CAPÍTULO 41
Durante gran parte de la mañana Halcón deseó que a Lorick le doliera la cara tanto o más que a él la suya.
El nórdico avivaba sus peores sentimientos, despertaba en él una ira desconocida hasta entonces.
Y todo porque ambos luchaban por el corazón de Attaegina.
Se acercó a una fuente, cerca del zoco, y se lavó la piel dolorida.
Y después se aplicó un poco de trementina.
Era de las pocas cosas útiles que había conseguido haciendo trueques con los ancianos de Caliza.
Por lo menos había cumplido la promesa que hizo a Atti, la de avisar a Lorick del peligro inminente que amenazaba Teff.
Si había servido de algo o no… «Ese nórdico es rematadamente imbécil, además de prepotente», pensó con rabia.
Y es que una parte de su ego se henchía de gusto al saber que Atti lo prefería a él.
Pero, por otro lado, las palabras de Lorick habían resultado certeras como una flecha disparada a muerte: desde que Attaegina se había cruzado en su camino, solo le habían sucedido cosas peligrosas.
¿Cómo iba a permitir que se marchara con él, un nawal ?
«Por eso los nawales no se casan ni tienen descendencia», reflexionó.
«Porque el camino de nawal es demasiado peligroso para todo el que se acerque a él.
Y Attaegina… Attaegina con Lorick permanecería feliz y a salvo. Él la ama».
Sin dejar de torturarse con estos pensamientos, oscilando entre la rabia y la culpabilidad, se mezcló con la muchedumbre del zoco, pero esta vez muy atento por si algún ladronzuelo se atrevía de nuevo a meter una mano miserable en alguno de sus bolsillos.
Analizaba las calles con su mirada de rapaz por si era capaz de identificar al muchacho del otro día.
Había cientos de chicos de pelo negro y lacio como aquel, pero ninguno poseía su cara de gato ni su astucia .
Entonces se detuvo en una esquina para comer algo que le sirviera de desayuno, quizás una pasta frita o una empanada de dátiles con carne, cuando escuchó la clásica trompetilla que los traficantes de esclavos solían soplar para avisar a todos los posibles clientes de que llegaban con género nuevo.
No se equivocó: apenas un minuto después, sobre un carro tirado por dos bueyes, una jaula de madera y esparto llegaba a la explanada central del zoco llena hasta los topes de mercancía humana.
La gente se amontonaba y se subía a los postes de los tenderetes para poder verlos mejor.
Se escuchaban exclamaciones de asombro y se palpaba en el ambiente cierto sentimiento de júbilo, como si fueran a venderse artículos exóticos nunca antes vistos en todo el bazar.
Cuando Halcón levantó la cabeza para ver a los esclavos, comprendió en cierto modo la expectación de la gente: esos esclavos eran de una raza desconocida, nunca antes vista en Teff ni, probablemente, en todo el imperio de Alandum.
─ ¡De las Islas Arkas! ¡Recién llegados!
─exclamaba alguien entre el populacho. Esos esclavos guardaban un curioso parecido con el pueblo de Halcón, con los nómadas del desierto, pues en un momento dado una de las tribus de Sari emigró a esas islas del Sur escapando de la dureza de las interminables dunas de arena.
En las Islas Arkas su vida prosperó, tenían agua por doquier, pesca, frutales y cosecha, a diferencia de la escasez que el desierto les proporcionaba.
Lástima que el Patriarca también se hubiera dado cuenta de que dichas islas eran un paraíso para vivir, suficiente para querer convertirlas en parte de su territorio.
La compra y venta de esclavos era de por sí un espectáculo lamentable, una de las muchas inmundicias sobre las que se erigía la grandeza del imperio de Nabor.
Halcón acostumbraba a marcharse del lugar cuando esos carros llegaban, pero ese día alguien lo detuvo.
Era uno de los propios esclavos que no le quitaba ojo a través de los barrotes.
El mercader hizo como que no se había dado cuenta y continuó su marcha cuando el esclavo, hacinado al fondo de la jaula, lo llamó.
─ ¡Eh, eh! ¡Tú! ¡El de Sari! ─dijo con un fuerte acento siseante.
Halcón no pudo obviar esa llamada. Se refería a él, claro estaba. No se veía a muchos habitantes del desierto en Teff, así que giró sobre sus pies y se acercó tímidamente al esclavo que se encontraba en la parte posterior del carro, el lado contrario a donde se colocaban los clientes.
Cuando Halcón estuvo delante de él, encontró cierta familiaridad en el rostro de ese hombre, probablemente el más anciano de todos cuantos viajaban con él.
Las arrugas, como largos caminos vividos, surcaban su piel del color del café, que aún se veía más oscura en contraste con la barba cana y rizada.
