El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

─¡Señor! ─se sorprendió el centinela arrodillándose ante el recién llegado.

Atti, confundida por la reacción repentina del guardia, se quedó mirándolo: una máscara dorada le cubría casi la totalidad del rostro, únicamente dejando al descubierto su boca y su barbilla, de donde le salía una espesa y áspera barba negra decorada con aros de oro.

─¡Arrodíllate tú también! ─la reprendió bruscamente la sacerdotisa. Y Attaegina obedeció de inmediato. Desde su lugar en el suelo, con la cabeza baja, solo veía los pies de aquel desconocido mientras rogaba en su interior no haber infringido ninguna ley.

─Tranquila, Ibis ─respondió Nabor XIII con delicadeza. Su voz era aterciopelada, sinuosa, como los andares de un felino─. Los forasteros tardan un poco en aprender nuestras costumbres. Pero yo sé que no lo has hecho porque me respetes menos, ¿verdad, joven?

El Patriarca se agachó hasta quedarse en cuclillas delante de Atti, que se puso nerviosa.

Entonces, él le sujetó la mandíbula con los dedos y le levantó la cara con suavidad.

A pesar de no poder verle el rostro, Atti notó en él la energía de alguien que ha vivido mucho, la fuerza de un veterano de guerra que ha librado muchas batallas.

Pero, a pesar de eso, el paso del tiempo no le había robado una sola pizca de su juventud ni de su vigor masculino, como si la madurez solo hubiese mejorado sus virtudes, igual que sucede con el vino de categoría.

El Patriarca era antiguo y joven al mismo tiempo.

─¿Cómo te llamas? ─le preguntó con una amplia sonrisa. Todos sus dientes eran de oro. «¡Si los ancianos lo vieran…!».

─Attaegina… Attaegina Mentastro.

Nabor sonrió como si le agradara la sonoridad de su nombre y la levantó del suelo muy despacio sujetándola por las muñecas. Para Atti era invasivo, se acercaba demasiado. La tocaba sin conocerla, sin permiso.

─¿Y se puede saber a dónde ibas, Attaegina? Me pareció que te marchabas.

─Attaegina no es apta ─argumentó Ibis sin dejar espacio para que Atti se explicara por sí misma, como si temiera que la chica de pueblo pudiera meter la pata de nuevo con el Patriarca─. Ella no tiene ningún don ni tampoco oro suficiente. Tiene que marcharse.

A Nabor no le parecieron razones de peso y, casi ignorando a la sacerdotisa, inclinó el rostro de Atti hacia la parte con más luz de la estancia, como si quisiera hacer una comprobación.

─Pero, ¿tú le has visto los ojos, Ibis? ¡Con estos ojos no puedes echarla de aquí! ¿Verdad?

Y fijó su mirada en las pupilas de Atti, en la extraña iridiscencia que las envolvía. Ojos de otro tiempo y de otro mundo. Ibis, un poco molesta, se acercó a la joven para comprobarlo cuando se quedó sin palabras. El Patriarca tenía razón.

─De acuerdo ─asintió la sacerdotisa en voz baja.

Atti solo deseaba que la dejaran en paz, que se apartaran de ella y dejaran de observarla como si fuera un objeto exótico traído de lejanas tierras.

Pero la presencia de Nabor la paralizaba, como si el solo hecho de ser quien era pudiera imponer su voluntad a la de los demás.

─Vamos a darle una oportunidad a Attaegina ─prosiguió el Patriarca sin alejar su atención de ella─. Que vaya con las discípulas del Oráculo. Seguro que Sekmis puede sacar partido de una chica como esta.

Ibis se mostró disconforme pero no discutió con él. Al fin y al cabo, era el Patriarca, y por lo que se veía, tenía derecho a hacer lo que quisiera, incluso en el templo.

─Zaphiel, acompáñala ─le ordenó la sacerdotisa al centinela─. Llévala a las celdas, con las otras. Que se ocupen de ella .

Atti siguió a Zaphiel a lo largo de un pasillo apenas iluminado, caminando con cierta inquietud, como si temiera que en cualquier momento Nabor fuera a reclamarla en su presencia.

Hasta que no dejaron muy atrás al Patriarca y a Ibis, no se quedó tranquila.

Nabor no le gustaba. Pero tampoco le gustaba el templo, que era oscuro y hermético como una tumba.

