El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 23
37%

CAPÍTULO 23

«¿Cómo que broma?», pensó ella mientras su cuerpo terminaba de hundirse en el agua.

¡Esa rapaz se la había vuelto a jugar! Cuando sacó la cabeza a la superficie, lo primero que hizo fue aspirar muy fuerte con la boca abierta para coger aire.

Lo segundo, fulminar a Halcón con la mirada.

El mercader, que se deshacía en disculpas aguantando la risa como buenamente podía, le mostró los cristales: seguían en su mano, ¡en ningún momento se había desecho de ellos!

Entonces, ¿qué era lo que había visto Atti?

─¡Eran piedras, lo siento! Solo he lanzado un par de piedras. Es que yo no sabía que eras tan impulsiva…

Attaegina, con el cabello mojado pegado a la frente, se cruzó de brazos conteniendo una mezcla de rabia e indignación con la mayor elegancia posible, si es que se podía ser elegante con aquellas pintas.

¡Esta vez sí que se había enfadado de verdad!

Tuvo ganas de arrojar sobre él todos los improperios que conocía, pero se contuvo, como era natural en ella.

No, no perdería la compostura por ese, ¡por ese… !

─¡Bandido! ¡Estúpido y odioso mercader! ¡Mentiroso abominable! Pero, ¿se puede saber qué se te pasa por la cabeza?

Lo único que consiguió fue que Halcón cada vez se riera más porque los insultos resbalaban sobre él como el agua por la piel y la melena de Atti.

No servía de nada, ese nómada no tenía remedio…

Entonces se rindió porque era todo extrañamente ridículo, porque era un juego.

Y nunca, nunca nadie había jugado así con ella. Ni Lorick ni nadie.

No poco arrepentido, Halcón se acercó a la orilla y le tendió una mano, en son de paz, para ayudarla a salir del agua.

Sin embargo, lejos de lo que se podía esperar, Atti le pagó con la misma moneda y, tirando muy fuerte del brazo del mercader, lo lanzó al río para consumar su venganza.

Ahora los dos estaban empapados y muertos de la risa. En paz.

─¿Qué te pensabas? ─le dijo Atti sin dejar de reírse.

─Así que eres vengativa, chica oráculo… Puede que se lo cuente a los ancianos del consejo, a ver qué hacen contigo.

─¿Y tú? ¡Ay, Halcón! ¡Te portas peor que mis hermanos pequeños! ¿Qué hacía tu madre contigo? Porque no me creo que de niño fueses mejor que ahora…

Halcón sonrió mientras recuperaba un ligero recuerdo de infancia.

─Mi madre algunas veces me castigaba enviándome a caminar por el desierto hasta que me calmaba… Pobre mujer, sé que fui un niño difícil…

Cuando salieron del río toda su ropa chorreaba como una catarata.

Sin embargo, al sol de la tarde aún le quedaba un buen rato para seguir calentando la tierra, y como el aire era seco y tórrido, la tela mojada sobre sus cuerpos casi fue un alivio para combatir el calor.

Atti se descalzó y se sentó sobre la hierba, y Halcón se desnudó de cintura para arriba, momento en el cual dejó al descubierto su pecho: en el centro, a la altura del corazón, tenía una misteriosa marca circular no más ancha que la palma de una mano, de trazo pálido que contrastaba con su oscuro tono de piel, como si fuera una cicatriz.

Era la misma zona de su cuerpo que Atti le había visto frotarse con cierta angustia cuando alguna alimaña rondaba cerca.

Trató de fijarse un poco más sin que él se diera cuenta, pues habría jurado que dentro del círculo figuraban algunas imágenes que reconocía.

Por un instante, Atti creyó distinguir la silueta del Primer Ángel, el mismo símbolo de protección que acostumbraba a dibujar con el dedo pulgar sobre la cabeza de sus hermanos.

Pero Halcón rápidamente le dio la espalda, como si le preocupara que lo hubiera descubierto.

─¿Te duele? ─le preguntó ella. No se dio por aludido y fingió que no sabía de qué hablaba. Atti insistió─. Esa marca, ¿es el Primer Ángel? He visto que a veces te molesta, como la noche en que pasó lo de Anut, ¿por qué?

Era difícil esquivar una pregunta tan directa. Aun así, el mercader volvió a andarse con rodeos.

─Es solo un sello de protección. Me lo pusieron cuando era pequeño.

─¿Quién? ¿Tu maestro?

Atti rememoró el extraño sueño que venía teniendo desde hacía algunos días, ese en el que un niño torug enfermo pedía perdón pareciendo que suplicara por su vida.

Más que un sueño, se había fijado en su mente con la claridad de un recuerdo, como si ella hubiera estado allí mismo, como si hubiera sucedido de verdad.

¿Era Halcón aquel niño? ¿Qué le hizo ese nawal que tanto miedo le daba?

Halcón se cubrió el pecho e intentó cambiar de tema.

─Es un amuleto, como ese anillo que llevas, supongo ─se excusó.

─Sabes que no es lo mismo.

─Y tú sabes demasiado y todavía quieres saber más.

El mercader se cruzó de brazos, como si cerrara una ventana por la que Atti intentaba meter la cabeza para curiosear.

─Pero, ¿qué te cuesta? ─protestó ella. Halcón negó con la cabeza.

─El camino de un nawal está lleno de peligros. Si las alimañas de la otra noche te asustaron, no te recomiendo que sigas.

─Podré superarlo... Si me haces nawal , estaré a la altura.

─¿Todavía sigues con eso, Attaegina? ─se rio─. En serio, olvídalo. Olvida a los nawales . ─Su brillante mirada se ensombreció de repente─. Y olvídate también de mí...

