El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

─ Soy yo ─le susurró Halcón con los labios muy cerca de su oído.

Atti se dio la vuelta de inmediato e iluminó la figura del mercader con la gema mientras se recuperaba del sobresalto con una mano apoyada a la altura del corazón, que le latía desbocado.

Buscó en la penumbra su rostro respirando agitadamente y, tras unos segundos de silencio y de tensión, antes de pensar qué decirle o qué reprocharle, antes de decidir si le guardaba rencor o no, si lo odiaba o lo amaba, avanzó hacia él, firme, decidida, y cuando apenas quedó distancia entre los dos, todo su orgullo se deshizo como un castillo de arena y simplemente se rindió abrazándose a su cuello con más fuerza que nunca, temiendo perderlo de nuevo si no lo retenía entre sus brazos, y en el calor de su piel encontró el alivio para el frío de cada lágrima que había derramado por él desde el día en que se separaron.

Habría sido muy difícil elegir cualquier palabra.

Ninguna fue necesaria porque su reacción disipó todas las dudas de Halcón, que la rodeó despacio colocando las manos sobre su espalda, deslizándolas lentamente hasta hallar la curva de su cintura, sintiendo la tersura de su vientre femenino apoyado en su abdomen y dando gracias al Cosmos mientras hundía la nariz en su cabello, respirándola de nuevo tras varias noches largas y tristes en que creyó que nunca jamás volvería a tocarla.

Y permanecieron así nadie sabe cuánto, con los párpados cerrados, sin decirse nada, sin mirarse, él sin atreverse a soltarla, ella con los labios apoyados en su cuello y la cabeza reposada sobre su hombro, tranquila, con la sensación de haber vuelto por fin a su hogar.

─ Halcón… Ah, Cielo y Tierra…

Los brazos de Halcón reconocían cada hueco y cada curva del cuerpo de Atti como si siempre hubiesen descansado sobre ellos, y sus manos la acariciaban con la sensualidad de una noche de verano, pues nunca habían tocado algo más hermoso. La sentía suya, muy suya. Por siempre y para siempre.

─ Perdóname, Attaegina ─se atrevió por fin a decir─. Perdóname por haberte dejado marchar así, deberías odiarme por eso tanto como yo me odio ahora mismo.

Atti se separó muy despacio de él. Cuando lo vio tan avergonzado, tanto que no levantaba la mirada del suelo, le recogió el rostro entre sus manos y, acariciándolo con la sutileza de una mañana de invierno, le dedicó una triste sonrisa.

─ Eso ya no importa, Halcón. Estás aquí. Has vuelto para buscarme.

Fueron silenciosas las lágrimas que afloraron a sus ojos cuando se acercó a sus labios.

Entonces lo besó con la dulzura del primer mosto, ese que solo algunas bocas tienen el privilegio de poder beber, para concederle el más tierno de los perdones.

Y Halcón recibió su beso como un milagro mientras el pulso se le aceleraba cuando los labios de Attaegina volvían a saciar la extraña sed de su alma. Ella y él, solos...

─No puedo parar de pensar en ti ─le confesó el mercader retirándole el cabello de la cara con suavidad. No podía dejar de contemplarla─: Sin ti el tiempo me consume, vivo en una rueda interminable sin rumbo. Necesitaba verte, Attaegina. Necesitaba verte y besarte y decirte que...

Attaegina le puso un dedo sobre la boca para hacerlo callar.

─ Si te descubren aquí te castigarán con la muerte. Ningún hombre puede entrar en el templo sin permiso de Nabor ni tocar a una discípula.

─ Y aún menos besarla, ¿verdad?

Desde que lo conocía, Atti nunca había percibido en su mirada una luz tan seductora como en aquel momento.

Una luz cuyo foco era ella y nadie más. La forma en que Halcón se movía al acercarse, al inclinarse sobre sus labios, era tan sugerente que sintió que la sangre corría con euforia por sus venas.

Por cada dedo que él apoyaba sobre su piel notaba la calidez de un rayo de sol.

Un sol incandescente capaz de mecerla sin quemarla en sus brazos del color del azúcar de caña.

─Si tocarte es un crimen, que me maten entonces ─ susurraba el mercader ─ . Que me condenen a la peor de las muertes. A partir de ahora estoy dispuesto a amarte aunque me cueste la vida. Y nunca, nunca más me alejaré de ti… a menos que tú me lo pidas.

─Entonces, llévame contigo esta noche, necesito salir de este sitio. No he recuperado mi don y, además, percibo una amenaza constante desde que puse un pie en la ciudad.

─ Y todo es por mi culpa. Si yo no te hubiera hablado nunca de este lugar, tú seguirías feliz en Caliza, con tu familia, y ahora mismo estarías a salvo… Yo te prometo que no sabía que...

─Déjalo ya ─intervino Atti con firmeza─.

La decisión fue mía, de nadie más. Si me conoces de verdad, sabes que yo he elegido esto con todas sus condiciones.

Además, si me hubiera quedado en Caliza mi vida habría sido muy distinta.

Seguramente me habría acabado casando con Lorick, como todos esperan, y al contrario de lo que yo esperaba, nunca habría sido feliz del todo.

Nunca te habría conocido y nunca me habrías besado. ..

Sus bocas quedaron muy cerca. Sus frentes reposaban la una sobre la otra. Halcón se contuvo en esta ocasión. Parecía preocupado.

