CAPÍTULO 25
La posada se encontraba en un cortijo en medio de campos interminables de olivos y viñedos.
Su nombre, El Rey de la Parra , daba buena cuenta de qué había llevado a esa familia a conocer la fortuna, pues cada año vendían tanto vino como para inundar Caliza entera.
Decenas de barricas de roble ocupaban sus inmensas bodegas, como semillas germinando bajo tierra.
Pero a Atti esa noche le sobraba hasta el más exquisito de los vinos.
En la mesa que habían preparado para Lorick y para ella cuando llegaron no quedaba hueco para un solo plato más de comida.
Todo era grandilocuencia, sabores y aromas de las provincias del Sur que nunca existirían en Caliza, que su paladar no habría imaginado jamás… y que apenas cató.
─Atti, deberías probar el pescado marino ─le insistía Lorick─. No tiene nada que ver con las truchas de Bérika.
─No me apetece ─le respondió ella, taciturna, mirando al infinito.
─Pero, ¿qué te ocurre? ¿Te encuentras mal? Puedo pedirles que cocinen algo más suave para ti.
Attaegina negó con la cabeza. Se le había cerrado el estómago y lo único que quería era subir a su alcoba, quedarse dormida y desaparecer hasta la mañana siguiente con la esperanza de despertarse sin acordarse de Halcón…
─He pasado en Alandum los últimos meses ─le contó Lorick con gran entusiasmo─. Y he trabajado a menudo en los puertos de Teff, como marino mercante.
Atti lo miró sorprendida. Así que no había ido a cazar ningún uro, como el resto de los jóvenes.
─Entonces, ¿has navegado en altamar?
Lorick asintió orgulloso mientras se tragaba un trozo de torta encebollada con piñones.
─He vivido durante meses en medio del mar.
No te puedes imaginar, Atti, qué sensación de libertad, en medio de la nada, sin montañas ni cordilleras que cierren el horizonte.
─Se untó pasta de berenjena y sésamo en un pedazo de pan ácimo.
Le ofreció a ella, que no quiso comer, y después prosiguió─: He ganado bastante dinero, oro, ¡oro de verdad!
Mi padre se va a sentir orgulloso. Y, por cierto, no he llevado ningún uro a la aldea: ya lo sé, era lo que esperaban todos. Pero he cazado algo mejor.
─¿Sí? ¿El qué? ─le preguntó Atti muerta de curiosidad. ¿Qué otras bestias existían más allá de las mesetas?
─Un gran azul ─le respondió. Y luego dio un par de mordiscos generosos a un pedazo seco de atún ahumado. Attaegina se quedó indiferente porque no sabía qué era un gran azul─: Es un pez, un pez enorme.
─¿Como un lucio?
Lorick se rio.
─Tres veces más grande que un lucio y muchísimo más pesado, con una fuerza que puede arrastrarte durante horas a través de la aguas. Pues bien, había uno todavía más grande y pesado que los demás. En el varadero de Teff lo llamaban el Príncipe.
─¿Por qué? Y, ¿cómo sabían distinguirlo de los otros?
Lorick dio un trago a su copa de vino.
─A simple vista todos los grandes azules adultos se parecen.
Pero, una vez que veías al Príncipe, a ese lo distinguías en seguida.
Tenía los bigotes larguísimos, y era tan grande y viejo que hasta le habían crecido aletas por lugares que el resto de su especie no tiene.
Y el color de sus escamas había pasado del azul a un negro reluciente.
─Entonces, ¿por qué Príncipe ? Más bien diría que me hablas de un rey.
─Pues porque cuentan que ese pez se tragó hace mucho, muchísimo tiempo, la perla del anillo de una princesa.
Muchos pescadores trataron de darle caza, pues el padre de la dama prometió que aquel que recuperase la perla se casaría con su hija.
Pero las generaciones de pescadores iban envejeciendo mientras que el Príncipe seguía vivo y vigoroso, creciendo y engordando con esa joya en sus tripas.
─¿Y me quieres decir que a ese es al que tú pescaste?
Parecía un cuento. Sin embargo, no era extraño que un joven como Lorick, tan osado y sagaz, lo hubiera logrado. El silencio habló por él, que simplemente sonrió con ufanía mientras bebía una taza de jugo fresco de pepino y yogur con hierbabuena.
─Lo pescaste con ese arpón que llevas a cuestas, ¿verdad? ─dedujo Atti.
─Sí. Desde entonces se ha convertido en mi mejor arma.
En cuanto al Príncipe, he llevado su esqueleto a Caliza.
Con sus raspas se pueden hacer arcos y agujas de tejer.
La cabeza me la he quedado yo, como trofeo.
Y la carne, la vendí cuando aún estaba fresca en el puerto de Teff a cambio de mucho, mucho oro.
En cuanto corrió la voz de que el Príncipe había sido capturado por fin, todo el mundo quiso probar un bocado.
Pero solo los senadores y las familias más selectas pudieron pagar por ella.
