El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

─Tú no eres el único que la echa de menos, Silencio ─refunfuñaba Halcón intentando cepillar al asno, que se había despertado más testarudo que de costumbre.

Habían llegado a media mañana al Rey de la Parra y lo primero que hizo el mercader fue lavar al animal, un refresco merecido tras las últimas y calurosas jornadas de camino─.

¿El nórdico? ¿Que qué me parece? ─Resopló con desdén─.

Un cantamañanas, ¡eso es lo que es! Con su caballo negro y su cabellera al viento, galopando como un gran señor.

Y ella… Ella con él, aferrada a su cintura.

El último recuerdo que tenía de Atti le había corroído por dentro durante toda una noche en la que apenas durmió. Solo se torturó rememorando el momento en que ella desapareció más allá de las llanuras.

─Si ya lo sé, si ya sé que todo es culpa mía.

Que la dejé marchar, sin más. O mejor dicho, la eché.

La eché de mi lado cuando le dije que se fuera con él fingiendo que me daba igual, sin luchar por ella ni un poco.

Tendría que haberle insistido. Tendría que haberle dicho a Attaegina que los celos que siento por ese nórdico me comen como garrapatas desde el día que la conocí… ¡Ay, Silencio! ¡He sido un imbécil!

Halcón le pegó una patada a una piedra con todas sus fuerzas. Cabizbajo y apretando las mandíbulas con rabia continuó acicalando a Silencio, lamentándose por cómo había sucedido todo.

─Será más feliz a su lado ─reconoció con la voz entrecortada─.

Pronto se olvidará de mí y podrá quedarse con él.

¿Acaso no era el amor de su vida? Ella misma lo decía.

Además, yo soy un nawal . Yo lo elegí, con todas sus consecuencias.

El mío es un camino de soledad. No tengo derecho a quejarme.

Ni siquiera tengo derecho a estar enfadado con ellos.

En el fondo estoy enfadado conmigo mismo.

El inclemente sol del mediodía secó la capa de Silencio en escasos minutos, y posiblemente ese día fue el asno más limpio y reluciente de cualquier historia que se haya contado.

Ahora ya estaba listo para descansar una buena temporada en el cortijo.

Halcón lo condujo al interior de las caballerizas.

─Aunque me repugne reconocerlo, Lorick es perfecto para Attaegina. Y la quiere, amigo. La quiere. Eso lo he visto yo en sus ojos. ─Se quedó pensativo─. Lo que no quita que yo la quiera aún más.

Cuando Silencio se instaló en su habitáculo, Halcón salió afuera y cogió de un cesto un puñado de algarrobas secas.

Mordió un trozo, lo masticó hasta sacarle el jugo y luego lo escupió a un lado, sobre la hierba seca.

Su sabor dulce le traía recuerdos de su más tierna infancia.

Entonces, le llevó el resto a Silencio como un premio merecido.

─Has sido un buen amigo ─le susurró bajo la oreja. Se abrazó a su cuello y le dio las gracias sintiendo que el animal entendía todo cuanto le contaba. Menudo compañero de viaje había tenido… Luego le dio un par de palmadas cariñosas y le ofreció una de las vainas. Silencio la masticó con voracidad.

En ese preciso instante, y quizás porque escuchó las mandíbulas del asno crujiendo, uno de los caballos asomó la cabeza. Era un bériko negro. Halcón, que lo reconoció en seguida, lo miró con recelo.

─Nos has estado espiando, ¿eh? ─le dijo─. Pues me da igual, porque eres un caballo y no sabes hablar. Pero si pudieras, sé que se lo contarías todo a tu jinete y los dos juntos os burlaríais de mí y de mi suerte que, por cierto, maldita sea...

Eclipse se limitaba a observar las algarrobas mascando el aire y salivando.

─Son para Silencio, no pienso darte ni una .

Halcón se dio media vuelta para marcharse, pero no avanzó ni dos pasos cuando se giró de nuevo, cogió otro par de vainas y se las ofreció a Eclipse, que se las arrebató en un pestañeo.

─Suerte tienes de que no estén envenenadas ─musitó el mercader.

