CAPÍTULO 28 #2
Atti asintió, sin más. No le importaba en absoluto ese palacio, daba igual de quien fuera: tenía calor y le abrumaba la masa compacta de gente en todo momento alrededor de ellos, pues apenas podían dar dos pasos seguidos sin chocarse con alguien.
Y luego estaba el jaleo, el ruido, todo el mundo hablaba alto y al mismo tiempo.
Aun así, se adentraron en el corazón de Teff por la que debía de ser la calle principal, a juzgar por la cantidad de centinelas que había repartidos a uno y otro lado.
Era sin duda la calle más ancha y majestuosa, engalanada con exuberantes jardines, tres generosas fuentes y dos enormes abrevaderos en donde los rebaños de cabras y otros animales se daban un respiro.
Entonces, y por primera vez, Atti vio dromedarios.
¿Lo eran? Sí, estaba segura, y no se parecían en nada a un caballo, como había pensado hasta ese momento.
Pero sí se imaginaba perfectamente a Halcón sentado sobre su giba. ..
─Mira Atti, el palacio.
Al parecer solo a ella le interesaban los dromedarios.
Así que miró el palacio fingiendo algo de entusiasmo para no sentirse tan inepta: se trataba de un edificio de dimensiones gigantescas donde el lujo rebosaba donde quiera que uno posara la mirada.
La fachada era de mármol, blanco y liso, perfectamente pulido y con algunos acabados en oro, y un bosque de columnas se extendía rodeando toda la construcción, definiendo unos soportales delicadamente decorados en donde la familia de los patriarcas disfrutaba desde tiempo inmemorial de la intimidad de sus exuberantes jardines y vergeles.
─Aquí habría espacio para alojar a todos los habitantes de Caliza… ─reflexionó.
─Para todos los habitantes de Bérika, diría yo, más bien ─la corrigió Lorick sin dejar de admirar el edificio.
Sin embargo, ni todos los jardines en flor del Patriarca eran suficientes para enmascarar el hedor que volvió a invadir la nariz de Atti.
Cuando miró el frontón de la fachada principal descubrió nuevamente el mismo símbolo de las puertas de la ciudad de Teff: la imagen de un calamar.
Una sensación de agitación empezó a subirle desde los pies, y temiendo volver a perder el sentido, se aferró con más fuerza al brazo de Lorick, que no percibió nada extraño.
─Nabor XIII gobierna actualmente esta ciudad ─continuó explicándole él─. Es un patriarca muy querido porque ha hecho de Teff un lugar muy próspero en poco tiempo. Incluso ha expandido el imperio de Alandum hacia el este y hacia el sur.
─Ah, ¿sí? ─dijo ella tratando de tranquilizarse sin que él se diera cuenta. ¿Se habría percatado Halcón de haber estado allí? ¿La habría llevado a un lugar apartado, en calma, y le habría preguntado cómo se encontraba?
─Ya nos habría gustado a los de Bérika un patriarca como este para disfrutar de una ciudad así…
─Pensaba que Caliza te gustaba un poco más… ─le respondió Atti, ligeramente ofendida.
─No te pongas así. Caliza tiene su gracia, pero esto… ¿Sabes cuánto oro he ganado aquí?
Ella no se molestó en hacer sugerencias.
Ni siquiera prestó atención a Lorick cuando continuó hablándole.
Solo intentaba no perder el equilibrio ni ponerse nerviosa.
Entre tanto, todos los sonidos parecieron enmudecer y únicamente escuchó el rumor silencioso del agua corriendo por las acequias, como si estuviera tratando de comunicarse. ¿Podía hablar el agua?
─Vayamos ya al Templo del Laurel ─propuso Lorick poniéndose en marcha y sacándola de ese raro estado de trance─. Es más austero que el palacio, por supuesto. Pero no tiene desperdicio, seguro que te encanta.
Lo siguiente fue cruzar el zoco, un bazar interminable que ocupaba prácticamente toda el área central extendiéndose debajo del palacio como la falda de una montaña.
A lo largo de mil tenderetes y bajo una techumbre de lona de distintos colores erigida entre todos, comerciantes de diferentes castas y orígenes desplegaban su mercancía.
Era tanta la multitud agolpada allí debajo que en ocasiones ni siquiera se podía caminar.
Sin embargo, Atti reconocía que el mercado era más divertido que el palacio de Nabor XIII visto desde fuera.
