CAPÍTULO 36
Lorick tenía la costumbre de amanecer antes que el sol.
Su frialdad de carácter lo hacía incansable, el marinero más eficiente de toda la flota pesquera.
Nunca se demoraba ni encontraba excusas para llegar tarde a su puesto.
Seguramente ningún gallo había cantado todavía en Caliza cuando él ya deambulaba por el varadero preparando las redes de pesca.
Pero claro, en el barrio de los pescadores no había gallos, solo gaviotas y cormoranes.
El Mar Vetusto, el interminable que bañaba las orillas del Sur de Alandum, acariciaba con un suave vaivén la línea de flotación de cada una de las naves allí dormidas, varadas a la espera de adentrarse entre las aguas un día más.
Lorick se había acostumbrado al clima húmedo y al calor, al tacto del salitre en su piel, tan blanca de origen aunque ahora curtida por el sol.
Había aprendido a amar la vida en el mar del Sur, pero amaba más a Attaegina y no podía parar de reprocharsela poca atención que le había dedicado.
Un año sin verla, sin dar ninguna señal de vida, sin saber de ella.
«¿Un año, Lorick? ¿Un año entero?», recordó las palabras de su padre cuando le contó a dónde pensaba dirigir su viaje iniciático.
Oberón ya se lo había advertido. «Pues no te enfades si, cuando llegues, Attaegina ha cambiado de planes.
A esa chica la pretende alguno más que tú.
Yo ya te lo he advertido». Y como una profecía incómoda, las palabras de su padre habían germinado en los planes del Cosmos según fueron pronunciadas y ahora comenzaban a dar fruto: Atti no estaba enamorada de él.
Lo notó desde que la encontró con Halcón en medio del camino y terminó de confirmar sus sospechas laúltima vez que labesó,frente al Templo del Laurel.
Ella se había vuelto a enamorar, sí, ¡del dichoso mercader!
Ni siquiera necesitaba preguntarle. Le habían bastado minutos en presencia de Halcón para darse cuenta de cómo lo miraba.
Jamás a él en toda su vida en Caliza Atti lo había pretendido de ese modo.
No la culpaba por ello. Si en lugar de haberse pasado un año lejos de casa tratando de atrapar a un pez legendario hubiera permanecido junto a ella, si la hubiera escuchado más y la hubiera acompañado a menudo por los solitarios pinares cuando iba a recoger trementina, quizás Halcón no existiría.
Pero es que Atti era la chica oráculo, diferente a todas las demás.
Era la amapola genuina en medio de un trigal.
Habría sido un honor para cualquier joven ser escogido por Attaegina Mentastro.
Lorick siempre se sintió pequeño, insignificante a su lado, sin nada que ofrecerle salvo el legado de su familia, que no era mérito propio.
Y por eso, para compensar, le había regalado la perla más codiciada de la historia, la más cara del mundo, sin pensar un solo momento en si un regalo como ese podría ser del agrado de Atti o simplemente sirvió para engordarse a sí mismo el ego.
Desde luego, no le gustó. No se podía comprar el amor de Attaegina con ningún tesoro porque ella era pureza.
Yél, que se había desvivido para impresionarla alardeando de sus méritos, tan solo había conseguido parecer un presuntuoso.
Y lo peor de todo era que solo había logrado alejarla aún más.
No sabía qué haría cuando Atti saliera del templo.
Por de pronto, esperaría. Pero, si más adelante Attaegina decidía conformarse con él, ¿lo aceptaría y fingiría que no se daba cuenta solo por retenerla a su lado?
«Eso sería patético», se dijo. Y él, ante todo, la amaba.
Por eso sabría hacerse a un lado elegantemente y asumir su derrota.
El alba despuntó en el cielo poco después y, muy pronto, el lugar comenzó a llenarse de marineros y pescadores.
Y de ruido también, claro. El viejo Basaj aparecía en la escena portuaria cada mañana dando órdenes a diestro y siniestro.