En realidad no fue ninguna sorpresa ver allí al caballo de Lorick.

El Rey de la Parra era la primera posada que uno encontraba en las afueras de Teff y era obvio que Atti y el nórdico habrían parado en ese lugar.

Pero por las horas que eran, ya no esperaba cruzarse con ellos.

Después de todo, Lorick había terminado por sacarle ventaja.

El comedor estaba lleno a reventar de viajeros y nómadas con mucha sed y mucha hambre, sin embargo Halcón tenía una mesa muy especial reservada en la propia cocina de la casa. Y allí entró, como un miembro más de la familia, sin que nadie se extrañara de su llegada.

─¡Halcón! ─lo saludó una chiquilla morena, de unos once años, con dos grandes aros de plata colgándole de las orejas─. ¡Halcón! ¿Cómo es Bérika?

Halcón robó un puñado de almendras fritas de una bandeja sin que nadie más que la niña lo viera. Se las metió todas al mismo tiempo en la boca y ella se rio por lo bajo.

─¿Bérika? ─dijo mientras masticaba─. Ancha, llana, austera...

─Y, ¿me has traído algo? ─le preguntó con una sonrisa encantadora.

─¡Pues sí! Proserpina, te he traído queso. Todo el que quieras. ¿Qué pasa? ¿No te gusta? Es de cabra...

Proserpina hizo un guiño de decepción.

─Es que yo quería otra cosa, Halcón. No sé, algo más...

─¿El qué? Cuéntame.

─Un anillo, un anillo de hueso de melocotón.

─ ¿No me digas? Tengo una amiga en Bérika que lleva uno de esos.

─Los tallan allí, ¿no? ¿Por qué no me has comprado ?

Halcón sabía perfectamente de qué anillo hablaba la niña y lo recordó de inmediato en el dedo corazón de Atti, en una de esas manos angélicas que jamás volvería a acariciar.

─Bueno, es que en Bérika no hay tiendas.

─¿Qué? ─se extrañó ella como si eso fuera inconcebible.

─Nada, que no los venden. Y mira que pregunté...

─Pues es que ayer por la noche cenó aquí una chica de Bérika. Y me fijé en que llevaba un anillo precioso.

─ Ya, y… ¿te dijo algo?

─ Pues que estaba hecho de hueso de melocotón. Por eso pensé que a lo mejor me habías traído alguno.

─¿Sabes qué? La próxima vez que vaya a la aldea de esa chica le pediré expresamente a algún lugareño que me talle un anillo para ti, ¿vale?

Halcón le guiñó un ojo y le sonrió con ese brillo deslumbrante que afloraba en él sin esfuerzo. Y Proserpina le dio un beso en la mejilla.

─Vale ─se conformó. Y luego se marchó dando saltos hacia el patio interior.

Halcón la observó hasta que despareció de su vista y se admiró de lo mucho que había crecido y de lo bonita que se estaba haciendo.

La primera vez que la vio, hacía aproximadamente cuatro años, Proserpina estaba endemoniada.

Había nacido así, pero casi nunca daba muestras de ello, nada que su abuela no fuera capaz de manejar.

Sin embargo, la noche en que Halcón pidió asilo en el cortijo por vez primera, la niña sufrió una posesión.

El mercader, que hasta entonces había pasado completamente desapercibido en el comedor junto a decenas de itinerantes como él, se acercó a Proserpina y a sus padres con tal firmeza y tanta templanza que no les dio miedo alguno.

Y nada más que con ayuda de su bastón y recitando los decretos que creyó oportunos, sacó del cuerpo de Proserpina a una criatura horrenda y negruzca, con tentáculos de calamar, y la envió a la luz para que jamás regresara.

Como muestra de gratitud, los Parras le prometieron que siempre le darían alojamiento y comida como a uno más de la casa.

─ Venga, Halcón. A comer.

─¡Abuela Igis! ─la saludó el mercader besándola en cada mejilla y tratando de ayudarla a sentarse. La anciana le apartó las manos con un deje orgulloso

─Si necesito ayuda te la pediré. Todavía puedo sola.