Por un instante se dejó llevar disfrutando de la visión de los puestos de frutas.
¡Eran tantas las que desconocía! Se preguntaba a qué sabría cada una, cómo serían sus nombres y de qué árboles procedían.
Otros puestos servían comida. Olía a aceite frito, a hinojo y a ajo, a cúrcuma con pimienta, a grasa de cordero.
Lorick pagó dos raciones y comieron entre el ruido y el interminable hormigueo de gente.
─¿Te gusta, Atti?
La comida de Teff era con diferencia más fuerte y sabrosa que la de Caliza.
─Sí… Gracias.
Le habría gustado comer en un lugar más tranquilo, en un rincón donde poder hablar con Lorick de ellos dos, donde poder restaurar el vínculo que los había mantenido en cierto modo unidos.
Aunque ese rincón fue la noche anterior, el patio de la posada con las candelas fulgurando como estrellas robadas del cielo, al amparo de la higuera vieja y de su perfume a fruta…
Y ni siquiera entonces había sabido qué decirle porque su cuerpo no respondía.
Ni por un momento le había apetecido besar sus labios…
Cuando terminó de comer, Lorick le puso en las manos un pocillo lleno de té negro y hierbabuena, dulce como un pastel, y brindó con ella antes de bebérselo mientras la contemplaba con su mirada gélida.
Él era pura elegancia, de eso Atti estaba convencida, era un caballero.
Pero le faltaba algo, le faltaba… ¿calor?
Retomaron la marcha, ahora con el estómago lleno y sin sed, y dentro de ese mosaico que era el zoco Atti descubrió aromas que nunca su mente habría imaginado, como si el mundo acabara de inventarlos.
El fenogreco, la nuez moscada y el cilantro bailaban con los perfumes amaderados del benjuí, el incienso y el sándalo.
Se sumaba a esa danza el olor de las brasas y del pan ácimo recién hecho.
El olor dorado de la cera de abeja. El olor duro del cuero.
El olor avinagrado de las aceitunas encurtidas.
El olor del pescado en salmuera, del atún seco, de las sardinas fritas.
El olor del sudor de la gente, de la piel de los dromedarios, del estiércol de caballo, de la leche de cabra. ..
Aturdida y sumida en una nube de estímulos, sintió que la visión se le nublaba cuando pasaron junto a unos músicos ambulantes.
Eran hombres con la tez tan negra como jamás había visto, más negra que la noche cerrada, y tañían tambores de piel de antílope.
Los golpes y el ritmo de la percusión tejían el sonido con una sinergia perfecta.
Y entonces Atti creyó que el propio latir de su corazón se acompasaba a su sintonía, momento en el cual volvió a percibir levemente el hedor de peces muertos.
De repente, la mano de Lorick tomó la suya.
─Vamos, no te quedes ahí parada ─le dijo.
Fingió de nuevo que se encontraba perfectamente y continuó caminando a su lado a medida que los tambores iban perdiéndose tras su espalda, quedando relegados después de un par de callejuelas caminadas al eco vago del zoco.
Hasta que por fin se encontraron ante el Templo del Laurel.
─Es aquí, hemos llegado ─anunció Lorick.
Attaegina, por un instante, no supo cómo reaccionar.
El Templo del Laurel era un rectángulo de mármol negro situado en lo alto de una colina al que se accedía subiendo un buen tramo de escaleras y que ocupaba el centro de lo que parecía una antigua plaza fortificada circular.
No tenía columnas ni decoración externa.
Parecía un trozo de carbón, opaco, infranqueable, capaz de tragarse cualquier aroma, color o sonido que se le acercase, y una guarnición generosa de soldados lo rodeaba.
En el centro del edificio se distinguía la inmensa copa de un árbol que desde la lejanía no sabía identificar.
En cualquier caso, un árbol centenario. Acaso un laurel muy antiguo que ocupaba algún patio interior.
Inspiró profundamente detenida por una inquietud inexplicable, pues en medio de la abrumadora y pintoresca ciudad de Teff el templo era como un agujero negro.
¿O quizás estaba construido así a propósito para facilitar la concentración de las adivinas y apartarlas del mundanal ruido?
Cuando creyó que estaba lista para ir allí y subir las escaleras se dio cuenta de que Lorick se había quedado observándola en silencio. Y qué manera de mirar…
─Bueno… Pues yo te dejo aquí y me voy ─anunció el nórdico con un matiz de decepción en la voz.