Zapahiel la guiaba sin abrir la boca. De pronto llegaron a un recodo y comenzaron a bajar unas escaleras muy estrechas. El olor húmedo de la piedra, casi cavernario, le agobió mientras seguían y seguían descendiendo. Pero, ¿a dónde la llevaban? ¿Es que las sacerdotisas vivían bajo tierra?

Cuando por fin llegaron a un rellano, Atti vio una encrucijada de pasillos. Zaphiel señaló el que viraba hacia la izquierda y le dijo:

─Este es el que te corresponde. Puedes ocupar la última celda.

Y se marchó por donde había venido dejando a Attaegina allí sola. A medida que avanzaba hasta la última puerta sentía como si detrás de todas las demás hubiese varios pares de ojos que la vigilaban. Se preguntaba dónde estaba Epona, si dormía en una de esas.

Cuando llegó por fin a su celda, se decepcionó al encontrarla casi tan oscura como el resto del templo.

La única luz entraba por una estrecha ventana con forma de arco que se situaba muy por encima de su cabeza, a la que era imposible llegar y que parecía dar a algún patio interior en el centro del edificio.

El único mobiliario del que disponía era una cama de paja extendida sobre un poyo de piedra, encima de la cual alguien había dejado muy bien doblada una túnica azul índigo.

Recordó que Epona iba vestida con una de esas y dedujo que debía ponérsela mientras permaneciera allí.

Al fondo había un pequeño habitáculo para su aseo con las paredes y el suelo recubiertos de diminutos azulejos, a modo de mosaico.

Se le había dejado también una vasija llena de agua, una toalla de algodón y varios bloques de jabón de aceite de oliva y laurel, como el que vendían en el zoco.

Nadie en Caliza podría imaginar tanta sofisticación.

─Bienvenida ─dijo una voz conocida tras su espalda. Atti se sobresaltó al tiempo que se giraba descubriendo a Epona en el umbral de su puerta. Encajaba con la descripción de los seres del bosque de las leyendas del Norte.

─Y, ¿ahora qué hago?

─Puedes quedarte aquí orando o meditando. En silencio, por favor.

─Ya...

Meditar y orar... Eran palabras que escapaban de su vocabulario.

¿Quién podía hacer eso en Caliza con todo el trabajo que había?

Y sin embargo, nunca en la aldea se había sentido lejos deMadre Tierra ni de Padre Cielo.

Desde niña le habían enseñado algunas oraciones los ancianos.

Unas para bendecir, otras para agradecer, otras para rogar.

Y allí cada cual las repetía mientras ponía el puchero al fuego o sacaba al ganado a las praderas.

Pero, ¿cómo iba a hablar con Padre y con Madre, sola y sin nada que hacer en una habitación oscura, si ni siquiera podía ver desde su ridícula ventana la luna o el sol?

Epona seguía en la puerta, estática, sin gesticular, pareciendo esperar algo. Deslizó rápidamente su mirada por encima de la cicatriz de Atti, pero no preguntó.

─Tú lo sabías ─le dijo Atti─. Tú sabías que ya no tengo el don.

Epona asintió con la cabeza, pero su semblante no varió. Era bastante inexpresiva.

─Entonces, ¿qué hago aquí? ¿Por qué me han admitido?

─Le has gustado al Patriarca. Por eso.

El motivo le agradó poco. Se sentía como si estuviera haciendo trampas, como una farsante.

─Bueno, te dejo descansar, Attaegina. Vendré a buscarte antes del crepúsculo.

Y se marchó sin más. Atti aprovechó para refrescarse con un poco de agua.

Después se desenredó el cabello con el peine de hueso y luego volvió a construirse la trenza como ella sabía, colocando su magia de protección en cada lazada.

No podía dejar de pensar en Halcón, en cómo la había engañado para robarle lo más valioso que tenía.

En cómo había podido confiar en él, ciegamente.

Y no podía parar de pensar en sus besos, en sus manos, en sus ojos de rapaz…

¿Sería verdad? ¿Sería el mercader tan mezquino como para haberse aprovechado de ella así, fingiendo durante días?

Ya daba igual, no volvería a verlo nunca más.

De pronto un sollozo sordo se abrió paso desde lo profundo de su garganta.

Y en silencio absoluto lloró con amargura, pero no por haber perdido su don. Lloró por Halcón.