CAPÍTULO 44
Al principio, Attaegina no sabía si confiar en Nimeria.
Ni siquiera sabía qué intenciones tenía.
Pero algo en sus entrañas le empujaba a hacerlo, casi con urgencia.
Era una intuición clara y certera, igual que cuando recibía mensajes de su guía angélica.
Así que salió con mucho sigilo de su celda y se marchó tras ella.
Nimeria condujo a Attaegina escaleras abajo, un par de niveles, y después la llevó por tortuosos pasillos que desconocía aún.
Cuando se cruzaban con algún centinela, las dos esperaban un instante.
Entonces, Nimeria parecía levantarse del suelo unos centímetros, como si flotara, y cruzaba el aire mientras Attaegina, que sentía como si se volviese invisible durante unos segundos, se apresuraba a caminar detrás de ella.
Ya había hecho algo parecido la noche en que salió sola a investigar y descubrió el canal subterráneo.
¿Quién le había enseñado a hacerlo? Realmente, nadie.
Ni siquiera se paraba a pensar cómo. Quizás sabía desde siempre.
Quizás fuera un instinto o un poder sobrenatural que había habitado en ella desde su nacimiento, como si pudiese cambiar de realidad durante escasos instantes, lo suficiente para que los soldados no la viesen ni notasen su presencia.
El caso es que Nimeria le despertaba un sentimiento familiar, como si ya se conocieran o si, como poco, perteneciesen a la misma familia. Y por eso confiaba en ella.
Aún no sabía si esa sacerdotisa permanecía atrapada en algún rincón del templo y solo ella había escuchado sus llamadas de auxilio, pero a juzgar por la cantidad de recovecos y de habitaciones secretas que había en el edificio, Atti se esperaba cualquier cosa.
Tal vez Nimeria había sido encerrada como castigo en el cuarto nivel subterráneo y nunca se había marchado de Teff, aunque hubiesen hecho pensar que sí a todas las demás porque decirles la verdad habría tambaleado el sólido pilar de la obediencia en las discípulas.
Y esa, por lo visto, era una cualidad que las sumas sacerdotisas valoraban más que cualquier don.
Mientras seguía caminando detrás de Nimeria observaba sus movimientos, sus andares etéreos que hacían que pareciera que se desplazaba por encima del aire, y se preguntaba por qué podía verla ella y nadie más, si supuestamente no tenía ningún don.
Nimeria desprendía un aura de luz blanca, casi espectral.
¿Era una proyección de sí misma? Si era una sacerdotisa tan sabia como se contaba, ¿por qué había escogido a Attaegina, que era de todas las discípulas la más torpe y menos adecuada?
Finalmente llegaron a las puertas de una sala. Eran de madera de ébano. Sin duda, debía de ser un lugar importante del templo a juzgar por los relieves finamente labrados y la belleza en la ornamentación. Attaegina distinguió grabadas en el dintel largas inscripciones que no era capaz de leer.
─ ¿Qué es este sitio? ─preguntó─. Me recuerda al taller de las alquimistas. Pero ningún centinela hace guardia aquí.
Trató de empujar las puertas comprobando al instante que alguien debía de haberlas cerrado con llave. Entonces miró a Nimeria.
─ No podemos pasar.
La chica sin rostro atravesó sin esfuerzo las puertas, desapareciendo de la vista de Attaegina. Momentos después, se escuchaba el cerrojo abriéndose desde dentro. Entones, Atti volvió a empujar y consiguió entrar en la sala. Luego, asegurándose de que nadie la había seguido, las cerró de nuevo.
Un velón de cera sobre un mueble del fondo iluminaba débilmente el lugar, pareciendo un guardián a punto de quedarse dormido en su puesto.
Attaegina examinó de un vistazo el entorno esperando encontrar plantas medicinales, alambiques, frascos de vidrio y tinajas de aceite.
En su lugar, había viejos códices y papiros perfectamente colocados.
─ ¿Tenemos una biblioteca en el templo? ─le preguntó a Nimeria. La chica sin rostro negó con la cabeza y la condujo a una mesa rectangular. Sobre ella reposaba un enorme códice cerrado encuadernado en cuero. Attaegina miró a Nimeria─: Pero yo no sé leer.