Atti lo notó. Y es que, desde que se habían reencontrado, apenas se había acercado a él, a su cuerpo, a sus labios.
No, ni una vez. Supuso que Lorick tenía otras expectativas, por eso se sentía frustrado, pero era demasiado educado como para reconocerlo delante de ella.
Y además, la quería. Atti también sabía eso: Lorick la quería y no sería capaz de reprocharle nada.
─Lorick, yo te estoy muy agradecida por todo lo que has hecho por mí ─arrancó por fin─. En serio, no tengo palabras… ¡Y me siento muy culpable!
Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero él acudió rápidamente a recogerlas con sus manos, unas manos duras y muy rígidas.
Y entonces la rodeó con sus brazos y ella apoyó la cabeza en su pecho, como si pudiera por fin rendirse a la verdad tras un día entero fingiendo que todo estaba bien.
El cuerpo de Lorick era como una fortaleza de piedra.
─No te tortures más, Atti. Sencillamente necesitamos tiempo. ¿O es que no te das cuenta de que casi somos dos desconocidos? Yo conozco tu nombre, a tu familia, tu apellido, tu historia. Pero todo eso es solo lo que veo desde fuera. Yo todavía no conozco tu corazón… Aunque quiero conocerlo.
Nunca habría esperado tanta comprensión de alguien tan frío como Lorick.
Y puede que tuviera razón, al fin y al cabo su historia de amor era tan breve como una tarde.
Un atardecer junto al río y nada más. Y sí, se conocían poco.
Es posible que durante todo ese año sin verse ambos hubieran idealizado lo que pasó entre ellos y hubieran fantaseado con lo que podría llegar a suceder.
Atti pensó que, tal vez, con el tiempo podría aprender a amarlo como ama una mujer a un hombre.
Pero, entonces, ¿por qué diablos sentía algo tan intenso por Halcón, si ese sí que era un verdadero desconocido?
¿Qué tenía ese mercader y por qué despertaba la mayor de sus pasiones?
─Cuando salga del templo iré a buscarte, Lorick ─le prometió sin abandonar su abrazo─. Y entonces volveremos a conocernos, volveremos a empezar. Y estoy segura de que…
─No te anticipes a nada. Ahora entra ahí con la mente despejada. Yo volveré a los puertos. Hay mucho trabajo allí.
Se separaron despacio, con algo de reparo, sin saber muy bien cómo debían despedirse. Attaegina le sonrió antes de darse media vuelta. Pero algo en su interior se removió al girarse. Entonces se acercó otra vez a Lorick y, obedeciendo a un impulso, se aferró a su cuello y lo besó en los labios.
De repente se vio transportada con él a aquella dulce tarde junto al río, apartados de todo y escondidos bajo la copa de un sauce blanco, y notó en sus entrañas la fuerza de Lorick como la empuñadura de plata de una noble espada, y también el color frío de su cabello, sus gélidos silencios…
El pelo de Atti se derramaba entre los angulosos dedos del nórdico, que la tocaba con tanto cuidado como si temiera que fuera a desaparecer.
Entonces el beso terminó y con él se marcharon todos los recuerdos río abajo, como si los barriera la corriente.
Y Atti se dio cuenta de que se le escapaba, se le escapaba ese momento que, como el agua, era imposible de retener con las manos.
Efímero, sí, tanto como una gota de lluvia.
Su cuerpo volvió a quedarse frío. Ni siquiera la escasa distancia que la separaba de Lorick renovaba en ella las ganas de volver a besarlo.
Y ahora sí, con una sonrisa tierna y un tímido adiós, se marchó hacia el templo.
Cruzó un camino definido por dos hileras de laureles hasta alcanzar las escaleras.
Cuando las subió, Lorick todavía permanecía a lo lejos, quieto, cargado con su fardo y con su arpón, esperando hasta verla desaparecer.
Lo despidió levantando el brazo y él le devolvió el gesto.
Cuando Attaegina quiso empujar el portón del templo descubrió que arriba, en la estrecha cornisa, tallada en el mármol se distinguía la silueta del calamar de los patriarcas.
Era la tercera vez que encontraba su emblema ese día.
Después entró allí y, cuando la puerta se cerró tras su espalda, sintió que el templo acababa de tragársela.