CAPÍTULO 34
Halcón llevaba dos días deambulando por el zoco de Teff con una sensación angustiosa, pero no porque le hubiera ido mal con las ventas, al contrario: se había quitado de encima todos los quesos de cabra de Caliza que habían engordado las alforjas de Silencio durante días y días de viaje.
De la inoportuna mercancía ya solo quedaba un resquicio del fuerte olor a ganado que, tenía la esperanza, borraría de su ropa con un poco de humo de incienso en cuanto se paseara por los callejones de Teff un par de tardes.
Como beneficio, había sacado una buena porción de oro para continuar con sus viajes, una cantidad capaz de alegrar a cualquier mercader.
Aun así, consideraba que su viaje a Caliza había sido un fracaso: había perdido tiempo y malvendido su género a cambio de queso y más queso, total para no encontrar nada esclarecedor, ni una sola pista de por dónde andaba su maestro.
Pero lo peor de todo, lo que oprimía su corazón y le había quitado el hambre y el sueño era haber conocido a Attaegina, haberse enamorado de ella y haberla dejado ir como un cretino, perdiéndola para siempre.
Además, le dolía el pecho desde que había puesto un pie en la ciudad, desde que cruzó la muralla.
Era un dolor molesto, constante, que no se le quitaba, como un aguijón clavado.
Eso no era buena señal. Conocía Teff desde pequeño y había cruzado sus calles en decenas de ocasiones, pero nunca hasta entonces se había sentido amenazado allí, como si lo persiguieran.
Y no, no se trataba de un ladrón ni de un maleante.
Su parte nawal percibía una amenaza distinta, de otro mundo, que los ojos corrientes no eran capaces de ver.
Pero no terminaba de saber dónde se escondía.
Atardecía en el zoco y, satisfecho con los frutos de su trabajo, recogió sus bártulos para marcharse cuando un olor hediondo le abofeteó la cara y le revolvió las entrañas.
Era un olor como de peces muertos… Se tambaleó por un instante, aferrándose al poste de un tenderete de fruta para no caerse al suelo, cuando un chico de unos quince años lo sujetó con firmeza.
─¿Se encuentra bien? ─le preguntó. Tenía la cara astuta y felina. Halcón volvió en sí y le dio las gracias.
─Ha sido solo un mareo, chico.
─Es un poco temprano para beber, ¿no cree?
─dijo con una sonrisa de gato. Halcón se fijó en que uno de los colmillos superiores lo tenía de oro, aunque no era extraño entre las gentes de la ciudad guardar en los dientes sus ahorros.
Se despidió de él con un gesto amistoso para continuar después su camino, mas cuando quiso darse cuenta el chico ya había echado a correr.
Halcón había visto eso muchas veces, ladronzuelos que rondaban el mercado metiendo las manos en los bolsillos de unos y otros.
Pero es que a él no le había sucedido nunca, ¿cómo se había descuidado tanto?
Guiado por el instinto rebuscó la gema de cristal que llevaba siempre guardada cerca del pecho y no la encontró.
No le quedaron dudas: el chico de la cara gatuna se la había robado.
─¡Eh! ¡Ladrón! ─gritó. Y salió corriendo detrás cargado con su fardo y lo que quedaba de su mercancía, esquivando puestos de jabón, de tela y a dos vendedores de huevos.
─¡Eh, cuidado! ─le reprochó uno de ellos.
Pero Halcón no se detuvo. A solo unos metros de él, el chico del colmillo de oro aceleraba su huida mientras la sonrisa se iba borrando de sus labios.
Al parecer, había escogido fatal a su víctima.
Quizás porque pensaba que Halcón iba borracho creyó que era un blanco perfecto, sin embargo, el mercader de Sari había remontado en mucho menos tiempo del que él tenía calculado para desaparecer de su campo de visión, y ahora lo llevaba pegado a los talones y seguir corriendo no le iba a salvar. Sería mejor empezar a callejear.
El chico salió de la calle principal del zoco y frenó en secó para correr en sentido contrario.
Después escapó por una callejuela muy estrecha que parecía conocer bien.
Evidentemente, su táctica confundió a Halcón por unos segundos, pero muy pronto lo localizó con su mirada de rapaz y continuó persiguiéndolo .
─¡Ladrón! ─rugió el mercader─. ¡Dame eso!
Las callejuelas eran tortuosas, cambiantes, y su estructura no respondía a ningún patrón.
Así que se trataba de un laberinto impredecible, anárquico y lleno de esquinas y paredes maravillosas contra las que chocar de bruces si se iba con demasiada prisa.
Además, el suelo empedrado no era precisamente ideal para una carrera a menos que los participantes quisieran terminar sin dientes o con un tobillo torcido.
