El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

El sonido de las campanillas de latón fue lo que despertó a Attaegina.

No sabía qué hora era ni qué hacía allí.

Tampoco recordaba qué había soñado, pero una lágrima le resbalaba todavía por la mejilla y tenía la certera sensación de haber estado con Halcón, abrazada a él, oliéndole el cuello.

Casi había podido tocar su olor, aunque era tan efímero su recuerdo que tardó escasos segundos en desaparecer de su consciencia.

Y entonces volvió a sentirse sola y extraña en esa celda bajo tierra.

─Attaegina ─la llamó Epona tocando a su puerta─. Debes venir.

Atti se vistió con la túnica de discípula lo más rápido que pudo y se la ciñó con su propio cinturón de cuero. Luego se lavó un poco los ojos y se decidió a salir al pasillo. Epona la esperaba sin decir nada, sin gesticular.

─Sin sandalias ─se limitó a señalar. Atti se fijó en los pies de Epona, blancos y desnudos, tan pequeños como ella, y se descalzó de inmediato.

Se trataba de otra norma del Círculo del Oráculo.

Luego cruzaron los laberínticos pasillos del templo mientras las campanillas continuaban sonando, como si fueran un llamado a la oración.

Pronto alcanzaron al resto de discípulas, que desfilaban descalzas una por una, como un caminillo de hormigas, hacia un portón por el que penetraba algo de luz externa.

Algunas se giraron discretamente para mirar a Atti pero no la saludaron, y ella supuso que el silencio era un bien preciado en el Templo del Laurel.

Por fin salieron a un atrio situado en el corazón del edificio, un lugar muy espacioso y probablemente el único de todo el templo donde se podía respirar de verdad.

Un verdadero bosque de laureles, aunque Atti no vio por ninguna parte aquel árbol centenario y gigante que podía divisarse desde la lejanía.

El atrio estaba rodeado de pórticos y en las celosías crecían rosales y jazmines.

Le recordó un poco al patio en donde Lorick había esperado su oportunidad sin que esta fuera concedida y se sintió culpable una vez más. ¿Estaría él ya en los puertos?

Las discípulas se colocaron formando un semicírculo en un rincón alrededor de un altar de piedra blanca.

Eran, con Attaegina, cinco en total. Dos de ellas, nativas de Teff, tenían el cabello negro azulado, liso como la seda.

La una lo llevaba suelto, cortado recto a la altura de los hombros.

La segunda, trenzado, como Ibis la sacerdotisa.

Entre ambas ocupaba lugar una joven de melena ensortijada y parda.

Su piel era más clara que la de las gentes de Teff, pero poseía la reconocida nariz curva de las tribus de Oriente.

Con una dentadura envidiable sonrió a Atti como gesto de bienvenida, aunque ella se había dado cuenta de que todas, y cada una a su manera, habían observado con curiosidad la cicatriz de su mejilla.

Por último estaba Epona, pequeña y estrecha, inexpresiva y liviana, como una planta silvestre.

Con las últimas luces del día, su pelo lucía el color de la cola de los zorros.

Por el otro lado del atrio se aproximaba un nuevo grupo de discípulas, pero esas vestían túnica dorada.

Mientras las campanas continuaban sonando, Atti le preguntó a Epona quiénes eran.

─Son las del Círculo Arcano. Su mentora es Ibis.

─¿Ibis es una maestra? ─preguntó Atti.

─Ibis es una de las sumas sacerdotisas del templo ─le respondió la del cabello ensortijado─. La otra es Sekmis, y es nuestra mentora. Cuando te dirijas a ella, llámala señora . No lo olvides. Puede costarte la expulsión.

Atti asintió con la cabeza. Tantas normas, tantos nombres, tantas jerarquías… El consejo de ancianos era pan comido. ¿Cuánto tiempo tardarían en expulsarla del Templo del Laurel por su rusticidad?

─Soy Libia ─se presentó.

─Yo soy…

─Attaegina, nos lo ha dicho ella.