─ ¿Me ha llamado usted, señor? ─le respondió Halcón mostrando todos sus respetos al anciano. El hombre sonrió con resignación, agradecido por el buen trato del mercader, para quien seguía siendo, por encima de cualquier negocio, un ser humano.
─ Sí, sí, te he llamado, a ti… Tú eres de Sari, ¿verdad? Del desierto, un nómada.
Halcón asintió con la cabeza.
─ Pues que sepas que los siguientes seréis tú y tu pueblo ─advirtió con una triste templanza.
─ ¿Cómo? ¿El desierto? ─se sorprendió Halcón─. Si nunca nadie ha querido conquistar el desierto.
El viejo ladeó la cabeza y respiró hondo.
─ Se lo escuché a los soldados de Nabor. También quieren el desierto. Lo quieren todo. Hasta las Tierras Verdes.
─ Pues será muy difícil para sus tropas sobrevivir en el Sari si ni siquiera lo conocen. Allí se esconden cosas peores que el calor y la arena.
─ ¿Como por ejemplo qué, joven? ¿Demonios de la arena?
─El mercader de repente se quedó sin respuesta y el anciano se echó a reír con una risa ahogada, mostrando los pocos dientes que le quedaban en la encía─.
Entonces, sabes de eso, ¿verdad? Sabes de qué te hablo… Tú has visto a esos demonios, seguro .
Halcón no reveló que él fuera un nawal . No era conveniente para uno de su estirpe que eso se supiera mucho. Pero el anciano, de alguna manera, se lo imaginaba.
─ En mi tribu los demonios de arena nos atacaban a menudo cuando yo era pequeño ─dijo sin entrar en detalles.
─ Pues que sepas que Nabor tiene uno, pero no uno de arena. Yo creo que el suyo es mucho peor.
─ ¿Mucho peor? ─se alarmó Halcón sintiendo una punzada de dolor repentina en el centro de su pecho─. ¿Qué es?
─ Yo no sé si me equivoco, mercader. Pero cuando llegaron sus soldados a mi isla, mi pueblo ganó la primera batalla.
Los nativos de las Islas Arkas podemos ser muy feroces, ¿sabes?
Además, conocemos la selva y la costa, sabemos escondernos en los volcanes dormidos y atacar cuando el enemigo menos lo espera…
Hasta que cayó la noche y llegó una criatura por el mar.
Una criatura negruzca y gigante. Dijeron que era un calamar.
Yo no la vi, solo vi sus tentáculos reptando por toda la isla, matando y destruyendo…
Toda la costa se tiñó de tinta y de cadáveres.
Y entonces, Nabor nos ganó. ¿Será que ese monstruo le obedece?
Halcón empezó a atar cabos: los mismos tentáculos que había visto desplazarse a través del agua de las acequias y las fuentes, cuando cayó la noche en Teff, ¿eran los del relato del anciano?
¿Seguía con vida, después de tanto tiempo, el diablo Molok?
Y, lo más preocupante, ¿tenía el Patriarca control alguno sobre ese monstruo?
─ ¿Cómo crees que expande su imperio, si no? ─le preguntó el anciano en tono reflexivo.
─ Pero, ese monstruo murió hace cientos de años. Es imposible.
El viejo se encogió de hombros.
─ Yo solo te cuento lo que he visto. Y como sé que nuestros ancestros fueron los mismos, no sé… He sentido que debía advertírtelo, por si puedes poner a salvo a tu gente antes de que sea demasiado tarde y de que los hombres de Nabor te metan también a ti en una jaula como esta .
Halcón se ahorró contarle que no tenía tribu, que caminaba en solitario.
Aun así, quería avisar a los nómadas, a su madre, que seguía viviendo en las dunas desde que él se marchó.
Además, como nawal que era, le correspondía enfrentar a esa criatura y devolverla al lugar del que salió.
Pero eso sobrepasaba sus capacidades. Ninguno como él, solo y sin ayuda, podría enfrentarse al legendario Molok.
Se despidió del anciano dándole las gracias, un trago largo de agua y un trozo de pan de aceite.
Después, se marchó para buscar un lugar tranquilo en donde pensar bien en qué lugar de Teff escondía el Patriarca a Molok o de qué manera lo manejaba y, sobre todo, qué podía hacer él ante tan gran amenaza más que escapar de la ciudad con Attaegina.
Además, no había rastro de ningún otro nawal cerca y su maestro seguía sin aparecer después de años de búsqueda.
Así que se retiró a un rincón donde nadie le viera, cerca de los jardines de palacio, y con su bastón dio tres golpes en el suelo.
Acto seguido, pronunció un mensaje de ayuda y su voz, adoptando la forma de un halcón de luz que no todos los ojos podían ver, salió volando lejos, muy lejos, con la esperanza de que el Cosmos lo escuchara y enviara de vuelta una respuesta.