CAPÍTULO 40
Era muy temprano cuando mejor olía el mar.
Lorick lo tenía comprobado. Como cada mañana, ese día también se reunió a solas con el horizonte del amanecer para comenzar a preparar las redes de pesca.
Le habría gustado contemplar su luz mientras abrazaba los hombros de Attaegina, aunque ella, sin duda, irradiaba un candor aún más bello que cualquier mar del mundo.
Pensaba en Atti casi todo el tiempo, se preguntaba qué le diría la próxima vez que la viera,si lossentimientos de ella hacia él se aclararíantras su estancia en el templo.
Pero a esos asuntos se había sumado otro más preocupante, nada más ni nada menos que la propuesta de Nabor.
¿Le preferiría Attaegina si se alistaba en la flota militar?
O mejor dicho, ¿podría darle una negativa al Patriarca sin sufrir ninguna represalia?
Un intruso molesto irrumpió en su momento de quietud. Era alguien a quien había visto solo una vez, aunque suficiente para resultar inconfundible: el estúpido mercader de Sari, el nawal que, al parecer, había seducido a Attaegina con su verborrea y sus astutos ojos melados.
─ ¿Se puede saber a qué debo el honor? ─le preguntó con la mayor frialdad que pudo.
Halcón inclinó la cabeza para saludarlo. Era un gesto de cortesía, al menos en el desierto, pero que no hizo por gusto.
─ Vengo de parte de Attaegina.
Al escuchar ese nombre Lorick se puso a la defensiva. Podía percibirse en la tensión de sus hombros, en su postura desafiante cuando fulminó a Halcón con el frío metálico de su mirada.
─ ¿Qué dices? Eso es mentira, nadie puede entrar en el templo así como así. Dudo que la guardia de Nabor se lo haya permitido a uno de tu calaña.
─ Oye, te digo la verdad ─le respondió Halcón haciendo caso omiso de su provocación─. La ciudad de Teff está amenazada, corres peligro si no regresas a Caliza. Attaegina quería que lo supieras.
Halcón intentó marcharse sin más. No quería perder más tiempo discutiendo con Lorick ni tratando de convencerlo. Pero el nórdico no se quedó satisfecho.
─ ¿Y qué amenaza es esa, si se puede saber? Teff es la capital del imperio, no existe ninguna amenaza posible para este lugar. Los brazos más duros del ejército de Nabor están aquí.
─ No es una invasión ni una revuelta. Es algo mucho más peligroso, algo a lo que ni el Patriarca ni ningún ejército pueden hacer frente. Hazme caso y vete cuanto antes. No seas necio.
─ Espera, mercader. ─Halcón resopló con impaciencia mientras Lorick caminaba tras él. Se dio la vuelta y arqueó una ceja, cruzado de brazos─. ¿Cómo diablos has conseguido hablar con Attaegina? Eso está prohibido. ¿Es que te has colado en el templo? ¿En su celda?
Los celos se agolpaban en las entrañas de Lorick. Le habría bastado cualquier provocación del mercader para golpearle la cara. Y lo habría hecho con placer. Pero Halcón trató de mantenerse templado.
─ Eso no importa ahora…
─ ¡Claro que importa! ─bramó Lorick, ahora sí, preparando uno de sus puños─. Ella no quiere verte. Y si me entero de que la estás espiando o de que la estás acosando, ¡te voy a reventar esos dientes que…!
─ ¡Basta! ─lo desafió Halcón deteniendo su brazo en el aire, a pocos centímetros de su cara─. ¡Te digo que te marches pronto de Teff si no quieres morir! ¿Te queda claro?
Puede que Halcón no fuera tan alto como Lorick, pero podía competir con él no solo en fortaleza, sino sobre todo en osadía. No flaqueó ni un instante delante del nórdico, quien bien podría haber intimidado a cientos de rivales. Pero no al mercader. No al nawal .
─ ¿Por qué tengo que creerte, Halcón? ─le preguntó Lorick retirando el puño pero sin bajar la guardia.
─ Tú haz lo que quieras, pero es Attaegina quien se ha preocupado por ti.
─ Ya… Y si el peligro que se cierne sobre Teff, según tú, es tan grande, ¿qué pasa? ¿Tú sí que te quedas? A estas alturas yo te hacía ya por la mitad del desierto, con tu burro…
─ Yo me quedo hasta que saque a Attaegina sana y salva de aquí.
Lorick lo odió todavía más.
─ Entonces, tú salvas a Atti y yo me voy huyendo con el rabo entre las piernas… Claro, claro… Y así terminas de humillarme delante de ella y te haces el valiente otra vez. Qué listo, ¿eh?