Y señaló a Epona con un gesto. Las campanas dejaron de sonar pero su eco retumbó entre las paredes del atrio todavía durante casi un minuto, el tiempo que la suma sacerdotisa Sekmis tardó en llegar desde uno de los pórticos.

Llevaba, como Ibis, un cristal brillante cubriendo su entrecejo, colgando de una tiara de oro, y guardaba una semejanza enorme con aquella.

Precisamente por eso era imposible decidir cuál de las dos era más hermosa.

Cuando la suma sacerdotisa llegó, se colocó al otro lado del altar y todas las jóvenes se levantaron en señal de respeto. Atti las imitó. Entonces, Sekmis colocó allí un cuenco de cerámica lleno hasta arriba de una tisana clara y aromática. Attaegina reconoció rápidamente el aroma de la salvia.

La ceremonia fue breve y, por suerte, más sencilla de lo que Atti esperaba, que pudo seguir el ritual sin mucha dificultad.

Al final, cada una de las doncellas del semicírculo se acercó al altar a beber un sorbo de aquella preparación.

Cuando fue el turno de Atti, confirmó la presencia de la salvia, la artemisa y la ruda.

─La salvia, la artemisa y la ruda acompasan nuestros ciclos femeninos con la Luna ─explicó Sekmis─. Y es esencial que las mujeres sagradas sigamos los ritmos de Madre Tierra, pues eso afianzará nuestros dones en la lectura del Oráculo.

Nadie habló más después de la ceremonia.

Las doncellas se limitaron a retirarse en silencio, en fila, al igual que cuando llegaron.

Y después, cada una se marchó a su celda.

Se había hecho de noche. Por suerte, alguien había dejado en la habitación de Atti una lamparilla de aceite y un pedazo de pan.

─Escucha, joven ─la llamó Sekmis con su elegante voz. Sus pómulos y su barbilla, tan bien definidos, daban un aspecto escultural a su bello rostro de mujer. Atti acudió a su llamado y, cuando estuvo delante de ella, bajó la cabeza en señal de sumisión, tal y como le habían enseñado sus compañeras.

─Señora ─respondió con docilidad.

─Se te ha dado pan esta noche por ser la primera, pero has de saber que a partir de mañana ayunarás como las otras. El ayuno es esencial para desarrollar la clarividencia, y ya he sabido que tú tienes mucho trabajo por delante para recuperar la tuya.

Attaegina sintió rabia. Y aunque Sekmis era más dulce al trato que Ibis, no dejó de percibir cierto tinte condescendiente en sus palabras, pues al fin y al cabo ella era una chica pueblerina y sin don que, por algún motivo que no comprendía nadie, había conquistado al Patriarca solo porque la miró a los ojos…

─Sí, señora ─se limitó a asentir cabizbaja, como correspondía a su condición.

─Mañana en el atrio, con el primer toque de campanas ─recalcó Sekmis. Y se marchó.

Pero Atti no probó el pan. Ni tampoco durmió.

Puede que los pensamientos sobre Lorick y sobre Halcón consumieran gran parte de su atención.

Sin embargo, había algo más, algo que la inquietaba de manera irracional, como si estuviera convencida de que una serpiente se iba a colar en su cama cuando estuviera dormida, alguna criatura delgada, fría y escurridiza, capaz de viajar a través de las aguas subterráneas y cuyo sonido crecía dentro de su cabeza a medida que pasaban las horas hasta volverse insoportable.

¿Qué diablos era ese rumor que no callaba?

Por un lado, podía percibir la voz del agua.

La escuchaba a través de los muros, por debajo del suelo, en las fuentes del atrio.

Aunque en ella habían quedado grabadas otras voces.

Voces suplicantes, voces temerosas, humanas y no humanas.

Abrió la puerta de su celda dando un empujón, convencida de que había alguien pidiendo ayuda en el pasillo.

Nada. Silencio y oscuridad. Todas las demás dormían.

Entonces regresó adentro y se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la puerta para permanecer alerta.

Hasta que el cansancio la venció a una hora escasa del amanecer.