─Sí, sí, está bien...

Sobre aquella mesa estrecha y desordenada en un rincón de la cocina había una torta de pan recién hecha cubierta de cebolla asada, olivas negras, anchoas y piñones dorados.

Al lado, un puchero con sémola de trigo, garbanzos y pierna de cordero.

Halcón se relamió de verlo, pero no probó bocado hasta que la anciana comenzó.

─Entonces, ya la conoces ─le dijo la abuela.

Halcón puso cara de no saber de qué le hablaba.

La mujer insistió─. A la chica del anillo.

Una que traía una cicatriz negra en la cara, como esa que yo tengo en el hombro, tú ya me entiendes…

Bueno, que me ha parecido que la conocías cuando Proserpina hablaba contigo.

─Sí, creo que sí… Puede que nos hayamos cruzado a mi paso por Bérika.

La abuela no se lo tragó. Se sirvió un poco de vino.

─Ya, ya me lo imaginaba.

Y continuó comiendo, esperando que saliera de Halcón añadir algo más. Pero el mercader masticaba taciturno, así que la anciana añadió:

─Ese chico la invitó a un banquete. Hasta nos pidió que sacáramos el mejor de nuestro vinos.

Era guapo, sí, y muy bien plantado. ─La abuela Igis se interrumpió para mirar a Halcón tratando de provocar alguna reacción en él.

Nada─. El caso es que ella… Ella comió poco.

Bueno. Decía que no tenía hambre, con todo lo que les habíamos cocinado.

─Ah… ─respondió Halcón, indiferente.

─Después se fueron juntos al patio y se sentaron debajo de la higuera, a solas.

─De nuevo buscó algún gesto en Halcón, alguna mueca que demostrara que le incomodaban sus palabras.

Nada─. Pero él no tardó mucho en levantarse para irse a dormir.

Y ella… Bueno, a ella me la encontré llorando. Y cómo lloraba...

El mercader levantó la mirada de repente y en esta ocasión mostró algo más de interés por las palabras de la anciana.

─A mis años y con toda la gente que veo pasar por aquí cada día, sé detectar perfectamente un mal de amor. No me hace falta ser adivina del templo. Pero, vaya, que no te imaginas cómo lloraba esa pobre chica. Y te aseguro que no era por el rubio…

Halcón dejó de comer y hundió la cabeza en el hueco de sus manos mientras la abuela Igis se cruzaba de brazos y suspiraba con un gesto reprobatorio.

─Entonces, la conoces, ¿verdad?

El mercader se limitó a asentir.

─Pero, vamos a ver, Halcón, ¿desde cuándo te dedicas a ir por ahí seduciendo a las mujeres? Yo pensaba que a los nawales eso no os interesaba.

─Y no nos interesa. Ella a mí no me interesa ─mintió. La anciana no le creyó.

─Ya… Pues para no interesarte, bien que se ha enamorado de ti. Que digo yo que algo le habrás dicho. O hecho.

Halcón había dejado de comer hacía rato, quizás en el momento en que supo que Atti había llorado por él.

─En fin, mi niño. Si yo fuera tú no dejaría escapar a una mujer como esa, tan entera, ¡y con esos ojos! Solo he visto ojos así una vez.

El mercader se quedó pensativo. De repente sabía perfectamente de quién hablaba. Atti, sus ojos, le recordaban mucho a los de su maestro. ¡Era eso! Pero, ¿por qué?

─¿Ha vuelto por aquí? ─le preguntó .

─No, no ha vuelto más… Tenía la esperanza de que te encontraras con él en Bérika. O de que pudiera alguien decirte que lo habían visto pasar.

─Es como si la tierra se lo hubiese tragado.

─¿Y vas a seguir buscándolo?

Halcón se encogió de hombros.

─¿Qué otra cosa, si no?

─Bueno, ten fe, mi niño. Ten fe y aparecerá en tu camino. ─Luego miró el plato de Halcón, todavía lleno─. Y ahora haz el favor de terminarte la comida, que con tanto viaje y tanto nómada te me vas a quedar en los huesos.