El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

De todas las discípulas del Círculo del Oráculo Epona fue la única que faltó al saludo al sol. Pero solamente Attaegina parecía preocupada por ello. Era raro, muy raro, que la pelirroja no se hubiera levantado a tiempo, si siempre estaba lista puntualmente para cada rutina del templo.

─ No sé ─le respondió Libia sin extrañarse mucho cuando bajaron a recibir su desayuno─. Quizás esté indispuesta. No te preocupes, Atti. Se pondrá bien con los cuidados de Sekmis. ¿Qué mejor lugar que este, el templo, donde tenemos las mejores medicinas del imperio?

En la gran mesa de al lado, las discípulas del Círculo Arcano ocupaban cada una su lugar. Hablaban en voz baja y sus miradas jamás se cruzaban con las de ellas. Cuando Jazmín y Nefereth terminaron de comer y se marcharon, Attaegina siguió preguntando a Libia:

─ ¿Quién dormía en mi celda antes que yo? ¿Hace mucho tiempo que se fue?

Libia adoptó una expresión nostálgica.

─ No, no hace tanto tiempo, aunque a mí sí me lo parece.

─Se enjugó una lágrima y continuó con su relato─.

Era mi mejor amiga, Razel. Se ordenó hace menos de un mes, en la última luna llena.

Ahora es una honorable sacerdotisa del imperio en algún templo, lejos de Teff.

Debería alegrarme por su ascenso en lugar de aferrarme a su recuerdo. Siento como si no la dejara marchar.

Attaegina se acordó de las guirnaldas de flores que decoraban el esquife.

Si se habían colocado allí durante la última luna llena, tenía sentido el estado en que se encontraban.

¿Se habrían llevado a Razel por allí con alguna intención turbia, navegando por las aguas subterráneas?

¿Y si estaba atrapada en algún lugar y por eso se le había aparecido la imagen de una doncella cuya voz gritaba a través del agua? ¿Sería Razel esa chica sin rostro?

─ Entonces, ¿nunca más volverás a verla?

Libia negó con la cabeza.

─ Ser aceptadas en este templo ya es de por sí un gran honor, no tenemos derecho a protestar, y la vida que escogemos al llegar aquí, tanto tú como yo, es así. Servir al Gran Laurel por encima de todo, sin importar con quién prefiramos estar ni dónde. Es nuestro deber.

─ Eso significa que… Libia, ¿nunca nos dejan salir del templo, ni siquiera para visitar a nuestras familias o ver a un amigo?

La discípula del cabello ensortijado casi creyó que se trataba de una broma.

─ ¿Salir del templo? Attaegina, nosotras hemos hecho un voto de clausura.

Una vez comulgues con el Gran Laurel ya no podrás salir a menos que Nabor o las sumas sacerdotisas te autoricen, si es que tienes una buena razón.

Incluso aunque renuncies, necesitas su aprobación.

Si sales de aquí sin permiso, el castigo es la ejecución por infiel: te enterrarían viva.

Attaegina sintió una agobiante sensación de ahogo. Así que no tenía escapatoria de esa maldita cárcel de mármol negro, a menos que se marchara antes de ese extraño rito que Libia nombró, el rito de comunión con el Gran Laurel.

─ Solo en una ocasión escapó una discípula ─continuó Libia─.

Razel y yo eramos aún niñas, acabábamos de entrar.

En aquel entonces, las del Círculo del Oráculo podíamos mezclarnos con las del Círculo Arcano.

Ella se llamaba Amneris, era del Arcano, pero contrajo una amistad muy intensa con Nimeria, una chica del Oráculo.

Las dos pasaban todo el tiempo juntas, ambas poseían talentos descomunales, cada una en su disciplina.

Hasta que comenzaron a intercambiar conocimientos y vulneraron una de las normas más sagradas del templo.

Atti no comprendía el porqué de aquella falta tan grave, pero era obvio que una sacerdotisa que dominara la adivinación y la lectura de arcanos podría convertirse, sin duda alguna, en una mujer extremadamente poderosa y sabia, muy difícil de someter.

Algo que, seguro, no les interesaba a las sumas sacerdotisas.

─ Y, ¿cómo escapó? ─preguntó. «Así que existe una manera», pensó.

─ Nadie lo sabe. El caso es que Nimeria asumió incluso un voto de silencio para que nadie sospechara de ellas dos.

Supuestamente, Nimeria no podía hablar con Amneris de las enseñanzas del Oráculo.

Sin embargo, era tan fuerte el vínculo que tenían que entablaban comunicación telepática.

¡Telepatía, Attaegina! ¿Te lo puedes imaginar?

Claro que se lo imaginaba. Había experimentado algo parecido con Halcón en los pocos días que pasaron juntos. Nunca con nadie más que con él.

─ Entonces, ¿cómo las descubrieron?

─ Amneris robó una de las barajas de arcanos de Ibis.