Su alma se partió en dos al pedirle aquello. Y en más pedazos cuando descubrió que los ojos de Atti se humedecían.

─Me pides un imposible, Halcón, porque yo ya no puedo olvidarte por mucho que me empeñe .

Los sollozos ahogaron su voz mientras se giraba inútilmente para que Halcón no la viera llorar.

Ya no podía contenerse, es más, ya no se avergonzaba por lo que sentía porque un trozo de su ser viajaría eternamente con él fuera cual fuera la distancia que se interpusiera entre ambos.

Puede que su primer encuentro hubiera sido brusco, imprevisto, hasta molesto, pero era evidente que estaban destinados a cruzarse el uno con el otro.

Y ahora que se habían conocido, ahora que sus caminos se habían enredado de la más impredecible de las maneras, ¿cómo desenmarañar los sentimientos intercambiados, las miradas cómplices, los secretos compartidos, los silencios en compañía?

Las manos de Halcón se posaron sobre sus hombros con la calidez de un suave aleteo, definiendo con sus dedos el contorno de sus brazos a medida que se deslizaban por encima de su piel, muy despacio.

Atti sintió que un profundo escalofrío la recorría de principio a fin cuando notó su cuerpo detrás de su espalda, muy cerca, emanando calor.

Se le erizó el vello de la nuca cuando él olió su pelo, hundiendo la nariz en su cuero cabelludo.

Suspiró cuando él comenzó a abrazarla sin decir nada.

Se quedaron así durante un rato, como si pudieran perpetuar ese momento para siempre.

De alguna manera queno comprendían, ya lo habían hecho en otras ocasiones.

El tiempo se detuvo. Halcón apoyó su barbilla en el hombro de Atti y le susurró al oído:

─Piénsalo bien. Y cuando salgas del templo, si has de convertirte en nawal , el Cosmos planeará nuestro reencuentro. Es la magia de mi estirpe. Así es como funciona.

─¿Y si no nos reencontramos, Halcón? ¿Y si el Cosmos no quiere? ¿Y si resulta que…?

Halcón la giró con delicadeza para mirarla a la cara. Le enjugó las lágrimas con suma dulzura acariciando la negra cicatriz de su mejilla. Era escasa la distancia que separaba sus cuerpos cuando sus frentes reposaron la una sobre la otra.

─ Attagina, escúchame…

─¿Y si resulta que me estoy enamorando de ti ?

Atti no se mostró avergonzada. No se arrepentía de haberlo expresado por fin con palabras.

Mientras tanto, Halcón se quedó quieto, callado, sin aliento, tratando de controlar su reacción.

No fue capaz de responder porque se había perdido en la visión de su rostro, en la luz que envolvía su piel, en el olor que transportaba, un aroma fresco como el del agua que brota virgen de un manantial entre las rocas.

Una brisa templada sacudió las copas de los chopos y sus semillas, blancas y algodonosas, como si nevara en vísperas del verano, se sostuvieron en el aire en forma de copos que flotaban sin terminar de caer, otorgando a ese lugar la magia del silencio que solo las libélulas, con su vuelo etéreo, cruzaban sin quebrar.

Algo dentro de ellos latía al mismo ritmo y con la misma intensidad mientras sus cuerpos, obedeciendo al instinto, se acercaban más para acudir al encuentro de dos almas que parecían conocerse desde tiempos lejanos.

Cuando Atti apoyó su vientre en el de Halcón, sintió una sacudida de calor.

Él la rodeó con sus brazos muy despacio.

Era sinuoso como las luces cobrizas del crepúsculo, que se derramaban sobre el agua del río con la lentitud de la miel.

Ella deslizó las manos por su pecho, tímida, sintiendo el ritmo fluctuante de su respiración como un baile envolvente que la invitaba a dejarse llevar, y notó muy cerca su aliento caliente, su boca acostumbrada a la sed.

Acarició los labios del mercader con la yema de un dedo.

Estaban curtidos porque el sol del desierto los había quemado en más de una ocasión, pero posiblemente eso le dio más ganas de besarlos.

Finalmente, cuando levantó la mirada se quedó atrapada dentro de sus afiladas pupilas.

─¿Qué soy para ti, Halcón? ─le preguntó con un hilo de voz.

Silencio. Ninguna palabra que exista sería capaz de contener todos los sentimientos que Attaegina había despertado en Halcón desde el día en que se conocieron, así que, por toda respuesta, el mercader la besó.

Lo hizo con la misma sutileza que la cadencia sedosa de la arena, con la sensualidad de la mirra ardiendo sobre las brasas, fundiéndose con el fuego.

Y los labios de Atti, frescos como agua cristalina, saciaron en él una sed antigua y extraña que, sin recordar cuándo, se había convertido hacía tiempo en su dolorosa compañera de viaje por los caminos solitarios del nawal .

El tiempo se había vuelto a detener, y con él las libélulas en su vuelo y las semillas de los chopos en su diáspora.

Estáticas, quietas, se tornasolaban con la paleta de colores del ocaso.

Pero los labios de Halcón no abandonaban los de Attaegina, que brillaba en ese instante con el aura lumínica de los ángeles, y bebieron de ellos incansablemente…

Hasta que el sonido un caballo acercándose a toda prisa abrió una grieta entre ambos y se separaron de inmediato para descubrir quién iba a sumarse pronto a la escena.

Cuando de repente un bériko negro se abrió paso a través de la chopera, Atti escudriñó a su jinete y ya no le cupo ninguna duda:

─¡Atti! ─la llamó aquel acudiendo de inmediato hasta donde se encontraban─. ¡Atti! ¡Por fin!

Attaegina se quedó pálida y confusa, sin saber qué hacer ni qué decir ni por qué el destino se reía de ella de esa manera:

─Ese... Ese es Lorick.