CAPÍTULO 33
Esa tarde las discípulas del Círculo del Oráculo pusieron a secar las plantas que habían recolectado por la mañana.
Trabajaban en silencio en ausencia de su mentora.
Lo cierto es que Sekmis se dejaba ver poco.
Attaegina, de hecho, habría esperado más atención por su parte, al menos un encuentro más personal en el que Sekmis le explicara acerca de la rutina de las discípulas o le mostrara los lugares del templo que podía frecuentar.
En lugar de eso, eran las demás quienes se ocupaban de ella, como si no mereciera la pena que una suma sacerdotisa se desgastara por una novata mediocre como Attaegina, quien tal vez sería expulsada en cualquier momento por su ineptitud.
Sin embargo, cuando todas regresaron a sus celdas a mitad de la tarde y Atti dio por terminado su aseo personal tras una jornada larga sudando en los jardines, Sekmis se presentó en su habitación.
─ Señora ─ la recibió Attaegina con el cabello recién lavado, todavía goteando por encima de su frente. Sekmis le dirigió una sonrisa, como si hubiera abierto una grieta en su infranqueable coraza de suma sacerdotisa.
─Veo que te adaptas rápido ─dijo. Y entró en la celda caminando con elegancia. Ni siquiera había pedido permiso, pero Atti supuso que las mentoras tenían derecho a entrar donde quisieran.
─Gracias, señora ─se limitó a responder.
Sekmis echó una ojeada rápida a las escasas pertenencias de su nueva discípula.
Todo estaba ordenado y, en principio, no había nada incorrecto.
De repente Attaegina se acordó del panecillo que había escondido bajo la almohada.
No sabía si Sekmis, con sus poderes de adivina, sería capaz de descubrirlo.
Entonces intentó mostrarse tranquila, actuar con naturalidad. «Vaya tontería», pensó.
─Attaegina, esta noche no habrá saludo a la luna.
Hoy las discípulas son llamadas a participar en la ceremonia del Laurel, en la sala del Oráculo.
Sin embargo, es aún muy pronto para que tú puedas asistir.
Acabas de llegar, como quien dice, y no estás todavía lo bastante purificada.
Así que aprovecha para descansar y meditar.
─Sí, señora. Lo haré.
Sekmis aprobó su reacción y después se sentó a su lado sobre la cama de paja. Atti intuía que su mentora era mucho mayor que ella y las demás, sin embargo, su madurez se conjugaba en perfecta armonía con la inexplicable y envidiable belleza de una joven de veinte años.
─Se te da sorprendentemente bien el jardín medicinal, te felicito, Attaegina.
─Gracias, señora. Vengo de un entorno rural, allí…
─Sí, ya lo sé, lo he visto todo ─la interrumpió Sekmis. Atti no comprendió a qué se refería. Su mentora lo aclaró─. Cuando te he tocado la espalda, ¿recuerdas? He visto el lugar de donde vienes, el rostro de tus hermanos. La pequeña es una delicadeza.
«¿Y quién te ha dado derecho?», se dijo con una repentina sensación de rabia.
El hecho de que mencionara a sus hermanos, y principalmente a Galatis, que era la más vulnerable, le hizo ponerse en guardia.
Aun así, y en contra de su voluntad, trató de disimular, de que Sekmis no se percatara.
Pero, ¿qué más habría visto sin su permiso?
─Tranquila, solo he visto el lugar donde vivías. Nada más. Las adivinas tenemos también nuestros escrúpulos. De hecho, quería preguntarte personalmente. Me gustaría saber cómo fuiste la chica oráculo de tu aldea y qué te ocurrió luego, cómo dejaste de tener el don.
Para Atti era muy frustrante hablar de ello, explicar cómo en cuestión de unos pocos días había virado su destino pasando de todo a nada.
Pero trató de relajarse, y luego le habló a Sekmis sobre las premoniciones que había recibido desde niña y la manera en que había ayudado en el consejo de la tribu desde que apenas cumplió los seis años.
─Es fascinante, ¿cómo lo conseguías?
Atti sonrió sin darse cuenta al pensar en la guía angélica.
─Me ha acompañado toda mi vida, es como… No sé, ángeles que caminan muy cerca de mí.
Sekmis, por primera vez desde que se conocían, sintió algo de admiración y respeto por ella. Después de todo, puede que la pueblerina fuera un diamante en bruto.
─¿Y qué pasó? ¿Por qué crees que perdiste el don?
No sabía qué responder. El día anterior había maldecido a Halcón en su interior creyendo que le había hecho magia negra y que le había robado su don con sus trucos de nawal y su verborrea incesante de mercader.
Sin embargo, su instinto le advertía que no hablara de él, que ni siquiera mencionara su encuentro desafortunado en el altozano.
Así que se limitó a negar con la cabeza.
─Fue de un día para otro. No sé cómo.
Sekmis todavía esperaba una respuesta. Como Atti no aportaba nada más, insistió:
─He oído que se te vio llegar acompañada por un joven… ¿Era tu prometido?
─Algo así ─dijo sin querer tampoco hablar mucho sobre Lorick. Y se adelantó a su mentora─. Pero soy virgen, si es lo siguiente que va a preguntarme. La suma sacerdotisa Ibis ya me explicó. También me habló de la magia negra, de que existen brujos capaces de robar un don como el mío.