─ ¡Cállate ya y deja de decir tonterías! ─se exasperó Halcón─. ¡Tú no lo entiendes! Hay una criatura infernal en Teff, una alimaña más grande que cualquiera que hayas visto antes, si es que has visto alguna.
─ Pues será que solo salen cuando estás tú, qué casualidad, Halcón. ¿Cómo sé que no eres tú mismo el brujo que invoca a esas bestias y que luego cobra por someterlas, haciéndote el héroe delante de todo el mundo?
Era obvio que a Lorick, el poco tiempo que estuvo de regreso en la aldea, le habían puesto bien al corriente de la hazaña del mercader con el pobre Anut endemoniado. Pero eso no lo convenció de que Halcón tuviera buenas intenciones. Al contrario. En Caliza solo se pensaba mal de los nawales .
─ No diré más, Lorick. El mensaje de Attaegina era claro. Ya lo has recibido. Haz lo que quieras.
Se dio media vuelta por segunda vez.
─ Le prometí que la esperaría aquí ─afirmó el nórdico.
Halcón se detuvo─. Me da igual lo que suceda ni qué peligroso sea lo que dices.
Cuando Atti salga del templo, yo seguiré aquí, nawal .
Y volveré con ella a Caliza. Solo así no correrá peligro, porque desde que apareciste tú y le llenaste la cabeza de pájaros, no han dejado de sucederle desgracias.
Eso dolió. Halcón recordó el momento en que Anut le hizo esa cicatriz negra a Atti, y también la noche en que las alimañas podrían haberla devorado…
Todo había sucedido porque ella se había cruzado en su camino, y dicho camino, el de un nawal , era en sí mismo peligroso.
Demasiado peligroso para Attaegina. Lorick tenía razón. Prosiguió:
─ Si dices que tienes tanto poder y la quieres tanto, ¿por qué no te ocupas tú mismo de ese diablo, lo que quiera que sea? Ah, no… Que lo único que te interesa es ganártela.
─ Hacen falta varios nawales para detener a ese diablo, Lorick. Y hasta que pueda reunirme con ellos, mi prioridad es que Attaegina esté a salvo.
─ ¿Y mi prioridad? ¿Crees que la dejaría aquí, contigo?
Halcón estaba luchando por contener su lengua, pero Lorick continuó con sus provocaciones:
─¡ No la dejaría nunca con una garrapata como tú!
─¡ En cambio sí que la dejaste sola cuando te marchaste un año entero! ¡Y ni te preocupaste por enviarle siquiera un mensaje o dar señales de vida! ¿Verdad?
Lorick no esperaba ese ataque. ¿Atti le había contado eso a Halcón? ¿Tanto confiaba en él? Si no lo conocía… Empezó a ponerse muy nervioso. Una ira como pocas veces había sentido comenzó a subirle desde los pies con una quemazón insoportable.
─ ¿Qué esperabas, Lorick? ¿Que ella te esperase como una estatua, quieta y sin vivir, hasta que te dignases a volver por la aldea?
─ ¡Tú no tienes ni idea de lo que yo esperaba!
Esta vez sí, el puño de Lorick aterrizó sobre la mejilla de Halcón, pero acto seguido el mercader reaccionó devolviéndole el golpe y dejando una buena marca en el pómulo del nórdico.
Los dos habían perdido completamente la compostura y todo el control cuando se enzarzaron en una riña feroz, hasta que el viejo Basaj y algunos de sus marineros llegaron a tiempo de separarlos.
─ ¡Eh! ¡Ya! ─gritaba el veterano─. ¡Ya está bien, los dos!
─ ¡Te juro por mi vida, mercader, que si te acercas a ella otra vez te partiré en trozos y te echaré a las barracudas! ─sentenció Lorick a voz en grito, algo poco usual en él y que desconcertó a todos sus compañeros de tripulación.
Halcón le dirigió una mirada colérica, llena de rencor, pero no respondió.
Mientras lo sacaban a rastras del puerto con el labio ensangrentado, se lamentaba por su comportamiento, tan impropio de un nawal .
Al menos había entregado el mensaje de Atti.
Ya no se sentiría culpable si el imbécil de Lorick acababa entre los tentáculos del calamar. Después de todo, ya no era asunto suyo.
─ ¿Quién era ese, Lorick? ─le preguntó Basaj mientras el nórdico se frotaba el pómulo que Halcón le había golpeado.
─ Un ladrón. Es un ladrón.
«Y lo que me ha robado, no se puede recuperar con dinero», pensó con amargura.