El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

─¡Alégrate, chic a! Mañana a estas horas ya estaremos en Teff.

Era la última jornada de camino y el mediodía comenzaba a declinar.

Silencio no quería seguir ni ellos dos tampoco.

Habían llegado a una chopera regada por un río generoso en su caudal, un enclave verde y sombrío en medio de los caminos amarillentos del Sur.

Perfecto para descansar antes del gran día, la gran aventura de Teff.

Pero Atti no se alegró ni lo celebró. Silenciosa y cabizbaja, aprovechando que Halcón dormitaba a la sombra, se acercó a la orilla para lavarse la ropa, pues suponía que no podía presentarse en el Templo del Laurel cubierta de polvo hasta las cejas.

Mientras frotaba su túnica de lino blanco, sus lágrimas se vertían en el río perdiéndose en el imparable camino del agua.

Un camino eterno, cíclico y sin fin, como el de los nawales …

De pronto, el aroma de Halcón se hizo presente a su lado.

A pesar de su fingido buen humor, también él se veía más serio que habitualmente.

─Y tú, ¿qué harás después? ─le preguntó Atti sin mirarle─. Mañana, cuando yo ingrese en el templo, ¿tú a dónde irás?

─Seguiré hacia el sur. Ya te lo dije. Continuaré buscando.

No parecía convencido. Se hacía raro ver a Halcón sin esperanzas.

─Seguro que esta vez lo encuentras.

Él no respondió. Mientras tanto, Atti escurrió muy bien su túnica y la puso a secar al sol extendida sobre una roca.

─Pues yo no sé si regresaré a Caliza después del templo, Halcón.

─Ah, ¿no? ─se sorprendió el mercader─. Y, ¿qué piensas hacer después? En una aldea como la tuya, vete tú a saber qué dirán de ti…

Ella ya lo había meditado bien. Era el momento de decírselo. Así que se irguió, levantó la cabeza y pronunció con determinación:

─Hazme nawal .

Halcón no daba crédito. No fue capaz siquiera de contestarle. Y su silencio le molestó.

─Te pido que me inicies, que me hagas nawal . ¿Por qué no?

─Attaegina… Yo…

─Me dijiste que uno solo puede ser nawal si su destino se cruza con el de otro nawal … Bueno, pues aquí nos tienes. Nuestros destinos no solo se han cruzado, casi se han chocado de frente. ¿Me vas a decir que ha sido todo una casualidad?

─Attaegina, es un camino muy peligroso. Y muy solitario. Hasta hace poco más de una semana, tú querías vivir sirviendo a tu aldea para siempre. Los nawales no tenemos tribu, lo sabes.

─Lo he pensado bien, Halcón, y ahora que he salido de Caliza me he dado cuenta de que mi camino no es el que yo creía.

Y puede que no se equivocara. La expresión de Atti había cambiado a lo largo de ese viaje, no solo por la cicatriz negra que la acompañaría para siempre, que, por cierto, afianzaba en ella cierta imagen de fortaleza.

Pero había más: parecía haber recordado cosas que hasta entonces habían permanecido dormidas a la espera de que Halcón, con su aparición repentina, las despertase.

─¿Qué pasa con tus hermanos, con tu familia? ─le preguntó Halcón. Y se lo pensó un poco antes de seguir─: ¿Y qué pasa con Lorick?

De todas las cuestiones, parecía que esa última le preocupaba más que ninguna otra.

─No lo sé... Amo a mi familia, pero aún era una niña cuando tuve que asumir la responsabilidad de cuidar de todos ellos y, ¿sabes?

Muchas veces siento que mi vida no me pertenece.

El consejo me exige bastante también. Y Lorick, pues.

.. ─se quedó pensativa. No estaba muy segura de querer decir aquello, aunque finalmente se desahogó─: Lorick lleva un año desaparecido sin tener que preocuparse por nadie.

¿Crees que él habrá pensado en mí durante todo este tiempo?

Ni siquiera su padre sabe a dónde ha ido ni si volverá a Caliza o empezará una vida nueva en otro lugar, muy lejos, donde sucedan cosas más interesantes que la llegada de un mercader. ..

Por fin lo había expresado. Por fin alguien la escuchaba de verdad. Cualquier asunto que hablara con Halcón estaba a salvo de las opiniones de los ancianos, de su familia y de Oberón. Y qué bien se sintió, como si se hubiera sacado una espina cuyo dolor había asumido por la fuerza de la costumbre.

─¿Qué hay exactamente entre vosotros? ─le preguntó Halcón. Atti percibió que había puesto mucho interés en saberlo, más allá del de un simple amigo que escucha. ¿Podría su respuesta marcar un antes y un después? Se sinceró:

─En realidad, lo que hay entre nosotros es una tarde junto al río.

.. y las expectativasde toda una tribu.

Yo soy la chica oráculo. Él, el heredero del Clan del Salmón.

Y todos allí sabemos que, aunque nuestrasleyes digan lo contrario y el consejo de ancianos se ocupe de tomar las decisiones de la comunidad, sí hay unpatriarca en Caliza aceptado por todos, y es el padre de Lorick.