Pero, sin duda alguna, ambos corredores eran lo bastante ágiles como para sortear todos los obstáculos, y también tan testarudos como para continuar hasta el final.
─¡Devuélvemelo, te juro que no te voy a hacer nada! ─exclamó Halcón en un intento de negociación a voces─. ¡Hablo en serio, es muy importante!
Nada. Sus palabras no surtieron ningún efecto en el pícaro, que incluso se ayudaba de brazos y pies para rebotar entre paredes y no perder ni un segundo más de ventaja…
hasta que llegaron al final del callejón y resultó no tener salida.
«¡Es mío!», pensó Halcón. Como una rapaz a punto de atrapar a su presa, se abalanzó sobre él, casi planeando.
Sin embargo, el chico conocía a la perfección esos recovecos, y no dudó ni se puso nervioso cuando trepó con facilidad por una de las fachadas, aprovechando la escalada para arrojarle a su perseguidor un tiesto con geranios y un botijo lleno de agua.
─¡Mierda! ─gritó Halcón esquivando los proyectiles.
Aun así, salpicado de agua y manchado de tierra, perseveró.
Trepó por la fachada y se metió por el único hueco que había, una pasarela cochambrosa que comunicaba unos tejados con otros, cubierta por una interminable amalgama de toldos de colores.
Y se quedó quieto y callado. El chico había desaparecido…
¿O no? Escuchaba desde esa posición las conversaciones cotidianas de unas casas y otras: niños que hacían rabiar a sus hermanos pequeños, mujeres que los reprendían, hombres que reían…
¿Es que el jaleo de Teff no cesaba ni un instante?
Estaba dispuesto a abandonar, a admitir que ese gato le había ganado cuando, para su fortuna, un toldo crujió encima de su cabeza y entonces distinguió su silueta agazapada.
Se preparó para sorprender al ladrón en silencio, subiendo por otro acceso un poco más atrás.
Pero en su intento, cargado como iba y como correspondía a su oficio, su fardo se abrió y una taza de latón se le cayó, rebotando miles de veces y produciendo un estruendo metálico que le habría delatado a varias millas de Teff.
Halcón apretó los dientes con rabia mientras el chico con sonrisa de gato escapaba muy por encima de su cabeza, trepando y saltando por los tejados como si lo hubiera hecho desde que nació.
El sol acababa de ponerse y la oscuridad solamente complicaría más la búsqueda.
Por tanto, el mercader de Sari asumió su derrota y se agachó a recoger la dichosa taza arrepentido de no habérsela arrojado al ladronzuelo cuando aún estuvo a tiempo.
─Y ahora, ¿qué? ─se preguntó observando los tejados.
El ladronzuelo no regresaría por esa zona hasta pasada, por lo menos, una semana.
Parecía listo y corría como la pólvora, el muy condenado.
De los patios de las casas iban llegándole los aromas de las cenas, cada una mejor que la anterior.
Sin embargo, esa noche Halcón ya tenía algo preparado entre sus trastos.
Había comprado dos empanadillas crujientes de queso de oveja en el zoco y un puñado de pasas le haría de postre.
Así que recorrió la pasarela y se encaramó a la azotea más alta, desde donde se veía toda la ciudad con sus murallas y también el mar, incluso las cordilleras de Bérika si uno aguzaba un poco la vista, lejanas como un borrón en el crepúsculo.
Y pensó que aquel podría ser un lugar bonito para pasar la noche ahorrándose lo que costaba una habitación desmadejada en el centro de Teff.
Hasta se escuchaba el relajante sonido acuático de las acequias.
Mientras cenaba no dejaba de lamentarse por el robo.
Se sentía tan torpe, burlado por un chiquillo.
..¿Qué precio le pondría ese granuja a su gema de cristal?
Era demasiado valiosa como para terminar en manos de cualquiera, además se la había dado su maestro y, para colmo de los colmos, Attaegina poseía otra prácticamente igual, posiblemente su gemela.
Estaba seguro de que su maestro se las había regalado por algún motivo.
Sí, ¡tenía que existir un motivo! Sin embargo, aún no había conseguido descifrarlo.
Y tampoco había rastro de su mentor, era como si la tierra se lo hubiera tragado, o peor, como si nunca hubiera existido.
Dedicaría un par de días a buscarlo por Teff y, si no lo encontraba, continuaría de vuelta al desierto de Sari…
Y ya nunca, nunca más volvería a ver a la chica oráculo.
Se lamentó por eso mientras divisaba el Templo del Laurel a lo lejos. ¿Habría llegado bien Attaegina?
─Pues claro que habrá llegado bien ─se respondió a sí mismo─. El nórdico la acompañaba.
Echó de menos sus conversaciones con Silencio. Al asno podía contarle todo sin avergonzarse. Se sintió estúpido, pero continuó hablando solo. Le ayudaba.