Hasta el Patriarca, Nabor XIII, vino a llevarse la mejor de las tajadas. Lo conocí en persona…
─Vaya… ─opinó ella, pensativa, sin saber muy bien qué aportar a la gran aventura de Lorick tras un año de rutina en la humilde Caliza─. Y, ¿la perla? ¿Todavía estaba en sus tripas?
Lorick hizo un guiño interesante, como si no quisiera contárselo aún. Después de unos instantes, negó con la cabeza.
─No, no estaba la perla. ¿Quién sabe? Tal vez nunca se la tragó. Pero, verdad o mentira, esa leyenda había sido la clave de su éxito. Y a mí, personalmente, me vino de maravilla.
«Cómo has cambiado, Lorick», pensó Attaegina mientras lo observaba comer.
¡Y qué apetito! En verdad que siempre había sido tenaz, resuelto, solitario.
Si la labor de cazar un uro salvaje ya se consideraba intrépida, Lorick había escogido ir un paso más allá y hacer algo diferente a todos los demás para quedar aún más por encima del resto en cuanto a valor y osadía: ¡pescar al Príncipe de los mares de Teff!
Nadie dudaría en la aldea de que el nórdico era insuperable.
Pero, por otro lado, Atti no había pasado por alto su creciente interés por los negocios y por el oro, por el refinamiento de la vida en Teff, sus relaciones con la alta jerarquía de la ciudad.
Ya no parecía un vulgar habitante de las cordilleras, esas tierras del interior tan austeras como las sopas de ajo.
No se parecía tampoco al chico que doblegaba a los caballos más indómitos por las llanuras de Bérika, con las rodillas peladas y manchadas de sangre seca.
Aún menos recordaba al joven callado y de mirada gélida que la había besado tímidamente junto al río solo un día antes de emprender su viaje iniciático.
«No, Lorick, no… Ya no eres ese», se dijo Atti.
Y de pronto le sorprendió hallar en él un incipiente parecido con Oberón que nunca antes había detectado.
─¿No tiene hambre? ¿Nuestra comida no es de su agrado? ─le preguntó una mujer bien entrada en años apareciendo a su lado inesperadamente. Attaegina se sobresaltó al notarla tan cerca porque no la había visto llegar.
─Está todo delicioso, señora ─se excusó─, pero esta noche… Perdón, pero no tengo hambre.
La mujer asintió con amabilidad. Era morena y pequeña, ancha de caderas y con el cabello atestado de canas. De sus orejas, flácidas por la edad, colgaban dos enormes pendientes de plata fina con filigranas grabadas que, tras muchos años de uso, habían hecho mella en sus largos lóbulos.
─Tal vez le venga bien algo para templar el ánimo ─insistió la mujer. Atti creyó que le había leído el pensamiento, como si la anciana no perdiera detalle. Mientras Lorick seguía masticando, le susurró al oído─: Le prepararé algo que entibie su corazón, por si se le ha quedado frío.
Y se retiró dejándolos solos de nuevo. No quedaba nadie más en el comedor, pues era tarde y todos los huéspedes, en su mayoría viajeros y mercaderes, seguramente andaban ya por sus dormitorios venciéndose al sueño reparador tras días y días de caminatas y caravanas.
Cuando Lorick vació prácticamente todos los platos, también ellos se marcharon a reponer fuerzas.
Un hermoso patio interior hacía de puente entre el comedor y las habitaciones de los huéspedes.
En el centro, una fuente manaba agua ininterrumpidamente, y su delicado rumor invitó a Atti a permanecer allí respirando el perfume de los jazmines que se enredaban en las celosías.
─¿Quieres que nos quedemos por aquí un rato?
─le preguntó Lorick. Attaegina, sin decir nada, se sentó en un poyo y él la siguió.
Sobre sus cabezas, las ramas de una vieja higuera se abrían formando un techado que durante el día ofrecía frescor y sombra a los visitantes.
Sus frutos, que prometían una buena cosecha para finales del verano, perfumaban el aire con una sensualidad afrutada.
Además, había candelas dispuestas por todo el patio, y su luz tenue proporcionaba al lugar un encanto fuera de lo común.
La calidez del fuego recordaba al sol de los atardeceres, a los ojos de Halcón…
─Atti, ¿te encuentras bien? Deberías irte a dormir. Mañana es tu gran día, ¿no?
Pero ella no quería dormir. Y tampoco quería hablar. Solo quería quedarse sola y aquietar el ruido de su cabeza, si es que era posible.
─Cuando mi padre me contó que habías decidido marcharte al Templo del Laurel no supe qué decir ni qué pensar. Sabrás que has levantado muchas opiniones en contra, me imagino…
─Contaba con ello ─le respondió ella con apatía.
─Ya, si no digo que me parezca mal, es solo que…
No sé, de todas las chicas que había en Caliza, creo que de ti era de quien menos me esperaba que lo dejaras todo atrás para salir de la aldea.
Pero, ¿sabes qué? ─Se acercó un poco más a ella y le pasó un brazo por encima de los hombros─.
Que yo pienso que has hecho lo correcto.
Salir de Bérika da mucha perspectiva. Y tengo la sensación de que estabas muy desaprovechada sirviendo al consejo de ancianos y a tu familia siempre, todo el día.
