CAPÍTULO 28
Las murallas amarillentas de Teff se alzaban con un porte majestuoso cercando la ciudad como si fueran una corona y guardaran celosamente la mayor joya en su interior.
Quien quiera que fundara aquella urbe en un pasado remoto se cuidó bien de colocarla en medio de un oasis, donde las palmeras crecían por todos los rincones alcanzando una altura mayor que las propias murallas, y donde el agua y las fuentes abundaban apagando el calor de quienes se acercaban por allí aunque solo fuera de paso.
Atti no habría podido imaginar jamás semejante grandeza: solo una pequeña porción de esa muralla valdría para cercar toda Caliza.
Pero más allá de la opulencia de Teff, lo que atrapó su mirada como si no existiera nada más fue el Mar Vetusto definiendo la línea del horizonte.
Le habría avergonzado reconocer que siempre se lo imaginó solo algo más grande que el pantano, pero en nada parecido a aquella vasta e interminable masa de agua.
El aire húmedo y caliente que transportaba el salitre se le pegaba a la piel produciéndole la incómoda sensación de que la ropa y el sudor se colgaban de su cuerpo, haciendo más pesado y tedioso cada paso por andar.
─¿Te gusta? ─le preguntó Lorick sonriendo con un discreto gesto de satisfacción. Atti encontró el mar reflejado en sus ojos, la pasión que despertaba en el nórdico adentrarse entre sus aguas aun sin saber cuándo volver ni hasta dónde llegar.
─Es un gigante ─dijo Atti pensativa─. Otro milagro de Madre Tierra y Padre Cielo.
A poco que avanzaron, su camino se vertió junto con otros tantos en un sendero pavimentado y custodiado por centinelas que conducía directo a las puertas de Teff.
Atti observó con curiosidad a esos hombres tan distintos de los de Bérika, con eltorso desnudo, la cabeza afeitada yla piel oscura en contraste con sus vestimentas blancas, armados con sables y rígidos como estatuas que cargaban sin quemarse con el peso del sol abrasador.
Poco después se sumaron a la marcha de una caravana en la quecaminantes, carros y animales compartían un único destino: la gran urbe.
Atti nunca había visto a tanta gente junta ni de tantas razas diferentes: la ropa, el color de la tez, los dialectos, el olor que desprendían algunos agrasa de cordero, otros a jabón de laurel o a sándalo y pachulí.
.. Aunque todos y cada uno levantaban el mismo polvo al caminar, y era así, con los pies manchados de ese polvo blanquinoso y seco, con los talones agrietados y los dedos hinchados, la manera en que la ciudad los iba a recibir convirtiéndolos en una marea humana en la que entonces se tornarían indistinguibles, como si la muchedumbre les robara la identidad.
En cierto modo, le tranquilizó que nadie, absolutamente nadie, se fijase en su cicatriz negra.
Y es que, en una ciudad tan grande, no se hacían preguntas.
Cuando estuvieron delante del arco de la entrada se detuvieron mientras la guardia revisaba un carro tirado por bueyes.
Durante ese momento Attaegina descubrió encima de la cornisa del arco un tímpano triangular con inscripciones talladas.
Ella no sabía leer. En Caliza nadie lo hacía, todo se transmitía de forma oral, y eso le hizo sentirse pequeña, insignificante.
Una pueblerina. Lo único que pudo reconocer fue la imagen tallada de una criatura desconocida, como una cabeza de la que salía un puñado de brazos con forma de látigos.
─¿Qué criatura es esa? ─le preguntó a Lorick─ . ¿Existe?
─Claro que existe, Atti. Es un calamar, un animal marino. Se cree que en tiempos de la Antigua Pangea los había gigantescos, más grandes que una nave mercante. Pero tranquila: hoy día no son más grandes que cualquier pez. Es el emblema del Patriarcado de Teff.
─Ah...
En ese instante los centinelas les autorizaron el paso sin hacer preguntas, pues no eran más que una peregrina y un pescador con escaso equipaje.
Pero cuando Atti colocó el primer pie en las baldosas del suelo, sintió que el mar entero con todo el peso del agua le caía encima oprimiendo sus pulmones.
De pronto se vio sepultada por las mareas con la urgente sensación de querer escapar, mascon la terrible certeza de que ya era demasiado tarde.
No podía gritar ni tampoco respirar mientras se tragaba el agua salada y el mundo enmudecíaa su alrededor.
Era un olor, un olor hediondo como de peces muertos, lo último que recordaba.
Y luego, el agua se tornaba toda negra, negra como la tinta. ..
─¡Atti! ¡Atti! ─la zarandeaba Lorick para reanimarla─. ¡Atti! ¡Despierta!
Cuando volvió en sí aspiró una gran bocanada de aire, como si estuviera a punto de ahogarse.
Pero de pronto reconoció la imagen de Lorick y se calmó.
