CAPÍTULO 24
Lorick detuvo a su caballo bruscamente y su larga silueta se apeó casi de un salto para correr hasta donde se encontraban aquellos dos.
Llevaba cruzado a la espalda un arpón enorme, a modo de lanza, solo que era mucho más grande y su hoja de hierro tenía varios dientes.
Attaegina descubrió con asombro que el sol había curtido durante meses su blanca piel dándole un aspecto aún más duro e impenetrable.
Además había crecido, pues ella no recordaba que antes le sacara una cabeza entera.
También era más alto que Halcón. Cuando estuvo frente a Attaegina, por un momento no supo cómo reaccionar: acababa de descubrir la cicatriz negra de su cara.
─¿Qué...? ─titubeó─. ¿Quién te ha hecho eso? Oh, Cielo y Tierra... ¿Estás bien?
Attaegina suspiró aliviada en su interior porque por muy poco Lorick no la había descubierto besando a Halcón, aunque ahora se sentía confundida, culpable.
Y era obvio que también él percibía algo raro en el aire.
Guiado por un instinto muy masculino se giró hacia Halcón con expresión desafiante, pero el mercader, lejos de mostrarse nervioso o a la defensiva, no se dejó intimidar en absoluto.
─No es nada, Lorick ─se excusó Atti intentandoapaciguarlo─. Fue Anut.
─¿Anut? ─se sorprendió─. ¿Has visto cómo te ha dejado la cara? ¡Cuando me lo encuentre se va a enterar…!
─¡Lorick, basta! ─se impuso ella. Puede que fuera una mujer, y también más pequeña que él y no tan fuerte, pero Attaegina de pronto se hizo enorme, tanto que Lorick bajó la cabeza como un perro dócil─.
Anut no tiene la culpa, ¡ni se te ocurra decirle nada!
Yo ya lo he solucionado. Y solo es una cicatriz. No se acaba el mundo por eso .
Le había dado un golpe al ego del impetuoso nórdico, que se limitó a asentir en silencio. Luego, bastante más sereno, dijo:
─Perdona, Atti, lo siento, siento si he parecido un bruto.
.. Pero es que en la aldea están todos muy preocupados por ti.
El caballo de tu hermana llegó solo hace varios días, esa misma noche regresaba yo.
Cuando me contaron que te habías ido al Sur y les dije que no me había cruzado contigo por el camino, tu padre no sabía qué hacer.
Quería venir él mismo a buscarte. Lo convencí para que se quedara en casa y, a la mañana siguiente, casi sin descansar, decidí explorar todas las rutas posibles para saber si te había pasado algo.
Por si fuera poco, ha habido ataques de alimañas donde antes nunca se acercaban.
Así que Lorick y ella por muy poco no coincidieron, fue cuestión de horas.
.. Atti le agradeció que se hubiera preocupado tanto, sin embargo, nunca lo había notado tan susceptible: era la presencia de Halcón, no cabía duda.
Lorick tenía que aparentar dureza delante de ese forastero, especialmente porque ella estaba presente.
─Tú debes de ser el mercader, ¿no? ─le espetó a aquel con un deje peyorativo. Su presencia era fría y rígida como una fortaleza de piedra.
─Halcón de Sari, para servirte ─le respondió el mercader sin faltar a su habitual diplomacia y a sus buenas maneras.
Y le tendió la mano. Lorick, algo contrariado por su cortesía, le correspondió con el esperado saludo.
Después de todo, la gente de Caliza respetaba los modales correctos.
Pero más allá del protocolo, esos dos eran como agua y aceite, Atti ya lo había percibido─. Deduzco que te han hablado de mí.
─Sí, estás en boca de todo el mundo en Caliza. Tu paso por nuestra aldea ha sido alborotador. Mi padre me contó que los ancianos te echaron el mismo día que llegaste, por mentiroso.
Lorick trataba de provocarlo a pesar de las miradas de Atti, miradas censoras que esquivaba concienzudamente por miedo a enfrentarse a ella .
─Mentí para preservar mis asuntos privados ─se defendió Halcón con una sonrisa parsimoniosa─, algo que vuestros ancianos no parecen saber respetar.
─¡Halcón! ─lo reprendió Attaegina. Y el mercader se quedó callado─. ¡Ya está bien, parecéis dos niños!
─Pero Atti, ¡es un nawal ! ─arguyó Lorick, como si se tratase de algo muy grave.
─¿Y qué? ¿Y qué si lo es? Salvó a Anut. ─Lorick no replicó─. Y también me salvó a mí, de las alimañas. ¿De qué se le puede culpar?
Lorick no abrió más la boca. Y es que Atti había desmontado cualquiera de sus pretextos para ser enemigo de Halcón.
Lo que le quemaba por dentro era su orgullo, su primera derrota frente a ese estúpido mercader que, a juzgar por las apariencias, se había ganado bien la confianza de la chica oráculo.
Incluso intuyó que entre ambos existía cierta complicidad y una atmósfera de intimidad que no le hacía ninguna gracia.
Attaegina se retiró de la escena muy malhumorada con la excusa de recoger sus cosas.
Era una manera de escapar de sus contradicciones, pero su propia tortura mental la perseguía como una sombra: ¿por qué?
¿Por qué después de un año entero sin dar señales de vida Lorick aparecía de repente esa tarde, justo cuando había decidido sincerar sus sentimientos hacia Halcón?
¿Justo cuando la estaba besando como nadie jamás la había besado?
En cualquier caso, su reencuentro con Lorick no se parecía en absoluto a los millones de reencuentros que habían tenido lugar en su imaginación durante meses.