─¿Qué estás haciendo ahora, Attaegina? ¿Todavía piensas algo en mí?
El recuerdo de los besos que se dieron al atardecer, el último día que pasaron juntos, no abandonaba sus pensamientos ni el sabor de su boca. Lo revivía una y otra vez en cuanto caía la noche y el ruido de la ciudad callaba, dejándolo a solas con su doloroso silencio.
─Lorick te hará feliz, lo sé. Reconozco que ahora lo odio, pero sé que te quiere.
Cerró un puño y golpeó el muro tan fuerte que se levantó la piel de los nudillos. Y todo por ahogar sus sentimientos de rabia, la rabia que sentía hacia sí mismo. Cuántas cosas se le habían quedado por decirle a Atti. Cuántas caricias, cuántos susurros al oído, cuántos besos…
De repente, unos gritos lo sacaron de sus reflexiones.
Eran voces masculinas, desafiantes, de las que preceden a una pelea callejera.
Dos hombres abajo, en una esquina, discutían con cada vez más furor.
Apenas se les entendía porque ambos iban borrachos.
Halcón los observaba desde la oscuridad de su improvisado refugio.
Una trifurca de taberna, tal vez, que no iría más allá de dos o tres tortazos a mano abierta y que terminaría con sus protagonistas roncando en medio de la calle hasta que se les pasara la cogorza, más o menos al amanecer.
Prefirió ignorarlos cuando, inesperadamente, uno de los borrachos desenfundó un sable y atravesó al otro sin ninguna contemplación.
A Halcón le dio un vuelco el corazón a la vez que sentía un acuciante dolor en el centro del pecho.
Todavía no podía creerse lo que acababa de ver, pero antes de que pudiera reaccionar sucedió algo aún más insólito: de la acequia surgió un látigo negro y escurridizo, una especie de cola de serpiente o de tentáculo, no podía verlo bien desde la azotea, que se enrolló en la pierna del asesino y lo arrastró hacia las aguas.
El homicida gritaba de pánico en tanto que trataba de agarrarse con las manos a cualquier adoquín del suelo para poder resistir.
Pero el látigo negro tiró con más fuerza y acabó por llevárselo, y como si hubiera mucha profundidad debajo del pavimento, las aguas se lo tragaron.
Halcón tardó un par de minutos en asimilar lo que acababa de presenciar.
Como buen nawal , sabía perfectamente detectar la presencia de alimañas.
Y ese látigo negro, sin duda, pertenecía a algún ser endemoniado que, atraído por el acto de maldad de un borracho, se había cebado con él.
Decidió esconder en aquella azotea su fardo y bajó con mucho cuidado desde los tejados hasta colocarse a apenas un metro escaso del cadáver.
Ya casi no quedaba luz en las callejuelas, ¡qué bien le habría venido utilizar su gema de cristal como linterna y guía!
Daba igual. Lo más importante era protegerse, así que desenfundó su bastón y, golpeando tres veces el suelo y pronunciando un decreto, hizo brotar a su alrededor un escudo de luz que nadie más que un nawal podía ver.
Pasó primero junto al muerto. Ya no había nada que hacer por ese hombre, había sido rápido y casi sin dolor.
Entonces, cuando se acercó a la acequia, descubrió que las aguas que recorrían las calles se habían tornado negras, ponzoñosas, burbujeaban y…
¿gritaban? El olor hediondo que le había dejado sin sentido en el zoco manaba de ese líquido.
Olor de peces muertos, ¿qué era? No había basura alrededor, ni siquiera estaba cerca del barrio pesquero ni de los puertos.
El agua se arremolinaba, fluía de manera desordenada, a veces se detenía y en otras ocasiones retomaba el movimiento dando salpicones.
Pero, ¿qué salpicaba? ¿Qué se movía allí dentro?
Halcón continuó caminando calle abajo, siguiendo el curso de la acequia, hasta que el látigo negro volvió a asomarse.
Y entonces confirmó que no era un látigo, no. Era un enorme tentáculo.
─No, no… Es imposible ─murmuró─. Es imposible que aún esté vivo.
Tanto si estaba en lo cierto como si no, escrutó la dirección del agua y recordó la estructura de la ciudad.
Si esa alimaña era el demonio que él pensaba, se trataba de una criatura legendaria.
O quizás fueran sus siguientes generaciones.
En cualquier caso, necesitaba estudiar bien su recorrido y su naturaleza antes de poder retarla.
Sin embargo, la mayor de sus preocupaciones en ese instante no era el combate feroz que podía acabar con su vida y con la de cualquier nawal .
No. Lo más importante para Halcón era comprobar que Atti seguía a salvo.
Tenía que hablar con ella costase lo que costase, aunque tuviera que colarse a escondidas en el hermético Templo del Laurel.