El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Cuando los ojos de Atti se acostumbraron a la densa oscuridad del vestíbulo del templo distinguió la figura de un centinela bajo el halo de una antorcha anclada en la pared. Era uno de esos hombres de cabeza afeitada y semblante severo como los que había visto a las puertas de la ciudad.

─¿Eres una peregrina? ─le preguntó con tono adusto. Attaegina no supo muy bien qué responder al principio. Se limitó a negar con la cabeza. Se sintió estúpida. Él continuó─: En el Templo del Laurel no se da asilo a los peregrinos.

─Pero es que no soy peregrina. Soy…

─El Templo del Laurel solo sirve al Patriarca. Si necesitas a una adivina o a una lectora de arcanos busca en el zoco. Hay unas cuantas por allí que por media pieza de plata atienden a chicas como tú.

«Vale, y ahora, ¿qué digo?».

─Vengo a pedir tutela ─resolvió al fin recuperando la firmeza. Eran las indicaciones que le había dado Halcón. Y debían de ser correctas porque el centinela se quedó callado, aunque no sin antes mirarla de arriba abajo como si fuera un perro callejero.

─Espera aquí ─se limitó a responder. Y desapareció por un largo pasillo oscuro.

El eco de sus pisadas se fue desvaneciendo poco a poco a medida que se alejaba hacia dentro del edificio, y Atti se quedó sola en medio de aquellas paredes pardas y mudas con la única compañía del fuego crepitante de la antorcha.

No le gustaba ese lugar. Era como la boca cerrada de una bestia y ni el aire corría con ligereza. Pero, ¿cómo marcharse ahora? Después de largos días de camino, después de que Halcón y Lorick la hubieran ayudado tanto, después del revuelo que se había armado en la aldea por culpa de su decisión…

«A lo hecho, pecho», se dijo. Y siguió esperando pacientemente hasta que alguien, una presencia liviana que casi no vio llegar, se presentó ante ella. Era obvio que no se trataba del centinela.

─Hola ─la saludó una joven de rostro pecoso, más o menos de su edad, tendiéndole una mano.

Iba vestida al estilo de las gentes de Teff, con una túnica larga de color azul índigo ajustada con un fajín de piel vuelta.

Pero Atti reconoció en seguida que era extranjera, seguramente de las Tierras Verdes, igual que Oberón.

Qué extraño era ver nórdicos por el Sur.

La joven esperaba sin gesticular, con la mano tendida, y Attaegina, algo avergonzada por su falta de modales, le correspondió.

Y cuando la piel de sus manos entró en contacto, sintió un ligero hormigueo subiendo por su columna vertebral.

─Epona ─añadió la joven sin soltarla todavía. Debía de ser su nombre.

─Yo soy Attaegina…

─Attaegina… Tu hermana no te odia, solo es que está muy enfadada. Pero también se ha preocupado por ti.

Atti no podía creer de qué le hablaba.

─Espera… ¿Qué hermana?

Epona siguió prensando su mano. Era evidente que hablaba de Creta. ¿Le estaba leyendo el pensamiento?

─La siguiente a ti. Luego tienes un hermano, y por último veo dos niñas. Hasta podría decirte sus nombres si me concentro un poco…

─No, no hace falta ─le dijo. Pero luego pensó que tal vez podía aprovechar la ocasión─. ¿Por qué está enfadada? ¿Puedes saber eso?

Epona entrecerró los ojos, pequeños y muy oscuros. Después volvió a mirar a Atti y deliberó:

─Puedo saberlo, pero no puedo contártelo. Ella no quiere que lo sepas .

Por fin le soltó la mano al tiempo que Atti notó que sus pies aterrizaban, como si se hubiera elevado por encima del suelo mientras Epona hacía la lectura.

─¿Vas a entrar en el Círculo Arcano? ─le preguntó. Atti no sabía muy bien qué responder, aunque Halcón le había dicho que pidiera tutela al Círculo del Oráculo.

─Creo que no. Yo vengo por el oráculo...