─Escúchame , hay una criatura demoníaca en Teff. Pero no es como las alimañas del bosque, no. Es cien veces más grande, más vieja y más peligrosa. He visto cómo sus tentáculos recorren las acequias en cuanto cae el sol.

─ ¿Molok, el calamar? ─lo interrumpió ella. Halcón asintió con la cabeza─. Pero dicen que hace mucho tiempo unos nawales le dieron muerte...

─ Sí, yo también pensaba eso. Todos lo piensan.

He visitado esta ciudad en decenas de ocasiones y nunca antes lo había notado presente.

Hasta ahora. Si Molok dejó descendencia o no, no lo sé.

Pero sé lo que he visto y es muy peligroso.

Sale de noche y ocupa toda la ciudad. Estoy siguiendo el rumbo del agua para dar con su guarida.

─ Yo también. Yo también he seguido al agua. No sabes cómo me atormentan sus gritos desde que llegué aquí.

─ ¿Gritos? ¿Cómo que gritos? ¿Quién grita?

Atti se encogió de hombros.

─ No lo sé, no sé quién es, pero su voz viaja por el agua, puedo escucharla. Creo que es una chica, más o menos de mi edad. No sé si está atrapada en algún lugar ni reconozco su aspecto, no es ninguna de mis compañeras.

─ Entonces, ¿la has visto?

Atti dudó:

─ Algo así… Se me apareció como una ensoñación, fue parecido a cuando recibo premoniciones. Me pregunto si es un augurio, si todavía no ha sucedido… Y, ¿sabes lo que he descubierto?

Halcón esperaba que Atti no hubiera cometido ninguna temeridad.

─ Hay varios pisos subterráneos, y abajo del todo hay un canal de agua de mar que pasa por debajo del templo y se bifurca en varios caminos.

Seguro que une puntos estratégicos de Teff.

Yo vi a una de las sumas sacerdotisas llegar en un esquife acompañada por dos soldados. No sé de dónde venían ni por qué.

─ Attaegina, si te descubren puedes tener problemas. Estamos hablando de una suma sacerdotisa, es una de las mayores autoridades de Teff.

─ Pero ella no me vio a mí.

─ Por si acaso, no bajes más a ese sitio.

En cuanto anochece, ese monstruo se desplaza a través del agua.

Mantente alejada del agua todo lo que puedas, la criatura podría estar escondida en el canal subterráneo.

Y ya sabes, pues tú misma lo has comprobado, que las alimañas sienten una obsesiva atracción por ti .

Atti se acordó del ataque en el bosque, de cómo el semihumano la provocaba sin piedad con el único fin de tocarla, de verla, de escuchar su voz aunque fuera recibiendo sus improperios.

─ Halcón, quiero salir de aquí. Todo esto es absurdo, el templo, sus normas… Yo no siento más que indiferencia por este lugar y sus enseñanzas. Yo… Yo quiero irme contigo, seguir tu camino. Llévame contigo, hazme nawal . Por favor… Por favor…

Estaba tan decidida que lo habría abandonado todo en ese mismo momento para seguir a Halcón sin condiciones, donde quiera que fuese.

Incluso habría roto la promesa que le había hecho a Lorick.

Y él se daba cuenta. Attaegina era fuerte, podría soportar días y días de camino, como los nawales .

Podría aguantar hambre y sed, incertidumbre y calor.

Pero no solo por su tenacidad ni por la fortaleza de sus pies.

No. Había más: era la fuerza de su espíritu, esa fortaleza interior que la hacía ferozmente sólida, como madera de roble.

El mercader acarició su mejilla, herida para siempre, y se reflejó en sus ojos. Sus ojos de otro mundo, de otra era.

─ No te voy a hacer nawal ─resolvió con abatimiento.

─ ¿Por qué? ─protestó Atti─. ¿Por qué no puedes? El Cosmos ha cruzado tu camino con el mío tres veces ya, Halcón. ¡Tres veces! Como los nudos de una trenza. ¿Es que no me consideras digna?

─ No es eso. Attaegina, ser nawal … Tú no sabes qué es ser nawal , todo lo que tendrías que sacrificar…

─ Ya he sacrificado suficiente para estar aquí, ¿no crees?

Halcón no supo qué responder. En realidad, no encontraba razones verdaderas para decirle que no. Attaegina reunía de sobra las cualidades para ser nawal , ya se lo había demostrado. Pero era un camino demasiado duro.Si de él dependía la decisión...

─ Olvídalo, no te haré nawal . Aunque dejaré que me acompañes, te lo prometo ─aceptó Halcón consciente del peso de su promesa─. Te ayudaré a salir de aquí. Pero tienes que darme unos días.

─ ¿Cuántos? ─preguntó ella con resignación. Halcón negó con la cabeza.

─De momento quédate en el templo, la criatura nunca te atacará estando aquí, es espacio sagrado. E spera hasta que averigüe dónde se guarece y cómo podemos marcharnos de Teff sin ponerte en peligro. Yo solo no puedo hacerle frente, nuestra única opción es huir de la ciudad.

─ ¿Y Lorick? ─preguntó Atti preocupada. Halcón se quedó confundido, no sabiendo muy bien cómo interpretar ese interés repentino por el nórdico.

─ ¿A qué te refieres? ¿Es que Lorick está en Teff?