CAPÍTULO 37
El taller de las alquimistas era una explosión de olores capaz de golpear la pituitaria de cualquiera.
Aromas alcanforados, de mentol o de almizcle, a aceite virgen y a fermentación alcohólica, tejían una red de esencias tan dispares entre sí que solo en ese lugar se conseguía enmascarar el sabor a cueva del aire estancado del templo.
Se trataba de otro espacio restringido, pero a Atti se le permitió acceder esa misma mañana vista la experiencia que tenía en la elaboración de medicinas con plantas.
─ Me ocuparé de pulir un poco más tu estilo, Attaegina ─le dijo Sekmisinvitándola a entrar─. Creo que en esta materia puedes llegar a ser muy buena.
Era muy difícil para Attaegina terminar de conocer la verdadera naturaleza de Sekmis.
Y es que la suma sacerdotisa se mostraba especialmente cautivadora, con su rostro de diosa, su voz de seda y sus palabras, tan melosas que sabían abrir los corazones de cada una de sus discípulas como el estío a la flor más rezagada. Excepto el de ella.
Esa mañana no le quitó el ojo de encima a Nefereth, pero tanto aquella como el resto se comportaban de manera completamente normal a pesar lo extrañas que Atti las había visto deambulandode noche por los pasillos.
Por desgracia, era imposible sacar una sola palabra de Nefereth.
¿Y si le contaba a Sekmislo que había visto? ¿Podría confiar en ella?
En aquella sala tampoco penetraba luz del exterior.
Estaba completamente amurallada excepto por la entrada.
Así que, alumbradas con candelabros y teas, las discípulas trabajaban envueltas en una penumbra rancia.
Para Atti solo significaba más horas de encierro.
Nunca había deseado tanto poder ver el cielo y hartarse de jugar a ver formas en las nubes con sus hermanos.
─ ¿Conoces el alambique, Attaegina? ─le preguntó la mentora mientras Libia encendía el fuego para poner la maquinaria a funcionar. Atti reconoció la forma de ese artilugio vagamente.
─ Creo que sí… Juraría que tenemos uno en Caliza, aunque el nuestro es, con diferencia, mucho más feo y tosco que este. Es del abuelo Tiresias. Con él hacen orujo, utilizan el bagazo fermentado de la uva.
Sekmis asentía con la cabeza mientras la escuchaba, sonriéndole con esa condescendencia que Atti empezaba a identificar y, por qué no, a aborrecer.
─ Bueno ─le respondió su mentora─, entonces sabes cómo funciona. No habrá que enseñarte desde el principio. Aunque quiero que veas algo.
Libia se quedó junto al alambique y Sekmis condujo a Attaegina hacia un armario de madera de caoba.
Estaba tallado con mucho esmero, con acabados geométricos y adornado con filigranas doradas.
La suma sacerdotisa lo abrió con una llave y acto seguido quedaron a la vista cientos de diminutas botellas de cristal tallado, cada una comparable a una joya.
─ Son hermosas ─dijo Atti impresionada.
─ Lo son. Pero el auténtico tesoro es lo que va guardado dentro. Observa.
Sekmis seleccionó una de las botellitas, en concreto una de cristal verde. La destapó y se la acercó a la nariz mientras cerraba los ojos concentrada.
─ Salvia esclarea ─murmuró. Y se la ofreció a Atti.
Cuando el aroma de aquella esencia penetró por sus fosas nasales, al principio se mareó.
Era, con diferencia, mucho más concentrado que el de cualquier flor que pudiera encontrar creciendo naturalmente en la tierra─.
Lo que destilamos en nuestro alambique es mucho más delicado que el orujo.
Y más valioso, como nuestro prestigioso aceite del Gran Laurel.
─ Señora, disculpad mi ignorancia, pero cuando habláis del Gran Laurel, ¿os referís al gran espíritu del laurel, el mismo que ocupa todos los laureles del jardín medicinal y de cualquier lugar de Madre Tierra?
Sekmis le hizo saber que no y Atti se quedó aún más confundida.
─ Hay un gran espíritu que habita todos los árboles y plantas de una misma especie, Attaegina, en eso estás en lo cierto.
Pero cuando hablamos del Gran Laurel nos referimos exclusivamente al laurel legendario del que extraemos nuestros mejores y más potentes principios activos para elaborar medicinas.
Ese árbol es una deidad en sí misma, protege nuestro templo y nuestra ciudad.
─ Entonces, ¿es ese árbol enorme que se ve desde lejos al llegar al templo? ─preguntó Atti extrañada. Si se trataba de un árbol tan importante, ¿por qué no se lo habían mostrado aún?
─ Está aquí, sí, en el templo. Pero ya lo conocerás cuando llegue el momento. Aún no estás preparada. Tiene mucha fuerza.
Sekmis le hizo un guiño amable y luego le tendió a Atti la botellita de cristal para que la observara de cerca.