─¿En serio? ─se sorprendió Epona observándola con detenimiento, como si hubiera dicho una majadería. Le cogió la mano por segunda vez, entrecerró los ojos por más tiempo y finalmente los abrió mientras negaba con la cabeza.

─¿Qué pasa, Epona? ¿Qué te parece tan raro?

Desde el fondo del pasillo empezó a escucharse un eco creciente de pasos que se aproximaban y Atti intuyó que el centinela regresaría con alguien. Pero cuando quiso seguir preguntando a la chica pecosa, esta ya había desaparecido fundiéndose con las sombras.

Poco después llegó el centinela acompañado por una mujer de túnica dorada que, por su poderío y porte, debía de ser una de las sacerdotisas.

Cuando Atti la tuvo más cerca sintió la obligación de saludarla con algún tipo de cortesía especial, pero como no conocía qué costumbres tenían en el templo, se limitó a inclinar levemente la cabeza.

─Zaphiel me ha dicho que vienes a pedir tutela ─le habló la mujer sin presentarse ni responder a su saludo─. ¿De verdad que no te has equivocado de sitio?

Attaegina por fin la miró directamente: era bellísima.

El cabello negro azabache le caía por encima de los hombros recogido en decenas de finas trenzas decoradas con abalorios dorados.

Y su piel, oscura como la malta, conservaba la frescura de una joven de veinte años.

Una tiara de oro rodeaba la circunferencia de su cabeza uniéndose a la altura de su entrecejo, donde brillaba un pequeño cristal blanco .

─Quiero pedir tutela al Círculo del Oráculo ─respondió Atti con timidez─. Me envía el consejo de mi tribu.

La mujer analizó su aspecto de arriba abajo empezando por su cicatriz negra, deteniéndose en su vestido de lino arrugado tras tantos días de viaje y finalizando por sus sandalias gastadas y sus pies resecos de tanto caminar. Atti se sintió como un perro pulgoso buscando casa.

─¿Y qué tribu es la tuya, joven?

─Caliza. Es una aldea de las cordilleras, al norte de Bérika.

Hubiera dado igual mencionar otro lugar o incluso inventárselo.

Más allá de las mesetas nadie teníaidea de la existencia de Caliza.

Aunque quizás fue por el largo trayecto que había recorrido hasta Teff y por su testarudez y su firmeza el motivo por el que la sacerdotisa no la echó de inmediato como habría hecho con cualquier vagabunda.

─¿De verdad que vienes de las cordilleras? ─le preguntó. Atti asintió─. Veamos qué tenemos aquí.

La sacerdotisa se colocó dos dedos de la mano izquierda sobre el cristal que cubría su entrecejo. Y luego, con dos dedos de la mano derecha tocó el entrecejo de Atti, que sintió como si le clavaran un aguijón. Luego, un flujo de energía comenzó a penetrar a través de su piel.

─No te muevas... Será un momento...

Esa energía quemaba como si le estuvieran inyectando sal, o fuego... Cuando la sacerdotisa dejó de tocarla también le dolió, como un pellizco.

─¿Y dices que quieres iniciarte en el Oráculo?

─Sí.

La sacerdotisa sonrió condescendiente.

─Pero, ¿cómo? Si tú no tienes ningún don, querida.

─¿Qué?

Bastó una sola frase de esa mujer para derribar la vida de Attaegina, todos sus anhelos, sus planes, sus talentos… ¿Acaso era ese el motivo por el que Epona también se había sorprendido tanto? ¿Lo supo cuando le tocó la mano?

─Pero... ─tartamudeó─. Pero si yo era el oráculo de mi tribu. Predecía todo lo que sucedía en mi aldea.

─¿Y desde cuándo has dejado de poder hacerlo? ¿Desde hoy?

Atti percibió la ironía en su tono.

─Bueno... Puede que hace una semana, algo así.

─Ya. Sales de tu aldea y pierdes el don.

─Y eso, ¿a qué puede deberse? Le prometo que no miento.

La sacerdotisa comenzaba a impacientarse. Se cruzó de brazos y adoptó una expresión suspicaz.

─¿Eres virgen?