Era un completo lobo de mar, un veterano de guerra y capitán jubilado que, tras haber dedicado toda suvida a la milicia, decidió que susúltimos años transcurrieran más tranquilos en elámbito de la pesca y regresando a casa cada noche, aunque no por ello había perdido su porte ni su fuerza ni mucho menos su mal carácter.
Ahora era el capitán de El Príncipe, la nave en donde iba Lorick.
El propio Basaj le había cambiado el nombre al barco por él cuando consiguió atrapar al mítico gran azul.
Tal era el prestigio que el nórdico se había ganado por su hazaña en aquel lugar.
Quizás por eso aquella mañana el Patriarca se presentó allí en persona, antes de que los pesqueros sehicieran a la mar.
Rodeado por una comitiva que nadie en su sano juicio se atrevería a desafiar, Nabor XIII acudió a primera hora.
Todos se arrodillaron ante él nada más lo vieron llegar con la cara cubierta por su máscara de oro, demostrando su respeto y sumisión.
Nadie podía mirarle ni levantarse a menos que él lo autorizase.
Cuando pasó caminando por delante de Lorick, se detuvo.
─ Nórdico, ponte en pie ─lo invitó en tono cordial. Lorick obedeció cuidándose mucho de no alzar la mirada. La cabeza baja en todo momento.
─ Mi señor ─lo saludó. El Patriarca le puso una mano en el hombro.
─ Mi buen pescador, saboreé la mejor tajada del Príncipe gracias a ti. Fue un manjar irrepetible. Quería darte la enhorabuena.
¿Solo eso? ¿Iba allí con toda su comitiva solo para decirle que le había gustado mucho cenarse un trozo de aquella bestia?
─ Muchas gracias, señor ─se limitó a responder Lorick. Mirando hacia abajo como estaba, podía ver los pies de Nabor enfundados en sus sandalias militares. Unos pies robustos, no demasiado largos, acostumbrados a pisar por donde se le antojaba.
─ Recuérdame tunombre, joven ─le pidió.
─ Lorick. Me llamo Lorick, del Clan del Salmón.
─ ¡Ah! ¡Ya decía yo! Así que te viene de cuna esto de la pesca...
A un simple gesto delPatriarca, uno de sus hombres, el que parecía de más rango, ordenó a todos los presentes que volvieran a levantarse para que continuaran con sus quehaceres. Los marineros obedecieron en silencio y, cuando Nabor se quedó a solas con Lorick, continuó hablándole:
─ Joven, ¿no crees que te estás desperdiciando aquí con tantas redes de pesca? Alguien como tú tiene las características para liderar una nave militar.
Lorick se quedó sin habla. ¿Era una propuesta? ¿O una orden? Nabor le pidió que le mostrara su arpón y Lorick hizo lo propio poniéndolo con sumisión en manos del Patriarca, que observó minuciosamente la hoja dentada de hierro ensartada en el mango de madera de encina.
─Podríamos darle a tu apreciado arpón un baño de plata. Entonces podrías incluso matar alimañas con él.
Lorick continuaba en silencio, sorprendido. Nabor le devolvió su arpón.
─Si has vivido en Teff sabes que mi imperio se expande cada día.
Ahora mismo estamos sometiendo las Islas Arkas.
Muy pronto formarán parte de Alandum y serán mías.
Mías y tuyas, de todos vosotros, mis súbditos, quienes hacéis posible que el imperio exista.
Pero necesito guerreros tan osados como calculadores.
Y tu capitán cree que tú reúnes esas condiciones.
─ ¿Mi capitán? ─se extrañó Lorick. Así que el Patriarca ya se había adelantado. No solo era bueno en los asuntos bélicos sino que, además, sabía hilar muy fino, por lo visto.
─ Sí, sí. Basaj sirvió a la flota militar de Teff durante muchos años, ya te habrá contado, seguro, sus peripecias.
Fue el hombre más atrevido de su tiempo.
