El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Attaegina entró en su celda, recogió su ropa y su doblón de oro, tan cuidadosamente guardado, y luego recompuso su equipaje con la intención de salir de allí a primera hora de la mañana.

Después se tendió sobre su cama dispuesta adescansar.

Enrealidad no tenía sueño, solo hambre, y ya no quedaban ni las migajas del panecillo duro que se había escondido bajo la almohada.

Las noches en eltemplo se le hacían eternas porque ella estaba acostumbrada a agotar su cuerpo en los campos, en los bosques, bajo la luz del sol.

Pero las actividades de las discípulas eran anodinas y su tibieza comenzaba a hartarla.

No entendía muy bien qué iba a conseguir permaneciendo allí si, como bien le había dicho Epona, por algún motivo incomprensible no podía usar su don.

Se había equivocado de decisión al entrar en el templo, cada día lo veía más claro.

Era posible que pudiera aprender conocimientos útiles sobre alquimia, sobre todo técnica en la elaboración de medicinas, pero los ritos y ceremonias de Sekmis, las oraciones que debían recitar por obligación, todas juntas y al unísono, eran para ella como lluvia en tierra yerma, igual de superficiales, carentes de sentido.

Pues, ¿cómo iba a poder comulgarcon elespíritu de la salvia o del laurel, si vivía aislada de la naturaleza tras las murallas de un templo sin ventanas, un edificio recubierto de mármol estéril donde ninguna semilla podría jamás arraigar?

Esasplantas, las del jardín medicinal, estaban domesticadas, obligadas a crecer por y para el imperio.

Y Atti, que conocía bien a Madre Tierra, sabía que no funcionaba así: no todo crecía siempre ni cada año ni en los mismos montes.

Había años debonanza, sí, pero también otros peores, y sin embargo, siempre que alguien de la aldea requería una cura, misteriosamente era hallada muy cerca la planta idónea, como si estamisma hubiera decidido salir alencuentro del enfermo.

Tanta era la generosidad de la naturaleza que jamás había dejado a los seres humanos desamparados.

Tan grandes eran sus misterios. Misterios antiguos que ni siquiera una suma sacerdotisa tenía la capacidad de entender independientemente de cuántas diademas de oro adornaran su cabeza.

Por un momento se sintió dudosa por haberle hablado a Sekmisde lo que sucedió entre Zaphiel y Nefereth.

Reconocía que le había podido el encanto de su mentora, la tersura de su voz, la percibía tan cercana.

.. Y, sin embargo, había algo que no terminaba de convencerle.

Por eso se ponía en guardia cuando Sekmistocaba su piel, porque sabía que estaba tratando de averiguar cosas sobre ella sin su permiso.

No tenía la pureza de Epona. ¿Había hecho bien?

«En cualquier caso, ya no hay vuelta atrás», se dijo con aceptación.

Al fin y al cabo, habría jurado que Zaphiel estaba intimidando a Nefereth cuando los vio llegar, ¿cómo podía quedarse callada?

Comenzaron a cerrársele los ojos cuando un ruido molesto y conocido empezó a aumentaren intensidad.

Era la voz del agua, como cada noche. También la escuchaba duranteel día, pero a altas horas de la madrugada se volvía insufrible, como si alguien pidiese su ayuda llamándola desde las profundidades del templo. Y tuvo una idea.

Buscó la gema de cristal. La había olvidado en un bolsillo el día que se separó de Halcón, pero esa noche pensó que podía serle muy útil para husmear por los recovecos del templo, incluidos los más oscuros.

Cuando la tuvo en la palma de la mano hizo como siempre cuando quería que se iluminara.

Pero en lugar de emitir el esperado haz de luz azul índigo, la gema proyectó un destello anaranjado.

─ La gema de Halcón... ─se sorprendió. Debieron de confundirse cuando cada uno cogió la que pensaba que era suya, justo en el momento en que llegó Lorick. Justo cuando Halcón acababa de besarla.

En cualquier caso, la gema del mercader parecía funcionar perfectamente en las manos de Atti como si reconociera el tacto de su piel.