En ese momento, la tapa del códice se levantó sola ante el asombro de Attaegina. Nimeria le hizo un gesto con la cabeza para que se fijara en las páginas. Había texto escrito a mano con una caligrafía cuidadosa, pero también había imágenes. Atti, observándolas con curiosidad, comprendió:
─ ¿Estamos en la sala del Círculo Arcano? ─Nimeria asintió─. Y este códice… Estas imágenes deben de ser los arcanos, ¿verdad?
Sus sospechas fueron confirmadas cuando descubrió que una hilera de finas tablillas de madera, del tamaño de una cuartilla, colocadas en horizontal una detrás de otra con los setenta y ocho arcanos pintados uno en cada una, decoraba las paredes de la sala cruzándola de lado a lado.
Attaegina no sabía leer arcanos, sin embargo, aquellas imágenes llenas de símbolos, personajes, elementos, colores, números…
parecían poder llegar a comunicarle algo.
─ Hay muchos, Nimeria. ¿Qué quieres que haga ahora con esto?
De pronto, el códice se cerró bruscamente y cuatro de las tablillas se separaron de la pared flotando en el aire hasta aterrizar sobre la mesa. Attaegina, un poco asustada, se fijó en cómo quedaban colocadas: las tres primeras, invertidas. La última, como resolución de la lectura, del derecho.
─ Pero, Nimeria, yo no soy capaz de entenderlos…
Nimeria se desvaneció de repente dejándola sola delante de las imágenes, y al poco se materializó detrás de ella y le apoyó una mano en el centro de la espalda.
Attaegina la sintió fría y trémula pero, por un extraño motivo, cuando volvió a mirar los arcanos tuvo la sensación de conocerlos, como si ya los hubiese estudiado en alguna ocasión.
─ El Mago ─comenzó identificando la figura de un alquimista sobre un banco de trabajo cubierto por objetos que simbolizaban el aire, el fuego, el agua y la tierra.
Prosiguió con el segundo arcano, una mujer ante un río del que salía a hurtadillas un cangrejo armado con dos generosas pinzas.
Dos perros aullaban al fondo, era de noche y había luna llena─: La Luna.
En el siguiente arcano, un ángel caído torturaba a dos personajes encadenados a una roca enorme.
─ El Diablo.
Por último, el único arcano que se había colocado del derecho, representaba la Torre: en él, una torre era destruida por un rayo que caía del cielo. Por sus ventanas escapaban dos personajes dispuestos a arrojarse al vacío para salvar su vida.
Attaegina volvió a leer la secuencia de imágenes, varias veces.
Se fijó en cada detalle que encontró mientras reflexionaba en silencio cuando la mano gélida de Nimeria volvió a tocar el centro de su espalda.
Entonces recibió su conocimiento, como si se tratara de una iluminación, y comprendió el mensaje.
─ Es brujería, un alquimista que maneja las fuerzas oscuras…
De noche se despliegan misterios y peligros que no se ven, una mujer es su víctima, y la fuerza de la luna es aprovechada por las energías involutivas…
Luego está el diablo, es un pacto ancestral con una entidad maligna, un yugo del que no se puede escapar…
Y, por último, la Torre. Todo caerá… Este lugar, ¿también?
No veía el cuerpo de Nimeria por ningún lado, pero sentía su voz como si se hubiese integrado con la suya, y sus recuerdos, y su dolor…
La voz del agua chilló fuertemente dentro de su cabeza mientras se le revelaban retazos de imágenes fugaces aunque inconexas: una joven aterrada, su túnica blanca manchándose de negro hasta fundirse en la oscuridad, las flores de sus trenzas flotando inertes en el agua estancada.
Y ese olor hediondo más intensificado que nunca.
Cuando Atti volvió en sí reprimió una arcada y, después, respiró con agitación, como si hubiera corrido hasta agotar sus fuerzas escapando de algo para salvar su vida.
Su túnica estaba empapada en sudor. Se sentó en el suelo agazapada sobre sus rodillas hasta que recuperó el equilibrio y, después, levantó la mirada para buscar a Nimeria, que esperaba erguida frente a ella.
Attaegina tragó saliva varias veces antes de hablarle.
─ Estás muerta, ¿verdad? ─resolvió. Nimeria asintió─. Pero… Pero si yo no puedo ver a los muertos… Además, yo no tengo ningún don. ¿Por qué las otras, que sí lo tienen, no te ven? Ni siquiera Epona, que tiene tan desarrollados sus poderes. No lo entiendo, Nimeria. ¿Por qué yo?
