CAPÍTULO 35
El agua hablaba un idioma que Atti no comprendía pero que no por ello era imperceptible a sus oídos.
La noche estaba bien entrada y, sin embargo, aún no había logrado conciliar el sueño.
Agazapada encima de su cama se tapaba las orejas con las manos rogando por un poco de silencio.
¿Es que nadie más escuchaba eso? Si pasaba otro día sin dormir iba a terminar volviéndose loca.
Eso, la oscuridad del templo, el aire estancado.
.. Era como vivir en un ataúd. Echaba de menos el trabajo en los campos, el agotamiento que proporcionan el sol y la tierra con la recompensa de un sueño reconfortante.
Quería escuchar al autillo y la voz de sus hermanos, aunque fuera en una gresca, pero no soportaba un minuto más la voz del agua subterránea, especialmente cuando gritaba y gemía. Y esa noche gritó, mucho.
El agua viajaba bajo el suelo de su habitación con la turbulencia de un río recién desbordado.
Casi podía sentirla salpicando su piel, atrapándola con sus tentáculos.
«¿Qué tentáculos?», se dijo despertándose de repente tras un fugaz instante en que creyó soñar.
No había ningún tentáculo, aunque habría jurado que sí, que entraban por su ventana, también por los desagües.
En escasos segundos había caído en un estado de duermevela, y fue en ese momento cuando lo vio en sus ensoñaciones, como cuando recibía premoniciones: un largo y fino tentáculo negro golpeando el suelo y las paredes desde dentro, en un intento de romperlos.
Afuera escuchó pasos. Debían de ser sus compañeras regresando de la ceremonia del Laurel a altas horas de la madrugada.
Atti se levantó rápidamente cuidándose de no hacer ningún ruido y entreabrió su puerta para observar qué sucedía.
Con la escasa luz de una antorcha lejana distinguió las siluetas de las otras discípulas.
Jazmín iba la primera, luego le seguían Libia y Epona.
Caminaban como si no se tuvieran en pie, con los brazos rígidos extendidos a los lados del cuerpo, la cabeza baja y la mirada perdida, muy lejos.
Epona pasó por delante de su puerta y sus ojos se cruzaron.
─¿Estás bien? ─susurró Atti sin salir de su escondite. Epona tenía la cara sudorosa y pálida. Hizo un amago de responder pero no tenía fuerzas para abrir la boca, así que giró la cabeza y continuó caminando hacia su celda, exhausta, derrotada.
¿Dónde estaba Nefereth? Todas las demás se habían encerrado ya en sus habitaciones, pero Nefereth aún no había aparecido.
Attaegina se quedó esperando. Pasaron minutos.
Por un momento pensó que quizás habría llegado la primera y no la había visto, así que salió y se acercó a su celda para comprobar si estaba durmiendo desde hacía un rato.
Pero justo cuando iba a abrir la puerta escuchó el eco de varios pasos, algunos bastante bruscos, aproximándose.
Corrió a esconderse en la oscuridad al tiempo que Zaphiel terminaba de subir las escaleras con Nefereth colgada de uno de sus brazos, tan abatida que apenas podía caminar.
Ya en el pasillo, elcentinela la llevó casi a rastras hasta su habitación mientras la joven hacía un esfuerzo por abrir los ojos. Parecía un cadáver.
─Ni una palabra de esto ─le susurró Zaphiel muy cerca del oído─. Recuerda.
Nefereth continuó sola y el centinela se ocupó de cerrarle la puerta desde fuera.
Luego se marchó. Atti lo había visto todo.
¿A qué se refería Zaphiel? ¿Qué era eso que Nefereth no podía decir?
Por un momento pensó lo peor. Seguramente el centinela le había hecho algo, pero, ¿por qué todas habían regresado en ese estado? Si parecían cuerpos sin alma...
Fuera lo que fuera, le dio muy mala espina.
¿Y si le preguntaba al día siguiente a Nefereth?
«No abrirá la boca, no romperá su voto de silencio».
Tampoco confiaba lo suficiente en Sekmis, aunque por otro lado se había dado cuenta de que las discípulas del templo se consideraban valiosas.
Si no, ¿por qué tantos cuidados, por qué tantos soldados protegiendo el lugar?
El imbécil de Zaphiel acababa de cometer una gran equivocación y Atti se ocuparía de hacerle pagar por ella. Lo había decidido.