Y aunque Halcón le había insinuado en varias ocasiones que esos cristales no servían para nada, Attaegina nunca lo creyó.

Como poco, la gema le serviría de linterna y, a diferencia de cualquier tea, podía apagarla a voluntad ante la sospecha de que alguien se acercara, tan solo cerrando los dedos sobre ella.

Así que salió despacio de su celda. El silencio era sepulcral.

Era muy difícil para ella todavía orientarse dentro del templo, que más bien parecía un laberinto.

Sin embargo, la voz del agua le servía de guía y la siguió escaleras abajo, escondiéndose en los recodos cuando le parecía escuchar pasos.

Bajó tres pisos cuando reconoció el taller de las alquimistas.

Un centinela vigilaba la entrada. Tenía que cruzar un pequeño vestíbulo y pasar por delante de él si quería proseguir el camino del agua.

«Ahora», la guió una voz interior. Y sin pensárselo, caminó hacia delante con firmeza.

Era como si el tiempo se hubiera detenido, igual que había experimentado algunas veces que se quedó a solas con Halcón, cuando todo parecía volverse mágico y detenerse en el aire.

Tras cruzar al otro lado de la sala, siguió bajando escaleras mientras que el guardia continuaba tranquilo en su puesto, pues ni siquiera la vio: no sintió más que una caricia de aire limpio con olor a rocío de la mañana.

En el siguiente piso al que bajó, Atti ya no reconoció ninguna puerta, rincón o decorado.

Allí no la habían llevado nunca. La voz del agua se sentía más inarmónica y turbulenta, pero solo había varias celdas similares a las de las discípulas.

Se preguntó dónde dormían Sekmiso Ibis dada su posición en la jerarquía del templo.

Desde luego no sería detrás de ninguna de esas puertas, aunque reconoció que aquel lugar era perfecto para encerrar a alguien de quien no se quisiera saber más.

Solo pensarlo le horrorizó. De todas formas, ni siquiera había guardias allí, por lo que dedujo que no se trataría de un sitio importante.

Se quedó bastante decepcionada al comprobar que su incursión terminaba en ese espacio ciego y vacío, donde ya no podía seguir el curso del agua.

Y justo cuando estaba a punto de darse por vencida y volver sobre sus pasos, un sonido líquido la guió hasta una grieta en el muro.

Al atravesarla encontró más escaleras y pudo continuar su descenso, e intuyó que estaba muy cerca de lo que buscaba.

El aire olía cada vez peor a medida que bajaba.

Cinco pisos subterráneos eranlos que había contabilizado, y en el último las paredes ya no estaban labradas ni recubiertas de placas de mármol, sino que eran roca pura, como si aquella planta se encontrase excavada en la entraña de la tierra.

Cuando se acercó al final de la última escalinata, el olor a podredumbre que ya conocía llenó sus pulmones.

Sintió tanto asco de repente que le dio una arcada, pero no llegó a vomitar.

La voz del agua chillaba dentro de su cabeza, la instaba a seguir adelante.

Y entonces las escaleras se terminaron y salió a una amplia galería anegada de agua marina medio estancada, como una especie de canal subterráneo.

Los techos eran altos, parecían bocas oscuras llenas de colmillos por la cantidad de estalactitas que colgaban de ellos tras cientos de años de formación.

No le pareció ninguna casualidad que, un poco más adelante, anclada en el muro hubiera una antorcha encendida.

«Así que no se trata de un lugar abandonado, sino que alguien utiliza este canal», pensó.

Un estrecho bordillo por el que apenas cabía una persona definía un camino junto a la pared.

Attaegina empezó a recorrerlo con mucho cuidado de no caerse al canal cuando divisó un poco más adelante una barcaza flotando amarrada a un pilón.

Se acercó y la iluminó con la luz de su cristal, pues aquella parte era más sombría.

Se trataba de un esquife con un par de remos.

Pero si ya era bastante sorprendente todo ese hallazgo, aún lo fue más cuando descubrió que el esquife estaba minuciosamente decorado con guirnaldas.

