CAPÍTULO 43
Cuando Epona llegó junto a su mentora, se dio la vuelta con timidez para mirar a todas sus compañeras y, con un gesto imperturbable, mostró un pañuelo blanco manchado de sangre fresca en el centro.
─ Agradezcamos a la hermana Epona ─dijo Sekmis con solemnidad─, que ha decidido ofrecer su primer ciclo al Gran Laurel.
«Por eso no asistió al saludo al sol», comprendió Atti.
«Hoy ha menstruado por primera vez». La discreta Epona, avergonzada por haberse convertido en el centro de atención, vertió sobre las brasas el pañuelo sucio ante la expectación de todos los presentes, especialmente de Sekmis.
Y cuando eso sucedió, el aroma del laurel se tornó aún más espeso y difícil de respirar para Attaegina, que poco a poco fue identificando en aquel notas de otro olor más desagradable y de sobra conocido.
Hasta que todo el aire empezó a oler a podredumbre y se le revolvió el estómago.
Miró a su alrededor por si alguien más lo notaba.
Pero las otras discípulas continuaban embebidas en ese furor inicial que incluso a ella, al principio de la ceremonia, la había seducido confundiendo sus pensamientos y sus sentidos.
Entonces volvió a mirar el tronco del Gran Laurel, pero en esta ocasión en lugar de ramas vio tentáculos, negros tentáculos que se revolvían, famélicos, esperando que el jardín se vaciara para llevarse las ofrendas del altar, como si ansiaran comer después de mucho tiempo.
La voz del agua chilló dentro de su cabeza, tan fuerte como el día en que bajó a los pisos subterráneos, y entonces una figura más se sumó a la ceremonia, pero solo Atti la vio: era la joven de túnica blanca y largas trenzas, la misma que se le había aparecido en el canal. Y su cara… seguía siendo un borrón .
Se le tambalearon las piernas cuando volvió a arrodillarse ante el Patriarca junto a todas las demás, y su frente se abalanzó contra el suelo.
Mientras Ibis recitaba una oración de cierre para terminar la ceremonia, su mirada perdida se encontró de repente con una hilera de ventanas en forma de arco dispuestas a ras del suelo: esas ventanas eran las de las celdas de las discípulas, y una de ellas sería su habitación.
«Así que dormimos muy cerca del Gran Laurel», concluyó.
Con razón sentía la amenaza de los tentáculos colándose por su ventana, ¿habría sido real o sucedía solo en sus sueños?
Cuando el Patriarca dio permiso para que se marcharan, Atti caminó detrás de Epona, en línea recta, vencida por un cansancio inusual a aquellas horas del día.
Se digirieron al comedor a reponer fuerzas, pero en un recodo oscuro Nabor se topó con ella.
Attaegina bajó en el acto la cabeza, como correspondía a la ley, aunque habría reconocido a ese hombre sin mirarlo en el más sombrío de los rincones del templo.
─ Attaegina ─se limitó a decir él─, la de los ojos de otro mundo. ¿Qué tal te está yendo por aquí?
Atti se puso en tensión pero intentó evitar que él se diera cuenta.
─ Bien, mi señor.
Nabor parecía relamerse de gusto cuando alguna discípula joven le hablaba con esa mezcla de respeto y temor. Entonces posó una de sus ardientes manos sobre su hombro y lo acarició despacio, rozando la sensualidad. Attaegina se apartó de su lado sin ningún tipo de decoro. No pensaba ceder.
─ Tranquila, que no muerdo ─le respondió el Patriarca sin mostrarse ofendido─. ¿Qué te ha parecido nuestro Gran Laurel? Esperaba que le ofrecieras tu bonita trenza. ¿O es que la guardas para alguien?
Atti negó con la cabeza. Pero recordó de nuevo que tenía que pasar desapercibida, no llamar la atención. Así que trató de excusarse:
─ Mi señor, nadie me explicó el significado de la ceremonia. Es obvio que, una vez más, por mi ignorancia no estuve a la altura.
Aun mirando hacia abajo, vislumbró el brillo de sus dientes dorados cuando el Patriarca sonrió con la boca muy abierta, voraz.
─ Con ojos como los tuyos es imposible reprenderte. Ahora ve con las chicas y come algo. Estás un poco pálida.
Attaegina le rindió una reverencia breve y se marchó sin mirar atrás, sin detener sus pasos en el solitario y oscuro pasillo, hasta que llegó al comedor con las demás.
¿Por qué le habría preguntado el Patriarca por su trenza?
¿Qué sabía de su vida? En cualquier caso, y hasta que Halcón regresara con novedades, se andaría con mucho cuidado.
Epona no abrió la boca en lo que quedó de día.
Tan pronto como pudo, en cuanto terminó el saludo a la luna, se marchó a su celda y no quiso cruzarse con Libia ni con Attaegina.
Atti recordó el momento en que ella misma recibió su ciclo, cuando tenía doce años.
Fue una tarde de otoño, regresando del pinar.
Ya no tenía madre, pero Corina Arrayán, la madre de Anut, se ocupó de explicarle algunas cosas sobre su cuerpo de mujer.
Al año siguiente fue Atti quien hizo la misma labor con Creta.
¿Alguien le habría explicado algo a Epona?
¿Qué significaba la sangre menstrual de una futura sacerdotisa?
¿Tanto valor tenía como para convertirse en una ofrenda?
Dio varias vueltas encima de su cama pensando un poco en todo lo vivido ese día, en el Gran Laurel y su perfume narcótico, en Epona, en la chica con la cara borrada, en los tentáculos negros.
En la odiosa sonrisa de oro del Patriarca.
Y recordó que Halcón le había pedido que no bajara más al canal porque era peligroso, que no se metiera en problemas.
Empezó a quedarse dormida a pesar de la molesta sensación de estómago vacío, pues comenzaba a acostumbrarse a lo poco que se comía allí.
Sin embargo, una razón de fuerza mayor la sacó de la cama.
─ ¿Quién eres y qué haces aquí? ─le preguntó a la chica del rostro borrado, que apareció de repente delante de ella con los brazos estirados hacia abajo, rígidos, y la cara cubierta por una nebulosa. Attaegina, recuperándose del primer impacto, insistió─. Necesito que me digas quién eres.
La chica sin rostro hizo un gesto con las manos para señalar su túnica. Atti no lo entendió y aquella volvió a repetir el mismo gesto varias veces.
─ ¿Eres Razel?
La figura espectral negó con la cabeza. Volvió a señalarse la túnica. La túnica blanca. De pronto, Attegina recordó lo que le había explicado Libia: «No, no, Attaegina. Lo de la túnica blanca era antes, mucho antes». Y tuvo un presentimiento.
─ ¿Nimeria? ¿Eres Nimeria?
La chica sin cara asintió y la saludó como si acabaran de presentarse, inclinando levemente la cabeza.
─ ¿No puedes hablar? ¿Es por tu voto de silencio?
Nimeria de nuevo asintió.
─ Pero, Nimeria, ¿cómo es que solo puedo verte yo? ¿Es por tus poderes telepáticos? Libia dijo que ahora ejerces como sacerdotisa en otro templo de Alandum, muy lejos de aquí. ¿O no es verdad? ¿Estás atrapada en algún lugar? ¿Necesitas que te ayude a escapar?
Nimeria le indicó que no y se acercó a la puerta, señalando con una mano hacia el exterior. Luego se puso un dedo a la altura de donde estarían sus labios y Attaegina la siguió por los pasillos del templo con el mayor de los sigilos, al abrigo de la oscuridad.