El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Durante el saludo al sol, la oración de la mañana, Atti se moría de hambre.

Se arrepintió de no haberse comido el pan la noche anterior, aunque afortunadamente lo había escondido bajo su almohada por si podía necesitarlo junto al doblón de oro que le había regalado su padre.

Por cómo la miraba, intuyó que Sekmis se había dado cuenta de que había dormido poco.

Aun así, la suma sacerdotisa no le preguntó.

Se limitó a guiar la ceremonia y después se retiró con un nuevo toque de campanillas que invadió cada rincón del atrio.

─Attaegina, ahora podemos comer ─le dijo Epona.

Y Atti siguió a sus compañeras siendo la última en la fila, hasta que llegaron a una sala subterránea iluminada por varias antorchas que se distribuían a lo largo de los muros.

En una larguísima mesa, en la parte derecha, se sentaban las discípulas de túnica dorada, las del Círculo Arcano.

En el lado izquierdo, sin embargo, había solo dos mesas pequeñas y todas las discípulas del Círculo del Oráculo bastaban para llenar una sola de ellas.

─¿No podéis sentaros juntas? ─les preguntó Atti.

─A Sekmis y a Ibis no les parece bien ─le respondió Libia.

─¿Por qué?

Libia, Epona y las demás se miraron entre sí y se encogieron de hombros. Epona respondió:

─No debemos mezclar conocimientos, solo somos discípulas. Podríamos confundirnos y retrasar nuestro aprendizaje.

─Ya…

En ese instante, las dos chicas de Teff se levantaron para dirigirse a una bancada del fondo, donde una mujer entrada en años repartía pan con aceite y leche con cúrcuma y miel.

─¿Y ellas? ─preguntó Atti intrigada─. No las he oído hablar desde que llegué. Ni siquiera sé cómo se llaman.

─La del cabello trenzado es Jazmín ─le respondió Libia─. Y su compañera inseparable se llama Nefereth. Han hecho voto de silencio, ambas.

─¿Qué?

─Que no pueden hablar. Al menos hasta la próxima luna llena, momento en el cual decidirán si prolongarlo más o no. Es un pacto espiritual, han entregado sus voces al Gran Laurel. Aunque quisieran usarlas, no podrían a menos que Sekmis, con permiso del Gran Laurel, se las devolviese.

─Pero, ¿por qué? ¿Es un castigo?

─No, no. Ningún castigo, Attaegina. El voto de silencio centra la energía en la intuición. Sekmis dice que aumenta considerablemente cualquier don para la adivinación.

Para Atti habría sido un castigo, sin duda: no poder dirigirles palabra alguna a quienes más amaba, no poder cantar.

.. No poder sincerarse con Halcón ni pedirle que la besara una vez más.

.. De repente un ruido conocido la incomodó.

Era la voz del agua. Sintió el frío y la dureza del suelo que pisaban sus pies descalzos y la vibración de las aguas subterráneas en contacto con su piel, como si quisieran atraparla.

Epona, mirándola fijamente y sin parpadear, la devolvió al momento presente.

─Ven o te quedarás sin desayuno.

Attaegina se había quedado fría. O mejor dicho, helada.

─Sí, claro ─respondió Atti volviendo en sí.

Había esclavos trabajando para el Templo del Laurel. Eran los mismos que les servían a las discípulas su escaso desayuno. Atti recibió el pan y la leche y dio las gracias. La esclava anciana ni le respondió.

─Nadie que no sea del Círculo puede hablar con nosotras ─le explicó Libia─. Solo las sumas sacerdotisas y el Patriarca.

─Esa mujer es una esclava, ¿verdad? ─preguntó Atti cuando llegaron juntas a la mesa. Jazmín y Nefereth se miraron entre ellas y Epona asintió con la cabeza─. No había esclavos en el lugar de donde yo vengo. Era algo que nos contaban algunos mercaderes, nos sonaba como un cuento.

─Epona era esclava ─le explicó Libia encogiéndose de hombros. Atti no podía creerlo. Se quedó mirando a Epona como pidiendo una explicación.

