CAPÍTULO 42 #2
Cuando todas las discípulas se reunieron bajo el laurel en sus respectivas formaciones, con las sumas sacerdotisas cada una a la cabeza de sus tuteladas, entonces entró el Patriarca acompañado por dos soldados.
Se hizo silencio absoluto y todas se arrodillaron en su presencia con la frente apoyada en la tierra.
Estaba completamente prohibido que alguien levantase la cabeza para mirar a Nabor a la cara.
Solo Attaegina, en su ignorancia, había faltado a la ley en su primer encuentro con él.
Ahora, desde su lugar en el suelo únicamente podía verle los pies desnudos mientras se acercaba al Gran Laurel para colocarse debajo de su frondosa copa.
─ Podéis erguiros ─deliberó el Patriarca antes de comenzar a hablar.
Attaegina esperó a ver qué hacían las demás, que separaron la cabeza del suelo para quedarse sentadas sobre sus rodillas.
La mirada, en cambio, debía dirigirse hacia abajo.
De soslayo, Atti vio que Nabor llevaba una vez más la cara cubierta por su antifaz de oro, pero se cuidó mucho de no mirarlo directamente. El Patriarca comenzó a hablar:
─ Me honra encontrarme una vez más debajo de este árbol, el Gran Laurel, el mismo que salvó a nuestra especie cuando navegábamos sin rumbo buscando un poco de tierra donde erigir de nuevo nuestro hogar.
Según cuentan nuestras leyendas, el Gran Laurel resistió a la Lluvia Larga, y nuestros ancestros lo vieron desde muy lejos y se aproximaron aquí, a Teff, con sus naves.
Y por eso Teff es grande, porque en Teff comenzó la vida para la Nueva Pangea.
Su voz se fraguaba en el interior de sus cuerdas vocales con la majestuosidad propia de cualquier rey.
Atti podía sentir el peso de sus palabras, la delicadeza de su tono combinada en perfecta armonía con su autoridad, pero mientras escuchaba su discurso comenzó a dolerle la cabeza, como si el corazón le latiese más lento y su sangre no corriera lo suficiente a través de sus venas.
Sentía un mareo incómodo y tenía la sensación de haber tragado algo muy amargo mientras que el aire perfumado en torno al Gran Laurel comenzaba a abrumar sus sentidos.
─ Ayer nuestros ejércitos terminaron de someter la segunda de las Islas Arkas ─prosiguió el Patriarca con orgullo─.
Han sido batallas encarnizadas contra los nativos, pero nuestros soldados lucharon valientemente.
Y en nombre de ellos, os agradezco a vosotras las medicinas enviadas a los heridos, así como vuestros rezos y ritos de protección.
Hoy, el imperio de Alandum es un poco más grande. Nuestro imperio. Y es gracias a todos.
Era impresionante la devoción que Nabor despertaba en las discípulas.
No solo lo veneraban, ¡lo amaban! Y no era de extrañar.
El mero hecho de oírlo hablar podía convencer a cualquiera de su benevolencia, era magnánimo.
Luego entraba en juego su belleza masculina, las cicatrices de su torso, heridas de guerras antiguas.
Tenía la espalda fornida, como un toro, y unos brazos vigorosos que habían empuñado cientos de sables contra enemigos e invasores.
Incluso Attaegina reconoció que ofrecía una imagen imponente, un atractivo viril.
Aunque seguía encontrando en él algo que la incomodaba.
¿Acaso era la única que no se creía todo lo que decía?
─ Pero la guerra no ha terminado todavía ─informó en un tono más grave─.
Nuestros guerreros están librando ahora mismo la batalla más difícil de todas.
La tercera de las Islas Arkas se resiste a nuestro mandato y los nativos están peleando con auténtica crueldad.
Nuestro ejército necesita ahora más que nunca vuestras plegarias para obtener la victoria.
Y el Gran Laurel, que protege a nuestro pueblo desde el principio de los tiempos, hoy os escuchará más que nunca y recibirá vuestras ofrendas multiplicándolas por tres para cubrir de bendiciones a los nobles guerreros de Alandum.
Cuando el Patriarca terminó de hablar, Ibis y Sekmis pronunciaron unas oraciones en voz alta a las que las discípulas respondían después de cada verso.
Atti también, claro. Y mientras lo hacía, se fijó en el tronco del Gran Laurel, en sus nudos, en sus vetas, en la multitud de sus ramas y en la tortuosidad de sus antiguas raíces.
Y sucedió entonces que no se sintió frente a un árbol.
Había conocido chopos y fresnos centenarios cerca de Caliza, cuando iba al bosque en solitario, y todos tenían alma, una noble alma que se fundía con la suya en el instante en que acariciaba sus ásperas pieles de madera, como si perteneciesen a la misma familia.
Sin embargo, no percibía lo mismo con el Gran Laurel, no encontraba en él esa complicidad ni le transmitía esa atmósfera hogareña.
Por el contrario, lo notaba hueco y vacío, exento de los dones de cualquier otro árbol, más muerto que vivo.
Además, algo desconocido vivía en él, algo muy poderoso gestado en la entraña más oscura de la tierra.
Solo que su perfume, cada vez más intenso e irrespirable, no le dejaba pensar con claridad.
En el momento de las ofrendas: la suma sacerdotisa Ibis se cortó una de sus trenzas y la arrojó a las brasas que fulguraban sobre el altar.
El olor a pelo quemado se unió al de las hojas del Gran Laurel.
Dos de las discípulas de Ibis también ofrecieron sus cabellos.
Y del Círculo del Oráculo, fue Nefereth quien se levantó a hacer lo mismo.
Attaegina llevaba como siempre el cabello recogido en una única trenza y no tenía ninguna intención de cortársela.
Esa trenza era su amuleto, y tenía planeado entregársela algún día al amor de su vida.
No era para el Gran Laurel. Aun así, recordó las palabras de Halcón: «Intenta pasar desapercibida», le había dicho.
Pero, ¿cómo? ¿Entregando su cabello a una entidad que no conocía, sin saber las consecuencias de hacerlo?
Empezaba a comprender la importancia del cabello, sobre todo de las trenzas, en los rituales.
Y ella, por mucho que Nabor dijera, no tenía nada que ver con la guerra ni tampoco motivos para apoyar la invasión de las Islas Arkas.
Sentía la mirada del Patriarca a través del antifaz de oro posada sobre su nuca.
También la de Ibis, la de Sekmis. Era una gran presión a la que estaba sometida puesto que todas sus compañeras se acercaban al altar en ese instante a ofrecer algo para aumentar los poderes del Gran Laurel, ya fuera un mechón de pelo o un objeto personal capaz de arder.
Ella no renunciaría a su anillo de hueso de melocotón, su única pertenencia aparte de su ropa.
No quería. ¿La excusarían una vez más creyendo que era una inepta?
De pronto, una intervención inusual alejó de ella todas las miradas.
Se trataba de Epona, que llegaba desde el fondo del jardín portando algún objeto pequeño en sus manos, aunque muy importante a juzgar por la sonrisa de satisfacción de Sekmis.
Attaegina suspiró de alivio al ver a la pelirroja, que caminaba dando pasos cortos, liviana como una semilla al viento.
Sobre su cuerpo todavía de niña, la túnica más estrecha caía con formas rectas.
Sin embargo, lo que Epona iba a entregar al altar ese día marcaría un antes y un después en su estatus.