Deduzco que nuestra unión mantendría el equilibrio en nuestro pueblo, todos irían a nuestra boda y se quedarían satisfechos.

Se sintió estúpida. Ni siquiera ella misma se explicaba por qué se había hecho tantas ilusiones con Lorick, pues lo que habían compartido en realidad no formaba más que parte de la vida en Caliza.

«Excepto los besos que nos dimos», se dijo.

Fueron sus primeros besos, sí. Y habían sido intensos y apasionados, sin embargo se le iban olvidando a medida que pasaban los meses y él no regresaba para renovar sus sentimientos. ¿Se le habría apagado la llama?

Halcón no opinó. No se pronunció ni hizo ningún gesto que pudiera dar a entender nada.

Fuera lo que fuese lo que le pasaba por la cabeza en ese instante, Atti comprendió que soloquería escucharla desde el profundo respeto.

Y seguramente desde la aceptación, pues, ¿que podía hacer si no?

En cualquier caso, Lorick se había ganado un hueco en el corazón de Atti muchísimo antes que él, que acababa de llegar.

─Si por lo menos pudiera volver a verle, Halcón... Si pudiera volver a besarle... Quizás podría saber si lo que siento por él es real o es solo un espejismo.

Halcón le dio una palmada muy suave en la espalda y le sonrió.

─Tranquila, todo se resolverá ─le dijo. Y cómo brillaba su sonrisa, ¡si podía competir con el amanecer!

¿Por qué unasveces era tan molesto y, otras, tan adorable?

Eso aún se lo ponía más difícil a Atti, que no dejaba de buscar en él algún atisbo de celos por Lorick.

Y claro que los tenía, pero en esta ocasión el mercader los escondió muy lejos de ella para no confundirla aún más.

Sabía ser un buen perdedor cuando le tocaba.

─Silencio se está alejando mucho ─aprovechó para cambiar de tema─, voy a por él antes de que se pierda. Que no sería la primera vez, el muy pendejo...

Con los días Attaegina había aprendido a detectar cuándo Halcón prefería evadir un tema incómodo. Y esta ocasión era una de ellas porque Silencio se encontraba perfectamente visible y no parecía tener ganas de echar a correr tras un día entero de camino.

« Pero, ¿qué acabo de decirle? » , se arrepintió.

« Oh, Atti, eres idiota. Ahora pensará que quieres retomar con Lorick.

¿Y es lo que quieres? ¡Aclárate! » . Se sentía tan estúpida.

.. ¡Acababa de estropearlo todo! ¿Por qué había dicho que quería volver a besar a Lorick, si en realidad se moría por besar a Halcón?

Puede que fuera demasiado tarde. Halcón, al parecer, había aceptado que Lorick y ella iban en serio cuando, en realidad, ni siquiera se habían comprometido.

Nunca habían hablado de su futuro juntos.

De eso solo se había encargado Oberón. Ese hombre siempre lo mangoneaba todo, pero Atti ya no estaba dispuesta a ceder, ¡de ninguna manera!

Tenía que decírselo, tenía que confesarle que no podía despedirse de él sin que su corazón se rompiera en pedazos…

─Halcón ─lo llamó. El mercader se dio la vuelta. «Y ahora, ¿qué? ¿Qué le digo?».

─Habla, ¿qué?

Atti se puso nerviosa. Se frotó las manos varias veces y, después de un instante de silencio, y sin entender por qué, le preguntó:

─¿Recuerdas lo que sucede con nuestras gemas? Todavía no hemos averiguado por qué se iluminan cuando están cerca.

Pero, ¿por qué preguntaba eso ahora? ¿Era una manera de hacer hincapié en que existía un vínculo especial entre ambos? Halcón, un poco confundido, se acercó hasta ella, que se había sacado la gema del bolsillo secreto y en ese momento irradiaba luz sobre la palma de su mano.

─No lo sé… ─reconoció. Y extrajo la suya, que también se prendió como una luciérnaga─. Ni mi maestro ni mi madre me contaron nada sobre esta gema.

─Ya, pero sabes que él también me dio una a mí. ¿No habrá algún mensaje, alguna pista, algo que debamos saber o descifrar? A lo mejor tu maestro quiso decirte algo. Y a juzgar por la semejanza de ambos cristales, tal vez se trate de algún enigma que debamos resolver juntos.

Halcón, pidiéndole permiso, se hizo con ambas gemas. Las observó atentamente mientras las separaba y las volvía a reunir, pasándoselas de una mano a otra.

─Yo no sé nada sobre estas gemas, Attaegina. Palabra. Pero, si quieres conocer mi opinión, creo que no sirven para nada.

Y las arrojó al río con todas sus fuerzas para sorpresa de Atti, que se lanzó de cabeza sin pensárselo para recuperarlas. Mientras se zambullía, escuchó la voz de Halcón como un eco lejano:

─¡No, Attaegina! ¡Que era broma!