conseguido domesticarla?
Era obvio que hablaba de Attaegina. Sekmis no se rio.
─No es tan fácil como piensas. ¿Te crees que no lo intento? Esa chica sabe más de lo que parece. Pero no sé cómo lo hace. Es imposible entrar en ella, en sus pensamientos. Es hermética. Siento que protege muchos secretos a los que me es imposible llegar.
─Bueno, por poco tiempo ─apuntó Ibis─. Nabor la va a necesitar. Y pronto. ¿Por qué otro motivo, si no, la habría dejado mancillar nuestro templo?
─Es por sus ojos, lo sé ─afirmó Sekmis pensativa, como perdida en algún capítulo del pasado.
─Claro que es por sus ojos. El Cosmos es caprichoso, inescrutable. ¿Cómo le ha dado esos ojos a una tan joven vulgar?
─Pues por eso, porque es inescrutable. Pero insisto, hermana, no la subestimes, todavía no conocemos ni la mitad de su poder.
Llegaron a un recodo donde una escalinata ascendente las hizo aparecer dos pisos más arriba. Pronto las campanillas metálicas llamarían a las discípulas para hacer el saludo al sol en el atrio y sus mentoras debían estar preparadas.
─Nabor cree que deberías invitarla a la próxima ceremonia del Laurel ─le dijo Ibis a Sekmis antes de que se separasen. Sekmis enarcó una ceja, dudosa.
─¿No crees que es pronto? Está muy embrutecida aún.
─Quizás, pero él está convencido de que eso nos facilitará las cosas. Tal vez tu cabra montesa se relaje un poco cuando pruebe nuestra medicina. Nadie se puede resistir al Gran Laurel.
─Es posible, lo pensaré ─aceptó Sekmis─. Aunque, por el momento, tenemos a la fae.
Ibis dio un resoplido de impaciencia.
─Sí, menos mal. Empezaba a creer que esa niña nunca menstruaría.
─¡Ibis! ¡Sé más discreta !
Ibis se llevó una mano a la boca y se disculpó, mirando a su alrededor por si alguien las había escuchado. Seguían solas. Sekmis prosiguió:
─Nuestra querida fae tiene un gran potencial, hermana. Ni ella misma lo imagina. Se ordenará de inmediato, ya está hablado con el Patriarca.
Ibis le sonrió con perfidia.
─La buena cosecha a veces se hace esperar… Pero siempre, siempre acaba llegando. Y esta vez, parece que será doble.