Dos mercaderes y algunos soldados se habían acercado en cuanto la vieron caer al suelo.
Por suerte, Lorick estuvo tan rápido como para sostenerla en sus brazos, casi cogiéndola al vuelo, y evitar que se golpeara la cabeza.
─¿Qué te ha pasado? ─le preguntó Lorick. Atti sintió que su cuerpo no le obedecía hasta que pasaron unos minutos.
─Forasteros, ¿verdad? ─insinuó uno de los mercaderes, el más viejo,acercándoleun pocillo de barro lleno de agua─. Hace mucho calor aquí en el Sur,pero todos nos acabamos acostumbrando. Anda, bebe un poco, niña.
Atti se tragó el agua lentamente y, cuando sintió que la voz había regresado a su garganta, le dio las gracias en un susurro. El mercader le sonrió con su boca medio desdentada. Era moreno, ya canoso, y tenía los ojos tan vivos y brillantes como para compensar la ausencia de dientes.
─Llévala a la sombra, joven ─ le aconsejó a Lorick en tono amigable con un marcado acento sureño ─ . Hay una fuente un poco más abajo.
─Lo haré, gracias ─le respondió el nórdico con parquedad mientras ayudaba a Atti a incorporarse para seguir caminando. El mercader le dio un toquecito en el hombro, ¿qué quería ahora?
─Toma ─le dijo ofreciéndole lo que parecía una fruta seca─. Cómetelo, niña. Te dará fuerza.
Volvió a sonreír. En el fondo hasta le recordaba un poco a Halcón. «¿Otra vez tú, Halcón?», pensó Atti aceptando el regalo. Y le volvió a dar las gracias mientras echaba a andar despacio, aferrada todavía al brazo de Lorick. Cuando se alejaron un poco le preguntó qué era esa fruta.
─Crecen en las palmeras ─le explicó él─. Se llaman dátiles. Pruébalo: es dulce como la miel.
Atti lo mordió despacio sin tener la menor idea del sabor que se encontraría. Y le gustó. Efectivamente, era dulce como la miel y le recordó un poco a las uvas pasas.
─¿Y esto se vende por aquí?
Lorick le sonrió con un deje condescendiente.
─Pues claro, lo hay por toda la ciudad.
Era un amable regalo el del mercader, no cabía duda, y es cierto que se sintió algo más repuesta, pero prefirió continuar caminando cerca de Lorick sin soltar su brazo.
Quería sentirle cerca, notar el tacto de su piel, de su carne prieta y fibrosa.
Y se imaginó cómo sería vivir allí con él en un futuro.
¿Cómo se verían desde esa ciudad las puestas de sol y a qué olería el aire por las mañanas?
En Teff las casas eran construcciones rectilíneas de adobe y paja.
Se agolpaban definiendo callejones muy estrechos que los toldos de colores cubrían para generar sombra, pareciendo desde lejos una especie de tapiz caótico donde cada retal se improvisaba en el acto sin tener en cuenta todo lo demás.
Las ventanas de las viviendas eran muy estrechas, pero en las calles la gente tenía macetas con geranios, albahaca y jazmín.
Seguro que su perfume vestía las noches.
¿Cantarían los grillos allí mientras miraban las estrellas?
¿Verían pasar a los cuervos durante el crepúsculo?
Atti albergaba la esperanza de que Lorick volviese a reavivar en ella la llama que en una ocasión prendió, y estaba dispuesta a darlo todo.
Cualquier cosa por recuperar al amor de su vida.
Cualquier cosa por olvidar de una maldita vez a Halcón…
De pronto se sobresaltó cuando metió el pie en un charco y tropezó. ¿O quizás no era un charco?
─¿Qué es eso, Lorick? ¿Y qué hace en medio de la calzada?
─Son acequias, las hay por toda la ciudad.
El agua bajaba por todas las calles a través de estrechos canales abiertos en el pavimento. Formaba un reguero interminable que desembocaba en el barrio de los pescadores para ir a su encuentro con el mar. Una vez más Attaegina se sintió ridícula, pero al menos había refrescado sus fatigados pies.
─En Teff utilizan un sistema de canalización del agua muy avanzado ─le explicó Lorick─. Nada parecido a nuestros pozos. Por eso la ciudad está tan limpia y hay agua para todos, incluso para regar los jardines, que dan tanta frescura.
─Ya…
En realidad, todas esas cosas que le explicaba Lorick no le interesaban nada.
Habría preferido reírse de su torpeza o que se rieran juntos.
Seguro que Halcón habría hecho algún chiste.
«¡Fuera de mi cabeza, mercader!», se dijo Atti resoplando.
¿Es que no había manera de que no habitara en todos los rincones de su mente?
─¿Te pasa algo? ─le preguntó Lorick. Atti parecía malhumorada.
─Nada, no…
─Pues vamos a que veas el palacio del Patriarca. Es impresionante.