.. Pero, volviendo a ti, ¿de verdad que no preferirías emplearte en una causa más noble y honrosa?
Vamos, Lorick, si sigues aquí nunca te quitarás de encima el olor a pescado.
Nabor se reía de su propio chiste, pero Lorick no podía levantar la cabeza para mirar sus dientes, esos que, decían, los tenía todos de oro. Solo podía observar de soslayo los destellos que proyectaba en ellos la luz del sol.
─ ¿Qué pasa? ¿Es que estás en deuda con las Tierras Verdes y por eso no puedes alistarte en mi ejército?
La broma y la autoridad iban de la mano en su tono de voz. Lorick no hizo un solo gesto, algo que, gracias a la rigidez de su carácter, solía dársele bien.
─ No sirvo a las Tierras Verdes ─resolvió─. Mis ancestros son de allí, pero no yo. Crecí en una aldea de Bérika.
─ Ah, sí... Algo me sonaba. En el templo tenemos una discípula nueva que también procede de allí. ¿No la conocerás, por casualidad?
Lorick suponía que hablaba de Attaegina, pero tuvo una sensación extraña cuando Nabor le preguntó tan directamente por ella, así que su primera reacción, estratega como era, fue negar con la cabeza.
─ No viene por aquí mucha gente de Bérika, joven. Me extraña que no os conozcáis, vive menos gente en esas aldeas de pastores que solamente en las cocinas de mi palacio. ¿De verdad que no te suena, una joven con los ojos de otro mundo...?
Era Atti, sin duda. Ella y solo ella tenía esos ojos indescriptibles. Y con qué pasión se lo recordaba el Patriarca. Todo su cuerpo se puso en tensión cuando volvió a negar que la conocía. No podía ceder. No contaría nada sobre Atti.
─ Pues es una pena, Lorick, porque la chica es bonita. Pero no te preocupes, tendrás a todas las mujeres que desees en cuanto te subas a mis barcos militares. ¡Ah! Y no importa que no hayas nacido en Teff. Mi imperio acoge a todos cuantos venís buscando un porvenir. Esa es la razón de su grandeza.
Nabor le dio la espalda, y parecía que se marchaba ya cuando giró la cabeza por última vez.
─ Volveré por aquí pronto. Espero que me des una respuesta.
Lorick se limitó a responderle con una rara docilidad:
─ Sí, señor.
Y no se movió ni gesticuló hasta que por fin vio al Patriarca desaparecer del puerto con su séquito, momento en el cual la voz del viejo Basaj lo devolvió a la realidad.
─ Yo que tú no desobedecería, Lorick. El Patriarca no está acostumbrado a que le den un no por respuesta.
─ Pero yo he hecho una promesa.
Basaj, que medio cojeaba, se colocó frente a él y lo miró con incredulidad, levantando la barbilla, pues el joven nórdico era mucho más alto que el veterano.
─ ¿Qué promesa es esa? ¿A quién?
─ Prometí a alguien que no me movería de Teff hasta que viniera a buscarme.
─ Ah, ya... ¿Y no me vas a decir a quién le has prometido esa tontería?
Lorick negó con la cabeza. Nadie era capaz de sacarle una sola palabra cuando no quería decir más. Basajse cruzó de brazos en actitud reprobatoria.
─ Pues ya puede tratarse de alguien muy importante como para desobedecer órdenes de Nabor.
─ Lo es ─afirmóLorick. Y dedicando a su superior un gesto de respeto, se marchó para continuar trabajando, silencioso y pensativo.
Conocía el poder de Nabor XIII y su fama.
A cualquier hombre, aunque dijera lo contrario, le daba miedo llevarse mal con el Patriarca.
Él no era ninguna excepción. Pero por proteger a Atti y no faltar a su promesa, estaba dispuesto a faltar a la disciplina.
El Mar Vetusto brillaba bajo el sol como el lomo de una sardina. Seguramente sería un buen día para pescar.