Nunca estabas cuando iba a visitarte, nunca.
Atti se molestó por su comentario. Le fastidió que Lorick no la hubiera creído capaz de marcharse antes que a las demás.
Sin embargo agradeció que, lejos de lo que había vaticinado Oberón, la apoyara en su decisión de prosperar.
Aun así, el brazo de Lorick sobre su hombro se le antojó rígido y frío como el mármol.
─Tenía que hacerlo, Lorick. Y cuando regrese, con todo lo que voy a aprender en Teff, demostraré al consejo la eficacia de mis dones.
─Explícame eso. ¿Qué ha pasado con tus dones? Ha sido todo tan rápido que no sé si he comprendido bien. Me dijeron que habías perdido la capacidad. Pero, ¿por qué?
Ella se encogió de hombros y con un nudo en la garganta respondió:
─Nadie lo sabe.
Lorick se quedó pensativo. Luego añadió en tono suspicaz:
─Y, ¿no habrá sido ese nawal ?
─¿Ya estás otra vez con eso?
─Los nawales conocen la alquimia, hablan con los espíritus. ¿Y si te ha robado el don?
─¡Lorick, basta ya! Halcón lo único que ha hecho ha sido ayudarme. No la tomes más con él.
Era obvio que el diálogo no fluía entre ellos, ni las palabras ni tampoco el lenguaje corporal.
Lorick se mantuvo unos minutos más rodeando los hombros de Atti con la esperanza de que ella se relajara sobre él, de que sus cabezas se acercaran y sus bocas se buscaran.
Pero pasado un buen rato, al notarla tan tensa y esquiva, se retiró.
Solo los grillos llenaron el hueco del inmenso silencio que ellos fueron incapaces de romper.
─Me voy a dormir, Atti. Mañana te veré ─concluyó, frustrado.
Se levantó y se marchó sin más. Mientras se alejaba, ella observó su figura, su cabellera rubia y desmelenada.
Lorick siempre le había parecido guapo y ahora lo estaba aún más que nunca.
Pero el cuerpo no le respondía en su presencia.
No como cuando Halcón pasaba cerca y su sangre se alborotaba…
La anciana del comedor interrumpió sus reflexiones cuando apareció en la penumbra del patio, llevando en las manos un tazón caliente que depositó muy despacio encima del poyo.
─Bébetelo, hija, antes de que se enfríe. Que no has cenado nada.
─Muchas gracias ─le respondió Atti. Y la anciana, sonriéndole, le dio las buenas noches y se retiró.
Cuando al fin se quedó sola, Atti comprendió que todo había salido mal, que esa tarde había sido desastrosa.
Cuando empezaba a creer que Halcón siempre llegaba a todo antes, de pronto se presentaba Lorick a lomos del veloz bériko negro y recuperaba en una tarde toda una semana de desventaja.
Ironías de la vida. Si no había cenado no era solo por tristeza, sino también porque una parte de ella no quería borrar de sus labios el sabor de los besos del mercader, por mucho rencor que le guardara en ese instante.
Por otro lado, ver a Lorick tan cambiado y después de tanto tiempo sin saber de él era como haberse encontrado con un completo desconocido del que jamás estuvo enamorada, pues el Lorick al que ella besó hacía un año era diferente.
Tal vez ambos eran diferentes. Y sin embargo, se sentía culpable con él, como si lo hubiese engañado con otro, cuando realmente ellos dos, siendo honestos, nunca pactaron nada y lo dejaron todo en manos del tiempo.
Y tiempo había transcurrido mucho. ¿Qué esperaba encontrarse Lorick a su vuelta?
¿A ella plantada como un espantapájaros en medio de los trigales, aguardando sin más su regreso, sin hacer nada más, sin vivir, sin enamorarse?
Lo peor es que la noche que conoció a Halcón eso no le parecía del todo mal, por eso acudió a esperar al amor de su vida para entregarle su trenza de novia.
Pero, ¿por qué diablos tuvo que aparecer Halcón?
¿Qué clase de mensaje incomprensible le había enviado la guía angélica ?
Estaba hecha un lío, cansada, triste, confundida, y se sentía tan decepcionada que incluso tenía frío a pesar de las brisas tibias de las noches de Alandum.
Pensó que un trago de ese brebaje que le había preparado la anciana podría templar sus nervios, así que sorbió un poco, que aún estaba muy caliente.
El sabor de la canela inundó su paladar, y con él los cardamomos, la hierbabuena, el agua de azahar…
El olor de las especias, su picor dulce y su calor reconfortante le recordaron tanto a Halcón que su corazón se hizo trizas.
«¿Por qué me has dejado ir tan alegremente, como si no te importara nada?
», se lamentaba recordando los últimos minutos que pasó junto al mercader, sus últimas palabras, la indiferencia que mostró hacia ella en cuanto llegó Lorick, como si quisiera quitársela de encima.
«¿Por qué no luchaste un poco más por mí, por tenerme a tu lado?
». Entonces, un reguero de amargas y silenciosas lágrimas brotó de sus ojos vertiéndose directamente en el tazón. No pudo bebérselo.