Nimeria no hizo un solo gesto. Su rostro seguía siendo indescifrable. Attaegina supuso que eso ahora no importaba. Por el contrario, recibió una clara intuición.
─ ¿Te mataron aquí, en el templo?
Nimeria asintió.
─ ¿Quién lo hizo? ¿Quieres vengarte? ¿O estás tratando de advertirme?
Nimeria miró hacia la puerta cuando alguien desde fuera comenzó a abrirla, y después hizo un gesto a Attaegina para que se escondiera rápido.
Era Ibis. Atti reconoció en seguida su voz mientras aguardaba encogida debajo de una mesa.
Tras ella vio los pies de un hombre que la seguía, unos pies que ya había observado de cerca cuando se arrodillaba ante su poseedor. «El Patriarca», se dijo sin dudar.
Si la descubrían sería gravísimo, y esta vez no podía excusarse haciendo el papel de chica pueblerina que se había perdido dentro del templo y no sabía regresar a su celda.
Había entrado sin permiso en la sala de los arcanos burlando la cerradura con ayuda de Nimeria.
Ella, una chica del Círculo del Oráculo que además tenía prohibido acceder a los conocimientos del Círculo Arcano, ¿cómo sería castigada?
Empezó a arrepentirse de haberse arriesgado tanto cuando sintió muy cerca la presencia de Nimeria, y entonces se relajó un poco.
─ ...porque es tu favorita ─protestaba Ibis. Nunca había escuchado a nadie hablarle en ese tono tan confiado al Patriarca.
─ Pero, ¿qué dices? Ibis, mi favorita siempre has sido tú.
¿De qué hablaban? ¿ De verdad su relación era tan cercana?
Cualquiera se habría dado cuenta de que Ibis le estaba haciendo reproches a Nabor.
En esos momentos, Atti rogó para que no se acercaran a la mesa en donde habían quedado colocados los cuatro arcanos, pues se darían cuenta inevitablemente de que alguien había entrado sin permiso.
Aunque, por suerte para ella, Ibis y el Patriarca se dirigieron al final de la sala, en donde había otra puerta. ¿A dónde llevaría?
─ Tú siempre has sido, con diferencia, la que más me gusta de las dos ─continuó Nabor enardecidamente seductor.
─ No te creo, eso no siempre fue así…
─ Tienes que confiar más en mí. Ahora, ven.
Atti podía verlos por un pequeño hueco: Ibis, de espaldas al Patriarca, se retiró las trenzas a un lado y aquel, sin contenerse un instante, le besó la nuca lentamente, descendiendo con los labios hasta los hombros aterciopelados de la suma sacerdotisa mientras empezaba a desnudarla despacio con una sola mano.
Attaegina no quería mirar, no era necesario para imaginarse cómo iban a terminar aquellos dos.
Pero antes de darse la vuelta vio a la silueta de Nabor quitándose el antifaz de oro, descubriendo su rostro delante de Ibis.
Atti no podía distinguir su cara desde su escondite, aunque ya era bastante significativo saber que la suma sacerdotisa tenía tantos privilegios como para conocer la verdadera imagen del Patriarca.
─ Eres como fruta madura ─le susurraba Nabor acercándose cada vez más a ella, cubriéndola de sinuosas caricias.
Attaegina necesitaba salir de allí cuanto antes, pero ¿cómo?
Era muy arriesgado moverse sin hacer ruido teniendo en cuenta la pureza del silencio que ocupaba todos los rincones del templo.
Entretanto, Ibis y Nabor continuaron besándose en las sombras mientras la respiración de la suma sacerdotisa se iba tornando cada vez más profunda.
─ Vamos ─le dijo repentinamente al Patriarca─, ven .
Y por fin abrió aquella puerta tras la cual ambos desaparecieron para consuelo de Atti, que tenía el corazón en un puño.
No sabía a dónde conducía esa entrada, pero cuando escuchó el sonido de la cerradura girando desde dentro, suspiró de alivio.
Esperó un par de minutos antes de ir a colocar rápidamente cada tablilla en su lugar, rogando por no equivocarse en el orden, y luego salió de la sala de los arcanos y regresó a su celda. Esa noche no vio más a Nimeria.