─ ¿Y en esta botella guardáis la esencia de una planta? ─preguntó a su mentora. Sekmis volvió a deleitarse con el aroma de la salvia esclarea.
─ De una, no. De muchas. Son necesarias muchas plantas para elaborar una simple botella de este tamaño.
De ahí su precio y su valor. ─Tomó una de las manos de Attaegina y, con mucho cuidado, vertió una gota de la esencia sobre su dorso, frotándola con la yema de sus dedos hasta que la expandió sobre su piel.
Atti sintió un leve picor─. Solo a través de ese sacrificio podemos obtener el alma de cada planta y guardarla aquí.
Ese es el fin último de la alquimia, transformar la materia en la esencia, pues la materia es efímera, pero la esencia es imperecedera.
De repente Attaegina volvió a sentir que las manos de su mentora eran ásperas y pesadas, como si estuvieran sembradas de aguijones que querían clavársele en cuanto bajara la guardia.
Se acordó de que en su celda, cuando se quedaron a solas, había sentido lo mismo, y entonces de nuevo puso sus músculos en tensión e hizo fuerza con el abdomen, como por instinto, para crear así una barrera y esconder de su mentora todo lo que no quería que supiese de ella y de su vida.
Sekmis le estrechó la mano, le sonrió y se retiró para devolver la botellita a su lugar.
─ Señora ─la llamó Attaegina decidida a hablar con ella del suceso de la noche anterior. Sekmis se giró─. Señora, ayer presencié algo. Algo que creo que vulnera las leyes del templo.
La expresión de Sekmis de pronto cambió.
─ ¿De qué hablas? ¿Qué has visto?
Atti se aseguró de que sus compañeras estuvieran lo bastante lejos como para no escuchar su conversación, especialmente Nefereth.
─ Ayer, cuando las otras volvían de la ceremonia del Laurel, vi a Zaphiel con Nefereth acompañándola a su celda. Parecía estar intimidándola, no sé, como si le hubiese hecho algo. Luego la amenazó, le dijo que no podía contar nada…
─ Attaegina, ¿estás segura de lo que viste? Porque, si es cierto, es tremendamente grave.
─ Estoy convencida de lo que vi. Era Zaphiel, la llevaba cogida del brazo.
Sekmis puso cara de preocupación.
─ ¿Crees que Zaphiel ha abusado de Nefereth?
Atti asintió con la cabeza. Se la traían sin cuidado las represalias si ese imbécil osaba pedirle explicaciones.
─ Eso está prohibido. Ningún hombre, ni de dentro ni de fuera, puede tocar a ninguna de las mujeres del templo. Hablaré con él y te aseguro que se le castigará con dureza. No te preocupes, Attaegina. Mientras estéis bajo mi tutela, el templo será un lugar seguro para vosotras.
Atti no se arrepintió y, por primera vez desde que había ingresado en aquel lugar, confió en su mentora. Entonces Sekmis cerró el armario y le sugirió que fuera a trabajar junto a Epona, que se encontraba filtrando unas maceraciones.
─ Nuestros soldados luchan hoy en las Islas Arkas ─contó Sekmis alzando la voz para que todas la escucharan─.
Alandum es un imperio grande y poderoso del cual Teff es su indiscutible capital, y todo lo debemos a nuestros guerreros, que acuden al frente para expandir nuestras fronteras.
Necesitan nuestras medicinas y bálsamos para las heridas y lesiones que sufren a diario.
De nosotras depende que tengan las mejores.
Las discípulas asintieron con un sentido fervor patriótico.
Excepto Atti, que apenas sabía nada de política ni de las guerras que se libraban en uno y otro lugar.
El trabajo en el taller de las alquimistas se llevaba a cabo en silencio.
El aire húmedo, caliente y cargado de aromas parecía sumir a quienes lo respiraban en un ligero estado de trance.
Tanto era así que, de repente, la mañana se había consumido sin que casi ninguna se diera cuenta.
Cuando se marcharon para recibir el almuerzo, Attaegina pasó de nuevo junto al alambique.
Era como una reliquia en sí mismo, de oro y perfectamente estructurado, incluso su forma, lejos del único alambique que ella había visto en toda su vida, era armoniosa, y estaba colmado de adornos e inscripciones.
Atti se preguntó si el resto de sus compañeras sabía leer.
─ Cuenta la leyenda de Molok ─le explicó Epona apareciendo a su lado de forma inesperada, como si le hubiera leído el pensamiento. Como Atti seguía sin comprender, prosiguió─: Molok, el diablo calamar. Está pintado y grabado en algunos sitios emblemáticos de Teff.
Attaegina lo recordó perfectamente en el pabellón de la entrada de la ciudad. También en el palacio de Nabor, incluso sobre la puerta principal del Templo del Laurel.
─ Y, ¿qué leyenda es esa?
Epona no gesticuló.
─ Dicen que Molok fue el único diablo que pudo escapar de la Antigua Pangea.