¿Qué clase de pregunta era esa? Attaegina se ruborizó. ¡Nunca había hablado con nadie sobre ese tema! Empezaba a pensar que en Teff las mujeres eran muy diferentes a ella...

─¡Claro que soy virgen! ─ afirmó contundente.

─Bueno, por preguntar que no quede, joven. Muchas doncellas pierden su don cuando son desvirgadas. No serías la primera que veo, te lo puedo asegurar.

─Ya... ¿Y qué más?

─La otra posibilidad es que te hayan hecho magia negra. Sí, que alguien con cierto poder te haya robado el don o simplemente te lo haya borrado. Si hablamos de alguien que maneja la alquimia, basta con que te haya tocado. Si no, con que haya conseguido un poco de tu cabello puede ser suficiente.

De repente sus pensamientos la condujeron directamente a Halcón.

Pues claro, él sabía cosas del mundo del espíritu, del mundo que no se ve.

Y nunca le contaba apenas nada, siempre se andaba con secretos.

Pero, sobre todo, había que tener en cuenta que su don comenzó a fallar justo desde que se encontró con él por primera vez.

¿Y si se trataba de un brujo, como habían dicho los ancianos?

« ¿Cómo he podido estar tan ciega? » , se lamentó.

─Las doncellas sin don, como tú, pueden pedir tutela para el Círculo Arcano ─le propuso la sacerdotisa con un poco más de interés ─. Allí aprenden a interpretar los símbolos de Thot. Se considera otra manera de adivinación.

Pero, ¿era eso lo que Atti deseaba? ¿Cómo iba a cambiar de repente todos sus planes, con lo que le había costado llegar?

─Entonces, ¿me admitirían en el Círculo Arcano?

─Claro… Siempre que ofrezcas algo a cambio.

Con eso no contaba. ¿Cómo podría ella pagar su tutela en el templo?

─Aceptamos oro como pago. También es cierto que algunas de nuestras lectoras de arcanos han conseguido entrar aquí gracias a otros talentos.

Una belleza deslumbrante se considera un ejemplo de ello.

Pero tú… ─Atti sintió que le clavaba los ojos en la cicatriz─.

¿Tienes algo que ofrecer en ese fardo que cargas a cuestas?

Era ridículo sugerirle que se quedaran los tres botes de trementina que Aleff había preparado con tanto esmero, pues en Teff tenían eso y mucho más.

Tenían más de lo que cualquier persona pudiera necesitar.

Entonces Atti se llevó las manos al saquito de cuero que le pendía del cuello, donde guardaba el doblón de oro que su padre le había regalado por si surgía cualquier imprevisto.

Avergonzada por su sencillez, se lo mostró a la sacerdotisa esperando su aprobación.

─Anda, guárdate eso ─lo rechazó aquella─. Lo necesitarás para volver a tu casa.

Solo le faltó llamarla pueblerina . Atti se sintió humillada, frustrada, absolutamente estúpida, ingenua.

Confiada… Ella había confiado en Halcón, ciegamente.

Y, ¿de qué había servido? No solo le había roto el corazón en pedazos, sino que además le había robado lo más valioso que tenía, lo que la hacía diferente, especial: un don con el que servir a los demás, un regalo de los ángeles.

Ahora no era más que una triste vulgar hija de granjeros que regresaría a casa con las manos vacías y con la vergüenza imprimada en su apellido.

Por tanto, se despidió de la sacerdotisa de la mejor manera que supo, no sin dejar de darle las gracias, y se encaminó hacia la salida del templo cuando justo alguien se disponía a entrar.

Se trataba de un hombre de piel broncínea vestido con una loriga de cuero, al estilo militar, con las piernas desnudas y calzado con sandalias de tiras.

Su cuerpo era comparable al de un dios, bello y de proporciones perfectas, y sus hombros iban cubiertos por una capa de color oscuro que no se apreciaba bien en la penumbra, pero que le confería la majestuosidad que lo diferenciaba de los soldados de a pie.

Atti ignoraba quién podía ser. También ignoraba hasta qué punto el recién llegado haría virar el rumbo de su destino.