El Mercader de Sari (Las Reliquias del Nawal 1) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Los días que siguieron avanzaron a través de praderas doradas y campos de cereal.

Escaseaban ya las frondosas arboledas de Bérika, y las montañas blancas de tierra arcillosa brotaron en el horizonte como la señal indiscutible de que se adentraban por fin en las tórridas tierras de Alandum, la región del Sur, donde el polvo de los caminos se perfumaba con los aromas del romero y el hinojo bajo el rocío de los amaneceres.

Halcónno había vuelto a mencionar nada relacionado con los nawales a pesar de que Atti le había preguntado más.

No, ni una palabra. Ella insistía, pero él evadía el tema con su característico buen humor y con una maestría singular.

Y es que siempre tenía algo que contarle: hablaba de sus viajes, de los lugares que había conocido, de lo que había comido en cada uno, de las gentes con las que se había cruzado, de las palabras que había aprendido a decir en otras lenguas, de las leyendas que le contaron.

Y Atti escuchaba con atención mientras Bérika se quedaba muy atrás y Caliza se iba haciendo más y más pequeña por cada paso andado, pues, en el fondo, una parte de ella anhelaba descubrir otros rincones de Nueva Pangea y cambiar de rumbo cuando cambiara el viento, como los nómadas.

─ ¿Cuánto tiempo crees que tendré que pasar en el templo? ─le preguntó a Halcón. El mercader se encogió de hombros.

─ ¿Semanas? ¿Meses? ─respondió por decir algo─. No lo sé. Pero si yo estuviera seguro de querer entrar allí, no pensaría en el tiempo que me queda para salir.

Atti se quedó contrariada por su respuesta.

─ No se trata de eso, Halcón... Yo... Claro que quiero ir, por eso llevo días viajando a pie bajo el sol abrasador. Estoy sacrificando mucho por entrar en ese templo.

─ No me dirás que no es divertido, ¿eh?

Claro que lo era. Incluso a pesar de los peligros, de la sed y del cansancio, caminar al lado de Halcóny descubrir lugares nuevos siempre era divertido.Atti prosiguió:

─ Es que últimamente se me hace raro pensar que tarde o temprano tendré que volver a Caliza, como si nada hubiera cambiado, y todo continuará igual allí cuando los ancianos vuelvan a aceptarme en el consejo.

Y entonces se acabó el camino: Attaegina Mentastro volverá a ocupar el puesto que se le asignó. Fin de la historia.

─ No suena muy alentador, la verdad ─dijo Halcón sin mucho entusiasmo. Luego se quedó callado mirando al cielo. Atti esperaba otra respuesta... aunque le doliera. Y el mercader de alguna manera lo captó y continuó diciendo─: ¿Y eso es lo que quieres tú? ¿O es lo que se espera de ti?

Al fin alguien había puesto en palabras lo que ella llevaba mucho tiempo sintiendo.

─ Pues pensaba que sí, que yo lo quería... Pero, ¿sabes? Ahora tengo mis dudas. Creo que ya no sé lo que quiero.

En cuanto caía el sol los recuerdos terribles sobre las alimañas volvían a visitarla.

Pero Halcón siempre se quedaba despierto hasta que ella se dormía y luego alzaba el escudo de protección.

Mientras conciliaba el sueño, Atti trataba de ordenar sus pensamientos: se acordaba de Lorick con un raro sentimiento de añoranza, aunque no pensaba en él a lo largo del día, y eso le hacía sentirse confusa y, por qué no reconocerlo, también muy culpable.

Se preguntaba qué iba a pasar cuando saliera del Templo del Laurel convertida en una adivina infalible, si volvería a Caliza para quedarse allí el resto de su vida o si el destino le ofrecería algo mejor.

Y luego pensaba en Halcón y en su sonrisa, en todas las veces que la hacía reír cada jornada de largo camino.

En todas las veces que la sacaba de quicio.

En todas las veces que él la contemplaba creyendo que ella no se daba cuenta.

Nadie la había mirado jamás así, nunca, nadie.

.. Y una noche, mientras divagaba entre esa maraña de reflexiones, de repente se dio cuenta de que cuando llegara a Teff tendría que despedirse de él para no volver a verlo jamás.

Las lágrimas acudieron a sus ojos y los desbordaron, pero fingió que dormía mientras que el mercader, como ya tenía por costumbre desde hacía varias noches, golpeaba tres veces con su bastón en el suelo para alzar un escudo protector.

Atti, que no lo sabía, de pronto creyó que estaban siendo atacados.

─ ¿Están ahí? ¿Las alimañas? ─gritó incorporándose de inmediato, buscando en la oscuridad cerrada de los campos. Tenía las pupilas dilatadas por el miedo y se había quedado pálida y fría en solo un instante.

─ ¡Tranquila! ¡No hay nada! ─acudió en seguida Halcón intentando serenarla─. Lo hago todas las noches, es para que nos proteja. Pero no hay alimañas, de verdad, no hay ninguna, y tampoco hoy vendrán. Te lo prometo.

Attaegina, todavía temblando, no pudo resistir la necesidad de abrazarse a él, y su cuerpo caliente en seguida le devolvió la entereza.

Hundió el rostro entre su hombro y su cuello encontrando consuelo en el aroma de su piel, en los olores que desprendía: a mirra, a cuero curtido, a especias.

Cuando los brazos de Halcón la rodearon por completo, despacio, Atti suspiró con sonoridad y la calma se devolvió a su aterido corazón.

No existía nada que pudiera hacerle daño mientras esos brazos hicieran de barrera entre ella y el mundo porque confiaba en Halcón como jamás había confiado en nadie.

Ciegamente. Pasaron minutos así, abrazados sin moverse, sin decir nada, solo respirando.

Ella tenía los ojos cerrados aunque no había dejado de llorar.

─ ¿Qué te pasa? ─le susurró Halcón─. ¿Es por las alimañas? Tal vez estabas teniendo una pesadilla...

Atti asintió con la cabeza.

─ Sí, creo que sí ─murmuró. Era mentira, pero no tenía el valor de contarle a Halcón el verdadero motivo de su tristeza.

Y el tiempo se les acababa porque pronto sus caminos se iban a separar.

Muy lentamente se apartó de él, casi como si le doliera.

El mercader le enjugó las lágrimas con la mano y sonrió.

─ Confía en mí, ¿vale? ─le pidió.

─ Sí…

«Siempre», pensó.

Esa noche hizo un esfuerzo sobrehumano para tragarse las ganas de llorar.

Lo logró, sí, aunque rompiéndose por dentro.

Su ropa se había quedado impregnada del olor del mercader como una prolongación del abrazo profundo en que ambos habían vuelto a quedarse detenidos en el tiempo.

Respiró su aroma, una y otra vez, y acabó dormida bajo la mirada de Halcón, que no descansaría del todo hasta que Atti llegara al Templo del Laurel, donde por fin estaría a salvo.

Cuando eso sucediera, serían las lágrimas del mercader las que caerían…

Pero nadie estaría a su lado para enjugarlas.