El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 39 #2
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CAPÍTULO 39 #2

─ Trabaja en el varadero, cerca del faro. Si esa criatura es tan peligrosa, me gustaría poder advertirle.

─ Claro, tienes razón ─contestó el mercader contrariado─. Merece saberlo.

─ Ya no estoy enamorada de él, Halcón ─le explicó Atti con delicadeza─. Pero le quiero. Le quiero como a un hermano. Nos conocemos desde niños y durante mucho tiempo ha sido alguien especial para mí. No quiero que corra peligro. ¿Lo entiendes?

Halcón asintió. Al fin y al cabo, no esperaba menos de un ángel como ella, que tenía un don natural para cuidar de todos.

─ Iré yo mismo a advertir a Lorick ─se decidió─. Si de mí depende, no le ocurrirá nada. Te lo prometo.

Attaegina sonrió tranquila. Puede que hubiera dudado de Halcón en alguna ocasión, pero finalmente nunca la defraudaba. Seguía confiando en él. Confianza ciega.

─ Tengo que irme, Attaegina.

─ ¿Cómo? El templo está más vigilado que el palacio de Nabor.

─ No he entrado por la puerta principal, evidentemente. Los jardines me han servido para colarme por los laterales. Y también he echado mano de algún truco de nawal , no lo voy a negar.

─ Y, ¿cómo sabías que esta era mi celda?

Halcón se acercó de nuevo y hundió sus dedos en el cabello de Atti, muy despacio. Le besó la frente, después se deslizó hacia su oreja. Ella se estremeció al sentir el aire caliente que exhalaba en cada respiración.

─ No estoy seguro de lo que voy a decir, pero creo que los ángeles me guiaron hasta ti.

La besó dulcemente en el cuello sin dejar de abrazarla, acariciando sus hombros, dibujando con un dedo la línea de su espalda, de su cadera, por encima de la fina túnica de lino.

La intimidad de la celda oscura los envolvió mientras Atti se sobrecogía al sentir a través de su ropa el intenso calor que desprendía la piel de Halcón.

─ Mi dulce ángel… ─le susurró al oído el mercader ─. Tengo que marcharme. Es peligroso que nos descubran.

─ No quiero que te vayas ─respondió ella aferrándose con más fuerza a su torso, besando sus labios una y otra vez para quedarse algo de su sabor. Halcón se separó de ella con tristeza.

─ Volveré muy pronto, te lo prometo. Hasta entonces, no hagas ninguna tontería. En serio, Attaegina, no vuelvas a bajar ahí. Es mejor que no llames mucho la atención, intenta pasar desapercibida. En cuanto sepa cómo, te ayudaré a salir de aquí sin que corras peligro, ¿vale?

Atti se vino abajo otra vez. Por un instante se había hecho ilusiones y había llegado a creer que se escaparían juntos esa misma noche.

Se había enamorado perdidamente de ese nawal , y cada día que pasaba sin él un vacío aciago golpeaba su alma.

Pero si mantenía la cabeza fría, debía reconocer que los planes de Halcón eran más sensatos que los suyos.

─ Toma ─le dijo devolviéndole la gema de cristal. Irradiaba una luz hermosa, naranja y dorada como una puesta de sol─. Debimos de intercambiarlas sin darnos cuenta la última tarde que estuvimos juntos. ¿Recuerdas?

¿Cómo no iba acordarse Halcón de aquella tarde, si fue el día en que besó por primera vez a un ángel? Sí, justo unos minutos antes de que Lorick los interrumpiera…

─ Attaegina, quédatela. Te hará más falta a ti que a mí. Además… Tu gema, la que me guardé yo por equivocación… Me la robaron en el mercado hace unos días. Yo lo siento.

Atti no se lo esperaba. Lamentó que el cristal mágico que había guardado desde niña terminara en manos de un ladronzuelo. Pero sabía que no era por culpa de Halcón.

─ No te preocupes ─le dijo restándole importancia─. Si de verdad son tan especiales, el Cosmos te la devolverá.

Halcón sonrió resignado.

─ El Cosmos, sí…

En ocasiones ella hablaba como un nawal .

A Halcón le sorprendía que hubiese aprendido tan rápido algunos conceptos y dudó de si estaba haciendo lo correcto al negarse a iniciarla en el camino.

En cualquier caso, las caricias de Attaegina lo sacaron de aquellas reflexiones y sus labios volvieron a buscarse, bebiendo unos de otros en una danza fluctuante mientras la penumbra de la lámpara de aceite arropaba sus cuerpos y una pasión visceral se prendía entre ambos con la intensidad de quienes se han amado desde que el mundo es mundo.

─Será mejor que te vayas, Halcón ─susurró Attaegina obligándose a parar.

Halcón lo comprendió. Le ardía la sangre y su cuerpo estaba dejando de escuchar a su mente porque existía entre ambos una atracción demasiado fuerte como para pensar con claridad si continuaban tan cerca el uno del otro.

Entonces, y con no poco esfuerzo, el mercader se separó de ella.

─Tienes razón, debería irme.

Y tan pronto como lo dijo se puso en marcha. Attaegina ya lo echaba de menos. Cuando Halcón se dispuso a escurrirse por el hueco de la puerta, se giró a mirarla por última vez y le sonrió.

─Attaegina, yo… ─Se puso nervioso. Mucho. Daba igual, ¡tenía que decirlo!─: Yo te quiero.

Atti se quedó sin respiración por un instante, incapaz de reaccionar o de responder.

«Yo te quiero», resonó en su cabeza. Y en su cuerpo y en su alma, y esas tres palabras resonaron también entre las paredes de su celda toda la noche porque era lo más hermoso y puro que Halcón le había dicho desde que se conocían.

¡Ella también sentía lo mismo! ¡También quería decírselo! Pero él ya había desaparecido.

Cuando el mercader se marchó, Atti volvió a sentirse hundida en aquella habitación oscura y asfixiante.

Sin embargo, esa noche durmió con el sabor de Halcón en los labios, con su olor exótico sobre la piel, sobre su pelo y sobre su ropa.

Y con la promesa de que, muy pronto, saldría de allí para caminar junto a él sin mirar atrás.