Por las noches, Nimeria y ella se sentaban juntas en el suelo de la celda de alguna de las dos y consultaban los arcanos valiéndose de las técnicas del Oráculo.

Así era como aprendían la una de la otra.

Hasta que Sekmis las pilló. Pero el Patriarca fue sumamente benévolo y, por único castigo, decidió separarlas, de modo que ordenó sacerdotisa a Nimeria porque creía que podía darle una segunda oportunidad dados sus grandes talentos, y la envió a otro templo, dejando a Amneris aquí bajo la promesa de no volver a desobedecer jamás.

─ ¿Fue entonces cuando Amneris se escapó? ¿Para marcharse con Nimeria?

Libia puso una expresión pensativa mientras terminaba de beberse el té con hierbabuena.

─ Nadie volvió a ver nunca a Amneris, así que nadie sabe dónde terminó.

Las malas lenguas aseguran que se dedicó a la brujería y que empezó a ganarse la vida profanando las enseñanzas del templo para servir a la gente de la calle.

Pero cada día que pasa su historia cae un poco más en el olvido.

Casi se ha convertido en una leyenda del templo.

─ Quizás haya muerto o se haya marchado muy lejos de Teff.

─ Tuvo suerte de que no la atraparan y la condenaran, Atti. Lo que hizo es gravísimo, no me extrañaría nada que finalmente se haya entregado a la brujería. Fue una ingrata con sus maestras. El Gran Laurel cuida de todas nosotras y agradece nuestra obediencia. Estamos en deuda con él, ¿no crees?

Attaegina no tuvo más remedio que darle la razón, aunque huelga decir que ella no se sentía en absoluto en deuda con ese lugar.

Con el paso de los días iba descubriendo que todas sus compañeras obedecían dócilmente los postulados del templo, sin cuestionárselos siquiera.

¿Cuánto tiempo más podría fingir que se estaba dejando domesticar?

─ Supongo que Razel estaba feliz el día que se ordenó ─añadió Attaegina tratando de saber un poco más─. Me la imagino con una túnica blanca de sacerdotisa, el cabello trenzado…

─ No, no, Attaegina. Lo de la túnica blanca era antes, mucho antes.

Desde que Nimeria y Amneris dieron tantos problemas, nos separaron en dos escuelas, ya sabes.

Razel se ordenó con una túnica azul índigo, como las nuestras.

Estaba muy bella, sí. Y no, no se trenzó el cabello, dijo que quería llevarlo suelto.

Lo tenía parecido al mío, solo que más corto y algo rojizo.

Ese día brillaba como una estrella fugaz. Jamás olvidaré su sonrisa.

«Así que no es Razel la chica que grita con el agua», reflexionó Attaegina.

Cuando salieron del comedor, Libia y Attaegina se dirigieron al taller de las alquimistas junto con Nefereth y Jazmín.

Atti continuaba buscando con la mirada a Epona, pues era escurridiza y cabía por cualquier hueco, pero seguía sin encontrarla.

Justo pensó en dirigirse a su celda para comprobar cómo se encontraba cuando la suma sacerdotisa Sekmis apareció de pronto con el semblante sonriente, tan elegante y erguida como de costumbre, ondulando la falda vaporosa de su túnica con cada paso que daba.

─ Hoy no haremos alquimia ─anunció─. El Patriarca ha venido a visitarnos. Tiene buenas noticias para Teff. Vamos a reunirnos con él debajo del Gran Laurel.

En los días que Atti había permanecido en el templo, todavía no había visto ese árbol del que todas hablaban constantemente, el que se suponía que daba nombre al templo y tantos otros privilegios.

Así que se colocó la última en la fila de las discípulas, que se dirigieron por una escalinata ascendente hacia una galería oscura al fondo de la cual se vislumbraba la luz del sol de la mañana.

─ Ahora verás, Atti ─le susurró Libia con emoción─. Es el lugar más sagrado del templo. Y posiblemente el más bonito.

La galería daba a un jardín cercado por cuatro muros.

Las discípulas del Círculo Arcano ya estaban allí, aguardando junto a su mentora, Ibis.

Tras ellas había un altar celosamente decorado con flores frescas y cristales preciosos, y en su centro, en un caldero de hierro, unas brasas sobre las que ardía un puñado de hojas secas.

Detrás se levantaba el inmenso laurel centenario custodiado por cuatro centinelas, cada uno situado en un punto cardinal.

El gran árbol impregnaba el aire con el dulce y aromático perfume de sus hojas, como si lo derramara generosamente.

Atti lo percibió en cuanto pisó la hierba del jardín, es más, se sintió envuelta en él.

Entonces una repentina alegría la invadió de los pies a la cabeza.

Era una sensación jubilosa que todas las presentes compartían en ese instante, un fervor inexplicable que les proporcionaba una cálida ligereza de alma.

Tanto era el poder de ese árbol sagrado…