El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 26
40%

CAPÍTULO 26

Con el primer canto del gallo Atti ya estaba despierta y lo tenía todo listo para marchar cuanto antes a Teff.

Se había aseado y peinado lo mejor posible para dar una imagen más o menos aceptable cuando llegase al templo.

El pelo se lo había recogido en una trenza una vez más porque ella conocía la magia de los nudos y sabía que, por cada vez que cruzaba los mechones de cabello, podía insertar una bendición. Por eso su trenza era un amuleto.

Todavía tenía el profundo sabor de la tristeza en la boca, así que bebió un poco de agua y después se asomó al balcón de su alcoba para observar la lejanía en silencio, antes de que la posada y todos sus huéspedes comenzasen a despertar: con la luz del día pudo ver que la grandiosa ciudad de Teff se extendía solo un poco más abajo del cortijo.

Sus murallas eran blancas y también sus construcciones rectilíneas.

Y dedujo que los árboles que crecían allí por todas partes eran palmeras, a juzgar por su aspecto y por lo que Halcón le había contado de sus viajes, pues no se parecían ni a los robles ni a las encinas de Bérika.

«O tra vez Halcón... » , se dijo intentando sacarlo de sus memorias.

En ese momento, alguien abrió la puerta muy despacio. Era Lorick.

─Pensé que estarías aún dormida, es muy temprano ─susurró.

─Me desvelé hace un buen rato ─respondió ella sin dejar de otear el horizonte.

Lorick cerró la puerta desde dentro sin hacer ruido y se acercó al balcón con ella. A pesar de la frialdad de su expresión, le dirigió un gesto amable.

─Si estás triste por lo de tu cicatriz, has de saber que para mí sigues siendo la Atti de siempre. Igual de hermosa.

Ella se sonrojó. No se lo esperaba después de lo poco receptiva que había estado con él la noche anterior. No era por la cicatriz, pero tampoco podía contarle a Lorick la verdad sin hacerle daño. Después de todo, él la había tratado como a una emperatriz.

─Perdóname, Lorick ─se disculpó─. Sé que ayer todo fue muy extraño y forzado… Fui una ingrata contigo.

─No tienes por qué disculparte.

─Sí, escúchame: tú has venido desde Caliza otra vez para buscarme. Te has preocupado por mí. Me has acompañado hasta aquí y ayer me invitaste a un banquete en este magnífico lugar. ¿Y yo? ¿Te lo agradecí en algún momento?

Lorick se adelantó y le acarició los hombros con la mayor elegancia que supo.

─Atti, jamás te habría pedido explicaciones. Han sido días difíciles también para ti. Pero ahora ya hemos llegado a Teff y estamos juntos.

Attaegina quiso refugiarse entre sus brazos y su pecho. Le habría gustado encontrar en ese hueco la intimidad suficiente, el consuelo y el cariño que necesitaba. Sin embargo, el cuerpo de Lorick seguía pareciéndole rígido, frío como el hielo.

─¿Y tú qué vas a hacer ahora? ─le preguntó ella, quizás para romper el silencio y evadir cualquier posible situación incómoda. Lorick pareció entenderlo y se apartó con sutileza.

─Si te digo la verdad, me gusta Teff. Así que es probable que me quede un tiempo aprovechando mi regreso. Me iré al varadero, seguro que cuentan conmigo. Allí ya me he hecho un nombre, ¿sabes? Por pescar al Príncipe.

─Entonces, ¿qué pasa con Caliza? ¿Y con tu padre? Oberón tiene muchos planes para ti.

Lorick resopló con resignación.

─Los planes que tenga mi padre no son asunto mío. Ese hombre tiene fijación por controlar la vida de todo el mundo… ¿Crees que está contento conmigo, a pesar de todo?

Atti no podía creerlo. Si cuando Oberón hablaba de Lorick este parecía el mayor de sus logros...

─Ahora que conozco la ciudad de Teff, no me apetece regresar mucho por Caliza, Atti. Nuestra aldea es entrañable, sí, un lugar perfecto para criarte cuando eres un niño… Pero se me ha quedado pequeña. Por eso me alegré de que hubieras decidido marcharte tú también.

─¿En serio? ─se extrañó ella. Pensaba que los comentarios de apoyo de Lorick a su decisión eran solo simple diplomacia para un primer encuentro, pero que en el fondo le molestaría que ella se hubiera ido.

─Pues claro que lo digo en serio. Aquí vas a conocer mundo, gente de todas partes, otras realidades. Hasta otras comidas, otros olores, otros colores… Digamos que una de mis mayores preocupaciones durante todo este tiempo era pedirte que te vinieras a vivir aquí conmigo.

A Atti le dio un vuelco el corazón. ¿Se trataba de una declaración formal?

─¿Cómo que vivir…? ─titubeó empezando a ponerse nerviosa.

Lorick le hizo un guiño, como si supiera algo que ella no.

─Exacto. Quería hacerte una proposición y deseaba que estuvieras de acuerdo en dejar Caliza atrás, aunque sé el amor que sientes por tus hermanos y lo mucho que te van a echar en falta.

En ese momento, Lorick escarbó en un bolsillo y extrajo…

─¿Una perla? ─se sorprendió Atti creyendo que se iba a desmayar de un momento a otro.