Se tocó la trenza con las manos y se acordó de que incluso había estado dispuesta a cortársela para él.
Ahora no estaba convencida en absoluto de querer entregársela.
─ Bueno, bueno ─ intercedió Halcón tratando de destensar el ambiente ─ , a pesar de todo, habrá que cenar, ¿no? Lorick, sé que hemos empezado con mal pie, pero, ¿te gustan los gamones?
Lorick era mucho más rencoroso que Halcón, desde luego no parecía dispuesto a cooperar.
Y aunque estaba convencido de que el mercader intentaba desafiarle de nuevo con su aparente amabilidad, decidió ignorarlo completamente y se acercó a Attaegina con cierto aire territorial que a ella, por cierto, no le agradó en absoluto.
─Oye, Atti, todavía es pronto. Conozco una posada a las afueras de Teff. Podríamos llegar allí en una hora a caballo.
─¿Cómo? ─respondió ella con incredulidad─. ¿Irnos ahora? No, Lorick...
El nórdico al principio se extrañó por su negativa.
Había dado por sentado que Halcón era un desconocido para Atti, un acompañante variopinto y algo molesto que, por circunstancias del destino, se había convertido en un compañero de viaje casual por el mero hecho de seguir la misma ruta.
Pero entonces se dio cuenta de que no. ¿Acaso se habían hecho amigos ella y el mercader durante los días que habían compartido?
─Atti, es mejor que nos vayamos. No quiero que pases otra noche a la intemperie, si puedo evitarlo, y menos sabiendo que esas alimañas rondan por ahí.
─No podemos, Lorick. Silencio está muy cansado. A estas horas no hay manera de hacer que se mueva. Es tan testarudo…
─Pero, ¿qué dices?
─Se refiere al burro ─le aclaró Halcón esbozando una sonrisa pícara─. El burro se llama Silencio.
Lorick resopló y prefirió no responderle porque para él Halcón era poco más que el asno que transportaba sus alforjas. En vez de eso, insistió con sus planes.
─Atti, por favor, ese burro no es mi problema ni su dueño tampoco. Así que vámonos ya. Eclipse puede llevarnos a los dos.
Attaegina observó al caballo de Lorick. Conocía a Eclipse desde potrillo, era algo así como un primo hermano de Trueno, el caballo de Creta. Y a decir verdad, no le entusiasmaba montarlo.
─Lorick, escúchame. Estoy cansada y ya teníamos planeado pasar aquí la noche. Cenaremos algo los tres y mañana por la mañana…
─Attaegina ─la interrumpió Halcón─, Lorick tiene razón. Deberíais marcharos ya y dormir a cubierto. Así llegarás antes a Teff y al Templo del Laurel.
Lorick lo miró contrariado, tal vez esperando un ataque gratuito, alguna especie de sarcasmo o provocación, pues iba conociendo ya el estilo del mercader.
Pero no: Halcón parecía muy convencido de su propuesta.
Para Atti, en cambio, fue un jarro de agua fría.
O peor, una puñalada. ¿Cómo podía decir aquello tan tranquilo después de lo que habían vivido juntos, después de haberla besado como la besó?
Durante ese viaje había velado por ella, la había acompañado, la había hecho reír…
¡Hasta le había salvado la vida! ¿Es que para él no significaba lo mismo?
Buscó su mirada, quería cruzarse con él y averiguar qué demonios le sucedía. Pero Halcón parecía dedicado en cuerpo y alma a prender una fogata para prepararse la cena. «Mentiroso», pensó mientras se tragaba las ganas de maldecirle.
─Está bien, Lorick ─resolvió levantando la cabeza con dignidad─. Vámonos. Aquí no queda nada que hacer.
Lorick se sintió satisfecho, pero no lo manifestó.
No era propio de él vanagloriarse ni presumir.
Por el contrario, continuó silencioso y frío como el metal mientras esperaba a Attaegina, que casi había terminado de reunir sus escasas pertenencias dentro de los harapos que formaban su fardo.
Lo frunció todo fuertemente con una cuerda y se dirigió hacia donde esperaba Eclipse.
─Adiós, Halcón ─le dijo mordaz cuando pasó por última vez a su lado. De pronto la mano del mercader, rauda como el vuelo de una rapaz, atrapó la suya. Atti se sobresaltó, pero no tuvo tiempo de preguntar.
─Se te olvidaba ─le respondió él. Era la gema.
Halcón se la puso en la mano. Ya no se acordaba de que era él quien las tenía antes de que jugaran en el río, antes de entregarle sus labios…
Trató de borrar completamente esos instantes de su memoria cuando, todavía más enfadada y procurando que Lorick no la escuchara, le clavó sus últimas palabras como si fueran dardos envenenados:
─Los ancianos te vieron venir, Halcón… No como yo, que te he creído como una idiota.
Y se dio media vuelta para no verle más, caminando con poderío y clavando las sandalias en la tierra.
Cuando estuvo subida en la grupa de Eclipse y el caballo comenzó a cabalgar, se aferró con fuerza al torso de Lorick y hundió la cara en su espalda deseando borrar todo el tiempo vivido desde que había conocido a Halcón.
Y el mercader, que se quedó allí inmóvil mientras la oscuridad de la noche se cernía sobre la chopera, continuó embebido en el fuego y en el puchero, removiendo el caldo sin hablar ni levantar la cabeza para verlos alejarse en lontananza.
O quizás allí tan solo estuviera su cuerpo, tieso y sin aliento, porque el vacío había devorado sus ganas de existir.
Dos amargas lágrimas se mezclaron con la sopa que había cocinado: había para dos personas, pero se enfrió sin que nadie se la bebiera.