«Se han marchitado», comprobó. Las flores que un día habían sido blancas, jazmines y rosas principalmente, se habían ensuciado con el avance de un moho incipiente y perdían los pétalos al mínimo roce.

Los tallos se veían negruzcos y algunos segregaban un limo viscoso y fétido.

«Están mustias, pero no secas», pensó. «No deben de llevar aquí más que unas semanas».

Y por toda respuesta, el agua chilló como nunca dentro de su cabeza, con tanta fuerza que se tambaleó mientras recibía retazos de una imagen indefinida, la de una doncella subida a ese mismo esquife.

Túnica blanca, adornos florales en sus largas trenzas negras, y el rostro.

.. Su rostro era un borrón. ¿Quién era esa joven?

Las guirnaldas marchitas, ¿fueron para ella?

Y, ¿a dónde la llevaron?Casi podía tocar sus manos morenas, frías, sembradas de nudillos huesudos.

Y de nuevo, el hedor a carroña la sacudió.

Atti perdió la consciencia durante un par de segundos o tres y, cuando volvió en sí, apoyó la espalda en la pared y respiró con agitación.

Tenía la frente llena de gotas de sudor porque había sido tan real como si esa chica estuviera allí delante, con ella, como cuando recibía premoniciones.

¿Era algo que iba a suceder en un futuro cercano?

Tras calmarse un poco, decidió centrarse y continuar con su investigación.

A lo lejos el canal parecía bifurcarse en tres caminos que se perdían más allá de túneles oscuros donde no llegaba ningún tipo de iluminación.

Entonces siguió avanzando hasta que el bordillo llegó a su fin y se fijó en uno de los túneles, uno que era diferente de los demás porque tenía rejas en la entrada y, en el techo, un sistema de poleas y cadenas.

No podía llegar hasta allí a menos que nadase, pero aquellas aguas oscuras y malolientes le daban muy mala espina.

Ni siquiera conocía su profundidad. ¿Para qué tenían todo eso debajo del templo?

Poco después, desde uno de los canales llegó el sonido de un chapoteo rítmico.

Se trataba de otro esquife que se abría paso desde el interior del túnel.

En él viajaba la suma sacerdotisa Ibis, inconfundible por su belleza y su porte, aderezada con más oro que de costumbre, como si viniera de una ceremonia importante.

Un soldado iba sentado delante de ella, portando un farolillo en las manos, y otro, el que remaba, detrás. Los tres en absoluto silencio .

Atti se apresuró a esconderse cuando uno de sus pies descalzos se escurrió y se precipitó sobre el canal.

Pero antes de que el agua estancada tocara su piel, se agarró a una protuberancia de roca y encontró una oquedad en el muro, un agujero lo suficientemente grande como para que alguien pudiera esconderse en él y, dándose impulso como si el aire sujetara su cuerpo, se metió allí.

«Quieta», escuchó en su interior. Y apagó de inmediato la gema con sus dedos para evitar que la vieran.

Attaegina observó que el esquife era conducido al mismo saliente donde estaba atracado el anterior, el de las flores marchitas, solo que no le alcanzaba la vista porque la pared del canal se curvaba en ese punto.

En cualquier caso, esperó pacientemente en su escondite hasta que escuchó a los pasajeros alejarse.

Minutos después, cuando deshizo el camino para regresar a su celda, identificó el perfume almizclado de Ibis, quien a esas alturas tal vez se encontraba dos pisos por encima de ella.

No escatimó en precauciones mientras subía casi sin respirar para evitar hacer el menor ruido.

Y cuando por fin llegó a la puerta de su celda, la abrió muy despacio para que no chirriaran los goznes.

Una vez dentro, liberó un suspiro de alivio, pero al mismo tiempo, de la oscuridad brotó una mano que le cubrió la boca.

Atti intentó revolverse y gritar hasta que reconoció esa mano bajo su nariz.

Ese olor a cosas exóticas traídas de muy lejos solo podía pertenecer a un mercader. Uno con ojos de rapaz.