─Me vendieron, en el puerto. Yo casi ni me acuerdo. Unos barcos llegaron a mis islas, en el Norte, hace mucho, mucho tiempo, y luego me trajeron navegando hasta Alandum. Como sabían que yo tenía el don, podían pedir más por mí.

─Epona, eso es terrible… ─se lamentaba Attaegina sin poder creerlo.

La frialdad no desapareció de la expresión de la pelirroja, que parecía impasible al dolor de los recuerdos.

Puede que los hubiera enterrado y que, como ella misma aseguraba, no fuera capaz de acordarse.

«Pero, si tiene el don, seguro que puede ver esos momentos, aunque no los recuerde», pensó Atti.

─Menos mal que el Patriarca me trajo aquí ─añadió.

No había duda en sus palabras, ni rencor, ni parecía cuestionar absolutamente nada─.

Nunca me ha faltado de comer ni techo ni medicina.

Además, he conocido a muchas de las discípulas que han pasado por el Círculo.

Todas se han ido marchando al convertirse en sacerdotisas.

Ahora sirven al imperio, algunas en templos y hasta en palacios, dice Sekmis.

Después de eso, nunca han vuelto por aquí. Me gustaría volver a verlas.

─¿Y tú? ─quiso saber Atti─. Si llevas aquí tanto tiempo, no debe de quedarte mucho para ordenarte como sacerdotisa, ¿no?

Epona se ruborizó por su pregunta y buscó ayuda en Libia, que respondió por ella:

─Una discípula no puede ordenarse si no ha menstruado. Y Epona todavía no es cíclica.

Atti comprendió: a diferencia de ella y las demás, el cuerpo de Epona todavía no había hecho la metamorfosis femenina. Aún poseía la liviandad de una niña.

─Entonces, ¿por eso nos dan de beber por las noches la mezcla triple? ─preguntó.

─Exacto ─respondió Libia─. Artemisa, salvia y ruda, plantas de las mujeres. Nos hacen cíclicas y nos conectan con la Luna. Y eso también es muy importante para el don.

El resto de la mañana la pasaron trabajando en el jardín medicinal.

Las plantas aromáticas endulzaban el aire bajo el calientesol de Teff.

Attaegina conocía la gran mayoría: mejorana, tomillo, ruda, ajenjo, romero y, cómo no, salvia.

La salvia crecía por todas partes, con sus hojas velludas y sus pequeñas flores moradas.

Y fue ahí, con las manos manchadas de tierra y la frente perlada de sudor donde se sintió un poco menos lejos de su hogar.

Nada más llegar al jardín, Sekmis le había entregado una pequeña oz de oro cuidándose mucho de recordarle que no la dejara perdida entre las matas.

─En el templo cultivamos nuestras propias plantas medicina ─explicaba la suma sacerdotisa─. Cada una a su tiempo, respetando las fases lunares. Después las transformamos en remedios para todos los males gracias a la alquimia. ¿Tú has escuchadohablar de la alquimia,joven?

Atti, arrodillada junto a un árbol de sauzgatillo, se puso nerviosa al saber que se dirigía a ella.

─No lo llamábamos así en mi tierra ─se excusó con modestia─, pero creo que el proceso era parecido. Las raíces y bulbos con luna nueva. Las flores, frutos y hojas, con la llena. Solía preparar medicinas para mis hermanos cuando enfermaban.

Cortó algunas ramas con sumo cuidado y después, en silencio, dio las gracias al espíritu del árbol que había podado. Cuando se levantó para depositarlas en un cesto, se dio cuenta de que Sekmis no le quitaba ojo de encima.

─¿Cómo lo hacías, Attaegina?

Atti se sorprendió una vez más por la belleza de su mentora. Ni siquiera la tierra removida ni el calor o los insectos del jardín eran capaces de robarle una sola nota de elegancia.

─¿Yo? ─dudó. Sekmisle hacía sentirse muy pequeña.¿Qué podía contar una pueblerina como ella?

─Por favor ─insistiósu mentora.

Atti respiró hondo. Todas las demás habían dejado sus quehaceres para prestarle atención.

─Usaba aceite de oliva, en Bérika tenemos muchos olivos.

Ponía las flores secas a macerar en frascas de cristal.

En verano es bueno que le dé bien el sol a la maceración.