Siguió las naves de nuestros ancestros a lo largo del Mar Vetusto y, cuando atracaron en las orillas de Teff, intentó atraparlos a todos con sus tentáculos para hundirlos en las aguas y devorarlos.
Durante un tiempo atormentó a los nuevos habitantes de Teff, apareciendo de tanto en tanto y llevándose a unos cuantos de ellos.
Pero un día llegaron a la ciudad tres nawales que, juntos, lograron someterlo.
Todos vieron el cadáver de Molok en la arena.
Lo convirtieron en el emblema de la ciudad como símbolo de victoria y trofeo.
Uno de esos nawales fue el primer Patriarca de la ciudad. Nabor XIII es su descendiente.
Attaegina había escuchado con mucha atención.
«Así que eso lo explica todo...», se dijo recordando la silueta del calamar, las visiones que había tenido en cuanto cruzó las murallas, el hedor a peces podridos…
Posiblemente, y por algún motivo que no comprendía, había revivido esos momentos de horror de los antiguos habitantes de Teff al entrar en contacto con la ciudad.
─ ¿Ya existían los nawales , Epona?
─ Los primeros nawales fueron ángeles que rehusaron vivir en los cielos para acompañar a sus hermanos sin alas en la vida en la tierra.
─ Vaya… Y me imagino que, después, legaron sus conocimientos a nawales humanos.
─ Solo a quienes fueron escogidos por el Cosmos ─matizó Epona.
Los pensamientos de Atti corrieron inevitablemente en busca de Halcón.
¿Era nawal o brujo? ¿Tendría la nobleza de los ángeles o, por el contrario, usaba la alquimia de las fuerzas cósmicas en su propio beneficio?
Epona le tendió la mano, sin decir nada, y esperó así hasta que Attaegina se rindió y le correspondió con la suya.
Confiaba en la pelirroja porque le transmitía la pureza de una niña.
Cuando sus pieles se pusieron en contacto sintió un hormigueo, pero era muy diferente de lo que le habían hecho sentir Ibis y Sekmis. La energía de Epona era liviana, pulcra como el viento que sopla entre las nieves.
─ Nadie te ha robado el don, Attaegina ─deliberó─. Fue tu alma.
─ ¿Cómo? ¿Cómo que mi alma? Eso no tiene sentido… ¿Mi alma eligió perder el don?
Epona se encogió de hombros y le soltó la mano despacio.
─ Solo tu alma sabe por qué. Pero tú todavía no puedes entenderlo.
Attaegina se quedó fría. Eso sí que era incomprensible. ¿Su alma tomaba decisiones que ella desconocía? Pero, ¿qué ganaba perdiendo sus dones para la adivinación?
─ No sé, Epona… Yo he hecho un largo viaje hasta aquí para recuperar mis dones. Si dices que no sirve de nada…
─ No. No te servirá de nada.
La pelirroja era cualquier cosa menos diplomática. Atti ya la iba conociendo. Pero decía la verdad, aunque doliera. Entonces, ¿qué diablos hacía ella en el templo más que perder el tiempo?
─ Gracias ─susurró. Y Epona esbozó una sonrisa. Antes de ponerse a caminar delante de ella, Atti no pudo evitar preguntarle algo más─: ¿Él me quiere? ¿Me quiere de verdad?
Epona se quedó quieta, inexpresiva. Y luego se puso toda roja de vergüenza. ¿Habría visto al tocar a Atti ese momento privado, cuando Halcón la besó junto al río y terminó de conquistar su corazón? La pelirroja asintió con timidez y añadió, con la voz entrecortada:
─ Él… Nunca ha amado tanto.
Las últimas palabras de Epona removieron las emociones de Attaegina como una marea molesta agitando las aguas que comenzaban a amansarse.
Y esos sentimientos, aquellos contra los que no podía luchar, la mantuvieron pensativa durante lo que quedó de día.
¿De verdad la amaba Halcón? Entonces, ¿por qué todo había salido tan mal?
¿Por qué la había dejado marchar con esa cruel indiferencia?
No sabía si volvería a encontrarse con él ni qué haría si eso sucedía.
«Y, ¿qué le voy a decir a Lorick?», se lamentaba reconcomida por la culpa.
La tarde transcurrió tan tediosa como cualquier otra en las galerías del templo.
El silencio y la meditación en la oscuridad de ese edificio eran angustiosos y Atti solo disfrutaba los momentos en que salían al jardín medicinal o al atrio y podía respirar aire renovado.
Esa noche celebraron una nueva ceremonia de saludo a la luna y, tan pronto como terminaron, Sekmis les ordenó retirarse a sus celdas.
Attaegina ya lo había decidido: prepararía su equipaje antes de dormir y, nada más saliese el sol, anunciaría a su mentora su intención de abandonar el templo.
Pero justo cuando bajaban la estrecha escalinata, en su corazón latió un presentimiento capaz de iluminar la más oscura de las estancias.
Y entonces no tuvo ninguna duda de que pronto, muy pronto, iba a encontrarse de nuevo con el amor de su vida.