En ese instante, Sekmis le cogió una de las manos y la acarició con ternura, con gesto fraternal, como si quisiera darle consuelo.
Sin embargo, Atti volvió a sentir la presión punzante de su hermosa piel bronceada, como cuando le había estado tocando la espalda.
Estaba segura de que su mentora no se conformaba con sus respuestas y quería indagar por sí misma.
Entonces, movida por su intuición, Atti hizo fuerza con el abdomen y sintió que podía proteger allí dentro, en sus entrañas, toda la información que no deseaba compartir.
Incluso a Lorick y también a Halcón y todo lo que había vivido con ambos, hasta los sentimientos tan intensos que el mercader despertaba en su interior…
─¿Fue una alimaña quien te hizo esa herida? ─le preguntó de pronto Sekmis observando de cerca su piel malograda. Atti asintió con la cabeza. Sekmis prosiguió con tono casi maternal─: Tranquila. Aquí en el templo estarás a salvo de esas criaturas. Nuestro Patriarca sabe cómo hacerles frente.
─¿Cómo? ¿El Patriarca es un nawal ?
Sekmis no esperaba una respuesta así. «¿Habré hablado demasiado?», se arrepintió Atti.
─Bueno… ─respondió la suma sacerdotisa, dudosa─. El Patriarca desciende de una familia que luchó contra las alimañas durante siglos para que su pueblo pudiera crecer aquí, a salvo. Pero no tiene nada que ver con esos que ahora se hacen llamar nawales … ¿Qué sabes de ellos, Attaegina?
En realidad, de lo único que Atti estaba segura era de que uno de esa estirpe, un nawal con ojos de rapaz, le había robado el corazón.
─Solo que son como una especie de brujos ambulantes, que roban por donde van y mienten como bellacos ─dijo sin poder disimular el rencor que Halcón le despertaba en ese instante... a pesar de que seguía enamorada de él. «Perdidamente», admitió en su interior.
─Y, ¿quién te ha contado eso? ─le preguntó Sekmis con aire desenfadado, obviando que todo lo que Atti había dicho no era más que una sandez.
─Los ancianos de mi aldea ─respondió con una sonrisa, fingiendo que no tenía la menor importancia─. No sé hasta qué punto están en lo cierto. De todas formas, por suerte yo no me he cruzado nunca con un nawal .
Ella sí mintió como una bellaca. No pudo evitarlo. ¿Sería una manera de hacer que Halcón desapareciese antes de sus pensamientos, intentar convencerse de que jamás se encontró con él?
─No te preocupes, Attaegina. En el templo fabricamos ungüentos que podrían eliminar esa cicatriz de tu piel. Ninguna chica quiere estar marcada para siempre, ¿verdad?
Atti asintió mientras Sekmis deslizaba la yema de su dedo índice muy despacio sobre su mejilla herida. Volvió a ponerse en guardia, como si tuviera que proteger algo. Algo que no quería que su mentora viera…
─Con ayuda del Gran Laurel conseguiremos devolverte ese poder que tenías. Ya lo verás ─resolvió Sekmis dando por terminado su encuentro─. Solo es cuestión de tiempo.
Atti le sonrió sin dejar de tensar la musculatura del vientre, rogando para que esa mujer se apartara pronto de ella.
─Sí, señora. Estoy agradecida ─se limitó a responder. Pero, ¿dónde diablos tenían el Gran Laurel? Y, ¿desde cuándo era tan sumisa? Sekmis asintió con la cabeza, aparentemente conforme con las explicaciones de su discípula, y por fin separó su mano de ella.
─Bonito anillo ─añadió antes de marcharse.
─Es un regalo de mi hermano ─le contó Atti sintiéndose orgullosa de Tauh. La suma sacerdotisa le dirigió un gesto cariñoso.
─Pues cuídalo bien y no lo pierdas. Se nota que te protege.
Cuando se marchó y cerró la puerta, Attaegina pudo por fin relajarse.
No confiaba en ninguna de las dos sumas sacerdotisas, ni siquiera en la dulce Sekmis.
El hecho de saber que solo con tocarla podían conocer todos sus secretos le hacía permanecer constantemente en guardia cuando las veía aparecer.
Pasó horas metida en su celda, pensando en su nueva vida de discípula mientras observaba la estúpida ventana por la que no podía asomarse.
Se preguntaba a dónde daba. En el atrio no había observado que a ras de suelo hubiese huecos en el muro, y menos con esa forma de arco tan característica.
De lo que estaba segura era de que no daba al exterior porque no se escuchaban las calles de Teff.
Perdida en divagaciones de todo tipo, empezó a quedarse a oscuras cuando cayó la noche.
Entonces prendió su lamparilla de aceite justo cuando el ya conocido sonido metálico de las campanas llamaba a la ceremonia, esa a la que no podía asistir.
Y a través de su puerta escuchó a sus compañeras abandonar sus habitaciones para reunirse con Sekmis en la sala del Oráculo.
En ese momento, un hedor que reconoció, como de carroña, embruteció el aire de por sí viciado del interior del templo.