Pasado un ciclo lunar, filtraba el aceite con gasas de lino.

Y después lo calentaba a fuego suave y fundía en él un poco de cera de abeja de nuestros panales.

Al enfriarse, se transformaba en un ungüento consistente.

A mi hermana pequeña le encantaba su olor. ..

La imagen de la pequeña Galatis se avivó en sus recuerdos y se entristeció.

Se acordó de las noches untándole esa mezcla encima del pecho, cuando se acatarraba durante las tardes frías de otoño.

Toda la habitación olía a su remedio balsámico.

Después, le cantaba un poco y Galatis se dormía profundamente… Cómo echaba de menos a su familia.

─Veo que estás bien aleccionada, Attaegina ─deliberó Sekmiscolocándole una mano sobre la espalda, más o menos en el centro.

Atti lanotó pesada y áspera, pero se limitó a bajar la cabeza con sumisión─.

Sí, conoces la alquimia. Enhorabuena. Ahora solo queda pulir tu técnica. Aquí en el templo te enseñaremos.

Sekmis no retiraba su mano. Le molestaba como una rozadura.

Y Atti se preguntó si estaría utilizando sus dones para bucear en ella, en sus recuerdos, en sus sentimientos.

Empezó a sentir como si se hundiera en un charco de fango y una presencia muy oscura tirase de sus pies hacia abajo.

.. Pero lo único que fue capaz de pronunciar fue:

─Sí, señora.

La suma sacerdotisa parecía satisfecha con su reacción. Entonces retiró su mano y Atti de repente se percibió ligera otra vez, como si tuviera alas. Las alas de pluma que Halcón le había visto. ¿Sería verdad? ¿O formaba parte del juego de seducción del mercader?

─Nuestra medicina se vende a grandes señores ─continuó explicando Sekmis irrumpiendo en sus pensamientos sobre Halcón─, tal es su prestigio y su efectividad.

Sin embargo, nuestro Patriarca es benévolo y generoso, y la regala a cualquier ciudadano que la pueda necesitar si acude a su palacio a pedirla.

Attaegina todavía notaba el ardor en la parte de su espalda en donde Sekmisle había colocado la mano, pero disimuló su malestar. En ese momento descubrió que Epona la miraba fijamente, con su habitual inexpresivo semblante. ¿También se había dado cuenta de eso la pelirroja?

A la mañana en el jardín medicinal le sucedió un almuerzo sencillo, no mucho más abundante que el desayuno. La única diferencia era la fruta fresca.

─Come ahora todo cuanto puedas porque no habrá más hasta mañana ─le dijo Libia.

─¿Es que no pasáis hambre en el templo? ─preguntó Atti. Las demás negaron con la cabeza.

─Te acostumbrarás ─respondió Epona─. El ayuno purifica el cuerpo físico, lo limpia y aligera.

─Para una adivina, como nosotras, el ayuno facilita la conexión con otros estados de consciencia ─ matizó Libia.

Entonces se dio cuenta de que únicamente había comida en su plato. Las demás solo habían recibido bebida.

─¿Y vosotras? ─se sorprendió. Las discípulas se miraron entre sí, no sabiendo muy bien cómo explicarle, hasta que Libia le respondió:

─Nosotras hoy ya no podemos comer más. Ya lo comprenderás.

Y se marcharon dejando a Atti sola en la mesa.

Se sintió de nuevo como una impostora, como una inculta criada a lo salvaje.

Durante toda su vida, llenar su estómago y el de sus hermanos había sido una de sus más grandes preocupaciones.

Qué ridículos parecían sus problemas en una ciudad como Teff, donde la comida sobraba y la gente del templo se negaba a comer.

De pronto le asaltaron las dudas sobre si se había equivocado llegando hasta allí.

Y es que toda ella era una farsa en sí misma.

Quería contarles a sus compañeras que no tenía ningún don, que no era capaz de adivinar nada, pero no encontraba la oportunidad.

Ni siquiera sabía si podía admitirlo abiertamente o si eso pondría en entredicho al Patriarca, pues él y solamente él había decidido admitirla en el Círculo del Oráculo.

Aunque Epona lo sabía. Lo sabía, mas no contaba nada.