─La que se tragó el Príncipe. Sí. La tenía él, el muy avaro. La perla de la princesa. Le conté a todo el mundo que no había ninguna joya en sus tripas porque quería quedármela yo. Me pertenece.

─Lorick... ¿Te das cuenta de que podrías venderla por una fortuna?

El nórdico parecía muy seguro de sí mismo mientras la miraba con un sentimiento cada vez más ferviente. Se arrodilló ante ella y le cogió una de las manos para ponerle la perla en la palma :

─Esta no la vendo, Atti. Alguien prometió que quien la encontrase, se casaría con la princesa.

Lorick le cerró los dedos sobre la perla y no dijo más.

Esperaba una respuesta, tal vez. Pero a Attaegina el cielo se le desplomó sobre la cabeza.

Se puso a temblar y hasta se mareó… ¿Qué debía responder?

Cuando Lorick se dio cuenta de su malestar, rápidamente se levantó y la sujetó con la mayor delicadeza que pudo, aunque a ella sus dedos seguían pareciéndole gélidos y duros.

─Atti, perdóname. Quizás he ido demasiado rápido. Apenas hemos tenido tiempo de hablar cara a cara y llevamos un año sin vernos y… En fin, soy un idiota. Perdóname.

─No diga eso, no eres ningún idiota. ¡Eres increíble!

Esa historia del Príncipe, la perla… Me honra que hayas conseguido semejante tesoro para regalármelo, y sé que jamás en lo que me queda de vida recibiré un presente ni la mitad de valioso.

Solo que me parece muy pronto para decidir algo tan importante así, de repente.

Y creo que… Todavía no estoy preparada.

El gallo cantó por segunda vez y su estridencia llegó en el momento oportuno para interrumpir una conversación que se estaba volviendo realmente inoportuna.

Lorick se limitó a guardarse la perla y se quedó callado, cabizbajo.

Entonces Atti fue quien se acercó esta vez, quizás arrepentida por hablar con tanta franqueza, frustrada porque todo estaba saliendo del revés.

Le acarició las manos suavemente en un intento de darle algo de cariño cuando él se fijó en su anillo, no sin cierto recelo.

─Lo talló mi hermano ─le explicó ella, que ya se había dado cuenta de que el dichoso anillo de hueso de melocotón no había pasado desapercibido para ninguno de sus dos competidores.

─Pues se le da bien, sí. ─Le cogió el dedo y, ahora más relajado, se lo giró despacio para admirar en su totalidad la pequeña obra de arte de Tauh. No añadió más y se dio la vuelta para marcharse, pero Atti lo retuvo .

─Lorick, yo aún tengo que ir al Templo del Laurel. No sé cuánto tiempo permaneceré allí, pero necesito recuperar mis dones, perfeccionarlos, definir mi talento y descubrir de qué soy capaz. Y entonces, cuando salga, te prometo que...

─¿Para qué? ─intervino él─. ¿Para qué, o para quién, haces esto?

¿Es por ti? ¿O es que el consejo te está presionando?

Créeme, conozco a esos ancianos tanto como tú.

No sé qué te habrán dicho. Mi padre me contó que elúltimo consejo fue muy tenso y que algunos arremetieron contra ti sin contemplaciones.

─Es por mí. De verdad, lo hago principalmente por mí.

─Luego dudó─. Bueno, a lo mejor también lo hago por los ancianos, vale, no lo voy a negar.

Necesito recuperar mi puesto en el consejo, volver a ser útil para la aldea.

No puedo evitar sentir que les debo algo, que esperan grandes cosas de mí.

Ay, Lorick… Siempre fui la chica oráculo.

No sé hacer otra cosa. ¿Qué va a ser de mí si ya no puedo ejercer mi papel?

El nórdico la escuchaba, inexpresivo, aunque Atti intuyó que sus argumentos no le sonaron convincentes.

Pues claro que no, ¿cómo iba a convencer a nadie, y menos a Lorick, con lo perspicaz que era, si hasta hacía menos de un día quería convertirse en nawal y abandonar Caliza por un camino de vida itinerante en busca de su propia verdad?

¿O solo quería escoger ese camino para seguir a Halcón?

─Hagamos un pacto ─le propuso él mirándola de frente─. Ve al templo. En ese lugar seguro que hallas las repuestasque ahora necesitas. Y cuando salgas, yo estaré en los puertos,allí me encontrarás en cuanto preguntes. Te voy a esperar, Atti, todo el tiempo que haga falta. No me voy sin ti.

Attaegina no supo qué responderle. Él se había mostrado tan generoso, tan paciente, tan comprensivo.

.. ¿Por qué no podía amarlo igual que hacía un año?

¿Qué diablos había cambiado en él, en ella?

¿Tanta huella le había dejado conocer a Halcón, a ese mercader quisquilloso y egoísta que no se comprometía con nadie?

─ ¿Lo hacemos? ─ insistió Lorick . Y le tendió una mano con los dedos abiertos. Ella, suponiendo que no tenía otra opción, entrelazó sus dedos con los de él y, después, ambos los cerraron con fuerza, como símbolo de que dicho pacto quedaba hecho. El gallo cantó por tercera vez.